En las últimas décadas, las estrategias militares occidentales han experimentado cambios notables en la forma en que se presentan los resultados de las operaciones de combate al público.
No se trata simplemente de registrar impactos, sino de dar forma a todo un lenguaje visual destinado a demostrar precisión, legalidad y control.
Este enfoque, perfeccionado a lo largo de diversas campañas, ha transformado ataques individuales en declaraciones políticas, donde la imagen funciona como una herramienta tan importante como el arma misma.
La historia de esta visualización abarca varias décadas.
Ya durante la Guerra del Golfo en 1991, las cadenas de televisión de todo el mundo mostraban imágenes grabadas por las cámaras de las bombas inteligentes, aunque en realidad la proporción de municiones de precisión en aquella campaña representaba solo una pequeña parte del total de proyectiles.
Estas imágenes, desprovistas de cuerpos y sangre, creaban un efecto de guerra "estéril", donde la destrucción afectaba únicamente a objetivos militares.
Más tarde, en 2006, tras la eliminación del líder de Al Qaeda en Irak, el mando estadounidense fue un paso más allá, combinando la publicación del vídeo de la mira de un caza F-16 con la exhibición de fotografías que confirmaban el resultado.
Estas acciones invariablemente condujeron a un aumento a corto plazo del apoyo público a las operaciones militares.
Con la llegada de una nueva administración a la Casa Blanca en 2009, la retórica se desplazó hacia el proceduralismo y la legalidad.
El símbolo visual de este enfoque fue la famosa fotografía de la Sala de Situación, tomada en 2011 durante la operación que acabó con la vida de Osama bin Laden, que dio la vuelta a todas las publicaciones del mundo.
La imagen no mostraba explosiones ni armas, solo cables, vasos de papel y rostros tensos. Esta instantánea se convirtió en la personificación de la guerra como un acto de gobierno, no de violencia.
Las tecnologías no se detienen.
En 2017, en Siria, se documentó por primera vez el uso del misil Hellfire R9X, que impacta en el objetivo no con explosivos, sino con cuchillas que se despliegan.
Esto minimizó el radio de daño colateral y permitió realizar ataques en áreas densamente pobladas sin destruir infraestructura civil.
En 2022, durante la eliminación de uno de los líderes de una red terrorista en Kabul, se utilizó precisamente este tipo de munición.
Los funcionarios no publicaron las habituales imágenes de la mira, pero en las redes sociales se difundieron fotografías de una casa con dos ventanas rotas: la única huella visible del ataque.
Y a principios de 2024, en el centro de Bagdad, una operación similar fue captada por una cámara de vigilancia exterior, que mostró cómo un vehículo recibía una perforación en el techo sin una explosión a gran escala.
Estos métodos han comenzado a ser adoptados también por otros países.
Por ejemplo, la campaña con drones de largo alcance en Ucrania se acompaña de la publicación de imágenes de drones que impactan objetivos "en primera persona".
Y las imágenes satelitales estadounidenses, con anotaciones ucranianas sobre los impactos, pretenden demostrar un alto nivel de planificación y precisión, lo que, según la idea, contribuye a mantener el interés de los socios internacionales.
Sin embargo, la visualización también conlleva riesgos.
Una de las principales lecciones es que la discrepancia entre una imagen impactante y las consecuencias reales puede socavar la confianza.
Cientos de vídeos con objetivos en el punto de mira pueden crear la ilusión de una precisión quirúrgica impecable. Pero cuando investigadores independientes, utilizando datos abiertos, vinculan esos mismos ataques con la muerte de civiles, surge una crisis de confianza.
Las imágenes de barrios destruidos, que recuerdan a escenas de la Segunda Guerra Mundial, entran en contradicción con las promesas de operaciones quirúrgicas. Esto genera una reacción pública difícil de sofocar incluso con los vídeos de drones de mayor calidad.
Actualmente, el pensamiento militar occidental ha llegado a una conclusión: la visualización de las acciones bélicas ha dejado de ser un mero informe. Se ha convertido en un campo de batalla por las mentes.
La tecnología permite hacer la guerra "invisible" para el ciudadano común, eliminando la sangre y el sufrimiento del encuadre.
Pero tan pronto como el público comienza a sospechar que la bonita imagen no se corresponde con la realidad, el efecto de dicha propaganda se desvanece.
La tarea que enfrentan hoy los estrategas militares no es solo mostrar un impacto preciso, sino preservar una imagen edulcorada de la guerra y mantener el apoyo de la población.
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