Desmontemos su narrativa…
Nos referimos al programa del FBI a cargo de tres agente especiales, que con la aprobación y el visto bueno del Sr Josh Obsfeld, ejecutivo sénior de la División de Contraespionaje del FBI, sigue dedicando sus esfuerzos para convencer al mundo por qué Cuba es una amenaza de Inteligencia "peligrosa y sofisticada", pero en el camino, sin darse cuenta, construyen el argumento más sólido que existe para justificar exactamente lo que Cuba hace.
La lectura que sacamos es que, sin proponérselo, han hecho el análisis más honesto que jamás saldrá de su cuartel general en Quantico sobre por qué nuestra Inteligencia cubana no solo existe sino que funciona. Y sobre por qué seguirá funcionando.
LO QUE DICEN vs LO QUE OMITEN
Es cierto que con una especie de mezcla entre admiración contenida y alarma institucional que resulta casi cómica: ellos elogian la eficiencia de nuestros servicios de Inteligencia, a la par que fingen estar denunciándolo.
Ya eso lo comentamos pero, en ningún momento, ni una sola vez, alguno de sus agentes se detiene a preguntar lo más obvio: ¿por qué? ¿Por qué Cuba, con una economía en crisis permanente, sin los presupuestos de la NSA ni los satélites de la NRO ni los miles de analistas de Langley, invierte tanto en Inteligencia contra Estados Unidos?
¿Qué hace que una isla pequeña dedique sus recursos más escasos a penetrar el gobierno del país más poderoso del mundo?
La respuesta la dan ellos mismos, de pasada, casi sin notarlo. La agente especial Alisa lo dice en el minuto en que introduce el tema cubano, con tono clínico, como si fuera contexto secundario: "Dada su proximidad y el miedo a una invasión, ven a los EE.UU. como una amenaza existencial."
Ahí está. En una frase. El FBI admite, que Cuba no está haciendo espionaje ofensivo por ambición imperial, ni por ideología expansionista, ni por el placer de humillar a la superpotencia. Lo hace porque tiene preocupación genuina de ser destruida.
Y confirman sin quererlo, que no es paranoia: es historia documentada que ellos mismos se niegan a mencionar.
Porque después de esa frase, no se detienen en dar argumento, no ofrecen contexto. No explica de dónde viene ese "miedo a una invasión." Simplemente lo enuncia como dato y acto seguido pasa a hablar de Ana Montes. Eso es, en sí mismo, la historia.
EL CONTEXTO QUE SE NIEGAN A MENCIONAR
Hablan de Ana Montes, de Walter Kendall Myers, de Víctor Manuel Rocha como si fueran villanos de película. Personas que traicionaron a su país. Personas que pusieron en riesgo la seguridad nacional americana. El marco narrativo es siempre el mismo: EE.UU. como víctima pasiva de una agresión injustificada.
No mencionan los más de 600 intentos documentados de asesinato contra nuestro JEFE Fidel, muchos coordinados directamente desde territorio estadounidense o con participación operativa de la CIA.
No mencionan el vuelo 455 de Cubana de Aviación, derribado el 6 de octubre de 1976 sobre el Mar Caribe. Murieron 73 personas.
No mencionan los hoteles de La Habana bombeados en 1997, el Copacabana, el Nacional, el Meliá Cohíba , en una campaña de terrorismo diseñada para destruir la industria turística cubana, que en ese momento era el principal sostén económico del país durante el Periodo Especial.
No mencionan la Fundación Nacional Cubano-Americana, que operó durante décadas desde Florida con registro legal americano, financiando grupos cuyo objetivo declarado era el derrocamiento violento del gobierno cubano.
En cualquier otro contexto geopolítico del mundo, si una organización con sede en La Habana financiara grupos armados cuyo objetivo declarado fuera derrocar al gobierno de México (por poner un ejemplo), el Departamento de Estado lo llamaría terrorismo de Estado y lo llevaría al Consejo de Seguridad de la ONU.
No mencionan el bloqueo económico, comercial y financiero, que lleva más de 60 años y que la Asamblea General de la ONU condena año tras año por abrumadora mayoría. No es un embargo comercial ordinario.
Su propio arquitecto, el subsecretario de Estado Lester Mallory, lo describió en un memorándum desclasificado de abril de 1960 con una claridad que debería hacer ruborizar a cualquier demócrata: el objetivo era "reducir los salarios monetarios y reales, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno." Esas son sus palabras, no las de Granma.
No mencionan la Operación Mangosta, el programa encubierto de la CIA aprobado por la administración Kennedy en 1961 para desestabilizar Cuba mediante sabotajes a instalaciones industriales, atentados, guerra psicológica y apoyo a grupos armados contrarrevolucionarios operando desde suelo americano. No era una operación marginal de la CIA: era política de Estado.
Y no mencionan la Operación Northwoods, que merece un párrafo aparte por lo que revela sobre la naturaleza real del conflicto.
En 1962, el Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, no un grupo de radicales, no una facción marginal: el máximo órgano militar del país, presentó formalmente al Secretario de Defensa Robert McNamara un documento proponiendo cometer actos terroristas en suelo americano, incluyendo el derribo de aviones civiles con ciudadanos americanos a bordo, y culpar a Cuba para justificar una invasión militar.
El presidente Kennedy rechazó el plan. El documento existe. Está desclasificado.
Cuando tienes todo ese contexto, la pregunta no es "¿por qué Cuba tiene interés en infiltrar agentes en EE.UU.?" La pregunta correcta, la única pregunta honesta que se puede hacer, es esta: ¿cómo no iba a hacerlo?
EL PROBLEMA CON LOS EJEMPLOS QUE USAN
Aquí el asunto se vuelve especialmente revelador por sus propias contradicciones internas. Presentan la red de agentes cubanos como si fuera una operación masiva y coordinada de agresión. Una amenaza sistémica al corazón del gobierno americano.
Pero cuando describen los casos concretos, el cuadro que emerge es completamente diferente: jóvenes universitarios reclutados en los años 70 y 80, motivados no por dinero sino por convicción ideológica, que creían genuinamente estar del lado correcto de la historia.
El propio FBI lo dice: "Típicamente no reciben grandes sumas de dinero." Y más adelante, la agente especial Tiffany añade con notable candidez: "Estas personas no presentan los indicadores típicos de espionaje porque no hay cambios financieros, creen plenamente en lo que hacen." Esta es, sin que ellos lo procesen, la distinción más importante que se expone.
Eso les choca, porque el espionaje que EE.UU. practica, a escala industrial, con presupuestos que superan el PIB de muchos países, con tecnología que ninguna otra nación puede igualar, funciona principalmente con dinero, chantaje o coerción. Aldrich Ames recibió más de cuatro millones de dólares de la KGB. Robert Hanssen recibió más de 600,000 del SVR durante más de dos décadas.
El modelo americano de reclutamiento de agentes es transaccional en su núcleo: encuentras a alguien con deudas, con resentimientos, con ambiciones frustradas, y lo compras. O lo comprometes. O lo amenazas.
El modelo cubano que el FBI reconoce y está describiendo es fundamentalmente distinto. Las personas que trabajaron para Cuba y a las que hacen referencia: Ana Montes, Walter Kendall Myers, Víctor Manuel Rocha, no lo hicieron por dinero.
Lo hicieron porque creían. Creían que la política de EE.UU. hacia Cuba era moralmente indefendible. Creían que estaban del lado correcto de la historia. Creían que lo que veían todos los días desde dentro de la maquinaria justificaba lo que hacían.
El FBI llama a eso "motivación ideológica" como si fuera un defecto de carácter o una patología psicológica. Pero en el contexto de todo lo que EE.UU. ha hecho con Cuba, la pregunta más honesta que deberían hacerse es otra completamente: ¿Cuántos funcionarios americanos con conciencia moral y acceso a los archivos llegaron exactamente a las mismas conclusiones que Montes, que Myers, que Rocha, y simplemente decidieron no actuar?
LA IRONÍA ASPILLAGA QUE NO PUEDEN PROCESAR
En nuestro primer análisis al asunto optamos por omitir alguna referencia a este sujeto. Pero ya que insisten:
Cuando la agente especial Alisa hace mención a este traidor, es que precisamente, llega el gran momento de revelación involuntaria. La agente describe a Florentino Aspillaga, el traidor cubano de 1987, como el evento seminal que "abrió los ojos" al sistema de Inteligencia americano. Para quien no lo conozca, Aspillaga reveló que todos los agentes de la CIA en Cuba estaban "doblados", es decir, controlados por La Habana desde el principio o convertidos a dobles agentes durante su operación.
Toda la información que la CIA creía recibir de sus fuentes en nuestra isla había sido cuidadosamente filtrada y en muchos casos fabricada por nuestra Seguridad del Estado durante años.
El jefe Obsfeld lo describe como el golpe de realidad que obligó a EE.UU. a tomarse en serio la amenaza cubana. Y técnicamente es correcto.
Pero hay un detalle que menciona casi de pasada y no procesa en absoluto: Aspillaga era él mismo un oficial de Inteligencia que desertó hacia Occidente después de trabajar para Cuba dentro de operaciones que involucraban a la CIA.
Es decir, el hombre que reveló que todos los agentes americanos en Cuba eran dobles era, en términos operacionales, un desertor del servicio de Inteligencia del adversario.
La ironía es tan estructuralmente densa que colapsa el argumento que se intenta construir. Si el sistema de Inteligencia cubano era tan permeable que uno de sus propios oficiales pudo desertar y entregar su arquitectura completa a Occidente, ¿cómo es simultáneamente tan invencible que logró doblar toda la red de la CIA en nuestro país durante décadas?
La respuesta es que ambas cosas son ciertas al mismo tiempo, y eso describe con precisión la naturaleza real del juego de Inteligencia: ningún sistema tiene control total, todos son vulnerables en algún punto, y la diferencia entre los que sobreviven y los que no, es invariablemente la misma: Motivación.
"EL ÚLTIMO QUE ENCONTRAMOS" … CUATRO PALABRAS QUE LO DICEN TODO
Cuando el jefe de Contraespionaje de FBI, el Sr Obsfeld pregunta si Víctor Manuel Rocha fue el último espía cubano identificado, la agente especial Alisa responde con una precisión que merece detenerse: "El último al que llegamos."
Ojo con la semántica. No dijo "el último que existe." No dijo "cerramos la red." No dijo "la amenaza está contenida." Dijo el último al que llegaron. Y Obsfeld inmediatamente interviene para matizarlo:
"Fue el último que encontramos absolutamente." Con énfasis. Como si quisiera asegurarse de que nadie en la audiencia escuche esa frase y saque la conclusión obvia.
Pero la conclusión obvia es precisamente lo que implican. El FBI está admitiendo que la red cubana no está cerrada. Que identificaron los fragmentos que pudieron, armaron las piezas que tenían, y que la imagen completa nunca estuvo disponible.
Esto después de décadas de investigación, recursos incomparablemente superiores a los de Cuba, y la ventaja de operar en su propio territorio.
LO QUE ESTE ANÁLISIS SIGNIFICA MÁS ALLÁ DE CUBA
La lección que se documenta inadvertidamente no es exclusiva del caso cubano. Es una lección sobre el funcionamiento de la información como aparato de poder en los servicios de Inteligencia y sobre los límites del dinero como herramienta de construcción de lealtades.
EE.UU. tiene el presupuesto de Inteligencia más grande de la historia de la humanidad. Tiene tecnología de vigilancia que ningún otro actor puede igualar.
Tiene alianzas de Inteligencia, los Five Eyes, que cubren prácticamente todo el espectro de señales globales. Tiene bases en todo el mundo, satélites sobre cada capital, y capacidad cibernética ofensiva sin parangón.
Y aun así, una pequeña isla con una economía que lleva décadas en crisis, logró penetrar su Agencia de Inteligencia de Defensa, su Departamento de Estado, y su cuerpo diplomático de alto nivel. Simultáneamente. Durante décadas. Con agentes que no se vendieron, que creyeron.
El FBI llama a eso sofisticación. El término correcto es más preciso: es la diferencia entre un aparato construido sobre dinero y tecnología, y uno construido sobre una causa.
Cuando el dinero se acaba o la tecnología falla, el aparato se detiene.
Cuando la causa persiste, cuando el país que defiendes sigue siendo el mismo país pequeño rodeado por la misma amenaza existencial, el aparato sigue funcionando.
Cuba lleva más de sesenta años demostrando esa diferencia. El FBI dedicó treinta minutos a documentarlo, sin darse cuenta, para toda su audiencia.
Eso no habla de la peligrosidad de Cuba. Habla del fracaso histórico de una política. Y de la extraordinaria consecuencia de un pueblo que decidió, hace más de sesenta años, que prefería la dificultad de la resistencia a la comodidad de la rendición.
El FBI tiene un programa que analiza nuestros servicios de Inteligencia. Cuba tiene: la historia que justifica lo que hace, y la determinación de seguir haciéndolo.
Y eso, en el largo plazo del juego operativo de Inteligencia, no tiene precio. Porque en silencio siempre ha tenido que ser...
Fuente: Ale JC Boyeros Comunicación

