Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

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Su maldito idioma

El “maldito idioma” es el “sustituto de posición” de un idioma que al presidente Trump le resulta detestable y molesto porque se le presenta como una peligrosa enfermedad o una infección en el cuerpo social estadounidense imaginado como blanco, monolingüe (inglés) y protestante

En una reciente reunión de Trump con algunos presidentes latinoamericanos, con lapidaria sinceridad, les dijo a todos ellos que no va a «aprender su maldito idioma», refiriéndose al español.

Decir esto ante un auditorio donde todos tienen como idioma materno el español y apenas balbucean un inglés rústico -como luego lo demostró Milei-, puede ser visto como una grosería inapropiada o un lapsus linguae. Pero, en realidad, estamos ante un clásico síntoma lacaniano de metáfora y goce (El Seminario, Libro III).

El “maldito idioma” es el “sustituto de posición” de un idioma que al presidente Trump le resulta detestable y molesto porque se le presenta como una peligrosa enfermedad o una infección en el cuerpo social estadounidense imaginado como blanco, monolingüe (inglés) y protestante. 

Y el goce porque, si bien conscientemente sabe de los costos políticos que pueden arrastrar las humillaciones desplegadas hacia los migrantes latinos y la población latinoamericana en general, hay una desbordante satisfacción corporal que le provocan las crueldades y agravios que ha ordenado implementar contra ellos.

No es tanto un ataque a un idioma como a una población que mayoritariamente habla el idioma español. En 2015, en las primarias republicanas, ya había sentenciado que «este es un país donde hablamos inglés, no español» (El País, 23.I.2017). Y en este segundo mandato se ha encargado de usar el poder del Estado para imponerlo.

En 2025, ha firmado la Orden Ejecutiva 14224, que declara como único idioma oficial de EEUU al inglés, a pesar de que el 20% de la población habla español. Esto ha supuesto que todas las oficinas gubernamentales federales suspendan la asistencia en cualquier otro idioma.

El “maldito idioma” es el “sustituto de posición” de un idioma que al presidente Trump le resulta detestable y molesto porque se le presenta como una peligrosa enfermedad o una infección en el cuerpo social estadounidense imaginado como blanco, monolingüe (inglés) y protestante

Pero el golpe más duro contra la presencia latina ha venido de la mano del ICE, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, que durante el último año ha desplegado una despiadada persecución de latinos en todo el territorio. 

No se trata solo de la búsqueda de “delincuentes peligrosos”, ni de migrantes indocumentados. Se trata de una persecución racializada contra los migrantes, legales o ilegales, provenientes de Latinoamérica. Como lo expresaba una migrante argentina, el ICE “no busca papeles, busca cuerpos. Es una cacería”.

Y más allá de los centenares de miles de detenciones y deportaciones ilegales, están el miedo y escarmiento como políticas de Estado que se despliegan hoy como modo de legitimación política en una sociedad que, como la estadounidense, está atravesada por frustraciones, estancamiento económico y pérdida de estatus global. 

En esas circunstancias, la crueldad y el miedo ejercido contra una parte de la población, galvaniza la cohesión de la otra parte de sus habitantes. 

Así, el “latino” para la mitad de los estadounidenses no solo es el “intruso” que alimenta todas las desquiciadas teorías sobre el “gran reemplazo” de los “verdaderos” norteamericanos (“blancos”) por hordas de migrantes; sino que, también, es el chivo expiatorio del deterioro económico de clases medias y populares “olvidadas” por la globalización neoliberal.

El “latino” para la mitad de los estadounidenses no solo es el “intruso”, sino también, es el chivo expiatorio del deterioro económico de clases medias y populares “olvidadas” por la globalización neoliberal

Todo esto está llevando a que la “latinidad” comience a presentarse en las instituciones y en el sentido común dominante como un estigma devaluatorio que quita derechos y ralentiza reconocimientos. Con el tiempo, en el prejuicio popular, la latinidad ya deviene en un marcador de ‘inferioridad” social. 

Resulta irrelevante si los sujetos poseen una pigmentación de piel semejante a los norteamericanos anglosajones o si su apellido tiene raíz italiana o alemana; igual son peyorativamente categorizados como “latinos”, “frijoleros”, “spic”, “greaser” (J, Hill, 2008).

 De este modo la cadena de desprecios raciales escalonados a nivel nacional, alcanza ahora una dimensión global. Los que en España llaman despectivamente “panchitos” a los migrantes latinoamericanos, en Argentina “bolitas” a los migrantes bolivianos o, en Bolivia, “indios de mierda” a las poblaciones indígenas, no bien ponen un pie en Miami o New York, no son más que variantes de latinos provenientes de lo que Trump ha calificado como “shithole countries”.

Comparativamente, los migrantes latinos están desempeñando hoy el papel que los migrantes italianos e irlandeses tuvieron a principios del siglo XX. Según el historiador J. Higham, a ellos también se les aplicó una serie de impedimentos migratorios bajo el argumento de que eran “campesinos degradados”, provenientes de “razas derrotadas” y sin ninguna aptitud “para el autogobierno” civilizado.

Sin embargo, si uno se fija en los costos y beneficios de carácter económico y político que conlleva esta cruzada antimigrante y de sometimiento brutal del sur del continente, las consecuencias pueden resultar contraproducentes para la propia estrategia trumpista de “limpieza” étnica en lo interno y de vasallaje del continente.

Si uno se fija en los costos y beneficios de carácter económico y político que conlleva esta cruzada antimigrante y de sometimiento brutal del sur del continente, las consecuencias pueden resultar contraproducentes para la propia estrategia trumpista de “limpieza” étnica

La población hispanohablante del mundo es de 635 millones, la tercera más hablada del planeta (Instituto Cervantes, 2025). Estamos ante un idioma con un alto poder demográfico y de consumo.

 En EEUU los “latinos” -que es como llaman a los hispanohablantes- son 68 millones de personas, por encima de los “asiáticos” (21 millones) y los “negros” (39 millones). De ese total de latinos, 45 millones han nacido en EEUU; 8.6 millones son migrantes ciudadanizados y 14 millones (21 %), son no ciudadanos (Pew Research Center, 2025).

Maltratar a minorías sociales para capturar la adherencia de las mayorías es una vieja táctica de todos los proyectos autoritarios, pero hacerlo con el 14% del electorado activo, es bastante riesgoso.

Económicamente, los latinos estadounidenses generan una actividad económica anual de 4 billones de dólares, más que Alemania o la India. 

Pagan cerca de 300.000 millones de dólares en impuestos (USLatinGDP, 2025), y más del 80% de lo que generan se queda en el país (Sheinbaum, 2025).

Además de ello, los latinos en Estados Unidos llegan con un mayor nivel educativo que los del sur de Europa de inicios del siglo XX; tienen una tasa de matriculación universitaria por encima de los “blancos” y “negros”, y logran una tasa de movilidad social ascendente mayor que la de otros grupos sociales (Bostan- Abramitzky, 2022).

Dada esta importancia demográfica y económica de la migración latina, ¿cómo entender, entonces, esta gramática de la crueldad racializada que el Gobierno norteamericano está desplegando?

Es probable que el presidente Trump y la oligarquía que lo acompaña confíen en la capacidad seductora de la fuerza bruta de la dominación. 

Es una norma que se repite en la historia de todos los países del mundo que los migrantes de una región o país más pobre que se dirigen a otro más próspero tengan como modelo aspiracional a las élites exitosas de ese país o región de destino.

 Soportarán todos los desprecios descargados por ellas, sueñan con ser como ellas y, a modo de “rito de iniciación” para intentar ser aceptados, los migrantes más antiguos se comportarán con los migrantes recién llegados de manera más despótica y discriminatoria que la que ellos tuvieron que sobrellevar.

Es probable que la misma fascinación por las cadenas de la opresión tiende a generarse, inicialmente, entre los habitantes de un país pobre y dominado por un gran hegemón.

Es lo que Hegel, en la fase primera de la dialéctica del amo y el esclavo, llamo la “conciencia servil” del dominado ante el temor absoluto a la muerte que le puede infligir el amo. En este caso, el temor a la deportación o la exclusión.

Algunos datos apuntan a este camino de aceptación silenciosa de los agravios. No existe una identidad movilizada de la latinidad. Los habitantes de cada país del continente que hablan español no comparten un futuro imaginado con los habitantes de otros países. 

El idioma en común no es una comunidad política de destino. Y, en varios países de fuerte presencia demográfica indígena, el propio idioma español es vivido como un idioma impuesto.

De la misma manera, en EEUU, los migrantes latinos tienden a integrarse económica y culturalmente rápido a las estructuras sociales nativas.

 Son los más propensos a creer en el “sueño americano” y están dispuestos a cualquier sacrificio para lograrlo. Los hispanoamericanos de segunda generación ya hablan el inglés como idioma materno; y los de tercera abandonan el español (Noah Smith, 31, II, 2023).

Los migrantes latinos son los más propensos a creer en el “sueño americano” y están dispuestos a cualquier sacrificio para lograrlo

Pero también hay dos aspectos gravitantes que pueden bloquear este calvario que los migrantes soportan por la esperanza de una futura redención integradora.

El primero, es que el latino en EEUU no es una minoría más que podría esperar su dilución en la sociedad dominante; o la coexistencia marginal, como la de las llamadas “primeras naciones” indígenas. 

Los latinos son la segunda mayoría poblacional del país, la más joven y la de mayor crecimiento. Además, un 94% se define a sí misma como hispana (Pew Research Center, 2025).

Se trata de una densidad social que, tarde o temprano, va a dar lugar a una acción colectiva por la construcción de algún tipo de nación multicultural y de institucionalidad estatal multiétnica, tal como lo hizo la población norteamericana afrodescendiente con el poderoso movimiento por los derechos civiles, entre los años 50 y 70 del siglo XX.

El segundo, que los efectos de las políticas discriminatorias contra la población latina, no solo son agravios morales y jerarquizaciones simbólicas que golpean la dignidad de una parte importante de la población estadounidense; son también formas de devaluación y expropiación de recursos materiales.

El racismo es un tipo de fuerza económica que devalúa el trabajo y los bienes de los sujetos racializados. 

Bloquea oportunidades de ascenso social de los segregados y sobrevalora artificialmente la posición y los recursos de los sujetos que racializan a los demás. 

Estamos ante modalidades de transferencia económica por vía de la jerarquización discursiva de los cuerpos. Y ello, ejercido violentamente contra una población numerosa que posee un patrimonio económico relevante, tiene un efecto expropiatorio que no puede pasar desapercibido en la conciencia de los usurpados.

El racismo es un tipo de fuerza económica que devalúa el trabajo y los bienes de los sujetos racializados

Lo propio puede afirmarse respecto a los países arrastrados al vasallaje por sus elites políticas. Con el tiempo, la sumisión resignada que acepta la despiadada expropiación de fuerza de trabajo y recursos naturales, puede transformarse en una explosiva insurgencia anticolonial orientada a la recuperación de sus riquezas. América Latina constituye un modelo de recurrentes oleadas de nacionalismos antiimperialistas entorno a los recursos naturales. 

Es lo que Hegel denomina, en el segundo momento de la dialéctica del amo y el esclavo, la fase de la “autoconciencia” (Hegel, Fenomenología del Espíritu).

En lo inmediato, ¿se expresará todo esto en el desplazamiento del voto latino estadounidense en las elecciones de medio término de noviembre de 2026? Es muy probable. 

Pero me inclino a pensar que lo más importante viene del lado de una intensificación de las ya elevadas frustraciones y resentimientos explosivos que vive la sociedad estadounidense, con el consiguiente aumento de la polarización política y la anomia social que prevalece desde el asalto al Capitolio en 2021.

https://www.diario-red.com/opinion/alvaro-garcia-linera/su-maldito-idioma/20260321203857066237.html

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