Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

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La OTAN 3.0, el proyecto de los intelectuales orgánicos del imperialismo trumpista

La Organización del Tratado del Atlántico Norte atraviesa uno de sus momentos de redefinición estratégica más importantes desde el final de la Guerra Fría. 

Este proceso es coincidente con la redefinición del imperialismo estadounidense, acelerada por Trump desde su retorno a la Casa Blanca en enero de 2025.

 Y, a decir verdad, no podía ser de otra forma: la OTAN debe reformularse al paso que lo hace el imperialismo norteamericano, por cuanto la misma OTAN no es otra cosa que una alianza diseñada para sostener la hegemonía de ese mismo imperialismo.

Durante meses, las declaraciones de Donald Trump, las presiones sobre el gasto militar europeo y las amenazas de revisar el compromiso estadounidense con la Alianza han alimentado la idea de que Washington estaría dispuesto a abandonar la OTAN. Sin embargo, esa interpretación resulta superficial. 

La cuestión no consiste en si Estados Unidos quiere marcharse de la OTAN, sino en qué tipo de OTAN considera compatible con las prioridades estratégicas del siglo XXI.

Las diferencias entre Washington y sus socios europeos no nacen de un desacuerdo orgánico sobre la utilidad de la Alianza Atlántica. 

Muy al contrario, la OTAN continúa siendo uno de los principales instrumentos mediante los cuales Estados Unidos proyecta poder militar, condiciona la política de seguridad europea y preserva una arquitectura internacional construida bajo liderazgo norteamericano. 

Estados Unidos no podría lanzar guerras de agresión en Oriente Medio sin el apoyo de las bases europeas y de enclaves extraeuropeos como Diego García.

OTAN 3.0

Pocas figuras resultan tan representativas y valiosas para comprender las formas y el fondo del imperialismo norteamericano como Elbridge Colby, subsecretario para la Política de Defensa y uno de los principales arquitectos de la estrategia internacional del actual gobierno.

Hace apenas unos meses, Colby expuso ante los ministros de Defensa de la OTAN una visión extraordinariamente clara sobre el futuro de la Alianza. 

Lejos de plantear una retirada estadounidense del continente europeo, defendió una reorganización profunda del reparto de responsabilidades entre los aliados. 

El objetivo serio de quienes piensan estratégicamente la nueva fase del imperialismo estadounidense no es abandonar Europa, sino liberar recursos militares para concentrarlos allí donde Washington identifica el principal desafío estratégico de las próximas décadas: el ascenso de la China socialista.

El objetivo serio de quienes piensan estratégicamente la nueva fase del imperialismo estadounidense no es abandonar Europa, sino liberar recursos militares para concentrarlos allí donde Washington identifica el principal desafío estratégico de las próximas décadas: el ascenso de la China socialista

Colby interpreta con absoluto acierto que el mundo surgido tras el colapso de la Unión Soviética ha desaparecido. 

La ensoñación unipolar, durante la cual Estados Unidos pareció ejercer una supremacía prácticamente incontestable, y que nubló el juicio de todos los presidentes anteriores a Obama, ha dado paso a un escenario caracterizado por la sensación de urgencia estadounidense frente al éxito del socialismo chino. 

Según esta lectura, Washington ya no dispone de recursos suficientes para sostener simultáneamente el mismo grado de implicación militar en Europa, Oriente Medio y el Indo-Pacífico, y debe priorizar.

Colby pertenece a una corriente estratégica conocida en Washington como los prioritizers, convencida de que la política exterior estadounidense debe organizarse alrededor de un criterio fundamental: concentrar capacidades allí donde se juega realmente la hegemonía norteamericana.

 Desde esa perspectiva, el Pacífico Occidental ocupa hoy un lugar incomparablemente más importante que Europa, e idealmente más importante que Oriente Medio.

Pivot to Asia (ahora sí que sí)

Escuchar a un intelectual del imperialismo estadounidense hablar de la necesidad de concentrar recursos en Asia-Pacífico es paradójico. Se supone que semejante diagnóstico lleva aplicándose desde 2009, pero los fracasos en esta estrategia hacen necesario que vuelva a enunciarse como una novedad.

Sea como fuere, Colby ofrece un cambio relativo en este sentido. 

Él habla del Pacífico Occidental, y no del Indo-Pacífico. 

No se trata de un viraje sustancial, pero sí parece apuntar a una suerte de retorno a antiguas definiciones, dejando nuevamente el subcontinente indio y el Asia Central y Meridional como anexos de menor relevancia en el Pivot to Asia, contrario a las definiciones del primer Trump y de Joe Biden, que hablaron del Indo-Pacífico, y no del Asia-Pacífico o el Pacífico Occidental.

Este foco en el Pacífico Occidental se concreta en varios movimientos: Australia, uno de los actores que han gozado del privilegio imperial en los últimos años —la iniciativa AUKUS es gran reflejo de ello—; el Sudeste asiático, crítico en los circuitos económicos del capitalismo estadounidense; el Pacífico Sur, donde Estados Unidos ha desplegado durante años una intensa campaña diplomática para ganar el favor de Estados insulares como Kiribati, Islas Salomón o Nauru, mantener en su órbita a Islas Marshall o los Estados Federados de Micronesia, y vigilar los procesos de descolonización en territorios como Nueva Caledonia, en una coyuntura en la que ellos buscan beneficiarse del interés cruzado de Washington y Pekín; o los Estados del Este de Asia, donde se juega una de las competiciones geopolíticas más crudas de nuestra era —Corea del Norte, Corea del Sur, Japón, Taiwán o China—.

El foco en esta región, la urgencia por consolidarse como una Pacific Nation, se funda en el miedo al ascenso chino. Mientras Rusia representa un desafío regional con capacidades limitadas para alterar el equilibrio global, China aparece como el único competidor capaz de disputar simultáneamente el liderazgo económico, tecnológico, industrial y militar de Estados Unidos. 

En consecuencia, cualquier recurso destinado a otros escenarios supone, en cierto modo, un recurso que deja de estar disponible para presionar a Pekín.

Aquí es donde el imperialismo necesita repensar la OTAN. Durante décadas, el debate dentro de la Alianza giró alrededor del llamado burden sharing, es decir, del reparto de los costes de la defensa colectiva. 

Lo que Colby plantea ahora no es únicamente en que Europa gaste más dinero en defensa, algo que es relativamente “fácil, sino trasladar hacia los propios europeos la responsabilidad principal de la defensa convencional del continente. 

Estados Unidos conservaría aquellas capacidades que considera insustituibles —especialmente la disuasión nuclear, la inteligencia estratégica o determinadas capacidades tecnológicas—, pero reduciría progresivamente su protagonismo directo sobre el terreno para poder concentrar capacidades en Asia.

¿Me quieres? Pues págame

Esta transformación modifica el equilibrio interno de la Alianza sin alterar su razón de ser. Washington seguiría proporcionando un “paraguas estratégico” a Europa, mantendría el compromiso con el artículo 5, al menos sobre el papel, y conservaría un rol determinante en la planificación militar conjunta. 

Sin embargo, serían los propios europeos quienes deberían asumir la mayor parte del esfuerzo convencional. En otras palabras: Europa paga y ejecuta, pero Estados Unidos ordena y diseña.

Europa paga y ejecuta, pero Estados Unidos ordena y diseña

Evidentemente, esa redistribución de responsabilidades no implica una mayor autonomía estratégica europea. De hecho, ocurre exactamente lo contrario. Al fin y al cabo, Washington no tiene ni incentivos ni necesidad de ceder autonomía a Europa —y Europa tampoco se lo exige—. 

Lo que harían los europeos sería impulsar un esfuerzo económico considerablemente superior sin que ello modificara la estructura de poder dentro de la organización, pero sí la distribución de responsabilidades.

Continuarían dependiendo de la protección nuclear estadounidense, de buena parte de los sistemas de mando, de la inteligencia compartida y de los grandes marcos de planificación elaborados en Washington. En otras palabras, Europa pagaría una parte mucho mayor de la factura, y tendría que hacer más cosas, sin adquirir un control equivalente sobre las decisiones estratégicas.

La idea de la “OTAN 3.0” no tiene mucho que ver ni con disolver la OTAN ni con que Washington abandone la alianza. Todo apunta a que no lo hará. 

La cuestión relevante es otra: si los gobiernos europeos aceptarán financiar una reorganización de la Alianza que les exige asumir más costes y más trabajo sin alterar sustancialmente su posición dentro del sistema de seguridad diseñado y dirigido por Estados Unidos. Y, ciertamente, tal parece ser la posición europea: aceptar y callar.

https://www.diario-red.com/articulo/internacional/otan-30-proyecto-intelectuales-organicos-imperialismo-trumpista/20260708203036072654.html

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