Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

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La propuesta de paz de China y el salvavidas a Trump

La propuesta de cinco puntos presentada por Pekín e Islamabad no es un gesto diplomático más. Es una hoja de ruta concreta para detener una guerra que ya cobró miles de vidas y desató una crisis energética global.

La diplomacia tiene sus tiempos y muchas veces, se mueve en silencio, tejiendo acuerdos que nadie ve hasta que están maduros. Otras, se ve forzada a hablar cuando los cañones aún rugen, no por ingenuidad, sino porque el costo de callar es más alto que el de equivocarse.

El martes, China y Pakistán hicieron oír su voz y presentaron una propuesta de cinco puntos para poner fin a la guerra que desde el 28 de febrero desangra el Golfo Pérsico, reabrir el tránsito por el estrecho de Ormuz y abrir un cauce de negociación que respete la soberanía e integridad territorial de Irán.

 La Unión Africana ya la respaldó. Es probable que otros actores regionales la apoyen en los próximos días. La pelota está ahora en el lado de Washington y Tel Aviv.

El documento, suscrito tras la reunión en Pekín entre el ministro de Exteriores paquistaní, Ishaq Dar, y su homólogo chino, Wang Yi, no es un manifiesto de buenas intenciones. 

Es una hoja de ruta concreta, con pasos medibles y principios claros. 

El primer punto exige el cese inmediato de las hostilidades y la entrada de ayuda humanitaria a todas las áreas afectadas. 

No es una demanda retórica ya que los bombardeos israelíes y estadounidenses han arrasado barrios residenciales, hospitales, escuelas e infraestructura crítica. 

Las imágenes de niños muertos bajo los escombros no son “daño colateral” sino que son claros crímenes de guerra. Y la ayuda humanitaria no es un gesto de caridad, sino una obligación legal que Washington y Tel Aviv han violado sistemáticamente.

El segundo punto apela al diálogo como única vía viable para resolver el conflicto. Puede sonar a lugar común, pero en este contexto es una crítica directa a la administración Trump, que desde el principio descartó la negociación y optó por la fuerza. “Se debe respetar la soberanía, integridad territorial, independencia y seguridad de Irán y de los países del Golfo”, recalca el texto. 

Es una advertencia velada a quienes creen que pueden redibujar el mapa de la región con bombas. El derecho internacional no es un menú del que se pueda elegir lo que conviene. Las fronteras existen, los Estados son soberanos, y ninguna potencia tiene el derecho de violar esa soberanía porque sí.

El tercer punto pide garantizar la seguridad de los “objetivos no militares”, incluidas las instalaciones energéticas y las plantas desalinizadoras. 

En una región donde el agua potable es tan estratégica como el petróleo, atacar esas infraestructuras es condenar a poblaciones enteras a la sed y la enfermedad. China y Pakistán lo saben, y por eso exigen que se detengan los ataques a esos blancos sensibles.

 No es un pedido técnico. Es una cuestión de supervivencia para millones de personas, este punto en especial fue mediado por Arabia Saudí y Emiratos Árabes quienes temen que sus acciones temerarias al apoyar continuamente a Estados Unidos terminen por perjudicarlos de manera vital.

El cuarto punto se centra en el estrecho de Ormuz, esa angostura de 33 kilómetros por donde fluía el 20% del petróleo mundial hasta que Irán lo cerró en respuesta a la agresión extranjera. 

La propuesta pide la normalización del tránsito marítimo y la protección de los buques varados y sus tripulaciones. Abrir el estrecho de nuevo requerirá confianza, y la confianza se construye con gestos, no con amenazas.

El quinto y último punto subraya la importancia de la Carta de las Naciones Unidas y del multilateralismo. Después de décadas de unilateralismo estadounidense, de invasiones ilegales y de desprecio por el derecho internacional, China y Pakistán reivindican el rol de la desdibujada y ya colapsada ONU como árbitro legítimo de los conflictos globales.

Detrás de los cinco puntos de la propuesta chino-paquistaní se esconde una realidad que los comunicados oficiales no mencionan pero que cualquier analista con dos dedos de frente puede leer, China le está tendiendo un salvavidas a Donald Trump. No por generosidad, sino por cálculo.

Pekín sabe que la administración estadounidense se metió en un pantano del que no sabe cómo salir. 

La Operación Furia Épica, presentada como una campaña quirúrgica para doblegar a Irán, se ha convertido en un desastre caótico: bajas militares que el Pentágono oculta, aliados que se niegan a sumarse, un estrecho cerrado que estrangula la economía global y una opinión pública estadounidense que comienza a preguntarse por qué sus hijos siguen muriendo en un desierto lejano.

China, observadora privilegiada de este naufragio, ofrece ahora una tabla de salvación, una retirada elegante que permita a Trump conservar algo del “honor” que su aventura bélica ya le costó caro. 

No es un gesto de buena voluntad. Es una jugada de ajedrez geopolítico. Y Trump, acorralado por sus propios errores, probablemente no tenga otra opción que aceptarla.

Irán: la dignidad no se negocia, la guerra termina cuando ellos dispongan

El canciller iraní, Abbas Araqchi, ha mantenido en las últimas semanas contactos permanentes con intermediarios regionales. No son conversaciones secretas, ni mucho menos. Son el reflejo de una diplomacia activa que busca salidas al conflicto sin perder de vista el principio fundamental: la dignidad de la nación iraní no está en discusión.

“La guerra terminará cuando nosotros dispongamos, no cuando lo quiera Estados Unidos”, repiten los funcionarios iraníes desde los primeros días del conflicto. 

La frase puede sonar a desafío, pero encierra una verdad estratégica que Washington subestimó. Teherán ha demostrado que puede resistir, cerrar el estrecho, atacar bases estadounidenses en la región y golpear objetivos israelíes con misiles que atraviesan las defensas más sofisticadas del mundo. No es una potencia que se rinda ante el primer bombardeo.

Pero más allá de la capacidad militar, está el factor simbólico. El asesinato del ayatolá Alí Jamenei no fue solo un crimen de guerra. Fue un intento fallido de decapitación del liderazgo político y religioso de 

Irán buscando el colapso total del país, una humillación que ningún país soberano puede tolerar. La muerte de miles de civiles —mujeres, niños, ancianos— en bombardeos que arrasaron barrios residenciales, hospitales y escuelas no puede disfrazarse de “daño colateral”. 

Es una violación flagrante del derecho internacional humanitario. Y quienes la cometieron deben pagar las consecuencias.

Irán lo ha dicho con todas las letras: no habrá paz sin justicia. 

No habrá alto el fuego sin garantías de que la agresión no se repita. No habrá negociación si la contraparte no reconoce sus crímenes y se compromete a repararlos. 

La propuesta de China y Pakistán ofrece un marco para esas garantías, pero la voluntad política debe venir de Washington y Tel Aviv. Y hasta ahora, esa voluntad no se ha visto.

El ministro de Asuntos Exteriores iraní también ha dejado claro que cualquier negociación debe incluir el levantamiento de las sanciones económicas, la retirada de las fuerzas estadounidenses de la región y el cese de la injerencia occidental en los asuntos internos de los países del Golfo.

 No son condiciones menores. Son la base sobre la cual Irán está dispuesto a sentarse a dialogar. Sin ellas, no hay nada que hablar.

La paz, sin embargo, no está en el vocabulario de Benjamin Netanyahu. El primer ministro de la entidad israelí se mantiene en el poder por una sola razón: el estado de guerra permanente. Primero fue Gaza, luego el Líbano, ahora Irán. 

Cada conflicto le permite postergar su destino judicial, porque la justicia israelí ya lo tiene prácticamente condenado por corrupción.

 Fuera del fragor de la batalla, Netanyahu sería un imputado más, no el líder que decide el destino de una nación. Por eso la paz es su enemiga. Por eso necesita que el fuego no cese.

Del otro lado del Atlántico, Donald Trump enfrenta sus propias ataduras. Presionado por Israel y el poderoso lobby sionista que financia sus campañas, extorsionado por el fantasma del caso Epstein que amenaza con salir totalmente a la luz en cualquier momento, y acorralado por un frente interno en llamas —inflación récord, desindustrialización acelerada, desempleo creciente, protestas sociales que no cesan—, el presidente estadounidense ha decidido jugar al populismo internacional para tapar sus fracasos domésticos. La guerra en el Golfo es su cortina de humo.

 La derrota o una paz negociada acelerarían el colapso de su ya frágil gobierno. Por eso Trump necesita que el conflicto se prolongue, aunque sus generales le adviertan que el desenlace será catastrófico.

Ambos líderes, atados de pies y manos por sus propias debilidades, han convertido la irracionalidad en método. 

Y esa irracionalidad, paradójicamente, es buena para el mundo. Porque cada día que pasa, cada misil que cae, cada barril de petróleo que deja de fluir, debilita al hegemón americano. Lo expone. Lo desangra. Lo acerca a su inevitable repliegue. La guerra que creían que los fortalecería los está destruyendo. Y el mundo multipolar, el que ellos tanto temen, se construye sobre los escombros de su propia estupidez.

La crisis interna de Estados Unidos: un imperio que se desangra

Mientras Irán negocia con mediadores regionales y China y Pakistán presentan una hoja de ruta para la paz, Estados Unidos muestra signos de descomposición interna que ningún comunicado oficial puede ocultar. La guerra en el Golfo ha cobrado un precio alto en vidas militares.

Según fuentes del Pentágono que pidieron no ser identificadas, al menos 47 soldados estadounidenses han muerto en ataques con misiles y drones iraníes desde el inicio del conflicto, además de las bajas sufridas en acciones de grupos proxy en Irak y Siria, pero diversos medios de análisis de defensa hablan de que las bajas reales que la administración Trump no quiere mencionar son de cientos de victimas lo que cualquier admisión de estas cifras daría por terminado cualquier gobierno en Washington.

La Casa Blanca ha evitado confirmar los números, pero los silencios son más elocuentes que las palabras. Los aviones de transporte militar que aterrizan en la base de Ramstein, en Alemania, con cuerpos cubiertos por banderas no son una invención de la prensa. Son la prueba de que la guerra no es un videojuego.

El Pentágono, además, enfrenta una crisis de liderazgo. 

El secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha sido criticado abiertamente por mandos militares retirados, que lo acusan de tomar decisiones basadas en cálculos políticos y no en estrategia militar. 

La relación entre la Casa Blanca y el Estado Mayor Conjunto es tensa, con filtraciones que revelan desacuerdos profundos sobre el curso de la guerra. Un alto oficial, que habló bajo condición de anonimato, declaró al Washington Post que “nadie en el Pentágono cree que podamos ganar esta guerra como la imaginaron en la Casa Blanca”.

Trump, por su parte, ha alternado declaraciones grandilocuentes sobre “victorias inminentes” con momentos de silencio que sus adversarios interpretan como desconcierto. En las últimas dos semanas, ha cancelado dos reuniones con sus asesores militares. La impresión general entre los analistas es que Estados Unidos ha perdido la brújula. No sabe cómo ganar la guerra, no sabe cómo salir de ella, y no sabe cómo negociar sin perder la cara.

La propuesta de China y Pakistán le ofrece una salida honorable, pero requiere que Washington acepte condiciones que hasta hace poco consideraba inaceptables: respeto a la soberanía iraní, fin de los ataques a infraestructura civil, garantías de no repetición.

Son términos que la administración Trump no está dispuesta a aceptar, pero que la realidad militar y diplomática le está imponiendo. La pregunta que queda flotando es si Trump tendrá la grandeza de reconocer que la guerra fue un error y sentarse a negociar, o si seguirá cavando la tumba de su propia administración en el desierto del Golfo.

Perspectiva geopolítica

El mundo que emergerá de los escombros del Golfo no puede ser una simple restauración del status quo anterior, como si aquí no hubiera pasado nada. Esa es la gran mentira que el imperio intenta vender: que después de los bombardeos, después de las miles de muertes, después del cierre del estrecho y la crisis energética global, todo volverá a ser como antes. No será así.

La Operación Promesa Verdadera 4, el plan estratégico que Irán ha desplegado junto al eje de la resistencia —Hezbolá, los hutíes, las milicias iraquíes y sirias—, no persigue una tregua temporal ni un alto el fuego administrado por Washington. Persigue la reconfiguración total de la región. 

Y lo hace porque ha olido la debilidad estructural de Estados Unidos y de la entidad sionista, incapaces de sostener una guerra prolongada sin desangrar sus arsenales, fracturar sus cadenas de mando y agotar la paciencia de sus propias sociedades.

La reconfiguración que está en marcha no será el producto de una conferencia diplomática burocrática en Viena o Ginebra, con funcionarios repartiendo culpas y sellando acuerdos que nadie respetará. Será una reconfiguración contundente, forjada en el campo de batalla y en la geografía misma de la región, desde la máxima comprensión de la geopolítica como lucha por la supervivencia.

En juego está la actual composición político-territorial de Asia Occidental, en juego está la continuidad de regímenes títeres como Kuwait, Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos, cuya actitud subordinada y servil hacia Washington y Tel Aviv los ha expuesto como lo que son: satélites sin voluntad propia, cuya existencia depende de la protección del imperio. Si el imperio se retira o se debilita, esos regímenes quedarán a merced de sus pueblos oprimidos y las fuerzas que ellos mismos ayudaron a contener durante décadas.

También está en juego el futuro del gobierno de facto de Siria, que ha intentado navegar entre aguas sin mojarse. Si Damasco que hasta el momento presto cobertura aérea, comete el error de alinearse demasiado abiertamente con los intereses occidentales en perjuicio de Hezbolá, podría encontrarse solo frente a un tablero que se reconfigura sin su participación.

El desenlace de esta fase dependerá en gran medida de una variable que Washington aún no ha decidido y que la resistencia pentagonal es total, si Estados Unidos lanza o no una campaña terrestre. 

Hasta ahora, los bombardeos aéreos y los ataques con misiles han sido la principal herramienta de la administración Trump. Pero una invasión terrestre —con soldados sobre el terreno, tanques cruzando fronteras y bajas masivas— cambiaría la naturaleza del conflicto y probablemente aceleraría el colapso de la presencia estadounidense en la región.

La historia reciente de Estados Unidos en Oriente Medio (Irak, Afganistán, Siria) muestra que las guerras terrestres no se ganan, se padecen. Y el pueblo estadounidense, ya cansado de décadas de conflictos sin fin, no está dispuesto a enterrar a más jóvenes en desiertos lejanos.

El propio Donald Trump, en un discurso que pasó casi inadvertido entre la catarata de declaraciones belicistas, sostuvo algo que sus asesores probablemente le aconsejaron no decir: que Estados Unidos ya no necesita la región. No es un comentario casual. 

Es la constatación de que el auge del petróleo y gas de esquisto en territorio estadounidense, sumado a la transición energética global, ha reducido la dependencia estratégica de Washington del Golfo Pérsico.

Si Estados Unidos ya no necesita el petróleo de la región, ¿para qué sigue enviando soldados a morir allí? La respuesta, para los analistas atentos, es clara: para proteger los intereses de sus aliados títeres y mantener la hegemonía sobre las rutas marítimas. Pero cuando el costo de esa hegemonía supera sus beneficios, el imperio se repliega.

Y cuando el imperio se repliega, no lo hace en silencio. Lo hace dejando atrás aliados desprotegidos, regímenes tambaleantes y pueblos que, después de décadas de opresión, tendrán la oportunidad de redefinir su propio destino. La Operación Promesa Verdadera 4 no es solo un nombre simbólico. Es la declaración de que el mundo que viene será diferente, que la sangre derramada no será en vano y que la resistencia tiene un plan.

Ese plan no incluye a Washington ni a Tel Aviv. Incluye a los pueblos de la región, que por primera vez en un siglo tienen la oportunidad de escribir su propia historia. La cuestión no es si Estados Unidos se irá. La cuestión es cuánto daño causará antes de irse, y qué tipo de orden dejará atrás. Porque el orden que viene no lo diseñará el Pentágono. Lo diseñarán los pueblos que sobrevivieron. Y esa es la verdadera Promesa Verdadera.

El péndulo del poder

La guerra en el Golfo está dejando al descubierto algo que los manuales de estrategia occidental nunca supieron registrar: los imperios no caen por un golpe, sino por la acumulación de sus propias contradicciones. Estados Unidos e Israel han gastado arsenales, perdido vidas y erosionado su prestigio internacional en un conflicto que no pueden ganar, pero del que tampoco pueden salir sin pagar un costo político altísimo. Irán, en cambio, ha transformado su resistencia en un nuevo paradigma geopolítico que podemos definirla como la paciencia como arma, la dignidad como trinchera.

El estrecho de Ormuz seguirá siendo un punto de tensión mientras haya quien crea que la fuerza puede doblegar la voluntad de un pueblo. Pero el péndulo de la historia, ese que tantas veces se inclinó hacia los imperios, comienza a moverse en la dirección contraria.

Lógicamente no será rápido, no será lineal. Pero será irreversible. 

Y cuando la marea baje, quedarán al descubierto los que supieron nadar contra la corriente, Irán ya está haciéndolo. El mundo observa. Y, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no está escrito en Washington.

*Tadeo Casteglione – Editor general de PIA Global – Experto en Relaciones Internacionales y Análisis de Conflictos, Periodista internacional acreditado por RT, Diplomado en Historia de Rusia y Geografía histórica rusa por la Universidad Estatal de Tomsk.

– Foto de la portada: CGTN

https://noticiaspia.com/la-propuesta-de-paz-de-china-y-el-salvavidas-a-trump/

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