La maquinaria bélica estadounidense se ha topado en Oriente Medio con el muro persa que, al igual que las históricas murallas de Babilonia, está resistiendo a los bombardeos, a los asesinatos selectivos y a décadas de hostigamiento diplomático y sanciones económicas.
La actual guerra contra Irán está demostrando ser un desastre sin paliativos para Washington, revelando las profundas contradicciones del hegemón del imperialismo, que intenta mantener su estatus a un costo económico y político insostenible.
Desde hace tiempo, la amenaza imperialista a los países de la región no supeditados al sionismo internacional se ha basado en la proyección de poder desde bases militares seguras.
Desde allí han podido intimidar, amenazar, presionar, patrocinar el terrorismo e incluso lanzar ataques. Sin embargo, Irán ha cambiado las reglas del juego.
Teherán lleva toda una vida preparándose para una guerra existencial contra Israel y EE. UU. (el sionismo internacional).
Esto ha dado como resultado una preparación que ha derivado en una guerra de desgaste que transforma el conflicto actual en una auténtica sangría financiera para el Pentágono.
Mientras los iraníes utilizan drones y misiles de producción nacional y bajo costo, Estados Unidos se ve obligado a interceptarlos quemando misiles del sistema de defensa THAAD —cuyo costo unitario se estima entre 10 y 15 millones de dólares— o los famosos misiles de crucero Tomahawk —que oscilan entre los 2 y 2,5 millones de dólares cada uno—.
Es una ecuación matemática implacable: EE. UU. se está arruinando a sí mismo en beneficio exclusivo de su complejo militar-industrial.
Si algo ha demostrado la guerra en Ucrania es que la industria militar estadounidense está orientada a generar beneficios, contentar a sus accionistas y proyectar poder en nuestras mentes, más que a hacer frente a una guerra que se alargue en el tiempo.
En el plano político, el fracaso es aún más rotundo. Washington pensó que podía replicar el modelo venezolano o, en su defecto, repetir el guion sirio; sin embargo, el cambio de régimen —ya sea dinamitado desde el interior o forzado desde fuera— no ha dado sus frutos, sino que ha logrado todo lo contrario.
A pesar de que la sociedad iraní había ido agrietándose en las últimas décadas por cuestiones económicas, políticas o sociales, las agresiones yanqui-sionistas le han devuelto la cohesión.
La guerra que Israel y EE. UU. le plantean a Irán no es una mera agresión, sino una auténtica guerra existencial que, de triunfar, sometería a la nación a los dictados del sionismo internacional o supondría su balcanización definitiva.
Este desastre también está sacudiendo los cimientos del vasallaje regional.
Parece que las monarquías árabes sionizadas del Golfo están sufriendo en sus propias carnes lo peligroso y arriesgado que es ser un verdadero lamebotas de EE. UU. y ceder territorio nacional al imperialismo para instalar bases militares desde las que amenazar a países como Irán.
Sus modelos económicos —fuertemente dependientes de la estabilidad, el lujo, el capital extranjero y el turismo— son incompatibles con la guerra abierta.
Albergar bases estadounidenses ya no se percibe como un paraguas de seguridad, sino como un imán para los misiles.
La presencia de Washington ha pasado de ser una garantía de protección a convertirse en una amenaza directa para la supervivencia económica de sus propios aliados.
Por lo tanto, esta última guerra bien podría cambiar la realidad geopolítica de esta parte del planeta.
Ante este callejón sin salida, Trump ya está preparando el terreno para una retirada disfrazada de triunfo.
El presidente comienza a ensayar un discurso de salida, afirmando que "ya no hay nada más que hacer allí" y vendiendo un abandono estratégico como si fuera una victoria rotunda.
Es el clásico recurso del repliegue imperial: declarar el éxito antes de huir con el rabo entre las piernas para evitar la imagen de una derrota, tal como ocurrió en Vietnam o Afganistán.
La realidad detrás de esta narrativa es que Estados Unidos necesita dejar de lado esta guerra con Irán, a la que le ha arrastrado Israel, para centrarse en sus propios objetivos. EE. UU. ya ha recibido el sopetón de la actual realidad geopolítica multipolar, ante la cual debe correr a replegarse y a proteger su espacio vital monroísta.
Abandonar o dejar en “stand-by” el frente iraní liberará recursos para que vuelva a concentrar su agresividad en el continente americano.
Desgraciadamente, Y ESPERO QUE ME EQUIVOQUE, los cubanos pagarán los platos rotos de la derrota yanqui en Irán.
La guerra en Irán no terminará con un desfile de victoria protagonizado por los soldados estadounidenses, sino con Trump haciendo el payaso y encubriendo la derrota con retórica triunfalista.
Presentaron la guerra con Irán como parte de un plan divino, y el único plan divino que existe es el desmantelamiento del Estado colonial sionista y el declive del imperialismo estadounidense.

