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Apuntes sobre la transición en Venezuela

Visita del secretario del Interior de Estados Unidos, Burgum, a Venezuela 25 de marzo de 2026, Caracas, Venezuela: La presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez (derecha), estrecha la mano del secretario del Interior de Estados Unidos, Doug Burgum (izquierda), antes de las conversaciones bilaterales en el Palacio de Miraflores, el 4 de marzo de 2026, en Caracas, Venezuela. Burgum encabezó una delegación estadounidense tras la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por las fuerzas estadounidenses. Crédito : Andrew King/Departamento de Interiores / Zuma Press / Europa Press

Entre un virrey obligado a repartir más de lo que tiene, una oposición programáticamente arrodillada a Washington y un chavismo que insiste en que su premisa es ganar tiempo se define el round de agosto de la política venezolana.

La fecha del 1 de agosto se ha establecido como un nuevo punto de inflexión en la política venezolana, luego de que la Asamblea Nacional vigente y el extinto parlamento nacional del año 2015, cuyas funciones cesaron constitucionalmente en 2020, acordaran una agenda de trabajo y diálogo. Para el secretario de Estado, Marco Rubio, la “hoja de ruta” planteada significará el inicio de la transición en el país.

En medio de la espesa niebla que arropa el curso político de la nación bolivariana, el anuncio debe ser abordado con una perspectiva contingente, porque si algo nos dijeron los bombardeos del 3 de enero y los terremotos del mes pasado es que todo es posible en la acontecida Venezuela del año 2026.

La dimensión general del acercamiento

El 14 de julio, la Asamblea Nacional presidida por Jorge Rodríguez y la autodenominada “Asamblea Nacional del 2015” dirigida por la militante antichavista Dinorah Figuera, publicaron comunicados al unísono en los que anunciaron el inicio de conversaciones para abordar los efectos del doblete sísmico, fortalecer la democracia y evaluar temas más amplios de orden político que incluyen el sistema electoral.

Los comunicados formalizaron el primer encuentro sostenido en Caracas entre Rodríguez y Figuera a mediados de junio, propulsado por Washington, quien realizó las gestiones para el arribo a Venezuela de la exdiputada del partido opositor, Primero Justicia (PJ).

El anuncio del día 14 ha terminado de certificar que los cálculos de la Casa Blanca en Venezuela no contemplan a Machado, vista como una figura alineada al Partido Demócrata que podría perturbar el statu quo actual de estabilidad pactada entre Washington y Caracas

Mediante el encuentro, sorpresivo para muchos, la administración Trump desautorizaba el denominado Manifiesto de Panamá suscrito por María Corina Machado y la coalición partidista Plataforma Unitaria Democrática (PUD) tan solo unos días antes, con el objetivo de impulsar un escenario de negociación potencialmente validado por Trump donde la regente de Vente Venezuela estuviese a la cabeza.

Precisamente, el anuncio del día 14 ha terminado de certificar que los cálculos de la Casa Blanca en Venezuela no contemplan a Machado, vista como una figura alineada al Partido Demócrata que podría perturbar el statu quo actual de estabilidad pactada entre Washington y Caracas, funcional para el saqueo energético norteamericano, pero también para el interés de Miraflores de gobernar con un mayor margen de maniobra político, económico y financiero.

El giro de Rubio

Pero sería Rubio quien le imprimiría un giro semántico a unos comunicados que, hasta el momento de su publicación, redundaban en generalidades y no mencionaban la palabra transición. El secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional de EE.UU., comentó el pasado 19 de julio, que se había acordado un “formato y un foro no solo para las conversaciones de reconciliación, sino también para iniciar el proceso de transición, que es lo que necesita el pueblo de Venezuela”.

Al instante, el paisaje mediático se llenó de titulares que daban como un hecho el inicio de una transición en Venezuela, bajo el paraguas de Washington. Y es altamente probable que ese haya sido el efecto buscado por el cubanoestadounidense, con un movimiento discursivo orientado a reforzar la noción del tutelaje estadounidense sobre la política venezolana.

Pero el quid de la cuestión es que la declaración del alto funcionario tampoco despejó la niebla sobre lo que se había acordado. De hecho, se mostró artificialmente sorprendido y ajeno a la dinámica de la negociación.

La declaración de Rubio tampoco despejó la niebla sobre lo que se había acordado. De hecho, se mostró artificialmente sorprendido y ajeno a la dinámica de la negociación.

Rubio afirmó que “creía” que las conversaciones iniciarían en agosto y luego aseveró que “ya veremos cómo evoluciona la situación”. Por un lado, simula que no está completamente enterado de la situación y, por otro, evita comprometerse con un resultado final verificable y sujeto a parámetros concretos.

No obstante, el marco “transicional” ya ha quedado configurado acorde al estatus virreinal sobre Venezuela que Rubio desea consolidar, a tal punto de utilizar al New York Times para dicho cometido.

¿Papa caliente?

En este punto, convendría preguntarse cómo encaja un concepto tan concreto como el de transición con la ambigüedad instrumental que expuso el secretario de Estado. 

Si el control de Washington es tan absoluto, ¿qué impediría que dicho proceso que iniciaría en agosto estuviese acompañado, ya mismo, por pasos institucionales específicos y fechas de elecciones precisas? ¿Por qué el “ya veremos” sustituye el despotismo que acompaña la actuación de todo virrey?

La única respuesta disponible, por los momentos, parece provenir de la convergencia de múltiples contradicciones derivadas de la excéntrica relación Washington-Caracas tras la agresión del 3 de enero. Y de esas contradicciones también es víctima Marco Rubio.

Hasta los momentos, el gobierno venezolano, centrado en la recuperación y reconstrucción post-sismos, ha sido absolutamente hermético sobre los comentarios de Rubio y en relación a las temáticas que se abordarían con la espectral “Asamblea Nacional del 2015”.

Figuera, por su parte, se ha limitado a argumentar que la negociación versará en “reinstitucionalizar” el sistema electoral y de justicia y garantizar derechos políticos, pero se ha cuidado de abordar la cuestión electoral y el contenido de la hipotética transición.

El protagonismo otorgado por Washington a la exdiputada ha generado recelos en el resto de la oposición y un nuevo episodio de división interna.

Henrique Capriles denunció sorpresivamente la exclusión de Machado de la conversaciones, Ramos Allup ha declarado que la comunicación entre el equipo de Figuera y la PUD no es fluida y ya circulan algunos nombres de quiénes participarían en las negociaciones, entre ellos el de Leopoldo López y otros del entorno de PJ, fracturando las posibilidades mínimas de consenso en el amplio ecosistema antichavista.

Al disenso interno se suma la centralidad del panorama post-terremotos y un Trump cada vez más cómodo con los réditos geopolíticos y energéticos que le otorga la relación con Miraflores, por lo que un proceso transicional no pareciera estar entre sus prioridades inmediatas.

En medio del fuego cruzado, Rubio no puede apostar por la inercia, ya que la intervención estadounidense en la nación caribeña no solo tiene su nombre, sino que se ha convertido en su principal inversión reputacional como futuro aspirante a la presidencia norteamericana.

Pero las presiones también son internas. Los congresistas republicanos Bernie Moreno y María Elvira Salazar constantemente se adelantan proyectando fechas de una elección presidencial y llamando a la Casa Blanca a acelerar la transición, en vista de que la continuidad de una presidencia de Delcy Rodríguez avalada por Trump socava el apoyo latino al partido conservador en las midterms.

En medio del fuego cruzado, Rubio no puede apostar por la inercia, ya que la intervención estadounidense en la nación caribeña no solo tiene su nombre, sino que se ha convertido en su principal inversión reputacional como futuro aspirante a la presidencia norteamericana.

Por ende (y hasta que se demuestre lo contrario), el secretario configura una especie de simulacro en el que busca gestionar las contradicciones que lo rodean. Pero el horizonte de lo impensado sigue abierto, hoy más que nunca.

Fingiendo que no ha influido en el desarrollo de la negociación Rodríguez-Figuera, posiciona la narrativa de la transición, pero evitando comprometerse hasta sus últimas consecuencias para no verse salpicado por las divisiones del antichavismo.

Con ello, dentro de EE.UU., también intenta calmar a los republicanos que exigen “rematar el trabajo” para ganar votos en noviembre y, al mismo tiempo, garantiza el respaldo de su jefe en la Casa Blanca, a quien, todavía, una transición liderada por Machado no le parece tan lucrativa económicamente como la relación actual con Caracas, con réditos superiores a los 13 mil millones de dólares según el Financial Times.

Jugando al límite, el cubano-estadounidense intenta cumplir con la difícil tarea de quedar bien con Dios y con el Diablo, entre las presiones por una transición exprés y las que lo obligan a mantener todo como está, mientras la exclusión de Machado golpea su prestigio y la buena relación con Rodríguez socava el capital republicano en el electorado latino.

Entre un virrey obligado a repartir más de lo que tiene, una oposición programáticamente arrodillada a Washington y un chavismo que insiste en que su premisa es ganar tiempo, pero sin definir con claridad cuáles son los objetivos a mediano y largo plazo, se define el round de agosto de la política venezolana, una que, entre la niebla, la opacidad y la injerencia norteamericana, comienza a ver con extrañeza conceptos tan básicos como la soberanía y la dignidad nacional.

https://www.diario-red.com/articulo/america-latina/apuntes-transicion-venezuela/20260724045345073399.html

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