18 de mayo de 2017

El enemigo de clase busca aplastarlos, camaradas venezolanos

El enemigo de clase busca aplastarlos, camaradas venezolanos, y la sangre que hoy les da pena derramar por ser hombres de paz, más adelante será la sangre de ustedes la que será derramada en abundancia…


Las luchas armadas de liberación siguen siendo válidas ahora y lo serán siempre en tanto no se resuelva la contradicción fundamental del sistema capitalista: la producción social y la apropiación individual.

 No será nunca trasnochado aplastar, destruir a nuestros enemigos de clase; porque los reaccionarios si llegan al poder derramarán tanta sangre y eso ¿será trasnochado?

 No, claro que no. Pero si lo hacen los revolucionarios serán tildados de obsoletos. 

La historia enseña, y cuando sus lecciones se aprenden de la manera debida, los errores se minimizan o no se cometen. Para el caso, Guatemala. 

El coronel democrático Jacobo Arbenz Guzmán, ante el acoso del gobierno norteamericano y su agencia de variopintas conspiraciones, la CIA, se decidió a dejar el poder en aras de no derramar la sangre de los ciudadanos guatemaltecos, pues se temía un enfrentamiento entre los mercenarios que entraban por Honduras y las débiles y escasas milicias armadas en la coyuntura de la agresión.

 Gran candor político de un hombre civilizado, de gran corazón y bondad, cuya impolítica decisión resultó en la más grande efusión de sangre del pueblo de Guatemala lo largo de 63 años. 

¡Sesenta y tres años! Ningún pueblo de América Latina tiene tantos asesinados, desaparecidos, desplazados internos y exiliados como este pequeño país centroamericano. 

Que no son poca cosa, pues desde 1954 son los sectores que destruyeron su democracia los que siguen en el poder y sitúan a Guatemala como el país con el menor desarrollo social y material del continente americano, solo precedido por Haití.

Sesenta y tres años, donde al final, lo de Colombia resulta poco y un pálido reflejo. Este país es la imaginable nación de los horrores inenarrables, sumida en la más abyecta de las miserias y con efusión de sangre incontenible, que no para, resultado de ese razonamiento pacifista del presidente Arbenz, muy honrado, no cabe la menor duda; pero poco realista y con dificultades de instrumentalizarse ante la colisión de los intereses de clase nacionales e internacionales. 

Venezuela está cercada mediáticamente, al punto, que el mismo papa Francisco, aliado de las causas justas y democráticas, le ha convencido la propaganda incesante de la oposición fascista que el camino es la convocatoria inmediata a elecciones, pasando por alto que en las actuales circunstancias de limitaciones que tiene la mayoría del pueblo venezolano y cuya inconformidad ha sido debidamente trabajada a través del estómago, un evento eleccionario dará los peores resultados para las fuerzas democráticas y revolucionarias. 

Esa es la trampa, la ratonera, a la que no se debe entrar. Urgiría sí, conferirle los verdaderos principios fundacionales de un Estado Socialista y vamos, apostarle a lo que se le tiene miedo: disolución del Congreso y constitución del Partido Único, el Partido Comunista de Venezuela. ¿Una locura? No lo creo.

 ¿Qué más locura que la ocurrida en Estados Unidos con la elección de Donald Trump? 

Porque ocurrirá algo con una medida así, se neutralizarán a las fuerzas reaccionarias nacionales y una agresión directa a Venezuela por parte de Estados Unidos es inviable, porque el lío candente está en la península coreana, donde no hay de por medio problemas de partiduchos políticos, sino está en juego la extinción misma de tres naciones: Corea del Norte, Corea del Sur y los Estados Unidos. 

Eso sí es temeridad y no el miedo por proclamar al partido único.

Las luchas armadas de liberación siguen siendo válidas ahora y lo serán siempre en tanto no se resuelva la contradicción fundamental del sistema capitalista: la producción social y la apropiación individual. 

No será nunca trasnochado aplastar, destruir a nuestros enemigos de clase; porque los reaccionarios si llegan al poder derramarán tanta sangre y eso ¿será trasnochado? 

No, claro que no. Pero si lo hacen los revolucionarios serán tildados de obsoletos. 

En fin, si el ejército bolivariano todavía está graníticamente unido, Padrino, el jefe del ejército, debiera pronunciarse. Pero su silencio eventualmente le hace sospechoso. Podría neutralizar los alborotos. 

El trancazo contra Maduro, de repente, podría venir por allí y no necesariamente por un trancazo oceánico de Donald Trump, con portaviones en las costas de Venezuela. 

Por eso es necesario conocer la posición de Padrino, de manera pública, abierta y franca. 

De lo contrario, si yo fuera Maduro, no me fiaría de él. Aprendamos la lección de Guatemala camaradas venezolanos, que hay mucho que aprender.

Publicado por La Cuna del Sol
USA.

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