Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

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Defendiendo el legado de la Revolución Cubana frente a ataques ahistóricos.

Se ha abierto un nuevo frente en la prolongada guerra de información contra Cuba. No se libra con panfletos políticos abiertos ni con medios de comunicación patrocinados por el Estado, sino con vídeos de Instagram Reels y TikTok cuidadosamente editados.

Los antagonistas no son los contrarrevolucionarios tradicionales de Miami, sino un grupo de jóvenes, predominantemente negros, autodenominados influencers, que operan bajo la difusa bandera de la pseudo "izquierda negra": un espacio donde convergen las críticas anarquistas al Estado y los lamentos nacionalistas culturales por la injusticia racial. 

Su mensaje es potente y seductor por su sencillez: "Cuba no ha hecho nada por los cubanos negros"

Acompañadas de imágenes borrosas y descontextualizadas de las décadas de 1960, 1970 y 1990 —imágenes de pobreza, infraestructura obsoleta y las dificultades del Período Especial—, estas publicaciones no son una documentación histórica inocente. Son una narrativa manipulada, diseñada para borrar siete décadas de logros revolucionarios.

Esto no es un simple debate en redes sociales; es un ataque coordinado contra la soberanía de Cuba y su principio fundamental: que la Revolución Socialista fue, y sigue siendo, un proyecto de justicia racial y económica. Ceder en este campo de batalla digital supone el riesgo de socavar la legitimidad misma del Estado socialista cubano.

En primer lugar, debemos señalar la abolición histórica que subyace a esta campaña. 

Afirmar que Cuba “no ha hecho nada” por su población afrodescendiente implica ignorar la realidad prerrevolucionaria. 

Antes de 1959, Cuba era una sociedad neocolonial de plantaciones donde los cubanos negros eran sistemáticamente excluidos de hoteles, playas, puestos directivos y educación superior. 

La dictadura de Fulgencio Batista, derrocada por la Revolución, gobernaba una La Habana que acogía casinos de la mafia y turistas estadounidenses, mientras que los cubanos negros vivían en barrios marginales urbanos y rurales deliberadamente abandonados , sin acceso a atención médica básica ni alfabetización.

Las primeras leyes de la Revolución —la Reforma Agraria y la Reforma Urbana— beneficiaron desproporcionadamente a los campesinos sin tierra y a los indigentes, la mayoría de los cuales eran negros y mestizos. 

La Campaña de Alfabetización de 1961, que envió a miles de jóvenes al campo y a barrios pobres de las ciudades, erradicó el analfabetismo que había sido un instrumento de subyugación racial. 

Para 1962, Cuba contaba con educación y atención médica universales y gratuitas; instituciones que hoy forman médicos, economistas, ingenieros y científicos negros a un ritmo que avergüenza a Estados Unidos. 

Cabe destacar también que la actual rectora de la Universidad de La Habana es Miriam Nicado García , una mujer negra… la primera mujer en dirigir una de las universidades más antiguas del hemisferio occidental.

Por lo tanto, las imágenes recopiladas por estos influencers, que abarcan desde la década de 1960 hasta la de 2000, tergiversan deliberadamente el contexto. 

Las imágenes de colas para conseguir alimentos de la década de 1990 no son prueba de la discriminación racial contra la población negra; son prueba del «Período Especial en Tiempos de Paz», una catástrofe humanitaria desencadenada por el colapso de la Unión Soviética e intensificada por el bloqueo estadounidense. 

Esa escasez afectó a todos los cubanos, pero la respuesta del Estado —carnets de racionamiento, asistencia médica gratuita, la preservación de las escuelas a toda costa— fue una estrategia de supervivencia colectiva que evitó la hambruna masiva y el colapso social que se vieron en la Rusia postsoviética.

 Utilizar ese sufrimiento como arma contra la Revolución es culpar a la víctima de décadas de asedio económico por las heridas infligidas por su agresor.

El ataque también ignora la profunda, aunque imperfecta, lucha de la Revolución contra el racismo. 

Fidel Castro declaró célebremente: «El racismo es una forma de discriminación incompatible con la sociedad socialista que estamos construyendo». 

La Revolución prohibió la discriminación racial en el empleo, la vivienda y los servicios públicos; leyes que, por cierto, no existían en Estados Unidos hasta 1964/65 y que, como vemos, siguen siendo objeto de una violenta controversia en la actualidad.

Más importante aún, el Estado emprendió intervenciones sistemáticas y estructurales. 

El Plan de Igualdad Racial de la década de 1970 abrió escuelas técnicas y cupos universitarios a comunidades históricamente marginadas. La creación del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP) y las misiones internacionalistas de Cuba —desde Angola hasta Etiopía y Sudáfrica— estuvieron profundamente ligadas a la lucha antiapartheid y anticolonial.

 Miles de cubanos negros se ofrecieron como voluntarios para servir como soldados y médicos en África, regresando con una conciencia política que vinculaba el destino de la isla con la lucha global contra la supremacía blanca. 

Ninguna otra nación del tamaño y la escasez de recursos de Cuba ha hecho más, material y moralmente, para desmantelar las jerarquías raciales del colonialismo.

Además, Cuba ha sido un refugio seguro para revolucionarios negros y latinos que huyen del sistema de justicia penal estadounidense. 

Desde principios de la década de 1980, fue el hogar de la fallecida revolucionaria negra Assata Shakur, buscada constantemente por el FBI y la policía estatal de Nueva Jersey. 

Se ofrecía una recompensa de más de dos millones de dólares por su captura. Siempre fue una pieza clave en las negociaciones estadounidenses con Cuba.

 Sin embargo, en cada negociación entre Estados Unidos y Cuba, esta última insistía en que Assata Shakur era ciudadana cubana y que cualquier mención a ella quedaba fuera de la mesa. Vivió y murió como una mujer negra libre en Cuba.

Esto no quiere decir que Cuba haya resuelto el racismo. 

No lo ha hecho. Los prejuicios residuales, el colorismo en la representación mediática y el impacto desproporcionado de la crisis económica postsoviética en los barrios negros (a menudo debido a su concentración histórica en La Habana Vieja y Santiago de Cuba) son problemas reales. 

En la década de 2010, el propio Estado cubano, bajo el liderazgo de Miguel Díaz-Canel, reconoció estas persistentes disparidades raciales y lanzó un nuevo programa de acción afirmativa y debate público sobre la raza, incluyendo la prohibición explícita de la discriminación racial en la Constitución de 2019 y la creación de la Comisión contra el Racismo y la Discriminación Racial, también conocida como el Comité Aponte .

La diferencia entre Cuba y los países desde donde transmiten estos influencers (principalmente Estados Unidos y Europa) radica en que Cuba reconoce su trabajo inconcluso mientras sufre la escasez de recursos provocada por un bloqueo externo. 

Los críticos en Miami o Nueva York hablan desde dentro de un sistema que encarcela masivamente a personas negras, borra y distorsiona la historia afroamericana, segrega las escuelas y se niega a brindar atención médica universal. 

Su plataforma, Instagram, pertenece a una corporación (Meta) que se beneficia de la vigilancia y la desinformación. La equivalencia moral que insinúan es una mentira.

El peligro más profundo de esta crítica anarquista y nacionalista cultural, supuestamente de la "izquierda negra", radica en que favorece directamente el bloqueo estadounidense. 

La lógica es circular: el bloqueo provoca escasez; la escasez provoca sufrimiento visible; este sufrimiento se filma y se presenta como "prueba" de que la Revolución ha fracasado para los cubanos negros.

¿La solución implícita? Un cambio de régimen.

Pero un cambio de régimen en Cuba no significaría una utopía progresista liderada por negros. 

Significaría un retorno a la condición capitalista mafiosa anterior a 1959: una neocolonia donde la soberanía cubana se subasta al mejor postor extranjero, donde la sanidad pública se privatiza, donde la educación se convierte en una mercancía y donde los descendientes de los esclavizados vuelven a ser mano de obra barata para hoteles, empresas agrícolas y mineras extranjeras. 

Los supuestos influyentes de la "izquierda negra", consciente o inconscientemente, están amplificando la misma narrativa utilizada por el Partido Republicano, imbuido del lema "Make America Great Again" (MAGA), y la camarilla ultraconservadora de la derecha cubanoamericana para justificar la intensificación del bloqueo. Son los títeres del imperialismo.

La Revolución Cubana no es una pieza de museo. Es un experimento vivo, palpitante y asediado de dignidad humana.

 El hecho de que jóvenes influyentes negros en el centro imperial puedan encontrar imágenes de pobreza en décadas de historia cubana no es una acusación contra la Revolución; es una acusación contra el embargo que la ha estrangulado. 

La tasa de mortalidad infantil en Cuba para niños negros es la misma que para niños blancos. 

Su población negra tiene la misma esperanza de vida que su población blanca. Ninguna otra nación en América puede afirmar lo mismo. 

Y el actual bloqueo estadounidense de suministros médicos y combustible es un factor clave en el deterioro del sistema de salud cubano, gratuito y de primer nivel para todos.

La lucha contra el racismo en Cuba no ha terminado, pero la Revolución allanó el camino, y cada árbol plantado desde entonces —cada médico negro, cada profesor universitario negro, cada intelectual revolucionario negro— crece en ese suelo.

Debemos abordar este tema ahora, no con nostalgia defensiva, sino con una verdad combativa. Cuando vean esos videos descontextualizados, respondan. No se disculpen por las dificultades del Período Especial; expliquen el bloqueo. 

No nieguen el racismo residual; demuestren cómo la acción afirmativa y las reformas constitucionales de Cuba van más allá que las de cualquier nación del “primer mundo”. 

Y jamás permitan que el enemigo defina los términos. Cuba no ha hecho “nada” por los cubanos negros. Ha hecho todo lo posible bajo las condiciones de un bloqueo criminal y genocida.

La verdadera «izquierda negra» debería exigir el fin de ese bloqueo, no repetir sus argumentos. La solidaridad no es una crítica superficial desde la distancia. La solidaridad es apoyar a una nación que, contra todo pronóstico, sigue haciendo que las vidas negras importen, en la práctica, no solo en Instagram.

¡La lucha continúa!

¡Ayudemos a Cuba a vivir!

Sam E. Anderson es oriundo de Brooklyn, Nueva York, y miembro fundador de la Coalición para la Educación Pública y la Agenda Nacional de Educación Negra.

 Es autor de varios libros y ensayos sobre ciencia, tecnología e historia de la esclavitud, entre ellos *El Tercer Mundo se enfrenta a la ciencia y la tecnología* y *El Holocausto Negro para principiantes* . Fue editor de *Black Dialog* , *NOBO Journal* y *The Black Activist *. Fue el primer director del departamento de Estudios Afroamericanos en 1969-70 en el Sarah Lawrence College e impartió clases de matemáticas, ciencias e historia afroamericana en SUNY Old Westbury, City College of New York, la Universidad de Nueva York, la Universidad de Rutgers y el Brooklyn College. Ha participado activamente en el movimiento por los derechos civiles y la liberación negra desde 1964 como miembro del Comité Coordinador Estudiantil No Violento, el Partido Pantera Negra y el movimiento de reparaciones negras.

https://mronline.org/2026/04/30/beyond-the-algorithm-defending-the-cuban-revolutions-record-against-ahistorical-attacks/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=beyond-the-algorithm-defending-the-cuban-revolutions-record-against-ahistorical-attacks&mc_cid=51fb8d615e&mc_eid=e0d11caf52

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