Una derrota es un momento de una lucha larga por la hegemonía, y la tarea que abre es la recomposición del "príncipe moderno", el partido que organiza a las clases populares.
Iván Cepeda perdió la Presidencia de Colombia por 247 mil votos, y la izquierda quedó como la primera fuerza del país, con 12,7 millones de votos.
Este artículo ofrece una lectura de la coyuntura político electoral desde el marco de la guerra de posiciones de Gramsci: una derrota es un momento de una lucha larga por la hegemonía, y la tarea que abre es la recomposición del "príncipe moderno", el partido que organiza a las clases populares.
El mapa que no se mueve: la geografía de la paz como sedimento
Los resultados electorales de Colombia remiten a la geografía política de 2016, la del plebiscito. Desde entonces, la división entre el SÍ y el NO al acuerdo de paz se reproduce casi idéntica.
El voto por el SÍ de 2016, el de Petro en 2022 y el de Cepeda en 2026 dibujan el mismo país: la correlación entre el mapa de 2022 y el de 2026 llega a 0.97.
Donde ganó el SÍ gana hoy la izquierda; donde ganó el NO, la derecha. Una década separa la primera votación de la última, y el dibujo es el mismo.
Sobre esa coyuntura se construyó un sedimento político, la fuerza estructuradora del momento (Lipset y Rokkan, 1967).
El clivaje es a la vez de paz-guerra y de centro-periferia: el país de las regiones frente al centro andino. Su por qué admite interpretaciones diversas; la realidad electoral que muestra no admite discusión:
Figura 1. El mismo país en tres elecciones: «Sí» 2016, Petro 2022 y Cepeda 2026, por departamento. Morado = izquierda, naranja = derecha.
Figura 1. El mismo país en tres elecciones: «Sí» 2016, Petro 2022 y Cepeda 2026, por departamento. Morado = izquierda, naranja = derecha.El voto de izquierda del pasado explica el 93% de la votación municipal de 2026, y el 78% del voto de una comuna lo decide la ciudad en la que está.
El territorio es la placa estable de esta elección: la izquierda conservó su geografía y ganó Bogotá, el Pacífico, el sur y las costas.
El mapa que sí se mueve: la clase como sujeto
Si la estructura del mapa no se mueve, ¿de dónde salen resultados distintos? La respuesta está un nivel más abajo.
Bajo el mapa estable, el voto se desplazó por estrato: el 81% del cambio frente a 2022 ocurre dentro de las ciudades, entre barrios, y apenas el 19% entre ellas.
El país conservó su territorio, y las placas se fisuraron por dentro.
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Figura 2. Bogotá, 2ª vuelta 2026: el voto se separa por estrato. La izquierda es mayoría hasta el estrato 3 y minoría desde el 4.En Bogotá la caída golpeó en todos los estratos, y fue más honda en la clase media: el estrato 4 perdió 8,5 puntos frente a 2022 y el estrato 3 perdió 6,9, mientras los extremos se movieron menos.
Los estratos 2 y 3 reúnen tres de cada cuatro votos de la ciudad, así que esa caída pesa mucho.
El sur popular de Bogotá resistió, el oriente de Aguablanca en Cali resistió, el norte popular de Medellín incluso creció: la misma clase media urbana se movió igual en tres ciudades.
Esta estratificación viene desde hace ya varias elecciones.
El centro y los liberales la leen como una «fractura social»; yo la leo como un mérito de la izquierda.
Desde los gobiernos progresistas en Bogotá, las clases populares votan cada vez más como clase, con conciencia de sus intereses, y así la izquierda se volvió competitiva en las alcaldías y llegó a la Presidencia (Basset, 2023).
Esta es la muestra de la constitución de un sujeto político popular semejante al de Bolivia o Brasil: lo que García Linera llamó la potencia plebeya, hoy anclado en el Pacto Histórico y en la figura de Gustavo Petro.
Ese sujeto, arraigado en los barrios y territorios, es el activo más valioso con el que cuenta la izquierda.
Detrás de la caída por estratos está el voto desgastado de Gustavo Petro. Cepeda partió del piso que dejó 2022, y ese piso bajó en promedio 5% en todos los estratos.
El porqué de esa caída —el ejercicio del gobierno, la comunicación, el rumbo de las reformas— es una pregunta política abierta al debate colectivo.
Se movió por abajo: espontaneísmo sin instrumento
El crecimiento de Cepeda en segunda vuelta vino de abajo. Entre las dos vueltas sumó 2,96 millones de votos —un salto del 31%, igual al de Petro en 2022—, y el grueso salió de la abstención: cerca de 2,2 millones de personas que no habían votado salieron por él. La base se movió sola, empujada por la convicción y por el miedo a una derecha cada vez más radical.
La aritmética aclara qué pasó. Se dijo que el centro entregó a Cepeda hasta el 81% de sus votos; pero no fue así.
El centro se repartió casi en tercios —uno a Cepeda, uno a Abelardo, uno a la abstención o el voto en blanco— y sumó apenas 1,22 millones, así que aportó a Cepeda unos 400 mil votos, una fracción de su crecimiento.
La derecha se consolidó: los 12,94 millones de Abelardo son casi la derecha de primera vuelta (12,06 millones) más algo de abstención. El motor del crecimiento fue la abstención que salió a votar por Cepeda.
Figura 3. El flujo de votos de la primera a la segunda vuelta, en millones. El grueso del crecimiento de Cepeda viene de la abstención.La comparación con la elección del 2022 ilumina el punto: aquel año Petro creció lo mismo pero ganó, porque no arrancaba atrás, sino como ganador de la primera vuelta.
La derecha, además, llegó más unida: el uribismo se subió temprano al barco de Abelardo, sin la fragmentación Fico–Rodolfo de hace cuatro años.
Por su lado, la izquierda, sin un diálogo con Fajardo, dependió de que su base se moviera sola y de los pocos votantes que obtuvo Claudia López en primera.
Bogotá es un buen indicador de la situación nacional: entre las dos vueltas, el estrato 1 movilizó un 9,5% adicional de votantes y el estrato 2 un 6,1%, mientras los estratos altos no crecieron.
Figura 4. Bogotá: crecimiento de votantes entre la primera y la segunda vuelta por estrato. La movilización se concentró abajo.
Figura 4. Bogotá: crecimiento de votantes entre la primera y la segunda vuelta por estrato. La movilización se concentró abajo.Esa fuerza se movió con poca orientación.
La campaña pecó de exceso de confianza, apostó a «ganar en primera vuelta» y evitó debates, dejando un campo fértil para que la derecha algorítmica propagara mentiras y desinformación invirtiendo miles de millones en redes sociales.
La cancha estaba en pendiente: la selectividad del terreno
Conviene ubicar y encuadrar el lugar de las elecciones.
En un capitalismo periférico y dependiente como el colombiano, la competencia no es neutra: se juega con reglas que favorecen a quien tiene dinero, medios, maquinaria y el apoyo del imperio estadounidense (Marini, 1973).
La competencia fue desigual. Aunque la izquierda era gobierno, las maquinarias y los recursos no se volcaron a la campaña.
La derecha jugó con tres ventajas: el dinero y las maquinarias que movilizan el voto popular (el ejemplo de Barranquilla y el clan Char interviniendo en la votación fue el ejemplo más claro de esto); el terreno digital, donde las plataformas amplificaron el mensaje mejor financiado; y la unión de las derechas, consolidada desde la primera vuelta.
Ese terreno favoreció a la ultraderecha colombiana, que contaron con un decidido apoyo de los «tecnofascistas» y el gobierno de Trump: es una fórmula que han repetido en varias elecciones en América Latina (como Ecuador, Honduras o Perú), la colusión entre las grandes tecnológicas, los millonarios de ultraderecha y las agendas autoritarias.
El algoritmo premia la indignación y el miedo, segmenta a cada usuario y concentra el poder de fijar la conversación pública, de esta manera, opera como ingeniería social que modifica las emociones y comportamientos de los usuarios.
Además, se invirtieron cifras enormes en pauta para lavar la imagen de un hombre corrupto como De la Espriella.
La izquierda compitió en una gran desventaja que no supo revertirse dentro de la campaña de Cepeda.
De cara a la lucha territorial y electoral de 2027
Recuperar el gobierno exige un proyecto hegemónico que unifique un bloque amplio. La izquierda vuelve con avances: es la primera fuerza, el salario mínimo ganó poder de compra y la economía se mantuvo estable.
Esos logros, entre muchos otros, pueden sostener la idea pública de una buena administración; sin embargo, la hegemonía se gana en otro terreno: las ideas, la cultura y la disputa por la “clase media”.
La siguiente disputa política se librará en las siguientes elecciones territoriales, y ahí la izquierda arrastra una debilidad persistente: su voto presidencial no se traduce a lo local.
En Popayán recogió cerca del 30% de su techo presidencial en 2023, en Bogotá el 29% y en Cali el 17%.
La izquierda gana lo presidencial por opinión y deja el voto popular en las territoriales en manos de las maquinarias (Kitschelt, 2000). Re anclar ese voto con organización paciente, sobre todo en la periferia popular, es la tarea de 2027.
La respuesta: partido, frente amplio y tecnoleninismo
De la Espriella representa un proyecto de derecha con rasgos fascistas: la construcción discursiva de un enemigo interno, la defensa a ultranza de la propiedad, el racismo, clasismo y machismo.
Es importante revisar qué experiencias históricas se alzaron para frenar el fascismo.
Por ejemplo, en 1935 la Internacional Comunista adoptó los frentes populares, alianzas amplias con sectores democráticos. En Chile, el plebiscito de 1988 derrotó a Pinochet con la franja del «NO», una campaña profesional y luminosa.
El patrón de estas y otras experiencias se repite: frente amplio, defensa de derechos, comunicación profesional y trabajo territorial de largo aliento.
Frente al tecnofascismo debemos organizar un tecnoleninismo.
Lenin entendió el periódico como un «organizador colectivo»: el instrumento de comunicación es parte de la organización política. El organizador colectivo de hoy es el algoritmo, y la tarea de la izquierda es dominarlo, producir desde él y disputar el terreno que el adversario ocupa.
La izquierda forma cuadros de formación sólida, y produce pocos políticos profesionales capaces de capitalizar resultado tras resultado. El príncipe moderno que requiere la izquierda colombiana debe tener un pie en la calle —la movilización— y otro en las urnas —los partidos y la operación electoral—, unidos.
Esa es la transición pendiente: profesionalizar la política sin perder la formación de cuadros. Las izquierdas que ganaron —el PT en Brasil, MORENA en México— lo hicieron con un instrumento partidario que orienta y sostiene la movilización. Es la condición para operar en el territorio y medirse con una derecha cada vez más radical en 2027.
Conclusiones
Las elecciones en Colombia se asemejan a una geología: el mapa regional es la placa estable, congelada desde 2016, y las clases sociales (medidas, con limitaciones, mediante el estrato) son la falla por donde se mueve la energía.
La ruta hacia 2027 es un pacto amplio, no solo con el centro sino con todos los sectores democráticos, y un pacto social: derechos humanos, logros sociales y un programa de medidas universales.
Las medidas universales son estratégicas porque alcanzan también a la clase media: la vivienda asequible y el congelamiento de arriendos que impulsa Zohran Mamdani en Nueva York tocan a la clase media y conservan a la base popular. Por esa vía se disputa a las “clases medias” que deciden las elecciones.
Una de las claves estratégicas está en el programa político: a largo plazo, una economía industrializada y productiva (como propone el Pacto Histórico) y no extractivista, sostiene un crecimiento en el que inclusive las clases medias pueden vivir mejor que bajo la austeridad neoliberal, que ofrece estabilidad con crecimiento bajo y perpetúa el subdesarrollo.
Las elecciones en Colombia se asemejan a una geología: el mapa regional es la placa estable, congelada desde 2016, y las clases sociales (medidas, con limitaciones, mediante el estrato) son la falla por donde se mueve la energía.
El clivaje congelado no es una geografía eterna e inmutable. En 2026 la izquierda ganó terreno en ciudades adversas: en el área metropolitana de Bucaramanga creció entre 8 y 12 puntos, y Medellín se sostuvo mientras otros bastiones como Bogotá, Barranquilla o Pasto retrocedían.
Cambiar el clivaje mismo, y llevar el proyecto a esas ciudades donde ya germina, es la apuesta a largo plazo del proyecto político progresista.
La tarea que sigue es fortalecernos en la guerra de posiciones: convertir el poder social en poder institucional a través de un instrumento profesionalizado, ganar la hegemonía cultural, dominar el algoritmo y tejer el frente amplio con un programa universal.
Eso exige cuadros nuevos, que conozcan y entiendan estas prácticas —el dato, el territorio, el algoritmo, el programa— y permitan un salto político cualitativo.
Referencias
Basset, Y. (2023). Votos y estratos: la creciente estratificación social del sistema partidario colombiano en el siglo XXI. Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales.
García Linera, Á. (2008). La potencia plebeya. Buenos Aires: CLACSO / Siglo del Hombre.
Gramsci, A. (1929–1935). Cuadernos de la cárcel.
Lenin, V. I. (1902). ¿Qué hacer?
Lipset, S. M. & Rokkan, S. (1967). Cleavage Structures, Party Systems, and Voter Alignments. Nueva York: The Free Press.
Marini, R. M. (1973). Dialéctica de la dependencia. México: Era.
Varoufakis, Y. (2023). Technofeudalism. Londres: The Bodley Head. · Zuboff, S. (2019). The Age of Surveillance Capitalism. Nueva York: PublicAffairs.
Datos: Registraduría Nacional (2026, 2022, 2019/2023, plebiscito 2016). Modelos multinivel e inferencia ecológica de elaboración propia. «Tecnoleninismo» es una categoría que propongo aquí.
https://www.diario-red.com/articulo/colombia/derrota-electoral-recomposicion-principe-moderno/20260702021045072299.html