Tras la decisión del presidente estadounidense, Donald Trump, de cancelar el viaje de sus enviados a la capital paquistaní, Islamabad, el 25 de abril y el aparente fracaso de las negociaciones entre Washington y Teherán, resulta evidente que, después de casi nueve semanas de conflicto, la fuerza militar no ha logrado modificar la postura negociadora de la República Islámica, indica el analista de política exterior Alexander Langlois en un artículo para The National Interest.
En este contexto, el riesgo de un eventual regreso a la guerra, junto con el agravamiento de los daños a la población civil y el sufrimiento económico que caracterizan el conflicto, sigue siendo alto, incluso en medio de los rumores de futuras conversaciones.
En definitiva, según el experto, Washington debería evitar cualquier retorno al conflicto militar directo con Irán, independientemente del resultado de las negociaciones.
Inicialmente, las conversaciones indirectas que comenzaron el 11 de abril y duraron aproximadamente 21 horas antes de fracasar, constituyeron un esfuerzo de buena fe para poner fin a los combates. Ambas partes comprenden las consecuencias negativas de esta guerra.
Para Washington, esto incluye fuertes subidas en los mercados energéticos que agravarán la inflación, mientras la Administración Trump se enfrenta a una actitud ya de por sí hostil por parte del electorado estadounidense en vísperas de las elecciones legislativas.
Para Teherán, la guerra es de naturaleza existencial.
La República Islámica busca poner fin a la guerra en términos favorables para evitar una nueva ronda de combates y un mayor deterioro de los intereses económicos y de seguridad del país.
El rumbo del conflicto preocupante para Trump
Ese componente existencial para Irán, sumado a los desafíos que enfrenta EE.UU., hace que el rumbo del conflicto sea preocupante para Trump.
Tras haber llevado a cabo una campaña de bombardeos masivos y después de su retórica grandilocuente sobre la aniquilación de la civilización, las opciones del presidente para una escalada incluyen operaciones terrestres o una expansión de la campaña de bombardeos que agravaría las acusaciones de posibles violaciones de derechos humanos a gran escala.
Su decisión de bloquear los puertos iraníes justo después del fracaso de las conversaciones en Islamabad refleja una postura intermedia dentro de esta dinámica.
Esta medida también representa el reconocimiento de que cualquier operación terrestre de este tipo pondría en peligro a más tropas estadounidenses sin garantizar un impacto significativo en las importaciones y exportaciones iraníes, salvo un nuevo y masivo envío de recursos a la región.
Peor aún, tales operaciones transformarían aún más esta guerra en un conflicto contra la sociedad iraní en su conjunto, fortaleciendo la legitimidad de la República Islámica y su determinación de contraatacar mediante una ofensiva de desgaste.
Una estrategia de empobrecimiento de todos los iraníes constituiría un crimen de guerra de castigo colectivo, cuyo espectro ya se había planteado con sus amenazas de paralizar la infraestructura energética iraní.
Esta comprensión explica por qué el inquilino de la Casa Blanca optó por extender indefinidamente el alto el fuego con Irán el 21 de abril, en lugar de reanudar los ataques. Entiende que profundizar una guerra impopular justo antes de las elecciones de mitad de mandato, en medio de pésimos resultados en las encuestas, empeoraría su imagen pública.
Suposiciones erróneas
Sin embargo, el bloqueo sigue constituyendo un acto de guerra. Si bien resulta doloroso para la República Islámica, no logra reabrir el estrecho de Ormuz, y mucho menos impedir por completo que la flota clandestina iraní transporte petróleo a rivales de Estados Unidos como China.
Aunque los analistas más belicistas consideran que Teherán acabará perdiendo la confrontación con Washington, la realidad es mucho más compleja, sobre todo porque ambas partes y la comunidad internacional en general sufren las consecuencias económicas negativas de un conflicto supuestamente 'congelado'.
En este contexto, los funcionarios de la Administración Trump, confiando en el debilitamiento de la determinación iraní, esperan con ansias un desenlace improbable.
Desde el inicio de la guerra, Irán ha ganado influencia al reforzar su control sobre el crucial punto estratégico logístico para productos energéticos y otros bienes esenciales, como fertilizantes.
No necesita recurrir a tácticas tradicionales para mantener este control; basta con que sostenga los ataques y la amenaza de los mismos para, en la práctica, 'cerrar' el estrecho.
Si bien quienes advirtieron sobre una guerra con Irán comprendieron la probabilidad de este escenario, la Administración estadounidense ha manifestado su genuina sorpresa ante este acontecimiento. Washington parece creer que una mayor presión puede forzar la capitulación iraní en el tema del estrecho y que otros países deberían ayudar a Estados Unidos a resolver este problema, aunque contribuyó a crearlo.
Es probable que estas suposiciones sean erróneas.
Su persistente deseo de presionar a otros Estados para que aborden el problema, incluso mediante una nueva coalición, refleja la escasa confianza que la Administración tenía en esa suposición desde un principio.
Bravuconería que perjudica la posición de EE.UU.
Esta continua dependencia de la fuerza bruta, que ya ha fracasado al no lograr el resultado previsto en la guerra, equivale a ceder el control del conflicto a otros actores.
Peor aún, refleja el deseo de obligar a otros actores a resolver problemas que Estados Unidos mismo creó. Esto no es una buena política; es bravuconería y perjudica la posición de Washington en el ámbito internacional.
Esa mentalidad explica el fracaso de las conversaciones en Islamabad, y es probable que vuelvan a fracasar sin un cambio radical en la postura de la Casa Blanca. Irán comprende que ha aumentado su influencia y, como resultado, ha optado por endurecer su posición negociadora.
Lo que el ministro de Asuntos Exteriores omaní, Badr Albusaidi, declaró justo antes del inicio de la guerra —que Teherán estaba dispuesto a hacer importantes concesiones en su programa nuclear durante esa ronda de conversaciones en Mascate— ya no constituye la postura de la República Islámica.
Esta situación representa el último revés para Irán, al igual que en 2018, cuando Trump abandonó un acuerdo nuclear funcional y efectivo con Teherán, lo que llevó a Irán, según el analista, a expandir sus capacidades nucleares y su arsenal.
Esa evolución por sí sola debería evidenciar los fallos de lo que se ha convertido en otro atolladero en Oriente Medio para EE.UU., uno que debería evitar a toda costa en el futuro.
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