Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

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El Golfo Pérsico pasa página: menos dólares, más China.

Ante el desmoronamiento de la credibilidad estadounidense al otro lado del Golfo Pérsico, el "petroyuan" chino está emergiendo rápidamente como la moneda energética del orden asiático de la posguerra.

La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán no fue un simple desvío de la historia, sino un brutal acelerador de los acontecimientos, que destrozó la arquitectura de seguridad de Oriente Medio desde sus cimientos y aceleró el realineamiento geopolítico que precisamente pretendía evitar.

Tras el devastador estallido del conflicto, marcado por la parálisis del estrecho de Ormuz, el aumento vertiginoso de los precios del petróleo por encima de los 110 dólares el barril y las represalias iraníes que penetraron profundamente en el Golfo, el antiguo pacto que había definido los equilibrios regionales durante décadas se ha derrumbado.

La suposición de que Estados Unidos garantizaría la seguridad del Golfo a cambio de la supervivencia del "petrodólar" resultó ser un espejismo: los "activos" estadounidenses fueron objeto de un ataque directo, y el paraguas protector de Washington demostró ser incapaz de evitar una conmoción económica existencial para sus aliados.

En consecuencia, la perspectiva de que China se convierta en el principal socio económico y político de los estados del Golfo —con los Emiratos Árabes Unidos como única excepción parcial— ha pasado de ser una hipótesis lejana a una necesidad inmediata. 

En este escenario, el petroyuan emerge como una alternativa concreta al petrodólar, mientras que Irán y Rusia asumen roles centrales, aunque diferentes, en el nuevo orden regional.

La guerra ha redefinido radicalmente la percepción de las amenazas en el Golfo, desmantelando la lógica del equilibrio estratégico entre Washington y Pekín. 

Durante décadas, las monarquías del Golfo asumieron que, a pesar de comerciar con Asia, su seguridad dependía de la flota estadounidense. El conflicto de 2026 hizo añicos esta creencia.

El cierre del estrecho de Ormuz, por donde transita una quinta parte del petróleo mundial, y los ataques iraníes contra puertos emiratíes, terminales energéticas e incluso lugares emblemáticos comerciales, como el Burj Al Arab de Dubái, han demostrado que Estados Unidos es incapaz, o no está dispuesto, a impedir la devastación en represalia de los principales activos económicos del Golfo.

Con 13 bases estadounidenses en la región vulnerables o prácticamente inhabitables durante el apogeo de los combates, la garantía de seguridad de Estados Unidos se ha transformado de un activo estratégico en un factor de riesgo. 

Esto ha creado un vacío de poder que los estados del Golfo buscan desesperadamente llenar, no necesariamente mediante una nueva protección militar, sino a través de una red de relaciones más diversificada, capaz, sobre todo, de garantizar la desescalada.

China, que se ha mantenido al margen de la intervención militar directa pero ha mantenido canales abiertos con Teherán, se ha convertido en un interlocutor diplomático indispensable. 

La postura constante de Pekín a favor del diálogo y su negativa a apoyar resoluciones unilaterales occidentales en el Consejo de Seguridad de la ONU —prefiriendo en cambio suscribir conjuntamente textos con Rusia— la posicionan como la única gran potencia considerada creíble por ambas partes para gestionar la transición de posguerra.

En este panorama devastado, la transición económica del «petrodólar» al «petroyuan» ya no se presenta como un lento cambio teórico, sino como una necesidad inmediata generada por el conflicto. 

La guerra se convirtió, en última instancia, en el catalizador que Deutsche Bank había previsto: una fractura en el sistema mundial de precios del petróleo, marcada por nuevas líneas geopolíticas.

Durante las hostilidades, Irán comenzó a condicionar el paso seguro de los petroleros por el estrecho de Ormuz a pagos realizados en yuanes chinos, utilizando de hecho la moneda como herramienta para socavar el monopolio del dólar.

Una maniobra táctica con consecuencias estructurales para el comercio energético mundial. Dado que Arabia Saudita vende ahora cuatro veces más petróleo a China que a Estados Unidos, la lógica de seguir liquidando estas gigantescas transacciones en dólares parece cada vez más frágil.

Los daños materiales sufridos por la infraestructura del Golfo, incluyendo la planta de gas natural licuado de Ras Laffan en Qatar y la refinería de Ras Tanura en Arabia Saudita, hacen necesaria una afluencia masiva de fondos para la reconstrucción, capital que China está dispuesta a proporcionar a través de la financiación de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) denominada en yuanes.

Además, la guerra ha acelerado la implementación operativa de alternativas como "mBridge", una plataforma basada en blockchain que conecta los bancos centrales de China y los Emiratos Árabes Unidos, lo que permite realizar pagos directos fuera del dólar.

Después de que Estados Unidos demostrara su disposición a utilizar el sistema de transferencias SWIFT y el dólar como herramientas geopolíticas, los estados del Golfo están ahora buscando activamente un "sistema financiero multipolar" como una forma de seguro estratégico.

El petrodólar aún no ha muerto, pero su dominio ha sufrido un golpe potencialmente fatal; el petroyuan, que ya representa una parte significativa de los flujos de petróleo sancionados, está a punto de convertirse en la moneda principal del corredor energético asiático.

En este nuevo contexto, Irán y Rusia asumen roles a la vez antagónicos y esenciales. Para Teherán, devastado por la guerra y la pérdida de su Líder Supremo, la supervivencia depende del fortalecimiento de su relación con China.

Teherán ve la política de "buen vecino" en el Golfo desde una perspectiva claramente china: no se trata de amistad, sino de una distensión controlada necesaria para evitar la formación de un sistema integrado de defensa aérea árabe-israelí apoyado por Estados Unidos.

A pesar de haber atacado con dureza objetivos en los Emiratos Árabes Unidos y Qatar, Irán ha mostrado mayor cautela hacia Arabia Saudí y Omán, reconociendo que Pekín necesita una estabilidad regional general.

La propuesta de Irán de realizar patrullas marítimas conjuntas en el estrecho de Ormuz, con la posibilidad de introducir peajes pagados en yuanes, representa un compromiso negociado por China para reabrir la ruta marítima sin devolver el control total a la Armada de los Estados Unidos.

Mientras tanto, Rusia actúa como co-arquitecto del "eje de la resistencia" y como factor de desestabilización militar. 

A diferencia de China, Moscú compartió inteligencia y tecnología militar con Irán durante el conflicto, intentando agotar los recursos estadounidenses y considerando a Teherán como un "socio desafiante" en una guerra más amplia contra la unipolaridad occidental.

Sin embargo, Rusia carece de la capacidad financiera para reconstruir el Golfo. En cambio, Moscú desempeña un papel "negativo": utiliza su poder de veto en las Naciones Unidas, junto con China, para bloquear resoluciones desfavorables a Teherán, al tiempo que ofrece armamento avanzado a los estados del Golfo como alternativa a los sistemas estadounidenses.

Los países del Golfo recurrirán así a China en busca de seguridad económica, pero podrían depender de Rusia para obtener una voz política contrahegemónica y para diversificar sus suministros militares.

En conclusión, las consecuencias de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán han acelerado el colapso del antiguo orden liderado por Estados Unidos, allanando el camino para un sistema económico centrado en China en el Golfo.

Pekín se está convirtiendo en el principal socio del Golfo no mediante la conquista militar directa, sino llenando el vacío dejado por lo que se percibe en la región como una debacle estadounidense: ofreciendo canales diplomáticos para salir de la crisis, capital para la reconstrucción e infraestructura financiera alternativa al dólar que el Golfo necesita desesperadamente para recuperarse.

Al mismo tiempo, el petroyuan avanza tras la crisis del Ormuz, no como un activo especulativo, sino como una necesidad funcional para el comercio energético en una región marcada por el conflicto. 

Irán sobrevive como socio menor de Pekín, debilitado pero aún combativo, indispensable para la gestión del estrecho, mientras que Rusia actúa como garante desestabilizador del nuevo orden multipolar.

La guerra no fue la causante de este realineamiento geopolítico, pero sí eliminó cualquier credibilidad residual del antiguo sistema, obligando a los estados del Golfo a apostar su futuro económico a China, considerada ahora la única potencia capaz de gestionar el nuevo y más inestable orden regional.

Por Bob Savic

Fuente: Asia Times

https://altrenotizie.org/il-golfo-volta-pagina-meno-dollaro-piu-cina/

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