El bombardeo perpetrado por Estados Unidos contra Venezuela, el pasado 3 de enero, dejó destruida una parte de las instalaciones del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC). Foto: @periferiacts
En 1955, bajo el discurso idealista de Eisenhower, Estados Unidos donó 300 mil dólares para construir un reactor de investigación en Caracas; 71 años después, bombardeó la capital venezolana para "garantizar la seguridad" del uranio que había llevado
Durante la madrugada del 3 de enero de 2026, cuando las bombas estadounidenses comenzaron a caer sobre Venezuela, muchos analistas dieron por sentado que el objetivo prioritario era el petróleo. Refinerías, campos petroleros y centros de almacenamiento parecían el blanco evidente de la operación militar "Absolute Resolve". (Evidente para quienes sostenemos que la narrativa por la supuesta lucha por la democracia y la lucha contra el narcotráfico sólo es una cortina de distracción para intervenir en Venezuela y los países de América Latina).
Sin embargo, los ataques anunciaban otra cosa que se concretó el pasado 8 de mayo: el retiro del uranio localizado en la sede del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), ubicado en los Altos de Pipe, estado Miranda, muy cerca de Caracas;
Aunque muchos sospechaban que había algo más en el ataque que se cometió contra instalaciones del IVIC en Caracas, nadie imaginó que era sólo el preámbulo de lo que sucedería la madrugada del 7 de mayo.
¿Qué interés podría tener Donald Trump en un centro de investigaciones científicas? La respuesta, hoy lo sabemos, no estaba en los laboratorios de biología ni en las oficinas administrativas. Estaba oculta en una instalación olvidada: el reactor RV-1, desactivado desde 1991 y que tras los ataques del 3 de enero, sufrió daños e incrementó el riesgo.
"Átomos para la Paz": el discurso que cambió la historia
Para entender cómo llegó ese reactor a Venezuela, hay que viajar en el tiempo hasta el 8 de diciembre de 1953. Ese día, el presidente estadounidense Dwight D. Eisenhower pronunció ante la Asamblea General de las Naciones Unidas un discurso titulado "Átomos para la Paz" (Atoms for Peace). Sus palabras fueron contundentes:
"Los Estados Unidos procurarán lograr algo más que la simple reducción o eliminación de materiales atómicos disponibles para fines militares... Esta fuerza, la más destructiva de todas, podría utilizarse para crear prosperidad en beneficio de toda la humanidad".
Ese discurso no fue una simple declaración de buenas intenciones. Condujo a la creación del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) en 1957 y abrió las puertas a la cooperación nuclear civil entre Estados Unidos y otros países.
Fue, en esencia, una estrategia geopolítica: Estados Unidos vendía tecnología atómica a cambio de control, influencia y, sobre todo, la garantía de que ese material jamás sería desviado hacia fines militares. Venezuela fue uno de los países elegidos para este programa.
¿Qué interés podría tener Donald Trump en un centro de investigaciones científicas? La respuesta, hoy lo sabemos, no estaba en los laboratorios de biología ni en las oficinas administrativas
El primer reactor de América Latina
Como resultado de este acuerdo, Venezuela se convirtió en el primer país de América Latina en contar con un reactor nuclear.
La instalación se denominó RV-1 y fue construida en el Instituto Venezolano de Neurología e Investigaciones Cerebrales (IVNIC), que con el tiempo se transformaría en el actual Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), en Altos de Pipe.
Las características del reactor eran imponentes para la época:Tipo: reactor de piscina (pool-type material testing reactor)
Potencia: 3 megavatios de potencia térmica
Combustible: uranio enriquecido al 20 % (uranio altamente enriquecido - HEU)
Fabricante: General Electric
Alcance de criticidad: 12 de julio de 1960
El uranio suministrado tenía un nivel de enriquecimiento del 20%, un umbral técnicamente significativo, ya que supera el límite que clasifica al material como "uranio altamente enriquecido" (HEU).
Aunque para uso directo en armas nucleares se requieren niveles aún más elevados (superiores al 80 %), el material del RV-1 ya representaba un riesgo real de proliferación si caía en manos equivocadas.
Un préstamo, no una venta: la trampa del "Átomos para la Paz"
Uno de los aspectos fundamentales y frecuentemente malinterpretados de esta historia es que el uranio enriquecido entregado a Venezuela no era una transferencia definitiva de propiedad.
Bajo los acuerdos de "Átomos para la Paz" y las salvaguardas del OIEA, el combustible nuclear se entregó en modalidad de arrendamiento, con estrictas obligaciones de no proliferación. Esto significaba tres cosas:El material no fue extraído de minas venezolanas ni enriquecido en el país.
Una vez que el reactor cesará sus operaciones o el combustible fuera gastado, debía devolverse al país de origen (principalmente Estados Unidos).
El contrato establecía salvaguardas internacionales para garantizar su uso exclusivamente pacífico.
En otras palabras, Venezuela fue simplemente un depositario de material nuclear estadounidense. Un depositario que, con los años, se convertiría en un dolor de cabeza geopolítico y que destacó en su comunicado del 07 de mayo que venía solicitando desde hacía largo tiempo su retirada.
13.5 kilos de uranio almacenados durante 35 años
El reactor RV-1 funcionó durante tres décadas, pero fue apagado definitivamente en 1991. Sin embargo, su combustible nuclear 13,5 kilogramos de uranio enriquecido por encima del 20 % nunca fue retirado del país.
Hoy se entiende con claridad: el Pentágono no solo fue por el petróleo. También fue por el uranio
Durante 35 años, este material permaneció almacenado en una instalación envejecida, a pocos kilómetros de Caracas, convirtiéndose con el paso del tiempo en lo que los organismos de no proliferación denominan un "punto crítico de preocupación".
La ruta
La ruta para sustraer el material de la sede del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), en Altos de Pipe, estado Miranda se realizó un traslado terrestre acompañado por un convoy militar fuertemente custodiado que transportó el uranio desde el IVIC hacia el puerto principal de salida, el Puerto Cabello (estado Carabobo), donde el material fue embarcado para ser llevado a instalaciones de seguridad en Savannah River Carolina del Sur, Estados Unidos.
El 3 de enero: las bombas revelaron el secreto
Ese riesgo, al parecer, dejó de ser teórico para Estados Unidos el 3 de enero de 2026. El bombardeo sobre el IVIC que los funcionarios del gobierno de la presidenta encargada Delcy Rodríguez denunciaron más tarde como un ataque que dañó la infraestructura del instituto no fue un error de puntería ni un daño colateral. Hoy se entiende con claridad: el Pentágono no solo fue por el petróleo. También fue por el uranio.
Los intereses de Estados Unidos en Venezuela, que la mayoría asociaba exclusivamente con la cuenca del Lago de Maracaibo y la Faja Petrolífera del Orinoco, se extendían en realidad hasta esos laboratorios olvidados en la montaña. La operación militar del 3 de enero preparó el terreno para lo que ocurriría cuatro meses después: la reposición del uranio.
Lo que ocurrió en Altos de Pipe entre enero y mayo de 2026 es una de las paradojas más notables de la historia reciente de Venezuela.
El mismo país que en 1955, bajo el discurso idealista de Eisenhower, donó 300 000 dólares para construir un reactor de investigación en Caracas, decidió 71 años después bombardear ese país para garantizar la seguridad del uranio que él mismo había traído y por el cual Venezuela había pagado 2,5 millones de dólares (equivalentes a unos 22 millones de dólares actuales, ajustados por inflación).
Paradójicamente, aunque Venezuela pagó por el reactor, el costo más alto no fue el de la compra, sino el del almacenamiento del combustible. Durante 35 años (de 1991 a 2026), el país fue depositario de un material que no podía usar (uranio enriquecido) porque estaba ligado a “salvaguardas internacionales”.
El 3 de enero de 2026, quedará como el día en que Venezuela descubrió que el mayor riesgo nuclear en su territorio no lo había generado ningún enemigo, sino el aliado que décadas atrás le dio un reactor que nunca fue realmente suyo
Venezuela nunca fue dueño de ese material. Fue, simplemente, el guardián olvidado de un secreto nuclear. El bombardeo del 3 de enero fue también una operación de reposesión encubierta, el desenlace violento de un contrato firmado en la Guerra Fría.
Los 13.5 kilos de uranio ya no están en Altos de Pipe. Pero las marcas de las bombas del 3 de enero quedarán como el día en que Venezuela descubrió que el mayor riesgo nuclear en su territorio no lo había generado ningún enemigo, sino el aliado que décadas atrás le dio un reactor que nunca fue realmente suyo.
La historia vuelve a confirmar que lo peor de ser enemigo de Estados Unidos es ser su aliado. Depender de la tecnología estadounidense nos vuelve menos soberanos y más vulnerables.
Ojalá que los líderes de América Latina sean conscientes de que ceder desarrollo tecnológico bajo el discurso de colaboración científica con Estados Unidos es ceder también autonomía, sin importar los nobles intereses.
https://www.diario-red.com/articulo/america-latina/uranio-que-salio-venezuela-duro-golpe-desarrollo-ciencia-latinoamericana/20260525100000069674.html
