Existe un momento en que el lenguaje deja de ser política, para convertirse en delito.
Ese momento es ahora. Cuando el hombre más ruidoso del imperio, Donald Trump, declaró que bombardeó Irán, porque “iban a atacarlo”, y acto seguido, mira directo a la cámara, y recomienda, con su irónica sonrisa de mercader satisfecho, la entrevista que le hará Fox News a su socio ideológico.
No estamos ante una estrategia defensiva: estamos ante una representación obscena del poder, ante la coreografía de cinismo, donde la muerte es utilería y la mentira es doctrina.
Trump habla como magnate colonial, midiendo sus próximos territorios.
No razona sus amenazas, solamente calcula activos. En su cabeza, el mundo no es un sistema de pueblos, es únicamente un mapa de oportunidades: petróleo, rutas marítimas, puntos de estrangulamiento económico.
Cuando dice “desaparecer a Irán”, no está usando una metáfora: está verbalizando la lógica histórica del imperio, esa que cree que los países no existen, sólo los obstáculos.
Y a su lado, como espejo y amplificador, se encuentra Benjamín Netanyahu, el rostro criminal del cinismo institucionalizado.
El hombre que habla de moral mientras gobierna sobre ruinas. El que se atreve a pronunciar la palabra “humanidad” con las manos aún húmedas de tanta sangre infantil, y sus ropas repletas del polvo de los escombros.
El que señala a Irán como “el malo” después de haber convertido a Gaza en un paisaje lunar, en un cementerio sin lápidas, en una herida abierta que el mundo aprendió a mirar y sin embargo mira hacía otro lado.
Netanyahu no defiende a nadie, ni a Trump: administra el exterminio con lenguaje jurídico y bendición mediática. Ha hecho de la destrucción un procedimiento, del genocidio una política pública, del hambre un arma legítima.
Y, aun así, aparece en pantallas internacionales con periodistas dóciles que no informadores, sólo actores de utilería que le formulan preguntas diseñadas para limpiar la obscenidad de su discurso, para difuminar los más de 150 niños que murieron, bajo su ataque contra una escuela en el sur de Irán.
Así, la cadena de televisión estadounidense Fox News, presenta la masacre como un acto de responsabilidad.
El periodista a modo es parte del crimen. No dispara misiles, pero normaliza su impacto. No ordena bombardeos, pero los vuelve aceptables. La entrevista complaciente es hoy una forma sofisticada de complicidad.
No pregunta por los niños enterrados, pregunta por la “seguridad”. No nombra el genocidio, lo llama “operación”. No confronta la mentira, la perfuma.
Que Benjamín Netanyahu hable de paz es una obscenidad: nadie que haya destruido Gaza con hambre, bombas y exterminio tiene derecho a dirigirse al pueblo de Irán como si fuera su salvador.
Su aparición en Fox News no fue una entrevista, fue propaganda de guerra: el asesino presentado como humanista.
Llamar “rápida y decisiva” a la masacre y “puerta a la paz” al bombardeo sólo desnuda su verdad: sed de muerte, sed de poder, impunidad absoluta. No busca paz, busca dominio; no ofrece futuro, ofrece ruinas; no libera pueblos, los sacrifica.
Trump y Netanyahu no están locos: están perfectamente cuerdos dentro de la lógica del saqueo.
Lo que llaman “paz” es control.
Lo que llaman “defensa” es expansión. Lo que llaman “amenaza” es cualquier pueblo que no se arrodille. Irán no es para Trump un país con historia, cultura y soberanía; es una pieza clave en el tablero energético mundial.
“Acabar con Irán” significa, en realidad, apoderarse del pulso del planeta, del flujo del petróleo, del nervio del comercio global que atraviesa el Estrecho de Ormuz y, al que ahora lo quiere para él.
Su fantasía es vieja y grosera: el empresario convertido en conquistador, el especulador que se imagina viviendo sobre ruinas y esqueletos, como lo hace en su campo de golf, caminando y jugando sobre la tumba de su exesposa. Trump ya se vé a sí mismo donde antes hubo hogares: construyendo su resorts, campos de golf, mansiones obscenas. “Gaza como Florida”.
Palestina como negocio inmobiliario. La guerra como inversión. No es una exageración: es la coherencia final del sistema que convierte la muerte en modelo de acumulación: Business is business.
Lo más perturbador, independientemente de la brutalidad de estos dos personajes, es la obediencia europea. Gobiernos que se llenan la boca con los derechos humanos, su memoria histórica y el “nunca más”; hoy aplauden, justifican o guardan silencio.
Europa, que se dice “civilizada”, vuelve a demostrar que su brújula moral siempre apunta al norte del poder y no al sur del sufrimiento. Saben que mienten. Saben que roban. Saben que matan. Y, aun así, firman comunicados, venden armas, legitiman narrativas.
Porque el problema no es Trump. Porque el problema no es Netanyahu.
El problema es un orden mundial que premia a los depredadores y castiga a quienes existen fuera del sionismo imperial. Un sistema donde la violencia se vuelve aceptable si viene envuelta en inglés diplomático, donde el genocidio es tolerable si protege mercados, donde el exterminio. ahora se llama “estabilidad”
.
Hoy Irán es el pretexto. Ayer fue Irak. Antes Afganistán. Siempre el mismo libreto: una amenaza inflada, una intervención “inevitable”, una destrucción irreversible y, después, el botín. Los pueblos no importan. Los muertos no cuentan. Las ruinas no pesan. Sólo el control territorial y el exterminio.
Y mientras tanto, estos dos infrahumanos, uno desde el narcisismo grotesco, el otro desde la frialdad criminal, se presentan como salvadores del mundo. Son el síntoma más visible de una civilización enferma. Llamarlos inhumanos no es un insulto: es una descripción.
Porque ya cruzaron la frontera donde el poder dialoga con la ética. Ellos hacen de la mentira una política y de la muerte un discurso. Porque creen, sinceramente, que el mundo es suyo y que los pueblos son desechables.
Y qué piensa la vieja Inglaterra, la madre de estas dos naciones asesinas, la raíz, el linaje del cinismo. La madre del saqueo, la que hereda la psicopatía. La madre original de esta genealogía del exterminio. La cuna pulida del colonialismo moderno.
El útero donde se gestó la idea de que el mundo podía dividirse, venderse, poseerse y bombardearse con elegancia aristocrática.
Reino Unido no es un actor secundario: es la matriz ideológica. De ahí nacieron los mapas trazados con sangre, las fronteras artificiales, las guerras justificadas como civilización. De ahí salió la pedagogía del saqueo que hoy ejecutan con torpeza brutal sus hijos predilectos: Estados Unidos e Israel.
La monarquía británica, ese teatro permanente de coronas, palacios y protocolos, que esconde una historia real de reyes asesinándose entre sí, de hermanos traicionando hermanos, de esposas decapitadas, de herederos envenenados.
El poder nunca fue honor: fue paranoia, fue ambición sin freno. Y esa vena psicópata, esa frialdad para decidir quién vive y quién muere, se exportó al mundo como modelo de gobernanza. Y, Hollywood hizo el resto.
Hollywood convirtió la barbarie en cuento de hadas. Princesas bellas, príncipes nobles, reinos pacíficos. Nada de barcos negreros. Nada de hambrunas inducidas. Nada de genocidios coloniales. La violencia imperial fue maquillada como épica, como destino manifiesto, como aventura romántica. Y el mundo compró la mentira.
Hoy, Inglaterra vuelve a su papel natural: apoyar desde la sombra a sus vástagos, para que Estados Unidos utilice sus bases militares. La mustia Inglaterra, guarda silencio mientras se planifica la destrucción de Irán.
Se presenta como aliada responsable, como voz moderada, cuando en realidad protege los intereses de la corona, del capital, de las rutas energéticas. El imperio ya no gobierna directamente: subcontrata la muerte.
Y Estados Unidos obedece.
No con grandeza, con desgaste humano. Trump está dispuesto a usar hasta el último joven norteamericano que quede en pie. No importa que su sociedad esté exhausta, medicada, rota. No importa que millones vivan entre la precariedad, la adicción o la desesperanza.
Para Trump, los cuerpos son reemplazables. Los que queden, que luchen.
Que ataquen. Que mueran. Luego los llamará “héroes” desde un podio. Para él, sacrificar a sus jóvenes es el mínimo tributo que merece, porque el objetivo principal, no es la seguridad de los Estados Unidos.
El objetivo es el botín.
El Estrecho de Ormuz no es geopolítica abstracta: es el cuello del petróleo mundial. Controlarlo sería controlar el pulso energético del planeta.
Trump ya actuó como magnate sobre Venezuela; ahora quiere Irán. No como nación, le interesa el yacimiento, el corredor como su nuevo activo financiero.
El pueblo norteamericano permanece impávido.
No se levanta. No protesta. No frena la maquinaria. Qué le sucede a ese pueblo al que envían directo al sacrificio y no reacciona, cómo es que este pueblo, ahora normalice que los maten dentro de su propio país; con redadas, con persecuciones, con terror institucional, y luego los manden a morir en guerras que no son suyas.
Las guerras de hoy no son del pueblo estadounidense. Son de Donald Trump y de Benjamín Netanyahu. Son guerras privadas con costos públicos. Son negocios personales pagados con sangre ajena. Y sí, Inglaterra también cobra.
La corona siempre cobra: con contratos, con influencia, con participación silenciosa en el reparto posterior. El imperio británico aprendió hace tiempo que es más rentable gobernar sin aparecer, dejar que otros disparen mientras ellos firman.
Este no es un conflicto aislado. Es la continuidad de una civilización que jamás resolvió su adicción al poder. Una civilización que romantiza su pasado criminal y repite sus métodos con nuevas tecnologías. Una civilización que sigue creyendo que puede decidir qué pueblos merecen existir. Pero la historia no es una serie de Netflix
. No tiene final feliz para los depredadores eternos:
• Los imperios caen.
• Las coronas se oxidan.
• Los magnates mueren.
Y los pueblos, aunque heridos, aunque devastados, permanecen.
Esto es lo que Inglaterra, Trump, y Netanyahu, quieren que el mundo olvide. Sólo que, esto es lo que jamás podrán controlar.

