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Trump aprieta el cerco petrolero a Cuba y llama “libertad” al castigo colectivo


Washington sanciona a CUPET mientras la isla sufre apagones, escasez de combustible y una crisis humanitaria que ya golpea a niñas, niños, pacientes y familias enteras.

EL BLOQUEO TAMBIÉN MATA CUANDO SE PRESENTA COMO DIPLOMACIA

El 11 de junio, Marco Rubio anunció nuevas sanciones contra Unión Cuba-Petróleo, CUPET, la empresa estatal cubana de petróleo y gas. No fue un gesto administrativo. No fue una nota técnica del Departamento de Estado.

Fue otro giro de tuerca contra una población que ya vive entre apagones, falta de combustible, problemas de transporte, hospitales tensionados y una economía castigada por 65 años de embargo estadounidense. 

Lo llaman presión. Lo llaman democracia. Lo llaman “apoyo al pueblo cubano”. Pero cuando una sanción corta energía, encarece comida, complica medicinas y deja a la gente sin movilidad, el nombre honesto es otro: castigo colectivo.

Rubio, hijo de inmigrantes cubanos y viejo militante del cambio de régimen, defendió la medida acusando al Gobierno cubano de usar la energía como herramienta de represión, enriquecimiento y control social. 

El guion es conocido.

 Primero se asfixia un país. Luego se acusa al país asfixiado de no respirar bien. Después se presentan las consecuencias del bloqueo como prueba de que hacía falta más bloqueo. La maquinaria imperial funciona así: provoca la herida, señala la sangre y vende la amputación como tratamiento.

La sanción contra CUPET llega tras una escalada que en los últimos meses ha incluido un bloqueo petrolero, restricciones financieras, sanciones extraterritoriales y una orden ejecutiva de Trump firmada el 1 de mayo. Esa combinación no golpea únicamente a dirigentes, militares o burócratas. 

Eso es propaganda para tertulias. En la vida real, las sanciones atraviesan depósitos, puertos, bancos, aseguradoras, empresas de transporte, importadores privados, hospitales, escuelas y hogares. 

No se quedan en los despachos. Bajan a la cocina. Bajan al centro de salud. Bajan al autobús que no llega.

William LeoGrande, experto en Cuba de la American University, lo resumió con una claridad incómoda: la política de Washington dice no querer crear una crisis humanitaria, aunque eso es exactamente lo que está haciendo. No hay mucha vuelta. 

Si una decisión empeora la escasez de combustible en una isla que ya sufre apagones y problemas de suministro, no estamos ante una defensa de los derechos humanos. Estamos ante una operación de estrangulamiento económico con barniz moral.

Y ahí aparece el cinismo. Rubio afirma que la energía ha sido “weaponized”, convertida en arma, por el Gobierno cubano. 

Pero el bloqueo energético de una potencia contra una isla no es precisamente una postal humanitaria.

 Washington acusa a La Habana de usar la energía como arma mientras aprieta la mano sobre el cuello energético de Cuba. Esa es la obscenidad. No hace falta adornarla.

CUANDO TRUMP HABLA DE “RESORTS”, SE LE ESCAPA EL COLONIALISMO

La semana anterior, la administración Trump ya había sancionado al presidente cubano Miguel Díaz-Canel, a su esposa y a otras tres personas. 

Preguntado por si esas sanciones buscaban acelerar el colapso de Cuba, Trump respondió que solo quería que fuera “un país bien gestionado”. 

Luego vino la frase que lo explica todo. Dijo que el país “se muere de hambre”, que no tiene energía, ni petróleo, ni dinero, ni nada. Y añadió que tiene “una tierra preciosa” donde podría haber “resorts”.

Ahí está. Sin maquillaje. Sin discurso de libertad. Sin la retórica hueca de los comunicados oficiales. Cuba no aparece en la cabeza de Trump como un pueblo soberano, sino como suelo disponible para el negocio. Una isla empobrecida por el bloqueo, descrita como oportunidad inmobiliaria. 

Hambre, apagones, sanciones, y de repente hoteles bonitos. El capitalismo colonial siempre acaba hablando claro cuando cree que nadie escucha demasiado.

Trump también dijo que Cuba ya estaba “más o menos colapsada” y que Washington se ocuparía de ello después de terminar sus operaciones militares en Irán. “Me gusta hacer una cosa cada vez”, vino a decir. La frase hiela porque normaliza el mundo como agenda de despacho: hoy bombardeos, mañana Cuba, pasado mañana otra pieza del mapa. 

Como si los países fueran expedientes. Como si las personas fueran obstáculos logísticos. Como si el derecho internacional fuese un trámite que se aparta con la mano.

La respuesta cubana fue dura. Bruno Rodríguez, ministro de Exteriores, acusó a Rubio de apretar aún más el cerco económico y energético movido por ambiciones de conquista, aspiraciones presidenciales y el resentimiento de la élite que impulsó su carrera. 

Ernesto Soberón, representante permanente de Cuba ante Naciones Unidas, habló de mentiras burdas y pidió poner fin al castigo colectivo contra el pueblo cubano. 

Se puede discutir todo sobre el Gobierno cubano. Todo. Pero lo que no se puede hacer con un mínimo de honestidad es fingir que un bloqueo de 65 años no existe o que no pesa sobre la vida cotidiana de millones de cubanas y cubanos.

Esta semana, el alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, la Asociación Internacional de Juristas Demócratas y miles de profesionales médicos italianos denunciaron el bloqueo. Türk fue especialmente directo: las restricciones de combustible impuestas desde principios de año y el endurecimiento de sanciones extraterritoriales dañan directamente a la población cubana, especialmente a las personas más vulnerables. 

Habló de niñas y niños que mueren porque las médicas y médicos no tienen acceso a suministros esenciales y medicamentos. 

Lo dijo sin rodeos: es inaceptable y las sanciones deben levantarse de inmediato.

Ese es el centro. No Rubio. No Trump. No la liturgia anticomunista de Florida. El centro son las cubanas y cubanos que hacen cola, que esperan medicinas, que viven apagones, que ven cómo se convierte su sufrimiento en argumento político. 

El centro son las enfermeras y enfermeros sin recursos, las y los pacientes sin tratamientos, las familias sin transporte, las trabajadoras y trabajadores atrapados entre un Estado asediado y una potencia que llama libertad a la asfixia.

El imperio siempre dice que castiga a los gobiernos. La historia demuestra otra cosa: castiga a los pueblos hasta que aceptan el saqueo como salvación.

https://spanishrevolution.net/trump-aprieta-el-cerco-petrolero-a-cuba-y-llama-libertad-al-castigo-colectivo/

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