“Las armas son un factor importante en la guerra, pero no el factor decisivo; son las personas, no las cosas, las que resultan decisivas. La contienda de fuerzas no es solo una contienda de poder militar y económico, sino también una contienda de la capacidad humana y la moral. Son las personas quienes necesariamente ejercen el poder militar y económico.” Mao Zedong
La literatura es un producto social e histórico, y la historia es la literatura de la vida de los pueblos.
En el caso de EE. UU., quienes la idealizan la ven como un oasis en el desierto de paz de la historia, un avanzar civilizatorio sin parangón.
Para quienes han estudiado sus procesos, es un río en cuyas corrientes se han nutrido la discriminación, el racismo, la desigualdad, el injerencismo y el robo y compra de tierras (con su población). Guerra civil, guerras en el extranjero (España, Primera y Segunda Guerra Mundial), etc.
En la actualidad, tal parece que su pasado hace al presente rehén de esa dinámica. Una dinámica que se ha guiado por pensamientos como la Doctrina Monroe y el Destino Manifiesto, viéndose a sí mismo como la “policía del mundo”. Sociológicamente, en especial en los últimos 10 años, desde la aparición de Donald J. Trump, auxiliado por un lenguaje confrontativo, ha sido muy exitoso en traer a la luz los sentimientos soterrados de una sociedad cada vez más desigual, más agotada con su sistema político, endeudada, polarizada, con la tasa más alta de muertes entre civiles a causa de tiroteos, alto grado de enfermedades mentales y la mayor población penitenciaria del mundo, por no hablar de su inclinación a las drogas, de las cuales son el principal consumidor a nivel mundial.
Desde hace tiempo, sus veteranos son cada vez más víctimas del PTSD, con altas tasas de homicidio, etc.
La guerra hispano-estadounidense de 1898 abrió la puerta a la ocupación de Cuba (Puerto Rico, Filipinas y Hawái), y la doctrina de la “policía internacional” del corolario Roosevelt legitimó la idea de usar la fuerza en el Caribe y América Latina, bajo el argumento de preservar el orden.
En 1961, la invasión de Bahía de Cochinos fue un intento directo de derrocar a la revolución mediante una fuerza de exiliados cubanos apoyada, autorizada y armada por Washington; el propio archivo de la Biblioteca JFK señala que Kennedy aprobó el plan y trató de ocultar la implicación estadounidense. Cuba, en ese sentido, se convirtió en una de las principales líneas de fricción militar de la Guerra Fría.
En 1903, Theodore Roosevelt afirmó que Cuba debía tratar a Estados Unidos en un “plano excepcional”, tanto política como económicamente, una frase que resume con claridad la lógica de tutela que dominó la relación bilateral durante décadas.
Ya en la etapa revolucionaria, Washington optó por sanciones y bloqueo: en 1960 comenzó la estrategia para debilitar la economía cubana y, en 1962, John F. Kennedy formalizó el bloqueo sobre todo el comercio con la isla.
Hoy, el programa de sanciones de la OFAC sigue siendo el marco oficial de esa política. Este bloqueo buscaba aislar a Cuba del comercio internacional y disminuir su crecimiento, todo con el ánimo de asfixiar a la población y revertir el “régimen”. Sin embargo, este fue un fracaso, ya que dio a la población cubana y al mundo la fuerza que se deriva de la moral revolucionaria y la solidaridad, tanto interna como externa.
La dimensión cultural completa ese cuadro. La influencia estadounidense no operó solo por la fuerza, sino también por atracción, persuasión y producción simbólica. Joseph Nye definió el soft power como la capacidad de obtener resultados por medio de la atracción y la persuasión, apoyada en la cultura, los valores y las políticas; y estudios recientes sobre diplomacia cultural muestran que Estados Unidos ha utilizado el cine, la música, el deporte, la educación y otros recursos para proyectar su imagen e intereses en el exterior.
En el caso cubano, Radio Martí y TV Martí fueron creadas por el gobierno estadounidense para transmitir noticias e información a la isla, como parte de una estrategia explícita de comunicación política hacia la población cubana.
Hoy, la relación entre Cuba, Donald Trump y Marco Rubio se ha endurecido de manera visible, en continuidad con la línea más dura de Washington hacia la isla.
Trump ha reforzado el bloqueo económico, ha respaldado restricciones a los vínculos financieros con entidades controladas por el aparato militar cubano y ha mantenido la prohibición de remesas, del turismo estadounidense, además de imponer, en 2025, restricciones parciales de viaje y renovar, en 2026, un discurso de presión política directa sobre La Habana.
En el plano institucional, la Oficina de Control de Activos Extranjeros mantiene activo el programa de sanciones contra Cuba, lo que confirma que el cerco económico sigue siendo una herramienta central de la política estadounidense.
En ese marco, Rubio desempeña un papel particularmente duro y simbólico, no solo por ocupar la Secretaría de Estado, sino también por su postura histórica frente al gobierno cubano. Como canciller estadounidense, ha insistido en que la transformación económica de la isla no puede separarse de un cambio de sistema, y ha sostenido públicamente que Cuba no podrá modificar su economía sin modificar su estructura política.
Así, la coyuntura actual no se limita a una diferencia diplomática, sino que expresa una estrategia de presión sostenida sobre la economía, la movilidad, la legitimidad internacional y la estabilidad interna de Cuba, mientras Washington insiste en presentarse como defensor del pueblo cubano.
El pueblo cubano ha distinguido su trayectoria histórica por una perseverancia que ha nacido tanto de la adversidad como de una profunda conciencia colectiva.
A lo largo de décadas de privaciones, bloqueos y desafíos materiales, ha sostenido una conducta marcada por el estoicismo, la solidaridad y una notable capacidad de resistencia, no como simple reacción ante la escasez, sino como expresión de una cultura política y social forjada en la idea de que la dignidad nacional se defiende también en la vida cotidiana.
Esa vocación de entrega se ha manifestado de manera constante en ámbitos decisivos como la medicina y la educación, donde Cuba ha proyectado una voluntad solidaria hacia otros pueblos, formando profesionales, enviando misiones de salud y compartiendo saberes con una disposición humanista que trasciende sus propias limitaciones.
El 1 de mayo, recién pasado, se le entregó al comandante Raúl Castro Ruz un total de 6,230,973 rúbricas por la paz y la soberanía, la solidaridad y el apoyo a la revolución, solidaridad que no se puede bloquear. Esto representa aproximadamente el 80 % de las firmas de la población activa mayor de 17 años.
Hay que recordar que este es un acto no solo de solidaridad con el gobierno, sino fundamentalmente de solidaridad con los principios de la revolución de cada uno de ellos, y una forma de demostrar resistencia frente a la exclusión, así como un voto a favor de la patria y el socialismo, de la identidad nacional y de la revolución cultural, en contra de la guerra mediática, cuyo postulado fundamental es: “quien controla las mentes controla el mundo”, mandamiento principal de la clique de Silicon Valley.
En esa misma línea, su liderazgo político ha intentado mantenerse a la altura de esa entrega popular, vinculando la legitimidad del proyecto nacional con una moral revolucionaria sustentada en el sacrificio, la disciplina y la defensa del bien común.
La conducción del país se presenta como la continuidad de ese espíritu colectivo que coloca el deber social por encima del interés individual y la solidaridad internacional por encima del aislamiento. De ese modo, la experiencia cubana ha sido construida como una síntesis entre resistencia material y compromiso ético, en la que el pueblo y su liderazgo han procurado caminar al mismo paso.
Un ejemplo de la solidaridad de Cuba con el mundo son las misiones médicas al exterior. La primera comenzó el 23 de mayo de 1962, con destino a Argelia.
En la actualidad, se han desplegado misiones en más de 165 países. Hoy en día, cuenta con más de 24,800 colaboradores que trabajan en 56 países. Un ejemplo singular fue la cooperación Cuba–Venezuela.
La Operación Milagro alcanzó a 3,331,900 pacientes (también se desarrolló en Nicaragua), donde se realizaron más de 100,000 operaciones quirúrgicas de los ojos.
En general, han realizado 17,342,150 intervenciones quirúrgicas; de ellas, 5,600,400 partos, y 12,127,000 atenciones relacionadas con desastres naturales. Solo la brigada Henry Reeve ha asistido a más de 8,000,000 de personas, sosteniendo una idea de patria profundamente asociada a la justicia social y al servicio a los demás.
Recuerden, los hijos de Mammon: Cuba no está sola frente a un gobierno con un comandante en jefe tan desprestigiado, que en pocos años ha batido marcas mundiales, acumulando más de 4000 demandas en diversos e importantes campos como el laboral, la malversación de fondos de sus empresas, fraudes fiscales, evasión de impuestos, fraudes financieros, violaciones y sedición (78 antes de iniciar su segunda administración), incluyendo violaciones a la Constitución y a leyes electorales, etc. De todas esas acusaciones, un solo caso, el de la demanda de la actriz porno Stormy Daniels, llevó a una condena previo pago de dinero por debajo de la mesa.
El público estadounidense aún no lo absuelve por las ignominiosas revelaciones de los archivos del magnate pedófilo Jeffrey Epstein, aún pendientes de publicar en su totalidad y sin que estas hayan conducido a arrestos ni medidas tomadas contra los aludidos -entre ellos Trump- en suelo estadounidense. Claramente, si Trump se quisiera comparar con algún emperador Romano, por sus mañas delictivas y su accionar genocida solo llegaría a las alturas de un Nerón o un Calígula.
China levanta su voz de apoyo a Cuba y la acompaña con un programa excepcional fotovoltaico que ya está recuperando la luminosidad de la ciudad y sus industrias, apoyando a la red en su reconstitución, condenando el injerencismo y exigiendo respeto por la soberanía de la isla, consecuente con el principio de ayuda mutua y el respeto al derecho internacional, como siempre lo ha hecho una China humanista y amiga. Antes de esta situación de amenaza, Cuba tenía aproximadamente un 3 % de su energía producida por el parque fotovoltaico.
Actualmente supera los 115,000 MW en instalaciones de parques solares, lo que eleva del 3 % a más del 12 % la capacidad de generación eléctrica en este rubro. Incluso proyectan para el año 2050 tener 100 % de autonomía en términos de energía derivada de diferentes fuentes: fotovoltaica, eólica, biomasa, fuel, etc.
Recordamos que las interpretaciones que no se desprenden de los hechos son arbitrarias. Acusar a Cuba de ser terrorista o una amenaza para EE. UU., o a Irán de volverse nuclear, es totalmente arbitrario.
Los falsos cálculos impulsan la irracionalidad; estas experiencias, llenas de prejuicios y usando las mismas palabras, se basan en hechos que no pueden ser constatados. Esto polariza aún más la situación, aísla de respuestas viables y pacíficas y distorsiona todo con aviesas intenciones.
Cuba necesita nuestro apoyo; nosotros necesitamos a Cuba firme y salva.
Por otra parte, todo ese humanismo que Cuba en su historia ha desplegado con el mundo, ahora el mundo está reciprocando esa ayuda, desconociendo, rechazando y negando la acción alevosa de los Estados Unidos.
En ese sentido, organizaciones y grupos internacionales como el Sur Global, los BRICS, el Grupo Shanghái, el ALBA, el Movimiento de Países No Alineados (MPNA) y la CELAC son torres a favor de los principios que sustentan la Revolución Cubana y frentes de batalla contra la guerra ideológica, cultural y mediática impuesta por el gigante con pies de barro.
Al final y al principio, solo el pueblo salva al pueblo. ¡Adelante, cubanos!
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