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"EE.UU. no es una democracia, es una oligarquía capitalista autoritaria"

El periodista estadounidense Ben Norton, conocido por su análisis crítico de la política exterior y el sistema político de Estados Unidos, lanzó una contundente denuncia contra la naturaleza del régimen estadounidense, calificándolo no como democracia, sino como "una oligarquía capitalista autoritaria que mantiene un imperio global sangriento y antidemocrático".

"Un testimonio del éxito del lavado de cerebro"

"El hecho de que tantas personas aún crean que EE.UU. es una democracia es un testimonio del éxito del lavado de cerebro extremo", afirmó Norton.

La declaración de Norton no es retórica vacía. Se apoya en investigaciones académicas consolidadas, como el estudio de 2014 de las universidades de Princeton y Northwestern que concluyó que "EE.UU. no es una democracia, sino una oligarquía", donde las élites económicas y los grupos de intereses empresariales ejercen "impactos independientes sustanciales" sobre la política gubernamental, mientras que los ciudadanos promedio tienen "poca o ninguna influencia independiente".

El estudio, publicado originalmente en abril de 2014 por JC Sevcik, analizó casi 1.800 políticas públicas entre 1981 y 2002 y encontró que:

"Las élites económicas y los grupos organizados que representan intereses empresariales tienen impactos independientes sustanciales sobre la política del gobierno de EE.UU., mientras que los grupos de intereses de masas y los ciudadanos promedio tienen poca o ninguna influencia independiente".

La imagen de Wall Street como símbolo del poder real —por encima del Capitolio o la Casa Blanca— encapsula la tesis: en Estados Unidos, el voto existe, pero las decisiones las toman quienes controlan el capital.

El imperio global sangriento

Norton conecta la oligarquía interna con la política exterior:

Guerras permanentes: Afganistán, Irak, Libia, Siria, Yemen, y ahora el apoyo al genocidio en Gaza.
Golpes de Estado: Chile 1973, Guatemala 1954, Honduras 2009, Bolivia 2019, y múltiples intentos en Venezuela y Cuba.

Sanciones económicas: Que matan por hambre y falta de medicinas en Irán, Venezuela, Cuba y otros países.

Injerencia electoral: Como la denunciada por Petro en Colombia, con Trump y Rubio imponiendo a De la Espriella.

Todo ello, según Norton, sostenido por un "imperio global sangriento y antidemocrático" que habla de democracia mientras la destruye en cualquier lugar donde amenace intereses corporativos.

La conexión con Colombia

La denuncia de Norton resuena con fuerza en el contexto colombiano:

Petro ha acusado a EE.UU. de intervenir para imponer a De la Espriella, convirtiendo a Colombia en "virreinato".

José Manuel Restrepo fue a Washington a "arrodillarse" ante Marco Rubio y regresó con aranceles más altos, no menos.

El Plan Patriota 2.0 entrega soberanía militar a Washington.

La embajada en Jerusalén confirma alineación total con la política exterior israelí-estadounidense.

Si EE.UU. es una oligarquía donde las corporaciones deciden, ¿qué tipo de "democracia" puede exportar? La pregunta que deja Norton es incómoda: ¿Colombia está siendo gobernada desde Bogotá o desde Wall Street?

El lavado de cerebro

Norton cierra con una reflexión sobre la ideología:

"El hecho de que tantas personas aún crean que EE.UU. es una democracia es un testimonio del éxito del lavado de cerebro extremo".

El "lavado de cerebro" no es metáfora. Es un sistema de producción de consentimiento —medios corporativos, Hollywood, la retórica de "libertad" y "democracia"— que oculta la realidad oligarquica bajo una apariencia republicana. Funciona tan bien que incluso quienes sufren sus consecuencias —trabajadores sin salud, sin educación, sin vivienda— siguen creyendo que votar cada cuatro años cambia algo.

Para Norton, y para quienes en Colombia resisten la imposición de De la Espriella, la tarea es despertar: ver que el modelo que se intenta imponer no es democracia. Es oligarquía con mejor marketing.

Ben Norton: 

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