Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

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Trump, la guerra en Irán y la batalla por el voto católico

La imagen que remite simultáneamente a la iconografía de Cristo y al poder imperial, publicada por Trump, así como su retiro pronto de las redes sociales, es apenas una pequeña muestra de la capacidad de influencia que tiene la Iglesia Católica en la política estadounidense.

La imagen que Donald Trump decidió publicar, en la que aparece investido con una estética claramente cristológica, imponiendo las manos sobre un enfermo, rodeado de símbolos nacionales, militares y religiosos, fue más allá de una simple provocación mediática.

Fue un intento por decir lo menos errático de darle sentido moral a una guerra que la mayoría de estadounidenses, en las encuestas más recientes, ve como injusta, dañina y sin explicación. 

La imagen fue retirada rápidamente ante las protestas de los líderes católicos y evangélicos de Estados Unidos que repudiaron una imagen que desecraba los principios tradicionales de la Iglesia.

El mensaje visual es delirante. Trump aparece en el centro, vestido con una túnica blanca y un manto rojo que remite simultáneamente a la iconografía de Cristo y al poder imperial.

Su gesto es el de la sanación: una mano sobre la cabeza de un hombre enfermo, que algunos hallan un parecido muy grande con el rostro de Jeffrey Epstein, el empresario que encabezó una empresa de estupro y violación de menores de edad y que aparentemente terminó con su vida cuando fue arrestado y sometido a juicio.

A su alrededor, figuras que representan distintos sectores de la sociedad —militares, personal médico, civiles— lo observan con una mezcla de fe, expectativa y subordinación. 

En el fondo, la bandera estadounidense, aviones de combate, explosiones y una figura celestial que recuerda a una versión glorificada de la Estatua de la Libertad completan el cuadro.

El mensaje es muy semejante a los intentos de los líderes del fascismo en la Segunda Guerra Mundial que se presentaban a sí mismos como figuras redentoras, capaces de restaurar el orden en medio del caos

La imagen incluye explosiones de un combate aéreo en las inmediaciones de Washington, D.C., la capital estadounidense, lo que revela el imaginario, inconsciente o no, de Trump que no ve como improbable la guerra transportada al territorio estadounidense.

El mensaje es muy semejante a los intentos de los líderes del fascismo en la Segunda Guerra Mundial que se presentaban a sí mismos como figuras redentoras, capaces de restaurar el orden en medio del caos.

El intento de destruir a Irán se presenta como parte de una narrativa de salvación. La violencia queda subsumida dentro de una lógica moral superior: el líder que sana también combate, sin importar si en su cruzada se lleva a civilizaciones enteras.

 El que protege con una mano también destruye con la otra, como si la licencia de matar fuera divina.

Desde el inicio de la escalada en Irán, el Vaticano ha insistido en la necesidad de evitar la expansión del conflicto, privilegiar la diplomacia y rechazar el uso preventivo de la fuerza

Este tipo de representación entra en tensión directa con la doctrina social de la Iglesia católica y, en particular, con la posición del Papa León XIV frente a la guerra.

 Desde el inicio de la escalada en Irán, el Vaticano ha insistido en la necesidad de evitar la expansión del conflicto, privilegiar la diplomacia y rechazar el uso preventivo de la fuerza.

La tradición católica sobre la “guerra justa” ha sido reinterpretada en las últimas décadas con un énfasis creciente en la ilegitimidad de los conflictos que no cumplen criterios estrictos de defensa proporcional y último recurso.

En ese contexto, no es casual que varios arzobispos estadounidenses hayan expresado su preocupación o rechazo a la guerra en Irán. Sus declaraciones no sólo cuestionan la legalidad o la eficacia de la intervención, sino su legitimidad moral. 

La crítica no proviene de la oposición demócrata tradicional, sino de una autoridad religiosa que disputa el encuadre moral del conflicto.

Es ahí donde la imagen de Trump adquiere un significado estratégico. 

En medio de un conflicto abierto con el liderazgo católico, Trump intenta movilizar a su base evangélica, aquella que ha votado por él basada principalmente en la promesa de combatir el aborto y el matrimonio homosexual, banderas que los republicanos han levantado por décadas.

Al mismo tiempo, Trump intenta disputar el terreno católico, sobre todo en los momentos en el que el líder del Vaticano es el primer pontífice estadounidense y encabeza a una comunidad que crece a pasos agigantados en algunas comunidades significativas por la población predominante de comunidades latinas y afroamericanas: Detroit, Houston, Los Ángeles, Phoenix, etc.

La primera reacción de Trump fue la de construir una narrativa alternativa: si el Vaticano cuestiona la guerra, él la reinterpreta como una misión moral. Si los obispos hablan de contención, él habla de restauración

En Estados Unidos, el voto católico es uno de los más volátiles y decisivos en elecciones de medio término. 

No es un bloque homogéneo: está dividido por líneas étnicas, generacionales y políticas. Pero precisamente por eso es un espacio de intensa competencia que ahora se está inclinando en contra de las políticas de Trump.

La primera reacción instintiva de Trump fue la de construir una narrativa alternativa: si el Vaticano cuestiona la guerra, él la reinterpreta como una misión moral. Si los obispos hablan de contención, él habla de restauración.

La utilización de la figura de Cristo desecha el simbolismo de sacrificio o humildad, y se autorrepresenta como fuente de autoridad y poder en el contexto de una guerra civilizacional.

Sin embargo, esta apropiación tiene límites y está despertando la oposición de las comunidades religiosas, sean católicas o evangélicas.

Para una parte significativa de la comunidad católica, especialmente aquella más alineada con la doctrina social contemporánea, la instrumentalización de símbolos religiosos con fines políticos resulta problemática.

No sólo por la imagen en sí, sino por lo que implica: la fusión entre poder militar y legitimidad espiritual. La Iglesia ha sido históricamente cautelosa frente a ese tipo de asociaciones, precisamente porque diluyen la frontera entre lo sagrado y lo político.

Además, la guerra en Irán introduce un elemento adicional de fricción. A diferencia de conflictos anteriores, este no puede justificarse fácilmente como respuesta directa a una agresión inminente.

La discusión sobre los objetivos, control de capacidades nucleares, contención regional, proyección de poder, no encaja de manera sencilla en los marcos éticos tradicionales del catolicismo. Eso abre un espacio de crítica que, además de ideológico, es doctrinal.

La Iglesia ha sido históricamente cautelosa frente a ​la fusión entre poder militar y legitimidad espiritual, precisamente porque diluyen la frontera entre lo sagrado y lo político

En ese sentido, la reacción de los arzobispos representa una señal de que el consenso interno dentro del catolicismo estadounidense está lejos de alinearse automáticamente con la agenda de seguridad nacional del gobierno. Y eso puede tener implicaciones electorales en las elecciones intermedias de noviembre de 2026 y las presidenciales de 2028.

El voto católico, particularmente en estados clave, puede inclinarse en función de percepciones morales sobre la guerra, la justicia social y el papel del Estado. La imagen de Trump como figura redentora puede resonar en ciertos sectores, pero también puede generar rechazo en otros que ven en ella una forma de sincretismo militarizado.

Un estudio reciente indica que el 55 por ciento de los votantes católicos apoyaron a Trump en las elecciones presidenciales de 2024. Sin embargo, la realidad actual puede ser otra: el incumplimiento de la promesa de Trump de mantener la paz, el ataque unilateral contra Irán, el conflicto con el Papa León XIV y el uso de imágenes desecrantes de la fé católica, están minando rápidamente ese apoyo.

El retiro pronto de la imagen de las redes sociales es apenas una pequeña muestra de la capacidad de influencia que tiene la Iglesia Católica en la política estadounidense y la fractura creciente entre el gobierno estadounidense y una comunidad que se ha opuesto a la política de aterrorizar a comunidades de indocumentados, bombardear pequeñas embarcaciones que cruzan el mar Caribe, intervenir militarmente en Venezuela, imponer la hambruna en Cuba y ahora bombardear indiscriminadamente Irán.

En un momento en que la guerra redefine las prioridades políticas y morales de los estadounidenses, esa fractura puede resultar decisiva en la definición del futuro político de esta nación.

https://www.diario-red.com/articulo/internacional/trump-guerra-iran-batalla-voto-catolico/20260415011923067771.html

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