Ocho años después del fallido golpe de la derecha, de la gran empresa, Nicaragua celebra uno de los períodos más rentables económicamente y más seguros política y socialmente de su historia.
Apilada en sus videos grabados en estrechos cuartitos, la derecha inventa cada día emergencias e inminencias, pero lo cierto es que la derrota sufrida tiene apariencia de definitiva.
La explosión nihilista que llevó al país a un clima de miedo e incertidumbre fue sostenida por el asalto a todo aquello que simbolizaba al gobierno sandinista: la tortura y el asesinado a sus militantes, la destrucción de sus monumentos, pero sobre todo las infraestructuras y estructuras relacionadas con las distintas municipalidades, los cuarteles de policía, las ambulancias, los centros de salud.
La memoria del país y las instituciones eran una espina en el ojo para los delincuentes disfrazados de disidentes.
Hubo tres aspectos en la estrategia golpista.
El primero fue la manipulación de los hechos, moldeados según una narrativa prefabricada y falsa hasta en los detalles, difundida tanto por los medios del mainstream como por la red, literalmente invadida por fake news repetidas, elaboradas en centros clandestinos desde donde partían en ráfagas los trolls golpistas.
El segundo fue un uso desmedido de la violencia y la extrema brutalidad con la que fue ejercida. Los llamados “opositores pacíficos” resultaron ser una especie de Naranja Mecánica en versión tropical.
Rostros deformados por el odio, violencia descontrolada contra cualquiera que encontraran en el camino, introdujeron en la historia de Nicaragua un elemento de terror en estado puro, desligado de necesidades militares, que incluso superó al exhibido por la Contra en los años 80.
A tanto furor siguió la exhibición de un Carnaval de Máscaras y Disfraces Militares que cayeron y se hizo evidente cuando el Comandante Daniel dio la orden a la policía y a los voluntarios sandinistas de limpiar el País y restablecer el orden constitucional.
Ni siquiera 12 horas resistieron los llamados sublevados, y la furia guerrera empleada contra los indefensos se transformó rápidamente en furia de huirse.
El tercer aspecto se refiere a la imbecilidad política del terrorismo guiado por los resentidos, ex de toda virtud.
Para preservar la paz el gobierno estuvo dispuesto a subdimensionar su fuerza en función de buscar un consenso más amplio con los distintos actores sociales y los cuerpos intermedios, y eso fue visto como signo de debilidad en vez de como muestra de visión política.
No conocían realmente ni a Nicaragua ni a su Comandante.
El 2018 nos dice que el intento de golpe en Nicaragua fue otro primer ejemplo de aplicación puntual del manual de Gene Sharp concebido para los regime change (eufemísticamente llamados Primaveras o Parodias que venden como Revoluciones de color) y que Occidente ha promovido como alternativa a guerras abiertas contra países que considera no alineados a sus designios.
Pero Nicaragua es también la demostración concreta de cómo ese manual, como antes el de la CIA en los años 80, solo funciona si los gobiernos no gozan de consenso popular.
Cuando el gobierno que se quiere derrocar demuestra solidez política, expresa un partido con capacidades militares y políticas, que vive dentro de su pueblo y forma un todo con la nación, entonces manuales y manipulaciones se vuelven instrumentos inútiles para sus fines. Papel mojado, por sanguinario que sea.
Podría preguntarse de dónde proviene el odio visceral que la derecha nicaragüense siente hacia el Sandinismo, y la respuesta solo puede ser una: odio de clase. Consideran una expropiación de sus bienes por herencia la decisión del gobierno revolucionario de invertir una buena parte de lo que recauda para dar lo necesario a quienes no tienen nada.
La oligarquía enloquece de rabia, porque eso no se parece en absoluto a una obra de beneficencia de club social; equilibrar socioeconómicamente una comunidad es una política precisa, una elección de fondo inscrita en el ADN del sandinismo, es esa mezcla de corazón, cerebro y alma que guía al FSLN hacia una sociedad de libres e iguales.
Pero la derecha no logra aceptar la idea de reducir la diferencia social, es decir que los recursos de un país se empleen para reducir las desigualdades.
Su idea es que el Estado no debe regular el mercado, financiar bienestar social y obras públicas, sino limitarse exclusivamente a eliminar todo tipo de interés público que interfiera en los negocios privados de las clases acomodadas.
Pensar que el Estado deba hacerse cargo de los intereses generales es, para la derecha, un error ideológico antes que financiero.
No considera que el dominio de una clase parasitaria sea un freno al mejoramiento general del país, que sea fuente de una convivencia distorsionada, de un desequilibrio generador de desviación social.
Su concepción de la riqueza se basa en una lectura de clase de los datos micro y macroeconómicos: importa relativamente cuánto pueda crecer el PIB de un país en cantidad; lo que cuenta son los márgenes de ganancia de los empresarios y de las clases altas, verdadero criterio para medir una buena economía.
El esquema prevé la transferencia neta de recursos públicos hacia los bolsillos privados.
Ninguna cooperación soberana: solo la atracción de capitales extranjeros, incluso si tienen función especulativa, se considera termómetro de la salud financiera de un país.
Por lo tanto, para favorecer su llegada, se necesita una soberanía limitada y una legislación laboral blanda, vaciada de derechos para los trabajadores, de modo que los fondos no encuentren obstáculos para aterrizar en el país.
Capitales que desciendan como buitres, recojan y huyan mediante operaciones especulativas sobre productos y moneda.
Que ocupen el sector de los servicios a la ciudadanía y del comercio: salud, educación, transporte, sistema previsional y asistencial; que produzcan a bajo costo; que controlen la gran distribución, la energía y las telecomunicaciones; que lleguen finalmente a detentar una posición dominante.
Que, por dimensión y peso, por poder de chantaje y liquidez, determinen una pesada hipoteca sobre el orden político e institucional del país.
Los dos modelos históricos de la derecha nicaragüense son la dictadura somocista y el liberalismo salvaje entre 1990 y finales de 2006.
Al primero le resulta complicado inspirarse públicamente, tanto por el legado sombrío y criminal de su historia como por la insostenibilidad de un modelo que concentra la riqueza nacional en un solo sujeto.
La oligarquía nicaragüense se considera portadora de intereses de clase que no pueden reducirse a la obediencia al dictador de turno y piensa gozar de un consenso electoral que la autoriza a aspirar a la conducción política del país, además de a su expoliación.
Por eso los oligarcas privilegian el modelo que impulsaron durante los 16 años de liberalismo desenfrenado, que impuso recetas durísimas a un país con una economía ya subdesarrollada y duramente golpeado por diez años de guerra.
Un país que debía ser apoyado en su reconstrucción fue mordido en la yugular para arrancarle las últimas riquezas que aún poseía y favorecer el enriquecimiento indecente de las familias de la élite.
Durante esos dieciséis años de liberalismo sin freno, Nicaragua retrocedió a un estado de ausencia total de derechos sociales y sindicales, con el trabajo reducido a una variante miserable y ligado a una relación de servidumbre entre empleadores y trabajadores.
El mercado laboral se convirtió en la antesala de la pobreza extrema.
A la Nicaragua que desde 2006 había puesto las riendas en manos del interés nacional y de la representación de los sectores populares, la derecha respondió con el golpismo, expresión identitaria de la derecha en cualquier lugar del mundo.
El golpismo, de hecho, no reconoce el principio de delegación en la relación entre gobernantes y gobernados, sino que considera que corresponde al poder económico, a la expresión de los ricos y poderosos, el derecho a decidir quién, cómo, dónde y cuándo debe gobernar.
La derecha nicaragüense, obtusa y racista, incapaz y clasista como pocas en el mundo, vive su dimensión parasitaria con un impulso desestabilizador de naturaleza político-ideológica que encuentra una fusión con el radicalismo clasista, con un prejuicio racista y segregacionista que anima profundamente a toda la oligarquía latinoamericana.
Y ya desde el inicio encuentra detestable que quienes gobiernen no sean los hijos del latifundio, blancos y de ascendencia española.
En 2018 la derecha eligió la vía del golpe, del nihilismo elevado a método de lucha política y la respuesta del Sandinismo se articuló en dos terrenos: el primero en el intento de diálogo y mediación en busca de una síntesis, con la paz como premisa y objetivo.
El segundo, visto el fracaso de la primera, fue política y militar, contundente, sin apelación.
Nuevamente la paz era premisa y objetivo.
El COSEP y toda la derecha perdieron una guerra, no solo una batalla y la derecha, replegada en un rincón y derrotada, no ha perdido solo la perspectiva y la nacionalidad: junto con su papel ha perdido hasta su propio sentido.
La derecha no aprende una lección fundamental de la política, válida en cualquier latitud y en cualquier fase histórica: venderse al extranjero, abrazar al enemigo para depredar el propio país jamás podrá ser un camino victorioso.
Porque los amos, al final, más que a los enemigos desprecian a sus propios siervos.
por: Fabrizio Casari
