Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

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Fabricar el enemigo: las guerras del siglo XXI

Mientras Irán negocia desde una posición más sólida que una década atrás, el argumento de la amenaza nuclear pierde fuerza frente a una realidad marcada por el reordenamiento energético y la erosión del poder estadounidense en Asia Occidental.

La cuestión energética ha sido un tema de disputa de poder desde inicios del siglo XX, cuando tanto en la Primera como en la Segunda Guerra Mundial, se definió cómo el control de las reservas de los recursos naturales de hidrocarburos era un eje crucial para abastecer los armamentos militares. 

Con ello se dio el inicio de un proceso de diversificación de políticas exteriores para desarrollar su abastecimiento.

La región de Asia Occidental cuenta con aproximadamente el 50% de reservas de estos recursos energéticos. Esta cuestión, como conocemos, ha ubicado la zona como un territorio clave para gestionar la garantía de suministros.

Los años 70 fueron un momento crucial para la estructuración de las dinámicas que dieron orden al control de los hidrocarburos.

En 1973, épocas de un mundo bipolar en donde la lucha por la hegemonía entre Estados Unidos y la Unión Soviética concentraba la mayor parte de las disputas políticas, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) realizó un embargo petrolero a los Estados Unidos. Esta acción fue observada como una represalía a Washington por su apoyo a Israel en la guerra de Yom Kipur.

Los países productores buscaban recuperar el control de sus recursos naturales, que hasta entonces dominaban las corporaciones extranjeras principalmente occidentales. 

La acción simbolizó una de las últimas tácticas en conjunto de los países de la región para desestimar el poder político de Israel y Estados Unidos en la ocupación de la media luna fértil.

Un año después la Casa Blanca negoció un acuerdo con la monarquía saudí, el líder tácito de la OPEP, para dolarizar el comercio del petróleo. 

Arabia Saudita se comprometió a comercializar la energía en dólares estadounidenses e invertir sus excedentes de ganancias en bonos del Tesoro de Estados Unidos. 

A cambio, el entonces presidente Richard Nixon, prometió ofrecer respaldo y seguridad al reino árabe.

Pero el acuerdo entre Washington y Riad no sólo garantizó el suministro energético estadounidense. 

Dado que los demás países de la OPEP se sumaron al acuerdo, logró sentar las bases de un sistema financiero internacional en el que el dólar pasó a convertirse en la moneda indispensable para el comercio global de petróleo. 

Desde entonces, la estabilidad del petrodólar se transformó en uno de los pilares de la proyección de poder estadounidense.
Henry Kissinger, secretario de Estado de los Estados Unidos, reunido con el rey Fáisal bin Abdulaziz de Arabia Saudita en diciembre de 1973. / Imagen tomada de El Litoral.

A lo largo de las décadas siguientes, cada intento de construir mecanismos alternativos de comercialización energética o de reducir la dependencia del dólar fue observado por Washington como un desafío estratégico.

Irán no sólo posee una de las mayores reservas mundiales de hidrocarburos, sino que además ha impulsado una política exterior orientada a fortalecer márgenes de autonomía frente a la influencia estadounidense en Asia Occidental.

La República Islámica ha buscado diversificar sus socios comerciales, profundizar sus vínculos con China y Rusia, incorporarse a espacios multilaterales alternativos y promover mecanismos de intercambio económico menos dependientes de las instituciones dominadas por Occidente. 

Estas iniciativas adquirieron especial relevancia en un contexto internacional marcado por el ascenso de nuevas potencias y por el cuestionamiento creciente al orden unipolar surgido tras el fin de la Guerra Fría.

Desde esta perspectiva, la cuestión nuclear aparece como una dimensión de una disputa más amplia.

 El enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán también expresa una puja por el control de los corredores energéticos, las rutas comerciales y los mecanismos financieros que organizan la economía global.

La posibilidad de que una potencia regional con vastos recursos energéticos consolide mayores niveles de autonomía política y económica representa un desafío para un esquema de poder construido durante medio siglo alrededor del vínculo entre el petróleo y el dólar.

En ese sentido, nos ubicamos frente a una presión política, militar y mediática ejercida por Estados Unidos e Israel, contra una República Islámica que continúa impulsando alternativas para un nuevo orden financiero internacional.

La narrativa del “arma de destrucción”

Observando la zona de Asia Occidental como un enclave crucial para la disputa energética, podemos retomar la Guerra de Irak, como un suceso histórico clave que confirió a los Estados Unidos una narrativa “legitimable” (para los consensos occidentales) de ocupación y guerra.

El Irak de principios de siglo, liderado por Saddam Hussein, había comenzado a explorar mecanismos de comercio petrolero menos dependientes del dólar, tras tensiones acumuladas hace décadas con el mundo oeste.

El país árabe se ubica en un punto estratégico de gestión de recursos: conecta el Golfo Pérsico con Irán, Siria, Turkiye y el norte de Asia, además de conservar importantes reservas de petróleo y gas.

Tras el 11-S y post el surgimiento de nuevos sectores políticos que comenzaron a cuestionar la hegemonía de Estados Unidos (Putin, Chavez) la Casa Blanca instauró la concepción de que el gobierno de Saddam Hussein se encontraba fabricando “armas de destrucción masiva”, es decir armas nucleares.

Esto dio pie a la invasión iraquí del 2003, que culminó con la reconstrucción de Bagdad bajo la dominación estadounidense. Irak dictó una nueva constitución, basada y organizada bajo esta dependencia. Hasta la actualidad esta influencia se mantiene intacta y constituye uno de los pilares de las decisiones políticas iraquíes.

Cabe aclarar, que la existencia de las armas que Washington pregonaba nunca fueron confirmadas —a diferencia de las bombas atómicas lanzadas por el mismo Estados Unidos contra Japón en la Segunda Guerra Mundial a la vista del mundo entero.

Este proceso de manipulación de la opinión pública, con apoyo de la expansión de la tecnología y redes, se convirtió en una de las nuevas armas de las guerras del siglo XXI.

Juicios desiguales

La República Islámica comenzó a observar a Estados Unidos como una amenaza a sus intereses a mediados del siglo pasado, momento en el que un golpe de Estado, orquestado por la CIA, derrocó al primer ministro iraní Mohammad Mossadegh.

Mossadegh había logrado nacionalizar el petróleo iraní, que hasta entonces estaba controlado por empresas británicas.

En la Revolución Islámica de 1979 que logró devolver el poder al pueblo iraní, Washington objetivó a la nación como uno de sus enemigos principales, a raíz de la desestimación del poder político que les permitía controlar las reservas de los recursos naturales bajo su tutela.

Desde entonces las presiones existen entre ambas naciones, generando dinámicas de construcción y descomposición de los lineamientos de la región y del mundo en general.

Pero estas dinámicas friccionan desde posicionamientos desiguales: mientras Estados Unidos busca mantener (o recuperar) su hegemonía a través de la extracción de riquezas y poder de países como Irán, Teherán construyó sus propias redes de mercado y confianza con otros ejes, mientras libra contra el asedio y las presiones occidentales.

En 2012 Barack Obama impulsó una serie de sanciones que atacaban directamente contra la economía iraní. Estas consistían en: penalizaciones a empresas, bancos y países que realizaran transacciones significativas para comprar petróleo iraní,

restricciones al Banco Central de Irán,

sanciones al transporte y seguros marítimos que trabajaran con exportaciones iraníes,

leyes, como la “Executive Order 13628/2012” que prohibió a subsidiarias extranjeras de compañías estadounidenses realizar negocios con Teherán y amplió las sanciones a entidades vinculadas con el gobierno iraní.

Estas presiones lograron que la República Islámica accediera a acordar el Plan de Acuerdo Acción Integral en Conjunto (PAIC) que prometió el levantamiento de las sanciones a cambio de que Irán accediera a reducir el 98% de sus reservas de uranio enriquecido.

El discurso hegemónico, nuevamente consignaba que un país asiático se encontraba gestionando el desarrollo de uranio enriquecido para la fabricación de armamento nuclear.

Irán, ya perteneciente al Tratado de No Proliferación Nuclear, y abriendo sus fábricas tras el PAIC, accedió a las inspecciones de los organismos internacionales de energía de su industria nuclear.Firma del PAIC, en Vienna 2015.

El Director de la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA), Rafael Mariano Grossi, declaró el pasado año, tras la Guerra de los Doce Días, que “Irán accedió a las inspecciones y al acceso correspondientes de sus industrias nucleares, brindando información sobre todas las instalaciones atacadas y el material nuclear presente en ellas”. 

En ese sentido, se observa la cooperación iraní a continuar lo estipulado en el PAIC, a pesar de la nulidad del levantamiento de sanciones contra la nación persa.

Además, la OIEA resaltó una situación que los medios internacionales han dejado de lado: “un ataque armado contra una instalación nuclear podría tener como resultado liberaciones de radiactividad con graves consecuencias dentro y fuera de las fronteras del Estado atacado”. ¿Hay un interés real de Occidente en el pueblo humano o sólo en sus recursos?

Por otra parte, esta narrativa omitió la existencia de otros Estados que poseen armamento nuclear, como Israel.

El arsenal israelí, escondido bajo un velo de protección occidental, se estima que cuenta con aproximadamente 400 ojivas nucleares, además de plutonio suficiente para construir cientos más.

 Tel Aviv también produce tritio, el gas radiactivo con el cual fabrica armas nucleares de nueva generación.

Las ojivas nucleares israelíes están preparadas para lanzarse mediante misiles balísticos que alcanzan entre 8.000 y 9.000 kilómetros.

La entidad sionista cuenta además con cuatro submarinos Dolphin, cortesía de Alemania, modificados para enviar misiles nucleares Popeye Turbo, con un alcance de aproximadamente 1.500 kilómetros. Estos submarinos son capaces de permanecer sumergidos durante una semana y lanzar ataques.
Submarinos Dolphin. / Zona militar.

Error de cálculo para Estados Unidos

Sabemos que la guerra contra Irán iniciada el 28 de febrero de este año siguió una línea discursiva por parte de Occidente que argumentaba la necesidad antes mencionada de destruir el “arma nuclear” iraní así como enraizar un nuevo líder político.

Ninguna de estas premisas pudo ser lograda por el poderío estadounidense, mas su hegemonía comenzó a ser fuertemente cuestionada y deslegitimada:en una táctica estratégica iraní que logró desmantelar la máscara de salvador de Washington, la premisa de protección a los países del Golfo fue totalmente desestimada;

ninguna de las incursiones por aire o por tierra lograron confirmar la existencia de armamento nuclear;
Estados Unidos perdió el apoyo histórico de los kurdos de la región;

el desgaste económico de la guerra obligó al eje occidental a detener los gastos militares;

el Estrecho de Ormuz se volvió un eje central de negociaciones, gracias a la conquista de su poder por parte de Irán.

EE.UU. se encuentra a un Irán muy diferente con el que negoció en 2015. Teherán logró estrechar nuevas alianzas, compenetrarse en los ejes multipolares ascendentes, conquistar y afianzar la producción de sus recursos y desarrollar nuevas estrategias para desestimar la influencia de las sanciones.

En ese sentido, las negociaciones actuales parecen reflejar la victoria de Irán y la caída de la retórica del arma nuclear.

En los últimos encuentros diplomáticos, Teherán manifestó su disposición a reducir los niveles de enriquecimiento de uranio al 3,7% y al 20%, así como a continuar el desarrollo de su programa bajo supervisión de los organismos internacionales correspondientes.

Mientras tanto Irán exige el levantamiento de sus sanciones y garantías fehacientes del cese de las agresiones en todos los frentes (incluyendo al Líbano).

Además se negocia el control de Ormuz, que pasará a ser una nueva alternativa de Irán para desarrollar autonomía estratégica y negociable en la región.

La República Islámica utiliza el uranio para desarrollar energía nuclear que es una fuente energética limpia, que no emite gases de efecto invernadero. Además es una aliada fundamental del área de salud, ya que se utiliza la medicina nuclear en terapias contra enfermedades contra el cáncer, además de funcionar como radioestabiliziador de productos farmacéuticos y de alimentos.

Esto permite vislumbrar la incipiente caída de la narrativa nuclearista como cuestión de guerra.

La disputa es mucho más profunda y condense conflictos históricos. Trump está desesperado por regenerar una estructura que ya no le responde como antes.

La pérdida del apoyo indiscutido del Golfo es uno de sus mayores reveses.

Además el consenso social ve a Israel, y por asociación directa a Estados Unidos, como máquinas de guerra indiscriminadas. Ya no es suficiente el discurso de la supuesta liberación del pueblo iraní.

La verdadera disputa se encuentra en quién tendrá la capacidad de definir las reglas del orden mundial durante las próximas décadas. Como hemos analizado, la lucha por la hegemonía incluye la lucha por el control de los recursos energéticos.

En ese escenario, la resistencia iraní frente a décadas de sanciones, amenazas e intervenciones aparece como uno de los síntomas más visibles de un mundo en transición, donde las estructuras de poder heredadas del siglo XX comienzan a ser cuestionadas por nuevas realidades políticas, económicas y energéticas.

Quizás por eso la pregunta central ya no sea si Estados Unidos puede conservar el equilibrio regional, sino cuánto tiempo podrá sostenerse un orden internacional construido para mantenerlo.

*Gianna Rosciolesi Profesora en Comunicación Social, Técnica en Relaciones Públicas y Ceremonial, Integrante del equipo de Investigaciones de PIA Global.

Foto de portada: Fordow, complejo nuclear iraní. / Maxar.

https://noticiaspia.com/fabricar-el-enemigo-las-guerras-del-siglo-xxi/

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