¿Trump convirtió una negociación de paz en una ejecución política? (El Tábano Economista)
En medio de un almuerzo de Pascua en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump se salió del guion para abordar las especulaciones sobre el papel de su vicepresidente, JD Vance, en la consecución de un acuerdo para poner fin a la guerra en Irán.
“Si no sucede, le echaré la culpa a JD Vance”, bromeó Trump. “Si sucede —añadió, como quien reparte cartas en una partida de póquer donde siempre tiene el as bajo la manga—, me atribuiré todo el mérito”.
Esa declaración, envuelta en el celofán de un chiste de sobremesa, reflejaba a la perfección la naturaleza de una vicepresidencia que nunca ha sido un trampolín, sino una trampa.
Vance no está ahí para heredar el trono; está ahí para ocupar el sitio del peón que el rey sacrifica cuando el jaque se acerca.
La misión diplomática que el vicepresidente encabezó en Islamabad era, en esencia, un campo minado sembrado con la previsión de un gran estratega, que no es Trump.
Para avanzar hacia un acuerdo permanente que ponga fin a seis semanas de una guerra que ha asolado Oriente Próximo y convulsionado la economía mundial, Vance tendría que satisfacer a partes con intereses tan contrapuestos como la Casa Blanca, el Pentágono, el lobby proisraelí y un régimen iraní que ha sobrevivido a todo, incluida la propaganda de su propia aniquilación.
Pero lo más fascinante —y aquí radica la genialidad siniestra del guion— es que el fracaso no es un accidente. Es la característica principal del diseño. La misión de Vance en Pakistán no fue un fracaso diplomático; fue una pieza calculada dentro de una estrategia mayor cuyo tablero no está en Oriente Próximo, sino en las primarias republicanas de 2028.
Si la maniobra y la finalidad de las metas de guerra de Trump no estaban nada claras —y no lo estaban—, los objetivos de una paz acordada lo son muchísimo menos.
Y esa opacidad no es un defecto, sino un rasgo. Porque el conflicto con Irán sirve a múltiples propósitos internos y externos que se retroalimentan como serpientes devorándose la cola.
Inicialmente, la Administración declaró objetivos maximalistas dignos de un videojuego: “derrocamiento del gobierno”, “aniquilación” de la capacidad militar iraní.
Luego, como quien baja el volumen de una música incómoda, expertos del think tank Carnegie Endowment sugirieron que el verdadero objetivo era aún más modesto: cambiar el comportamiento del régimen, desmantelar un programa nuclear que supuestamente ya estaba desmantelado tras la guerra de los doce días, y frenar la influencia regional de Teherán.
El propio Trump reconoció que el cambio de régimen no era el objetivo original. Nadie sabe a ciencia cierta qué se busca, pero todo el mundo intuye que la paz verdadera jamás ha estado en la mesa. La guerra es el medio; la paz, el pretexto.
Vance, acérrimo opositor a la guerra antes de ser vicepresidente, era la persona con menos probabilidades de tener éxito en unas negociaciones que él mismo consideraba un error estratégico.
Y precisamente por eso fue elegido. Su misión era un cáliz envenenado, una copa de la que no se puede beber sin morir políticamente.
Enviar a un antiintervencionista a negociar la paz con Irán le permite al presidente o su entorno, dos jugadas maestras a la vez.
Por un lado, apacigua a su base más aislacionista, demostrando que escucha a los sectores del partido que se oponen a la guerra; por otro, tiende una trampa perfecta a su rival interno, sabiendo que el fracaso es casi seguro y que ese fracaso manchará para siempre las aspiraciones presidenciales de Vance para 2028.
Las negociaciones de veintiuna horas en Islamabad no fueron otra cosa que teatro de alto presupuesto. Las exigencias de Estados Unidos eran inaceptables para cualquier régimen que no estuviera ya derrotado sobre el terreno, pero Irán no está derrotado y controla el Estrecho de Ormuz.
Sabe que el tiempo juega a su favor, por lo que se mantuvo firme. Mientras Vance sudaba la gota gorda en salas de reuniones sin ventanas, Trump asistía a una pelea de UFC en la primera fila, junto a su secretario de Estado, Marco Rubio, el hombre que realmente quiere ver en ese asiento de vicepresidente o, mejor aún, en el de presidente.
Lejos de ser un “hombre del pueblo”, como su biografía de Hillbilly Elegy intentó vender, Vance es la personificación de una nueva élite que ha sabido camuflarse con cazadoras de franela y discursos sobre la América olvidada. Es la élite de los tecnólogos de Silicon Valley que no han abrazado el trumpismo por fervor populista, sino por cálculo geopolítico y económico.
Su mentor es Peter Thiel, el multimillonario de PayPal y Palantir, que financió su carrera política con una donación de quince millones de dólares para su campaña al Senado. Thiel lo contrató en su firma de capital de riesgo, Mithril Capital, y fue inversor clave en su propio fondo, Narya.
No es casualidad que el apellido de la espada mágica de El Señor de los Anillos bautice un fondo de inversión: Vance se forjó en la fragua de los tecnólogos que ven el Estado como un estorbo y la guerra como un mal negocio, salvo cuando se puede externalizar a algoritmos y drones.
Su ascenso fue orquestado por un grupo de multimillonarios tecnológicos que presionaron a Trump para que lo eligiera como compañero de fórmula.
Ese grupo, que incluye a Elon Musk y a David Sacks —inversor de capital riesgo, cofundador de Craft Ventures, exejecutivo de PayPal, fundador de Yammer, vendida a Microsoft, y actual asesor especial para inteligencia artificial y criptomonedas del gobierno de Estados Unidos—, ha canalizado cientos de millones de dólares a través de super-PACS como America PAC.
Incluso en 2026, cuando su popularidad se resquebraja, Vance sigue recaudando fondos de esta élite con cenas donde la entrada cuesta cincuenta mil dólares por persona. No es corrupción, es lobby. Y en Washington, esa diferencia es tan fina como el filo de una navaja.
La pregunta sobre a qué élite beneficia Vance en su lucha sorda con Marco Rubio es la clave de toda esta intriga.
Vance representa a una élite tecnológica, un nuevo orden postindustrial que busca desregular el sector tecnológico y financiero —especialmente el de las criptomonedas— y cuyo enfoque es aislacionista en lo militar pero agresivo en la guerra económica y comercial.
Por otro lado, Rubio encarna a la élite tradicional y proisraelí, el ala más clásica del Partido Republicano: el complejo militar-industrial, los intereses petroleros y, de manera crucial, el poderoso lobby proisraelí, cuya red de donantes y grupos de presión tiene décadas de antigüedad y una eficacia probada en las urnas.
Trump, que siempre ha visto la política como un reality show, donde los concursantes se devoran entre sí, ha estado sondeando a donantes sobre quién prefieren para 2028.
En una cena en Mar-a-Lago, un grupo de grandes donantes mostró una “preferencia casi unánime” por Rubio sobre Vance.
La guerra con Irán, apoyada sin fisuras por Rubio, ha elevado su perfil como un halcón fiable en un partido que, paradójicamente, sigue rindiendo culto a la fuerza.
Vance, en cambio, queda atado a un conflicto que se suponía que debía terminar y que ahora lo ahoga con sus propias contradicciones.
La respuesta a quién beneficia el envío de Vance a Pakistán es clara y brutal: a Donald Trump y su entorno.
Al enviar a su vicepresidente a una misión imposible, el presidente logró tres objetivos de un movimiento.
Primero, se quitó de encima la presión política. Desvió la atención de su propia impopularidad y del desastre humanitario y económico de la guerra hacia la figura de su número dos.
Segundo, neutralizó a un rival que crecía demasiado rápido en las encuestas internas, Dañó irreversiblemente la candidatura de Vance para 2028, eliminando una amenaza directa antes de que pudiera consolidarse.
Tercero, reafirmó su poder de una manera que solo los grandes líderes autoritarios saben ejecutar.
Demostró que puede usar y desechar a cualquiera, incluso a su propio vicepresidente, para sus fines personales.
En esencia, el viaje de Vance a Pakistán no fue una negociación de paz; fue una ejecución política realizada ante los ojos atentos de los aliados israelíes, que observaban con satisfacción cómo el candidato menos dócil a la causa de Jerusalén era pasto de las llamas.
Pero el tablero político es volátil, y aquí es donde la jugada de Trump podría convertirse en su propio funeral político.
Porque si bien la misión de Vance fue diseñada para deshacerse de un rival interno, una derrota aplastante en las elecciones de medio término de 2026 no sólo pondría fin a la influencia política de Trump, sino que desataría una crisis sucesoria sin precedentes que devoraría vivo al presunto heredero.
El panorama para los republicanos es, como mínimo, extremadamente peligroso.
El índice de aprobación de Trump se ha desplomado de 45% a 33% según una encuesta de la Universidad de Massachusetts Amherst, su peor registro en todo su segundo mandato. Su desaprobación ronda el 60%.
Es más impopular que Richard Nixon en su peor momento, y está arrasando entre los votantes independientes con un saldo neto de menos cuarenta y cinco puntos.
La economía, como siempre, será el factor decisivo, solo el 23% de los estadounidenses aprueba su manejo de la inflación —frente al 44% del año anterior— y dos tercios creen que sus políticas han empeorado la economía.
Los mercados de predicción dan un 84% de probabilidades de que los demócratas tomen el control de la Cámara de Representantes.
La contienda por el Senado es más reñida, pero estados como Ohio —el antiguo escaño de Vance—, Iowa y Texas ya no se consideran bastiones republicanos seguros, sino campos de batalla en disputa.
Una derrota catastrófica en noviembre despojaría a Trump de su principal fuente de poder político. Convertirse en un “pato cojo” durante el resto de su mandato no solo erosionaría su influencia en Washington, sino que lo dejaría expuesto a la furia de un Congreso demócrata que usaría su poder de citación para investigar cada rincón de su administración, paralizar su agenda legislativa y, potencialmente, iniciar procesos de impeachment.
Y al no poder postularse para un tercer mandato —la Constitución es tozuda incluso con los egos más desmesurados—, el foco de atención nacional y mediático se desplazaría inmediatamente hacia la carrera sucesoria de 2028, relegando a Trump al papel de un espectador. Ese es un destino que su ego, alimentado durante décadas con el néctar de la atención perpetua, no está preparado para aceptar.
Sin embargo, la mayor víctima de una derrota republicana no sería Trump, sino JD Vance. Su estrategia para 2028 se basaba en la premisa de ser el heredero coronado de un presidente exitoso.
Esa premisa se derrumbaría como un castillo de naipes. Vance está ligado inexorablemente a las políticas de Trump que han llevado al partido al desastre.
La teoría de que Vance heredaría la maquinaria política de Trump se desmorona si esa maquinaria es la de un perdedor.
Las élites de Silicon Valley que financiaron su campaña verían su apuesta como un fracaso estrepitoso y buscarían nuevos líderes más rentables, dejando a Vance sin una base de poder propia, flotando en el vacío como un astronauta cuyo cable de oxígeno ha sido cortado por el mismo centro de control que lo envió al espacio.
En este escenario de derrota, la pregunta sobre a quién convenía enviar a Pakistán adquiere una nueva dimensión, trágica para el vicepresidente. Vance fue enviado a una misión imposible diseñada para destruir su futuro.
El plan de Trump puede funcionar —de hecho, está funcionando—, pero una derrota en las elecciones de medio término se convertiría en un suicidio mutuo asegurado para ambos, llevándose por delante a la cúpula del MAGA y sumiendo al Partido Republicano en una profunda crisis de liderazgo de la que tardaría años en recuperarse.
La única carta que podría salvar a Vance de la quema es la 25ª Enmienda, ese mecanismo constitucional que permite declarar al presidente incapacitado y transferir el poder al vicepresidente.
La Sección Cuarta, la que permite la destitución involuntaria, nunca se ha invocado desde su ratificación en 1967. Su procedimiento es sencillo sobre el papel y casi imposible en la práctica.
El vicepresidente y la mayoría del gabinete deben declarar por escrito que el presidente está impedido; el presidente puede impugnar la decisión; si lo hace, el Congreso tiene veintiún días para decidir, y se requiere una mayoría de dos tercios en ambas cámaras para mantener al vicepresidente como presidente interino.
Una mayoría de dos tercios en un Congreso que, incluso en el peor escenario para Trump, seguiría teniendo una fuerte minoría republicana fiel al líder caído.
Así las cosas, el vicepresidente se encuentra en una jaula de hierro político de la que no hay salida limpia. Si la guerra termina con un acuerdo, Trump se atribuirá el mérito y Vance quedará como un mero mensajero. Si la guerra no termina —que es el escenario más probable—, Trump le echará la culpa y Vance quedará como el hombre que no supo hacer lo que otros habrían logrado.
Si los republicanos pierden las elecciones de medio término, Vance será el cadáver político número uno de la noche, el vicepresidente que acompañó al capitán mientras el barco se hundía. Y si intenta invocar la 25ª Enmienda para salvar los muebles, se convertirá en un paria para siempre.
No hay victoria posible en este tablero, solo grados de derrota.
Y lo más terrible para Vance es que él mismo, con su ambición y su calculada lealtad, ha sido el arquitecto de su propia prisión. Quiso heredar el imperio y terminó heredando la trampa. El cáliz envenenado no era la misión en Pakistán; era la vicepresidencia misma. Y de esa copa, una vez que se bebe, no hay resaca que valga.

