Todo el énfasis en una circunstancia que relega a un segundo plano la polémica en los términos habituales.
Y esa
circunstancia no es la de la compasión hacia el animal en sí mismo
considerado, pues inmediatamente nos encontraremos con el raído
argumento de que también sufren al morir los pollos, las vacas, los
conejos y los animales que nos comemos.
Y es que está saturado el argumentarlo sobre este aspecto y ya se ve
que nunca se acaba y nunca se rinden los iluminados de los “toros” de
la fiesta nacional, ni los que dan rienda suelta al salvajismo de los correbous
ni los del toro de la vega.
Por consiguiente me parece que ha llegado
el momento de poner blanco sobre negro, de poner el foco no tanto en el
animal que sufre como en los amorfos y capaces de presenciar el
sufrimiento.
Lo que es absolutamente incivilizado, bárbaro e
impropio del siglo que vivimos es congregarse miles, cientos, decenas o
el número de personas que se quiera, para contemplar un martirio, sea
el de un toro, de una vaca, de una mosca o de un infusorio…
El epicentro, pues, de la bestialidad (ya que no quieren ver
propiedades racionales del animal y del toro en particular, siguiendo
la estela de Aristóteles, de Mosterín o de tantos que los defendemos
como seres vivientes y sintientes) hay que situarlo en la sensibilidad
que se le atribuye al ser humano civilizado para distinguirlo de la
bestia presuntamente insensible.
Porque la bestia sigue una conducta
prefijada por la naturaleza, como la siguen la rana y el escorpión del
cuento, mientras que el ser humano puede elegir (aunque habría mucho
que hablar hasta donde alcanza realmente el libre albedrío) entre el
exceso y la templanza, entre la harmonia y la hybris
(desmesura, irracionalidad), entre el respeto a cualquier ser vivo y el
horror, visto que no puede evitar su conducta omnívora.
La barbarie no estuvo tanto en que dos gladiadores se vieran
obligados a matarse entre sí por mandato del poder y para complacer a
los emperadores, que también, como en darse cita el populacho en el
Coliseo para presenciar la salvajada.
Del mismo modo esos miles o
cientos o decenas de personas que entran en trance como quien hace un
sacrificio a los dioses en la Arena o en la Vega, son gentes sin
sensibilidad que llamamos humana.
Por eso, como lo peor de quienes
carecen de ella es que, además de tener epidermis de hipopótamo,
quieren tener razón, será mejor dejar a un lado el rosario de
argumentaciones acerca del pobre toro en el sentido habitual, y pasar a
fijarla en los términos que aquí propongo.
Ellos, los amantes de la
fiesta y de la tortura inherente a ella, conocen perfectamente nuestras
razones más elementales y están hartamente preparados frente a ellas.
Con lo que no cuentan o están menos preparados es para verse en el
espejo de sí mismos.
Por eso repitamos tantas veces como sean necesario es indigno de un ser
humano del segundo milenio de esta Era es salir de casa para presenciar
cómo el matarife mata a una res, a un pollo o a un cordero en el
matadero, y pagar una entrada para ello.
Con la diferencia, en este
supuesto, de que en el matadero no hay martirio pues el matarife
procede al sacrificio instantáneo del animal, y es más cotizado
cuanto menos le hace sufrir.
Mientras que cuando hay un toro por medio,
el tiempo durante el cual el animal es torturado y muerto se prolonga
considerablemente, y son horas, en el caso de la fiesta nacional, las
que el espectador permanece presenciando el mismo rito aplicado a
varios animales.
Del mismo modo, cuando clamamos contra la pena de
muerte en un país es por dos gruesas razones: la primera es que es
irreparable, y la segunda es que nos horroriza el tiempo que media entre
la aplicación del método de ejecución y el momento en que el médico
certifica la muerte del ejecutado…
Aquí es donde debemos hacer hincapié cuando nos enfrentemos a los energúmenos de la “fiesta”, del correbous
o del toro de la vega...
Hay que despojarles de argumentos hasta
hacerles balbucear. Y éste me parece que no tiene respuesta… aunque ya
se sabe que los contumaces y las bestias humanas nunca dan su brazo a
torcer.

