El autodenominado "Escudo de las Américas" no fue una cumbre diplomática tradicional, sino una escenificación brutal del imperialismo estadounidense en su fase más descarnada.
Celebrada en el Trump National Doral, un ostentoso club de golf propiedad de Donald Trump en Miami, esta reunión congregó a una docena de presidentes y líderes latinoamericanos de derecha y ultraderecha.
Lejos de ser un espacio de cooperación multilateral entre iguales, el evento funcionó como un acto de vasallaje donde Estados Unidos dictó las nuevas reglas de su dominio hemisférico, exigiendo obediencia absoluta y ofreciendo a cambio una supuesta protección.
Este encuentro representa una actualización continental del Plan Cóndor, una coartada perfecta para legitimar intervenciones militares estadounidenses bajo el disfraz de una renovada guerra contra las drogas y los cárteles.
Lo más llamativo del llamado "Escudo de las Américas" no es solamente la obscenidad del gesto imperial estadounidense, sino la degradación subjetiva de las élites latinoamericanas que acudieron a aplaudirlo.
Porque aquí no estamos ante una simple cumbre de seguridad ni ante una coordinación diplomática más o menos agresiva, sino ante algo mucho más revelador: la exhibición de una clase dirigente colonizada que ya no necesita ser obligada a obedecer, porque ha aprendido a encontrar placer político en la obediencia.
Y ahí Franz Fanon sigue siendo decisivo.
Fanon entendió que el colonialismo no se impone solo con ejércitos, fronteras, castigos y saqueo, se impone también produciendo subjetividades subordinadas, élites nativas que internalizan la mirada del amo y terminan deseando parecerse a él.
Para el imperialismo, no basta dominar territorios, hay que formar también a los intermediarios que administren la dominación con entusiasmo, que hablen como el imperio, que sientan como el imperio, que desprecien a sus propios pueblos con la misma arrogancia con que el centro desprecia a la periferia.
Eso es lo que vimos en Miami: no solo presidentes de derecha, sino administradores subcontratados de un orden hemisférico en crisis.
El autodenominado "Escudo de las Américas" no fue una cumbre diplomática tradicional, sino una escenificación brutal del imperialismo estadounidense en su fase más descarnada.
Se celebró, además, en el Trump National Doral, un ostentoso club de golf propiedad de Donald Trump.
El dato no es menor. El lugar ya decía todo. Ni siquiera la máscara de la institucionalidad multilateral, ni siquiera el teatro de las cancillerías, ni siquiera el fingimiento protocolario de un encuentro entre repúblicas soberanas.
No: la escena fue montada en la propiedad privada del patrón, como si el continente entero fuese convocado a una reunión de gerentes regionales en la casa matriz.
Allí se congregaron presidentes y líderes latinoamericanos de derecha y ultraderecha para escuchar las nuevas reglas del vasallaje hemisférico: obediencia absoluta a Washington, subordinación militar, disciplina geopolítica, alineamiento contra China, mano dura contra migrantes y criminales, y disponibilidad territorial para que Estados Unidos recupere el control de un continente que siente escapársele de las manos.
La naturaleza imperial de la reunión quedó retratada en la insolencia del propio Trump, quien afirmó con desprecio que jamás aprendería a hablar español. La frase no fue un exabrupto aislado, sino la condensación simbólica de todo el dispositivo.
El imperio no solo manda, sino que manda despreciando. No solo impone condiciones le importa además dejar claro que no reconoce dignidad igual en quienes las reciben. ¿Qué tipo de vínculo hemisférico propone un poder que puede burlarse de la lengua de los otros mientras les dicta una agenda militar? Exactamente el vínculo colonial.
El amo no necesita entender al subordinado, nos recordaba Fanon, le basta con que el subordinado entienda órdenes.
Por eso la frase importa. Porque revela que la oferta estadounidense no era una asociación entre iguales, sino una pedagogía de la humillación.
Y lo verdaderamente repugnante es que esa humillación no produjo ruptura ni escándalo entre los presentes, sino sonrisas, asentimientos y la disciplina satisfecha de quienes ya no se sienten ofendidos por la insolencia imperial porque llevan demasiado tiempo midiéndose con sus criterios.
El núcleo de la cumbre fue la firma del “compromiso para combatir la actividad criminal de los cárteles” y el anuncio de la llamada Coalición Anticárteles de las Américas.
Pero quedarse en ese nivel sería ingenuo o complaciente.
El narcotráfico funciona aquí como coartada narrativa, como el pretexto moral perfecto para legitimar un nuevo ciclo de injerencia estadounidense sobre América Latina.
Bajo la bandera de la guerra contra los cárteles, Trump dejó clara su intención de utilizar fuerza militar letal dentro del territorio de las naciones latinoamericanas, comprometiéndose a que Estados Unidos entrenará y movilizará a las fuerzas armadas de los países socios.
El nivel de injerencia propuesto fue extremo: ofreció incluso misiles dirigidos “directo a la sala” para aniquilar a miembros de los cárteles.
La cosa no terminó ahí.
El desprecio por la vida humana en el sur global llegó al punto de bromear sobre bombardeos a embarcaciones civiles que han dejado más de 150 personas muertas en los últimos meses, jactándose de haber reducido el tráfico por mar en un 95%, mientras los asistentes reían.
Hay momentos en que la degradación moral de una élite se vuelve tan obscena que ya no requiere interpretación adicional.
Que un puñado de presidentes latinoamericanos escuchen ofertas de bombardeo sobre territorios de la región y responda con complicidad sonriente dice más sobre ellos que cien editoriales.
Pero el objetivo verdadero excede con mucho el combate al crimen organizado. Lo que está en juego es una reactivación descarnada de la Doctrina Monroe, un intento de recuperar el control total del continente en un momento de declive relativo de la hegemonía estadounidense.
El enemigo ya no es solo el cartel; también lo son la migración irregular y, de manera crucial, la influencia geopolítica de China.
Ahí aparece el concepto de “Gran Norteamérica”, esa redefinición territorial impuesta desde la lógica de seguridad de Washington que pretende extender su jurisdicción desde Groenlandia hasta el Canal de Panamá, asimilando a Centroamérica y el Caribe como una zona operativa propia.
¿Qué significa eso en términos reales? Que las fronteras de nuestras repúblicas dejan de ser límite político de soberanía para convertirse en perímetro funcional de una arquitectura militar ajena.
Que nuestros mares, puertos, rutas migratorias, recursos y aparatos de seguridad pasan a ser piezas de una estrategia diseñada afuera. Que la región ya no es vista como conjunto de naciones con historia, contradicciones y proyectos posibles, sino como tablero logístico de una potencia que necesita asegurar materias primas, corredores comerciales, disciplina territorial y cerco estratégico contra sus rivales.
Y aquí Fanon vuelve a ser útil, porque explica algo que a veces el antiimperialismo más mecánico no termina de pensar del todo: el colonialismo no se sostiene solamente por la fuerza del centro, sino por la existencia de una capa local que encuentra en esa subordinación una forma de ascenso, reconocimiento y poder. Es el colonizado que se identifica con el opresor.
Es el dirigente periférico que ya no se asume como expresión de una nación herida y contradictoria, sino como gerente eficaz de una empresa multinacional llamada imperio. Ya no gobierna hacia el pueblo le importa solo administrar hacia arriba.
Ya no busca soberanía, lo que persigue en su quehacer política es la certificación del buen vasallo. Ya no quiere emancipar a su sociedad de la dependencia, sino que quiere demostrar que puede hacerla funcional a los intereses de la metrópoli.
Por eso estos mandatarios de derecha no son simplemente “traidores” en un sentido moral elemental. Son la forma política que adopta una burguesía periférica sin proyecto histórico propio, incapaz de imaginar desarrollo soberano, industrialización autónoma, integración regional o poder popular, y por eso reducida a ofrecer territorio, recursos, inteligencia, puertos, tropas y legitimidad doméstica a cambio de protección externa. Su sueño no es liberar a sus pueblos. Su sueño es que el amo los considere útiles.
Eso explica la presencia de figuras como Javier Milei, Daniel Noboa, Nayib Bukele, José Raúl Mulino, Rodrigo Paz y José Antonio Kast dentro de este dispositivo.
Cada uno a su manera representa una derecha cipaya, entreguista, dispuesta a convertir su país en plataforma de la política exterior estadounidense. No se trata de una exageración retórica.
Trump le recordó públicamente a Milei que le debe su puesto. Noboa ya ha permitido operaciones con tropas estadounidenses en su territorio. Mulino fue presionado por los acuerdos históricos del Canal y por contratos con empresas chinas. Cuatro mandatarios presentes incluso le rogaron a Trump que “se hiciera cargo de Cuba”, invitando de manera activa a la injerencia extranjera contra un país hermano.
¿Qué nombre merece una élite que pide tutela imperial sobre la región y la celebra como fortaleza? No el de estadista. No el de patriota. No el de realista. El nombre correcto es élite colonial. Son los nuevos cipayos del continente, aunque ahora prefieran disfrazarse de tecnócratas, libertarios, empresarios o modernizadores.
Han sustituido el lenguaje de la soberanía por el de la gestión; han abandonado el vínculo con el pueblo por su sumisión al mercado; reniegan de la soberanía en nombre de una supuesta eficiencia securitaria, como ciertos idiotas (en el sentido griego del término) que repiten en México que de nada sirve la soberanía si los "carteles gobierna", pues entonces que gobiernen los gringos, les falta admitir. Pero debajo de ese maquillaje posmoderno sigue latiendo la misma vieja servidumbre.
La hipocresía de este bloque queda todavía más al descubierto cuando se observa el caso de Venezuela. Mientras la derecha latinoamericana utiliza al país sudamericano como espantapájaros ideológico para asustar clases medias y justificar disciplinamientos internos, Trump reconoció públicamente que su gobierno está trabajando estrechamente con la presidenta venezolana Delcy Rodríguez, tras alcanzar un “acuerdo histórico” para la extracción de oro y petróleo.
Lo dijo sin pudor: están haciendo un gran trabajo con nosotros. Ahí se cae otro mito de la derecha continental. No hay una política de principios en el imperio, solo hay una política del botín. Si el imperialismo necesita recursos, la ideología se vuelve flexible. Lo que importa no es la democracia, ni los derechos, ni la libertad, ni la retórica antiautoritaria que tanto pregonan los portavoces regionales de Washington. Lo que importa es quién garantiza extracción, estabilidad y rentabilidad.
Para el imperio, la moral es un instrumento del que ha decidido prescindir, y para los cipayos, una coartada. Para los pueblos la moral resulta ser una trampa cuando no aprenden a leer la estructura material que se oculta detrás del sermón.
Tampoco es menor el papel de la prensa corporativa de la región en esta operación. Como era previsible, parte de esos medios intentó legitimar la sumisión presentándola como triunfo diplomático, celebrando la “mano dura” y criticando a los países que decidieron no asistir.
En México, por ejemplo, ciertos medios conservadores tacharon la ausencia del gobierno mexicano como fracaso y justificaron las agresiones de Trump, validando la narrativa de que la subordinación militar es el único camino viable para la región.
Esa es la función histórica de la prensa oligárquica en América Latina: traducir dependencia en responsabilidad, obediencia en madurez, servilismo en pragmatismo. No dicen “entreguismo”, dicen “cooperación”. No dicen “tutela militar” dicen “alianza estratégica”. No dicen “renuncia a la soberanía” dicen “respuesta firme al crimen organizado”. Ahí opera otra vez la colonización de la subjetividad.
Porque para dominar no basta con imponer un orden además hay que volverlo razonable, presentable, sensato. Hay que hacer que las sociedades oprimidas sientan vergüenza de resistir y orgullo de someterse.
Frente a esa foto de arrodillados, el contraste con México, Brasil y Colombia fue decisivo. Las ausencias deliberadas de los tres países marcaron un límite político al expansionismo estadounidense. No es una cuestión menor ni puramente simbólica. Son las economías de mayor peso relativo en la región y su negativa a participar descompone la pretensión de Washington de hablar en nombre del continente entero.
El caso de México resulta especialmente importante, no solo por su vecindad geográfica con Estados Unidos, sino porque durante la cumbre Trump intentó humillar a Claudia Sheinbaum imitando burlonamente su voz y acusando falsamente a México de estar gobernado por los cárteles.
Más aún: reconoció públicamente que Sheinbaum ha rechazado tajantemente sus propuestas para permitir operaciones militares estadounidenses en territorio mexicano. En otras palabras, el propio Trump dejó ver que la principal frustración de su ofensiva hemisférica no es la criminalidad latinoamericana, sino la existencia de gobiernos que aún se atreven a decir que no.
La respuesta mexicana ha sido, en ese sentido, un ejercicio de dignidad política. Manteniendo la cabeza fría frente a la insolencia y la provocación, la presidenta Sheinbaum reafirmó públicamente que México no permitirá operaciones de fuerzas armadas extranjeras en su territorio. Cooperación en inteligencia, sí; cesión del control de la seguridad nacional, no.
Exigencia a Estados Unidos de asumir su responsabilidad en el tráfico ilegal de armas que alimenta a las organizaciones criminales, sí; aceptación de tutela militar, no. Esa diferencia no es puramente formal.
Es la línea que separa a un Estado que todavía se piensa soberano de un aparato estatal que ya aceptó convertirse en oficina regional del imperio.
Y conviene subrayarlo porque en la discusión pública mexicana hay demasiados colonizados interiores, demasiados comentaristas que reaccionan a toda insolencia estadounidense con la ansiedad del subordinado que cree que resistir es imprudente. Para ellos, la dignidad siempre parece exceso, y la obediencia siempre parece moderación.
La ausencia de Brasil y Colombia refuerza el mismo punto. No someterse al "Escudo de las Américas" significa negarse a la lógica amigo-enemigo dictada por Washington, esa que divide a la región entre gobiernos útiles y gobiernos problemáticos según su nivel de docilidad.
Significa también comprender que detrás de la cruzada anticártel se prepara una forma más amplia de disciplinamiento hemisférico.
Porque cuando una potencia insiste en tutelar la seguridad, la migración, el comercio, la infraestructura y las alianzas exteriores de sus vecinos, ya no estamos hablando de cooperación internacional, sino de restauración imperial.
Y esa restauración no se dirige solo contra gobiernos progresistas o nacional-populares se dirige realmente contra la mera posibilidad de que América Latina actúe como bloque con intereses propios.
Por eso la única respuesta estratégicamente seria es la integración regional. No por romanticismo latinoamericanista, no por nostalgia de cumbres grandilocuentes, sino porque la fragmentación es precisamente la condición de posibilidad del mando imperial.
Cuando el continente aparece disperso, cada país puede ser presionado por separado y cada élite local puede negociar su sumisión a cambio de ventajas internas. Cada crisis puede ser explotada para profundizar la dependencia. En cambio, cuando México, Brasil, Colombia y el resto de los países que no quieren volver a ser patio trasero articulan posiciones comunes, el margen de maniobra de Washington se reduce.
Ahí está la cuestión material de fondo: la soberanía hoy no puede pensarse solo en clave nacional, porque la escala del conflicto ya es regional y global.
O América Latina aprende a defender en bloque su territorio, sus rutas, sus mares, sus minerales, su energía y su autonomía diplomática, o las nuevas coaliciones militares, las doctrinas de seguridad y los gerentes coloniales seguirán vendiendo cada pedazo del continente con sonrisa profesional.
La cumbre de Miami dejó entonces una imagen demasiado nítida como para no verla. De un lado, unas élites entreguistas que posan felices mientras una potencia extranjera les ofrece bombardear sus propios territorios, disciplinar a sus pueblos y ordenar sus economías. Del otro, una resistencia todavía incompleta, contradictoria, pero real, de gobiernos y pueblos que entienden que la subordinación no trae seguridad sino desposesión.
La cuestión no es menor. Lo que estaba en juego allí no era solo una estrategia contra los cárteles. Estaba en juego la forma misma en que se concibe el continente: como una comunidad de naciones con derecho a la autodeterminación o como una zona de administración subordinada para los intereses de Washington.
Fanon ayuda a nombrar el drama con más precisión que muchos analistas coyunturales. El gran problema de la colonia no es solo el colono, es el sujeto colonizado que acaba aspirando a ocupar, aunque sea en versión diminuta y grotesca, el lugar del colono. Esa es la patología política que hoy encarnan muchos de estos líderes de derecha.
No quieren liberar a sus países del dominio imperial sino que quieren ser reconocidos por el imperio como sus mejores capataces. No quieren construir soberanía aspiran mas bien a gestionar dependencia con el lenguaje corporativo que aprendieron en las universidades gringas donde estudiaron.
No quieren romper la jerarquía mundial, quieren ascender un peldaño dentro de ella, no como naciones, sino como élites, siempre tendrán Miami.
Y ahí está su miseria histórica. Porque un pueblo puede ser derrotado y volver a levantarse.
Un Estado puede ser presionado y recomponerse. Pero una élite que ya ha hecho del sometimiento su identidad política es mucho más peligrosa: trabaja desde dentro, habla la lengua de la patria mientras la subasta, invoca orden mientras entrega mando, y llama realismo a la rendición.
El "Escudo de las Américas" no ilumina solo la agresividad de un imperio, revela también la bancarrota moral e histórica de una derecha latinoamericana que ha renunciado incluso a fingir proyecto propio.
Frente a ella, la tarea no es solo denunciar.
Es desmontar el encanto colonial, exhibir la lógica material que lo sostiene y reconstruir una idea de América Latina que no pase por arrodillarse ante ningún club de golf, ningún comando militar ni ninguna doctrina de seguridad fabricada en Washington.
Porque cuando los gerentes del imperio se presentan como salvadores del continente, lo primero que conviene preguntarse es esto: ¿a quién administran realmente, a quién protegen realmente y quién paga, con sangre, territorio y futuro, el costo de su obediencia?
