Ser consecuentes con el legado de Fidel en 2026 pasa por reconocer que las condiciones cambiaron y que las respuestas deben evolucionar. Implica sostener la crítica como herramienta de trabajo, admitir errores propios, y principalmente, no confundir lealtad con silencio.
"Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz", escribió José Martí. Fidel hizo suya la sentencia y la repitió en más de una ocasión; la recordó en su primer discurso en Santiago de Cuba, el 1 de enero de 1959.
La dejó grabada como principio cuando rechazó cualquier forma de culto a su persona. "El concepto martiano de la gloria", explicó, "no es aquel que pueda asociarse a una vanidad personal y a la auto exaltación de sí mismo".
"Lo que me agrada especialmente de la frase es la idea de la insignificancia del hombre en sí, ante la enorme trascendencia e importancia de la humanidad", dijo. Entenderla así cristaliza una pregunta que continúa realareciendo: ¿qué significa ser fidelista hoy?
El Comandante en Jefe construyó su lugar con trabajo, decisiones difíciles, errores también.
Lo conquistó en la Sierra, en la crisis de los misiles, en Girón, en los años duros del Período Especial.
Lo asumió sin dejar de reconocerse como parte de un proceso colectivo, como un hombre entre muchos.
Cuba vive momentos sumamente complejos.
El bloqueo que dura más de seis décadas, las restricciones financieras, la guerra mediática: todo conforma el contexto en que se desenvuelve la vida cubana.
Reivindicar a Fidel implica, en principio, sostener que Cuba tiene derecho a decidir su destino sin tutelas de ningún tipo.
Sin embargo, también hay que cuestionar por qué la escasez se prolonga, por qué los apagones se repiten, por qué tantos jóvenes emigran.
El Comandante en Jefe advirtió que un proceso revolucionario puede ser destruido por sus propios protagonistas, y el paso del tiempo ha puesto el proceso socialista cubano en manos de una generación que no vio a Fidel Castro, pero abordan su pensamiento desde la distancia crítica, con preguntas que no siempre encuentran respuesta en los discursos heredados.
Ambas posturas forman parte de la misma historia. La insistencia fidelistas en la insignificancia de la gloria personal apuntaba a que las ideas importaran más que el hombre; a que la marcha continuara sin depender de un nombre.
En la comunidad la militancia cotidiana se expresa de múltiples maneras.
La vecina que organiza la donación de sangre, el cederista que recorre las calles recogiendo materias primas, el jubilado que siembra en un patio para que no falte alimento.
Tales actos exigen esfuerzo sostenido, inconformidad con lo que falta, disposición a resolver. Misma que puede sentir un médico que sirve en otro país, un maestro que sigue dando clases sin electricidad, un joven que discute en una red social. Ser fidelista hoy puede significar cosas distintas según a quién se le pregunte.
Predicar los principios de justicia social desde otras tierras forma parte de la misma causa.
Hay cubanos que viven fuera, predican la justicia social, se oponen al bloqueo, participan en iniciativas solidarias y mantienen vínculos con sus familias y la cultura. Él los reconoció como parte de la nación desde que en 1978 impulsó el diálogo con la emigración.
¿Qué haría el Comandante en Jefe que enfrentó bloqueos, crisis energéticas, presiones internacionales y divisiones internas, en un escenario como el actual? La interrogante, manida por la repetición, sigue teniendo valor si se formula con honestidad.
Ser consecuentes con el legado de Fidel en 2026 pasa por reconocer que las condiciones cambiaron y que las respuestas deben evolucionar. Implica sostener la crítica como herramienta de trabajo, admitir errores propios, y principalmente, no confundir lealtad con silencio.
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