Un sociólogo explica por qué el poder, la economía y hasta el Estado dependen de lo que dices y haces en pequeños encuentros todos los días.
Por Redacción Nota Antropológica
¿Alguna vez has pensado por qué saludas igual a tu jefe cada mañana, por qué le cedes el paso a ciertas personas, por qué hay oficinas donde jamás te atreverías a sentarte?
No hay leyes escritas para eso, no hay un reglamento que te obligue y sin embargo lo haces.
Al hacerlo, sin darte cuenta, estás sosteniendo aquello que le llamamos sociedad.
Randall Collins, profesor emérito de sociología en la Universidad de Pensilvania, pasó años estudiando esos momentos diminutos donde ocurre la vida real. Su investigación plantea una idea que te hace ver la estructura social como algo que no existe como tal.
Solo hay personas hablando, gesticulando, temiendo, ilusionándose, en una cadena interminable de encuentros. El resto, dice Collins, es taquigrafía.
Si nos ponemos a pensar respecto a las grandes palabras que usamos para explicar el mundo —el Estado, la economía, la clase social— no son entidades reales. Son resúmenes, atajos mentales que te ahorran el vértigo de contar lo que ocurre segundo a segundo en millones de interacciones simultáneas. Si quisieras describir empíricamente la sociedad, tendrías que narrar cada microevento: quién entró a qué oficina, quién sonrió primero, quién bajó la mirada, quién dio una orden y quién asintió sin cuestionar.
El problema es que esos resúmenes terminan por hacernos creer creer que la organización existe, que la empresa piensa, que el gobierno decide. Pero nada de eso hace algo por sí mismo. Son las personas que actúan y lo hacen en situaciones concretas, limitadas por paredes, horarios, cuerpos y miedos.
El mercado de las emociones
Cuando dos personas conversan, están en una negociación con algo más que palabras. Collins sostiene que cada encuentro es un mercado donde se intercambian recursos culturales y energías emocionales.
La cognición humana es limitada. No puedes procesar todas las contingencias de una situación compleja y por eso dependes de rutinas y entendimientos tácitos.
¿Qué se intercambia en ese mercado invisible? Sentimientos de pertenencia, dosis de confianza, entusiasmo o resignación.
Una conversación exitosa —donde logras sintonizar con el otro— produce una pequeña chispa de solidaridad.
Esa energía emocional queda almacenada en ti, fortaleciéndote, volviéndote más seguro para el próximo encuentro.
En cambio, una interacción donde te has sentido excluido o subordinado te vacía, te quita energía. Así, encuentro tras encuentro, cada persona va acumulando o perdiendo lo que Collins llama "confianza social".
Esa moneda emocional, que no se ve pero se siente, podría determinar si mañana te levantas con ganas de tomar la palabra o si prefieres esconderte en la rutina.
Cómo se reproduce el poder sin que nadie dé una orden
La autoridad, explica el sociólogo, no es un objeto que alguien posee. Es una cadena de rituales de interacción donde ciertas personas logran que otras acepten su definición de la realidad.
Cuando un jefe entra a una sala y todos callan, no hay coerción. Hay una coalición tácita monitoreando quién tiene más fuerza en ese momento.
Esa fuerza tampoco es mágica. Depende de que muchos crean, simultáneamente, que ese poder existe.
Si mañana suficiente gente dejara de reconocerlo, el poder probablemente se disolvería.
Collins recuerda que incluso un dictador necesita que sus subordinados obedezcan, que los subordinados de esos subordinados también obedezcan, y así sucesivamente.
Es una cadena frágil, sosteniéndose sobre expectativas compartidas, no sobre esencias.
La propiedad funciona igual. No es un derecho abstracto, sino la rutina repetida de que ciertas personas ocupen ciertos lugares físicos y otras no.
Tu escritorio en la oficina, el automóvil que manejas, la casa donde duermes. Cada vez que alguien respeta esos límites sin cuestionarlos, está recreando la propiedad. Cuando alguien deja de hacerlo, aparece la crisis.
¿Cómo cambia entonces la sociedad? Collins propone tres mecanismos. Uno lento, casi imperceptible: cuando nuevos medios de comunicación expanden los recursos culturales de una población, aumenta la capacidad de las personas para formar grupos y movilizarse.
Por eso las tecnologías que permiten hablar con más gente —desde la imprenta hasta las redes sociales— están alterando el equilibrio de las coaliciones.
Un segundo mecanismo es episódico y dramático: los conflictos, especialmente los que involucran fuerza, generan una circulación súbita de reputaciones.
Alguien se vuelve poderoso porque un evento lo coloca en el centro de la atención colectiva. Su nombre empieza a repetirse en miles de conversaciones particulares hasta que adquiere una influencia casi magnética. Collins lo llama "carisma situacional". No es una cualidad personal, sino un producto del mercado emocional.
El tercer mecanismo es el más sutil: las tecnologías de producción emocional.
Así como hay especialistas en cultura —maestros, predicadores, artistas— existen especialistas en generar emociones: líderes religiosos, figuras políticas, creadores de contenido.
Ellos diseñan rituales que intensifican la solidaridad grupal o el miedo al externo.
Cuando una sociedad modifica sus formas de reunirse, de emocionarse en conjunto, está cambiando su estructura más básica.
Lo que nos une no es un contrato, es una conversación recurrente
Ningún contrato, dice Collins, se sostiene solo por las cláusulas escritas.
Lo que obliga a cumplirlo es un conjunto de entendimientos no negociados, una confianza previa que no aparece en ningún papel.
Esa confianza se fabrica en las conversaciones cotidianas donde das por sentado que el mundo seguirá funcionando mañana como funcionó hoy.
Por eso las crisis sociales más agudas no empiezan cuando la gente protesta, sino cuando deje de alzar la voz. El silencio entre vecinos, el saludo que no se devuelve, la orden que se ignora sin confrontación. Ahí se está deshaciendo la sociedad, en esos microscópicos abandonos del ritual.
Collins propone incluso un método para estudiar estos fenómenos: grabar conversaciones reales —no entrevistas estructuradas ni encuestas— y medir los temas que aparecen, así como el tono y el ritmo con que se expresan.
Porque en el cómo se dice algo, en la energía que vibra en la voz, probablemente haya más información sobre el estado de una sociedad que en muchas estadísticas.
Mañana, cuando llegues a tu trabajo o a tu escuela, observa.
¿A quién saludas primero? ¿De quién esperas una respuesta? ¿Con quién evitas encontrarte? Esas pequeñas decisiones, repetidas por millones de personas durante años, constituyen una especie de arquitectura del mundo.
Si llegaste hasta este punto de la nota cuéntame los comentarios, si mañana decidieras cambiar alguna de esas rutinas
¿Qué parte de la estructura social social cotidiana en la que te mueves crees que comenzaría a desequilibrarse? Deja una reacción para saber que estuviste nuevamente aquí y sigue la página para enterarte de las siguientes Notas Antropológicas.
Fuente: Collins, R. (2025). Sobre las microfundaciones de la macrosociología. Sociológica México, 40(112), 271-322. (Traducción de S. Mendoza Contreras, C. Ángeles García y J.J. Ortega Hernández del original publicado en 1981 en American Journal of Sociology, 86(5), 984-1014).
