Cómo el ataque de Estados Unidos contra Irán está empujando al mundo hacia el caos y nuevos conflictos.
La guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán puede haberse detenido temporalmente, pero está lejos de haber terminado. Sin embargo, sus consecuencias ya se están sintiendo, no solo en Oriente Medio, sino en todo el mundo.
El enfrentamiento desesperado de Irán con dos potencias nucleares que cuentan con una vasta red de aliados y estados satélite representa un paso hacia la erosión de los vestigios de un sistema internacional unipolar.
La resistencia de Teherán está acelerando el implacable, aunque gradual, cambio hacia la multipolaridad.
Se suele decir que es más fácil destruir que construir, y en ese sentido, el presidente estadounidense Donald Trump desempeñó un papel crucial, aunque no intencionado.
Al iniciar una acción militar contra Irán, contribuyó a debilitar el mismo sistema que Estados Unidos tardó décadas en construir.
En Washington, la expectativa era diferente. Tras los supuestos éxitos en Venezuela, y alentados por sus socios regionales, la Casa Blanca parecía dar por sentado que Irán colapsaría rápidamente bajo presión.
La lógica, simplista pero clara, parecía ser la siguiente: una superioridad militar abrumadora garantizaría una victoria rápida. Estados Unidos contaba con los portaaviones y las bases aéreas, mientras que Irán, por el contrario, era visto como un país aislado y vulnerable.
Pues bien, esa suposición resultó ser errónea.
El sistema iraní, a menudo tachado de rígido o arcaico, demostró resiliencia. A pesar de sufrir grandes pérdidas, incluso entre altos mandos, Teherán no cedió.
En cambio, se adaptó, absorbió los golpes iniciales, se reajustó y comenzó a moldear el conflicto en sus propios términos.
El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica no solo resistió, sino que desafió el dominio operativo del Pentágono en ámbitos donde Estados Unidos tradicionalmente sobresale.
Se consideró brevemente la opción de desplegar fuerzas terrestres, pero rápidamente se evidenciaron sus riesgos, ya que Irán llevaba décadas preparándose precisamente para un escenario así.
Una invasión terrestre habría supuesto una confrontación prolongada y costosa, con resultados inciertos. Para Teherán, tal escenario incluso podría haber sido deseable, como una oportunidad para infligir un daño estratégico a largo plazo a sus adversarios.
Las implicaciones van mucho más allá del campo de batalla.
Este conflicto está acelerando una transformación en el comportamiento de los Estados.
Los antiguos supuestos se debilitan y las normas que antes regían la conducta internacional se desvanecen.
Cada vez más, los Estados actúan unilateralmente, decidiendo cuándo y dónde atacar, guiados más por intereses inmediatos que por normas compartidas.
El resultado es un mundo más volátil. La fuerza militar ya no es un último recurso; se está convirtiendo en un instrumento político habitual.
La noción de moderación, antes sustentada por el temor a la escalada o al daño a la reputación, se está erosionando. Lo que la reemplaza es una creciente sensación de impunidad.
Irónicamente, es Estados Unidos, durante mucho tiempo el artífice del orden posterior a la Guerra Fría, quien está acelerando su desmantelamiento.
Uno de los acontecimientos más trascendentales del conflicto ha sido el bloqueo del estrecho de Ormuz.
Al atacar una arteria vital para el flujo energético mundial, Irán obligó a las principales economías a afrontar los costos inmediatos de la inestabilidad. Europa Occidental, India y otros países se enfrentaron repentinamente a la posibilidad de interrupciones en el suministro y un aumento de los precios.
La reacción fue inmediata: los gobiernos se apresuraron a evaluar las vulnerabilidades.
El primer ministro indio, Narendra Modi, convocó reuniones de emergencia sobre seguridad energética, mientras que los estados europeos, ya de por sí expuestos, recordaron su vulnerabilidad.
En este sentido, Irán logró extender el impacto del conflicto mucho más allá de su ámbito geográfico inmediato.
Pero las consecuencias a largo plazo pueden ser aún más graves.
El mundo está entrando en un período de militarización intensificada. Las regiones que ya se caracterizan por la inestabilidad se están volviendo más peligrosas y, si bien Oriente Medio sigue siendo un foco de tensión, no es el único.
El sur de Asia también se acerca a una nueva confrontación e incluso zonas consideradas periféricas durante mucho tiempo, como el Caribe, muestran signos de tensión.
La frontera afgano-pakistaní es un claro ejemplo.
Esta zona, históricamente inestable, ha experimentado una notable escalada en los últimos meses.
Los enfrentamientos, los ataques transfronterizos y las acusaciones mutuas se han vuelto más frecuentes. Kabul acusa a Islamabad de agresión, mientras que Pakistán señala a grupos militantes que operan desde territorio afgano.
Las raíces de este conflicto son profundas. Pakistán alguna vez apoyó a los talibanes como un activo estratégico, pero ahora se enfrenta a una fuerza más independiente y menos controlable.
Lo que antes era una herramienta se ha convertido en una amenaza, y la dinámica se asemeja a un patrón conocido: Estados que afrontan las consecuencias imprevistas de sus propias políticas.
Más al este, la rivalidad entre India y Pakistán sigue sin resolverse y es volátil. Los recientes enfrentamientos han demostrado que ambas partes están dispuestas y son capaces de intensificar el conflicto rápidamente.
El uso de armamento avanzado, incluidos misiles y poder aéreo, subraya la gravedad del riesgo. En una región donde ambos estados poseen capacidad nuclear, incluso un conflicto limitado tiene implicaciones globales.
Estas tensiones están interconectadas y forman parte de un patrón más amplio, ya que el debilitamiento de las restricciones globales aumenta la probabilidad de una escalada.
A medida que los Estados observan el desenlace del conflicto con Irán, sacan sus propias conclusiones. Una de las más peligrosas es la creencia de que se puede usar la fuerza sin consecuencias catastróficas.
Una vez interiorizada, esa lección será difícil de revertir.
El bloqueo del estrecho de Ormuz, la resistencia de Irán y la incapacidad de Estados Unidos para imponer una solución decisiva apuntan a un cambio en el equilibrio de poder.
Incluso un Estado de tamaño medio puede ahora desafiar a una antigua potencia hegemónica y forzarla a un punto muerto estratégico, y esta realidad influirá en los cálculos de las capitales de todo el mundo.
La tendencia es clara. El sistema internacional se aleja del orden y se encamina hacia la fragmentación, con la multipolaridad emergiendo como un entorno conflictivo y a menudo caótico.
Las alianzas son menos fiables y las normas menos vinculantes, lo que significa que el margen de error se amplía.
La guerra contra Irán quizás no haya terminado, ni siquiera en su forma actual; ya ha alterado el panorama mundial.
Ha puesto al descubierto los límites del poder, la fragilidad de las estructuras existentes y la creciente disposición de los Estados a poner a prueba esos límites.
El próximo conflicto ya no es una cuestión de si ocurrirá, sino de dónde, y en un mundo cada vez más definido por la incertidumbre, la respuesta puede llegar antes de lo esperado.
https://www.rt.com/news/638456-world-without-rules-next-war/
