9/5/17

“La derrota de la Revolución Francesa se produce por la ruptura, hábilmente instrumentada, del bloque popular”

Entre otras muchas cosas, algunas de ellas recordadas y comentadas en anteriores conversaciones aquí publicadas, Joaquín Miras Albarrán es miembro-fundador de Espai Marx y autor de Repensar la política y Praxis política y estado republicano.


Te decía que me alegraba que citaras al autor sueco recientemente fallecido, a H. Mankell. Hablas de la derrota de la revolución francesa, una revolución que durante años llamamos revolución burguesa. ¿Un error? ¿Por qué ese error?

Es un error denominar burguesa a la Revolución Francesa porque ésta estalla, no porque la burguesía inicie un proceso revolucionario, sino porque las clases populares urbanas y el campesinado, se levantan en una colosal acción revolucionaria. Los seis grandes momentos de empuje revolucionario se corresponden con otras tantas colosales jacqueries campesinas de ámbito estatal.

 La burguesía se atemoriza desde el inicio, porque comprende qué es lo que se cuece y no era ese su proyecto, sino el pacto con la corona. Su pensamiento orgánico, tal como nos lo explica Gonzalo Pontón en su obra La lucha por la desigualdad. Una historia del mundo occidental en el siglo XVlll, el del grueso de los pensadores ilustrados, estaba por la creación de una sociedad en la que se desregulase el mundo de la economía moral y se explotase a la mayoría de la sociedad.

También antes he citado yo el libro de Pontón.

Fue una revolución a la que se abocan en torrente las organizaciones capilares, las movilizaciones y experiencias de lucha de las masas populares, muy señeramente, el campesinado, que en una “longue duree” de cien años, se habían ido generando en Francia, desde fines del siglo XVll, como muy atinadamente insiste en recordarnos Joan Tafalla, que ha estudiado esto. Masas campesinas que ya habían dado colosales aldabonazos: los levantamientos generalizados de 1775, la “guerra de las harinas”, “la guerra del trigo” contra el proyecto capitalista del ministro ilustrado Turgot, contra la Fisiocracia, es decir, la mayoría de la Ilustración, contra su núcleo de Enciclopedistas, intelectuales orgánicos del incipiente capitalismo.

Por cierto, ¿quiénes derrotaron la revolución francesa en tu opinión?

La derrota de la Revolución Francesa se produce por la ruptura del bloque popular. Una ruptura hábilmente instrumentada. La burguesía, que era el sector intelectualmente más puntero, ateo, materialista, se percata de que el pensamiento religioso es la weltanschauung en que se elaboraba y expresaba la experiencia de lucha, y a la vez, y consiguientemente, que las masas populares eran religiosas. La burguesía azuzó a los sectores ultraradicales como medio para destruir la unidad popular a partir de este eslabón débil de la cadena. Esto era sabido también por los dirigentes revolucionarios que se opusieron, en todo momento, a la apertura de los procesos “descristianizadores” y ultra radicales, sabedores de lo que ello representaba. Ellos eran partidarios, creyesen o no, de una iglesia galicana y republicana, constitucional, cuyo clero fuese elegido democráticamente por los feligreses, etc. 

Es el caso de Robespierre, que amenaza de pena de muerte a los comisarios ultraizquierdistas, convencionales que han ido “en misión” a provincias y están de vuelta tras haber destruido el bloque campesino allí por donde pasaban a base de “descristianización”. Esto es lo que le cuesta la vida a Robespierre. Ellos toman la iniciativa, y pueden hacerlo en un momento en que la movilización popular ha caído víctima de esas tropelías. Françoise Brunel, Florence Gauthier, el “cató” Henri Gillemin, nos explican la grandeza de Robespierre y su prudencia. Y lo hace también el gran historiador clásico Albert Mathiez, por supuesto.

Por lo demás, no nos dejemos engañar, se acusa a la Revolución de Terreur, de Terror, pero la palabra terror fue utilizada desde el mismo comienzo de la revolución en 1789, por parte de los diputados de Saint Domingue –Haití-, contra la revolución, para denominar la declaración universal de los derechos del hombre, que ponía en riesgo la existencia de la Esclavitud. Para aquellos probos hacendados, escandalizados, eso era “la Terreur” y son ellos quienes crean y usan dicha palabra. Ahí nace el “terror”, el “terrorismo” de la Revolución Francesa.

Conviene recordarlo, es importante.

También había mulatos entre los grandes propietarios –es muy interesante leer La aristocracie de l’epiderme. Le combat de la Société des citoyens de Couleur, 1789-1791. Editions du CNRS, Paris, 2007, escrito por Florence Gauthier. El capítulo que se inicia en la pág. 90 se titula: “La Déclaration des droits de l´homme et du citoyen est la terreur des colons”: “la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano es el Terror –“la terreur”- de los colonos”. El terror, lo que los aterroriza es el decreto inspirado en este asunto por el iusnaturalista abate Gregoire, obispo constitucional. Incluyo información bibliográfica, porque es algo que no resulta “creíble” por ser contrario a la “Propaganda Fide” contrarrevolucionaria proburguesa actual.

Copio una expresión suya: “El capitalismo exige la desregulación del entramado social y cultural, esto es, de la comunidad, mediante la que los pobres podían controlar y acceder a los bienes de primera necesidad, a la tierra, los bosques y demás recursos naturales”. ¿No personalizas en exceso? ¿Cómo exige el capitalismo, con qué procedimientos, eso que dices que exige?

Es histórico; eso es histórico, “tal cual”. El capitalismo no tiene nada que ver con el comercio “de larga distancia”, de bienes lujo para la aristocracia, desarrollado por capitales comerciales, anteriormente. 

El origen del capitalismo está en el proceso de la expulsión de los campesinos de sus tierras, en toda Europa occidental, el “cierre de tierras” las “enclosures” con el fin de poner la tierra en manos de los capitalistas agrarios, una lucha promovida por ellos mismos y por los aristócratas arrendatarios. El capitalismo nace en el campo; su génesis comienza durante el siglo XVl y arranca con fuerza desde finales del XVll y durante el siglo XVlll. 

Esto iba acompañado de la nueva legislación tan violentamente, tan terroristamente impuesta que implantaba la expulsión del campesinado de sus tierras, de sus aldeas, y que declaraba fuera de la ley todo el conjunto tradicional de prácticas culturales de control por parte de cada comunidad de los bienes de primera necesidad producidos en la comarca. Control tradicional, control de su precio, control para que no circularan fuera de la región y para que abastecieran a los pobres de la comarca y se respetase su derecho de primera compra, y les fuesen ofrecidos a “precio justo”. Control para que no fueran acaparados y ocultados, y para fuesen llevados al mercado local. 

Control para que se aceptase imperativamente la compra al menudeo, al detalle, por parte de los pobres, y solo luego, en caso de excedente, se pudiese vender al por mayor. Control del uso de tierras, que una vez segadas, podían ser utilizadas públicamente para meter una vaca, un cordero, que paciera los sobrantes, el derecho consuetudinario de espigueo…. Control para que las tierras privadas cultivaran los vegetales necesarios para la subsistencia de la comunidad. Todo ello iba acompañado por el dominio público de las tierras comunales, por el acceso público a la leña caída de los árboles del propio bosque privado, etc. 

Era todo ello algo regulado por un entramado ético, por un ethos, que E. P. Thompson denomina “la economía moral de la multitud”. Un ethos de cuya persecución final nos da cuenta el joven periodista Karl Marx, en un artículo sobre “el hurto de leña”.

Que publica, si no recuerdo mal, en La Gaceta Renana. Paco Fernández Buey solía hablar de ese escrito que citas.

Ese mundo era desigual, pero se controlaban los bienes imprescindibles para la vida del pobre, y el uso de las tierras. No era posible tomar el trigo de la comarca y llevarlo a Inglaterra, por ejemplo, donde se pagaba más dinero por él. El mercado –si reparas en lo que te he resumido y que está en los libros de historia- no era una institución “desregulada” era una institución pública vigilada por la comunidad. No era lo que hoy se denomina “mercado”. 

El mercado, eso que los capitalistas denominan mercado, no existía, era una fantasía demencial en la mente de los Fisiócratas, de los filósofos economistas ilustrados. La palabra “mercado” poseía otro sentido, que es todavía el que usa Robespierre en sus discursos contra los “vampiros acaparadores”.

Todo esto, imposibilitaba el desarrollo del capitalismo en estas condiciones en el campo, y lo imposibilitaba también, subsiguientemente, en las ciudades.

 Los pobres podían subvenir a sus necesidades. Tenían un habitáculo, podían tener pan y alimentos de primera necesidad y acceder a los elementos que les permitían elaborar su ropa y vestirse. Ni su fuerza de trabajo estaba a disposición de los capitalistas industriales -al putting out o trabajo a domicilio, al taller-, ni las necesidades de los campesinos dependían de un salario y de la compra de esos bienes básicos, la tela basta, etc. al comerciante textil, al panadero. 

Solo una vez destruido ese tejido social habría masas famélicas de personas dispuestas a trabajar en los talleres por un mísero salario durante jornadas extenuantes, para poder comprar ahora los bienes “producidos por los capitalistas” –en realidad producidos por ellos mismos, mediante su trabajo, para el capitalista- que antes se procuraban ellos mismos, pan, ropa barata, cobijo. Surge así el mercado de bienes de primera necesidad, el mercado universal, desregulado, el mercado recién inventado, e impuesto manu militari, por el capitalismo. 

El capitalismo entra, así, en esa época, en la vida cotidiana de las masas. Solo entonces existe de veras una sociedad capitalista, cuando lo barato masivo y de primera necesidad es producido por el capitalismo esto es, por los pobres asalariados para proveer a los mismos pobres. No es el comercio del lujo.

El capitalismo, la génesis del capitalismo estaba cortocircuitada por la existencia de esas culturas campesinas, populares, de masas, seguramente surgidas tras las grandes pestes de los siglos Xlll y XlV y la subsiguiente merma de población.

Y el capitalismo, por decirlo de algún modo, necesitaba la destrucción de esas culturas. Te pregunto ahora sobre esta temática.

Cuando quieras.