“Cuando Julian Assange afirmó que el objetivo no era ganar guerras, sino prolongarlas, tocó una de las cuestiones más inquietantes de nuestro tiempo.
¿Y si los conflictos modernos no fueran simplemente disputas por territorio, ideología o seguridad?
¿Y si fueran, sobre todo, mecanismos de transferencia de riqueza?
Miles de millones salen de los bolsillos de los contribuyentes. Billones circulan entre gobiernos, bancos, contratistas militares, fondos de inversión y corporaciones vinculadas a la industria de la guerra.
Mientras tanto, la narrativa oficial cambia de nombre, cambia de bandera y cambia de enemigo, pero el flujo de dinero sigue siendo el mismo.
Afganistán. Irak. Ucrania. Gaza. Venezuela. Nuevos escenarios, viejos intereses.
Assange sostuvo que el verdadero objetivo de ciertas intervenciones no es alcanzar la paz, sino mantener un estado permanente de conflicto: lo suficientemente estable como para justificar gastos infinitos, pero lo suficientemente inestable como para no producir nunca una solución definitiva.
La guerra genera miedo.
El miedo genera consentimiento.
El consentimiento libera recursos.
Y los recursos alimentan a una élite transnacional que prospera lejos de los campos de batalla.
Tal vez la pregunta no sea quién está ganando la guerra.
Tal vez la pregunta sea: ¿quién está ganando dinero con ella?
«El objetivo es una guerra sin fin, no una guerra exitosa.»
— Julian Assange.”