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Volkswagen, 100.000 empleos en riesgo: hora cero del sindicalismo global

La pregunta que importa no es si Volkswagen tiene problemas reales. Los tiene, y son profundos. La pregunta es si la solución que propone su dirección —destruir un 15% de su fuerza laboral global, es inevitable o es una elección

El 26 de junio de 2026, una filtración del semanario alemán Manager Magazin puso en circulación una cifra escalofriante: 100.000 puestos de trabajo, aproximadamente un 15% de la plantilla global del Grupo Volkswagen, a eliminar antes de que acabe la década. Cuatro plantas en Alemania —Hannover, Zwickau, Emden, Neckarsulm—, que en conjunto dan trabajo a más de 45.000 personas, en la lista de cierre.

La dirección no ha confirmado los detalles, pero el Consejo de Administración aprobó el plan el 24 de junio. El CEO Oliver Blume ya lo había presentado semanas antes al Consejo de Supervisión, ese mismo órgano donde los sindicatos y el comité de empresa ocupan la mitad de los asientos. El 9 de julio se convoca la reunión formal donde comienza el partido decisivo

Este proceso superaría en escala a cualquier reestructuración en la historia de la automoción europea. Solo existe un precedente comparable: la quiebra de General Motors en 2009, cuando el fabricante americano eliminó hasta 74.000 empleos y cerró o paralizó 21 plantas.

Con una diferencia crucial: GM llegó a ese punto habiendo quebrado. Volkswagen, con todas sus dificultades, una caída del 28% en el beneficio neto del primer trimestre de 2026, ventas en China desplomadas un 20%, cotización en mínimos de dieciséis años, sigue siendo una empresa solvente con una facturación de más de 322.000 millones de euros.

La pregunta que importa no es si Volkswagen tiene problemas reales. Los tiene, y son profundos. La pregunta es si la solución que propone su dirección —destruir un 15% de su fuerza laboral global, es inevitable o es una elección. 

Y, además quién tiene poder para influir en esa elección.Porque no existe ninguna empresa en el mundo con una arquitectura sindical comparable a la de Volkswagen. Diez de los veinte asientos del Consejo de Supervisión están ocupados por representantes de los trabajadores, siete del propio grupo, tres de IG Metall, incluyendo su presidenta Christiane Benner. 

El estado de Baja Sajonia, es accionista con el 20% de los derechos de voto y dos asientos adicionales, e históricamente vota con los representantes laborales, lo que confiere a esta coalición una minoría de bloqueo real para las decisiones estratégicas.

A nivel europeo, el Comité de Empresa Europeo de VW es uno de los más antiguos y activos del continente. A nivel global, el Consejo Mundial de Empresa —fundado en 1999— reúne a representantes de todas las plantas del grupo en el mundo, con IndustriALL Global Union (la Federación Sindical de Industria) como coordinador permanente y con la empresa obligada a financiar la participación de los representantes sindicales internacionales. 

Todo ello respaldado por un Acuerdo Marco Global que establece estándares laborales mínimos para todas las filiales.Sobre el papel, ningún colectivo de trabajadores en el mundo debería estar más y mejor equipado para defender sus empleos ante una reestructuración empresarial que los trabajadores de Volkswagen, si estos la consideran injusta. 

Tienen los instrumentos. Tienen la experiencia. Tienen los recursos: IG Metall gestiona un patrimonio estimado de entre 2.000 y 2.500 millones de euros.

Tienen el precedente: cuando en 2024 la empresa intentó por primera vez cerrar plantas alemanas, la presión sindical le obligó a dar marcha atrás. Y sin embargo, el panorama que se dibuja para 2026 es mucho más complejo que en 2024. Hay una razón de especial dificultad para el sindicalismo, una constante en todas las grandes reestructuraciones globales: la asimetría de las consecuencias.

Si Hannover cierra, alguien tendrá que fabricar los ID.Buzz y las Multivan que hoy salen de allí. Podría ser Martorell o Landaben. Si Zwickau cesa, el Cupra Born que allí se produce habrá de fabricarse en otro lugar.

Los comités de empresa de las plantas españolas, eslovacas, portuguesas o mexicanas se encontrarán ante un dilema sin respuesta fácil: ¿rechazar la producción transferida es un acto de solidaridad con los compañeros alemanes que se traduce en menos trabajo para los suyos? 

¿Aceptarla es beneficiarse del desastre ajeno? El Consejo Mundial de Empresa, que reúne a representantes de trabajadores de todas las plantas del grupo en el mundo, existe precisamente para evitar esa trampa.La reestructuración de Volkswagen no es solo la mayor de la historia del automóvil. Es el examen más difícil al que se ha enfrentado el sindicalismo global en décadas. Y la pregunta que nadie puede esquivar: 

¿Será la estrategia sindical en Volkswagen una referencia para las reestructuraciones globales que se avecinan?

Porque lo que se decida en Wolfsburg en las próximas semanas no es solo el futuro de 100.000 trabajadores y trabajadoras. 

Es el futuro de una verdad que el movimiento sindical ha hecho realidad en múltiples momentos de su historia: la de que los trabajadores, cuando están organizados y tienen poder real, pueden ser algo más que espectadores de su propio destino.

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