Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

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Nicaragua: ENMANUEL MONGALO Y RUBIO 1834 - 1874

“[Felicidades a los docentes] por todo ese trabajo abnegado con vocación de servicio, que todos los días desarrollan en todos los centros educativos de nuestra Nicaragua.

[…] Felicidades a todos, tantos avances que son de los docentes, que son del pueblo, que son de esta Nicaragua nuestra, revolucionaria”.

Cra. Rosario Murillo
 
El combate se complicó por las condiciones climáticas y dificultó el desalojo de los filibusteros, por lo que el Coronel Manuel del Bosque, buscó patriotas voluntarios, para incendiar la casa de Máximo Espinoza, ofreciendo por ello una muy buena recompensa.

Sin dudar el maestro Enmanuel Mongalo y el Granadino Felipe Neri, participaron de la misión, avanzaron entre el combate y lograron incendiar la casona, los filibusteros al ver tal acto de inmediato huyeron cobardemente rumbo a San Juan del Sur, totalmente derrotados. 

El maestro se negó rotundamente a recibir la recompensa, y en sus palabras mencionó que lo hacía por su patria y no por dinero.

Enmanuel Mongalo nació en Rivas (Nicaragua) el 21 de Junio de 1834

Sus padres, Bruno Mongalo y Francisca Rubio, fueron honestos y bien acreditados miembros de la sociedad rivense. 

La infancia y juventud de Mongalo se deslizan en la paz de la ciudad natal, pero su despierta inteligencia le impulsan hacia más amplios horizontes. 

Agotados los estudios que podían ofrecerles los colegios de su departamento y llevado del ansia de emigrar, se embarca hacia los Estados Unidos. 

Por ese entonces, el Istmo de Rivas estaba animado por el ir y venir de norteamericanos y europeos que de las costas del Atlántico se trasladaban a California y Mongalo se sintió también atraído y se marchó a San Francisco. 

Pero San Francisco, urbe en formación, poblada de toda laya de gente, centro de vicio y de violencia, no podía retener el espíritu delicado y más bien soñador inclinado a la sana actividad. 

Pronto regresa Mongalo a Nicaragua y en Rivas se dedica al estudio y la enseñanza, y a escribir textos. Su profundo espíritu patriótico comprende, sin duda, la urgente necesidad de cultivar la mente de los niños nicaragüenses y por ellos escoge la abnegada carrera de magisterio para mejor servir a la patria. 

En esta quieta labor civilizadora, le sorprende la llegada de los contingentes filibusteros. 

Han desembarcado en San Juan del Sur y amenazan Rivas. 

Él, que ha huido de California de donde vienen, los conoce muy bien. 

Son violentos mineros, ágiles jinetes y expertos rifleros y grandes bebedores. 

Él ha conversado con sus coterráneos de aquella gente y ante su llegada súbita da la voz de alarma y alerta. 

Pinta a lo vivo sus costumbres, sus caracteres de aventureros, despreciadores de indios y mestizos, e infunde entre sus conciudadanos la voluntad firme de resistir hasta la muerte antes de pasar al dominio de tan despiadados conquistadores. 

El calor y la convicción del joven maestro de escuela logran que los hombres de todas las condiciones sociales se presenten voluntarios a empuñar las armas con decisión inquebrantable. 

El peligro es inminente. 

Los invasores han salido de San Juan del Sur y avanzan. Los filibusteros se apoderan de la casa de Don Máximo Espinoza, que se convierte en verdadera fortaleza, donde se parapetan y comienzan a disparar con mortíferos efectos.

Urge una decisión pronta y enérgica para evitar la carnicería que hacen desde la improvisada fortaleza.

 Los jefes de las tropas nicaragüenses deciden incendiar el edificio, arriesgadísima tarea que sólo puede ser llevada a cabo por voluntarios heroicos. 

El momento es angustioso, impresionante y grave.

Entonces Enmanuel Mongalo se presenta. El soñador, el joven soñador, el joven maestro de escuela desafiará al destino. 

Marchó paso a paso, erguido, firme, con la tranquilidad de un espíritu recto, lleno de los sentimientos que anidan en los corazones hidalgos a incendiar el refugio de los filibusteros.

 Y allí la lumbre se convirtió en llamaradas que se enroscaron en el hoy histórico Mesón y lo hacían quejarse, gemir, crespitar (sic). 

El Fuego escribía con caracteres infernales en el techo que cobijaba a los bucaneros y les decía con lengua enfurecida y les gritaba con voz de patriotismo que Nicaragua no teme, mientras tenga a sus hijos que la defiendan. 

Las llamas eran serpientes dantescas que causaron extraños delirios, visiones de horror a los que juzgaron muy fácil apoderarse de hombres para quiénes a pesar de su juventud, no representaba mucha la existencia al oír el grito de la Patria amenazada. 

Vivieron sus compañeros momentos de angustia y de incertidumbre, pensando que allí se detuviera para siempre aquel corazón que cantaba en medio del desastre y reía en medio de los gritos desesperados de los usurpadores y les mostraba, como escudo para la Patria, la rosa viva de su corazón. 

Los filibusteros con grandes pérdidas, abandonaron todo; el miedo se apodera de ellos y huyendo a través de las calles, plana de heridos y muertos, se retiran desordenadamente de Rivas. 

Se había ganado la primera batalla a los invasores. 

Era el 29 de Junio de 1855. 


Murió el 01 de Febrero de 1874 y sus restos reposaron durante muchos años en la Iglesia La Merced de Granada, habiendo sido exhumados y trasladados simbólicamente a la ciudad de Rivas el 29 de Junio de 1970, porque la tumba contenía únicamente sus cenizas las cuales fueron colocadas al pie de un monumento erigido en su memoria, en la calle Mongalo. 

El 29 de Junio fue consagrado por el Congreso Nacional de Nicaragua como día del maestro nicaragüense, en homenaje al maestro-héroe.

http://guerranacional.enriquebolanos.org/personajes_biografias_pdf/Biograf%C3%ADa%20de%20Mongalo%20Rubio,%20Enmanuel.pdf

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