¿Realmente Daniel Ortega abolió las elecciones en Nicaragua?

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Operación «paria económico»: la última carta de Trump en el callejón iraní

«Seguimos luchando y presionando sin tener que enviar más tropas al terreno» (El Tábano Economista)

Cuando una potencia hegemónica no puede lograr sus objetivos máximos en una guerra y, al mismo tiempo, no puede permitirse el costo político de una rendición diplomática explícita, recurre a las sanciones económicas como cortina de humo.

 La «Operación paria económico», anunciada por el secretario del Tesoro Scott Bessent el 25 de agosto de 2026, es menos un arma de destrucción masiva contra Irán y más un escudo político doméstico para enmascarar un punto muerto estratégico, mientras el ciudadano medio subsidia esa ambigüedad con su inflación y su seguridad energética.

En la práctica, esta ofensiva económica representa una admisión tácita de que la opción militar está agotada, que la coalición internacional para un aislamiento total es imposible, y que lo único que queda es mantener una presión simbólica que permita a los políticos actuales sobrevivir a las elecciones de medio término sin tener que explicar por qué el conflicto no resolvió nada. 

Trump puede seguir diciendo que «seguimos luchando y presionando» sin tener que enviar más tropas al terreno, apelando a una base que apoya la presión máxima, pero se opone abrumadoramente a «botas en el suelo».

Los objetivos originales de la campaña militar estadounidense contra Irán eran ambiciosos y completamente imprecisos, por decir lo menos: asesinato del líder supremo Ali Khamenei, cambio de régimen, finalizar el enriquecimiento de uranio, desmantelamiento nuclear completo, eliminación del arsenal de misiles balísticos y drones, y ahora, como objetivo mínimo viable, la apertura del Estrecho de Ormuz. 

Casi siete meses después del inicio de la ofensiva en febrero de 2026, ninguno de estos objetivos se ha cumplido. Irán no solo mantiene su régimen intacto, sino que ha demostrado una resiliencia que pocos analistas occidentales anticiparon.

En el libro «Cómo funcionan las sanciones. Irán y el impacto de la guerra económica«, publicado en 2024 por Stanford University Press, se explora la eficacia limitada de las sanciones económicas contra la República Islámica. 

Aunque la obra tiene una perspectiva que no pudo considerar los cambios recientes en la región por su fecha de aparición, su tesis central se mantiene vigente: Irán lleva 47 años bajo sanciones occidentales y ha desarrollado una «economía de resistencia» sofisticada, con sustitución de importaciones, descentralización de plantas energéticas y un aparato bien aceitado para evadir sanciones petroleras. 

Como concluyen los autores, las sanciones «no han obligado a Irán a estancarse», sino que, por el contrario, «lo han obligado a innovar, aunque no de maneras que resulten aceptables para Occidente».

Esta experiencia iraní no pasó desapercibida para otros actores globales. Rusia aprendió directamente de la experiencia iraní frente a sanciones. 

Un análisis de IUVM Press señala que «la experiencia de tres años de Rusia frente a sanciones extensas, comparada con el casi medio siglo de sanciones integrales de Irán, prueba la resiliencia histórica de la nación y gobierno iraní«. 

Moscú ha adoptado un modelo asimilable al que otros países sancionados pueden seguir, adaptando las lecciones teheraníes a su propio contexto energético y financiero.

A esto se suma el factor chino, que ha advertido explícitamente a Washington que tomará represalias si se amplían las sanciones secundarias contra empresas chinas debido a su cooperación con Irán.

 China, el mayor importador de petróleo iraní, ha declarado que tomará todas las medidas necesarias contra la «represión del comercio con Teherán». 

El 7 y el 13 de abril de 2026, el Consejo de Estado de China promulgó dos reglamentos para contrarrestar las sanciones extranjeras: las Disposiciones sobre Seguridad Industrial y de la Cadena de Suministro (Ordenes del Consejo de Estado n.º 834 y 835) y las Disposiciones sobre Jurisdicción Extraterritorial.

Estas normas complementan la autoridad existente de Beijing para tomar represalias contra sanciones extranjeras, incluyendo medidas contra empresas extranjeras que implementen dichas restricciones. 

La idea es clara: terminar con los tratados de empresas extranjeras que tomen acciones contra China, no permitir contratos o ventas de esas empresas en el mercado chino.

Todo da la impresión de que las sanciones son un juego de sombras, una venta de humo diplomático.

 El «Día D económico», en el vocabulario hiperbólico de Donald Trump, es tan limitado como hueco. Trump se refirió a la operación como «la operación económica más aplastante jamás emprendida contra país alguno». 

Sin embargo, casi siete meses después del inicio de la ofensiva estadounidense contra Teherán, la economía iraní, aunque dañada, está lejos de estar descarrilada.

 Las exportaciones de petróleo iraníes no solo se mantuvieron, sino que se recuperaron a niveles superiores a los del acuerdo nuclear en 2024, sosteniéndose en 2025 y principios de 2026.

Si las palabras ganaran guerras, el conflicto de Donald Trump con Irán habría terminado hace mucho tiempo. Pero lo cierto es que Trump está atrapado en dos trampas que él mismo ha creado: una geopolítica y otra interna. 

La influencia de Irán sobre el Estrecho de Ormuz y su negativa a ceder le impiden poner fin a la guerra de forma definitiva a un precio militar aceptable. 

Meses depués del atáque, la opinión generalizada es que es Trump quien necesita urgentemente poner fin a un conflicto que, con las elecciones de mitad de mandato a la vuelta de la esquina, ha hundido su índice de aprobación al 30%, el más bajo desde que asumió la presidencia y uno de los niveles más bajos con los que un líder estadounidense ha afrontado unas elecciones legislativas.

En medio de una campaña electoral donde los republicanos enfrentan riesgos significativos de perder al menos una cámara del Congreso, las sanciones contra Irán ofrecen beneficios políticos y estratégicos limitados para la administración Trump, mientras imponen costos económicos tangibles al ciudadano medio estadounidense. 

Las sanciones permiten a Trump proyectar acción decisiva sin comprometer tropas terrestres, apelando a votantes que apoyan la presión máxima, pero se oponen a «militares en el terreno» (58% de votantes de Trump se oponen a enviar tropas).

 Sin embargo, este beneficio es marginal: solo 38% de los estadounidenses apoyan las sanciones, y la guerra en general es vista como «no vale la pena el costo» por 75% de la población.

La administración argumenta que debilitar la economía iraní reduce la capacidad de Teherán para financiar proxies regionales y desarrollar armas nucleares. 

Sin embargo, 41% de los estadounidenses cree que Trump carece de un plan coherente para Irán, y solo 15% piensa que ha cumplido sus objetivos.

¿Qué le aportan las sanciones realmente al ciudadano medio estadounidense? 

El shock en los precios de la energía, derivado de la tensión en el Estrecho de Ormuz y las sanciones, han alterado la trayectoria de la inflación. 

La gasolina subió alrededor de un 17% desde el inicio del conflicto, impactando directamente el bolsillo de las familias. 

Los precios de alimentos y fertilizantes permanecen elevados debido a la guerra, afectando el costo de vida que los votantes identifican como su principal preocupación.

Lo que queda claro es que la «Operación Paria Económico» no es una estrategia ofensiva confiada, sino más bien un intento desesperado de enmarcar una derrota y encontrar una salida política a un conflicto que se ha convertido en una trampa electoral para los republicanos. 

Como señaló Kurt Bardella, ex asistente del Congreso: «Lo que estamos viendo ahora es el completo desmoronamiento de todo lo que Donald Trump, MAGA y los republicanos dijeron que eran. 

Estaban contra los conflictos interminables en Medio Oriente y comenzaron un conflicto en Medio Oriente sin una estrategia de salida».

El Estrecho de Ormuz marca una contradicción fundamental entre los negocios de las élites y el impacto sobre la población y su voto. 

El cierre del Estrecho ha creado una economía de guerra que beneficia a actores específicos, mientras perjudica a la sociedad estadounidense promedio. Los datos confirman esta intuición de manera contundente.

¿Quiénes ganan con el Estrecho cerrado? La lista es ilustrativa. Irán vio sus ingresos petroleros aumentar 37% en marzo de 2026 frente al año anterior. 

Ahora vende petróleo con 20% de prima sobre precios previos a la guerra, cuando antes vendía con descuento de 10-15 dólares por barril por riesgo de sanciones.

 Arabia Saudita aumentó sus ingresos petroleros 4,3% a pesar de que las exportaciones cayeron 26%, gracias a que los precios más altos compensaron con creces la reducción de volúmenes.

 Omán aumentó 26% sus ingresos en marzo de 2026, gracias a sus puertos en el Mar Arábigo como salida alternativa del Estrecho.

Las empresas petroleras estadounidenses de Texas reportaron ganancias extraordinarias.

Exxon Mobil informó una ganancia neta de 14.530 millones de dólares entre abril y junio, un incremento interanual del 105%, mientras que sus ingresos ascendieron a 116.020 millones de dólares, un 42% más que en igual período del año anterior. 

Chevron casi cuadruplicó sus beneficios al registrar una utilidad de 12.070 millones de dólares, un salto del 385% respecto del segundo trimestre de 2025. 

Sus ingresos crecieron 56% y alcanzaron los 70.060 millones de dólares. La petrolera rusa Rosneft aumentó sus ventas en un mes 14.500 millones de dólares.

El Estrecho cerrado genera una redistribución de riqueza hacia productores petroleros y empresas energéticas, mientras impone costos a los consumidores y a países sin alternativas logísticas. 

La pregunta política es inevitable: ¿por qué Estados Unidos, bajo una administración que hizo campaña con «America First» y contra guerras interminables, está librando un conflicto que aumenta los precios de la gasolina para sus votantes, beneficia a Irán (su adversario declarado) con ingresos más altos, favorece a Rusia (otro adversario) con precios más elevados y contribuye a las empresas petroleras de Texas que no necesitan ayuda del gobierno?

La respuesta incómoda es que la guerra se ha convertido en su propia justificación. 

Los actores que se benefician del caos (empresas petroleras, Irán, Rusia) tienen incentivos para mantener la tensión, mientras los perdedores consumidores estadounidenses y mundiales no tienen poder de veto. 

Como señaló Neil Quilliam de Chatham House: «Ahora que Ormuz ha sido cerrado, puede ser cerrado una y otra vez, y eso plantea una gran amenaza para la economía global».

Esa prima de 40 dólares por barril es una transferencia de riqueza de los consumidores a los productores. Cuánto afectará a Trump esta contradicción en las urnas de noviembre dependerá de cuánto crean los votantes en la «Operación Paria Económico» sin mirar los resultados concretos.

 Pero la evidencia sugiere que los estadounidenses ya han hecho sus cálculos: 75% considera que la guerra no vale el costo, 41% cree que Trump carece de un plan coherente, y solo 15% piensa que ha cumplido sus objetivos.

La «Operación Paria Económico» es, en última instancia, el reconocimiento de que Estados Unidos ha alcanzado los límites de lo que se puede lograr a través de sanciones y presión económica. 

El bloqueo mismo, un acto de guerra bajo derecho internacional, es un reconocimiento de que las sanciones empleadas durante décadas «no han cumplido su propósito previsto».

Trump siempre ha tenido múltiples estrategias de salida. Pero como nota el análisis de CNN: «Las guerras tienen una manera de superar los planes de un presidente». 

La pregunta que queda abierta es si los votantes estadounidenses castigarán en noviembre esta contradicción entre la retórica de «America First» y una guerra que beneficia a adversarios declarados mientras perjudica a las familias estadounidenses. 

La respuesta, como algunas veces en política, la darán las urnas.

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