Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

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Nicaragua: En memoria del guerrillero Iván Vaca Adams

EL HEROE QUE EN SILENCIO CAMINABA ENTRE NOSOTROS.

En memoria de nuestro querido e inolvidable amigo, Iván Vaca Adams, guerrillero de Raiti y Bocay, fundador del Frente Sandinista, combatiente sandinista de toda una vida.

La sabiduría se alimenta de la reflexión, de la observación y el silencio. La filosofía, madre del conocimiento, huye de la grandilocuencia y los focos, gozando de la sencillez que alimenta la conciencia y la praxis de los grandes hombres, aquellos que nacen para marcar diferencias y cuyas vidas trascenderán por sus actos, guiados por nobles ideales sean estos revolucionarios, filantrópicos o simplemente altruistas.

Iván Vaca Adams, nuestro hermano “Cesar”, nació con el don del silencio, con la prudencia tan valiosa y obligada de los grandes hombres, los mejores de su especie, los que serán sabios o guerrilleros o ambas cosas.

Un hombre que nació para la conspiración, para pasar desapercibido mientras cumplía las grandes misiones encargadas a los mejores. 


Un hombre de la escuela y la estirpe del Che. Comedido, observador, de costumbres y vivir sencillo, pero construido con disciplina, entrega y heroísmo para cambiar la historia, para redefinir el rumbo de la sociedad, para demoler al viejo mundo de iniquidades y explotación y construir -o al menos poner las primeras piedras- de una sociedad humana más justa para los que sufren explotación y pobreza.
Edelberto Matus- Iván Vaca Adams
Un hombre ascético, de pocas palabras y de presencia casi imperceptible en un entorno acostumbrado al bullicio, la egolatría, el individualismo y el protagonismo, pero que fue un pionero en la improbable hazaña de construir un contingente de insurrectos que retaran el poder del sistema explotador capitalista, las poderosas armas de la dictadura, la cultura de la sumisión, que sortearan la desconfianza y el miedo, que vencieran la agreste y mortal naturaleza de nuestras montañas profundas de hace sesenta años y sobre todo, que enfrentaran el atávico temor a perder la vida o a sucumbir bajo las propias debilidades humanas, que sofocaran el instinto de conservación sin más arma que su conciencia revolucionara y sus viejos fusiles.

Sin embargo, contra pronóstico, este hombre de pocas palabras y frágil figura, se convirtió en guerrillero, sobrevivió a todo, venció sus debilidades, a la salvaje geografía y sus bichos, a la soledad, a la muerte y al enemigo. 

Ayudó, junto al primer destacamento de héroes, a escribir la primera pagina de la gloriosa obra de la Revolución Popular Sandinista. 

Tuvo el privilegio de luchar y sufrir a la par de hombres que hoy son mitos de nuestra historia. 

Junto al legendario coronel del EDSN, Santos López, junto a los comandantes Silvio Mayorga, Germán Pomares, Jorge Navarro y otros gigantes, además de aquellos inolvidables compañeros a los que la ruindad y la ambición humana les robaron el merecido titulo de fundadores del Frente Sandinista. 

Por supuesto que también compartió penurias y sueños con el jefe de la revolución, el visionario mayor, Carlos Fonseca, quien sembró en ellos conciencia, firmeza, y compromiso. Carlos, quien sin lugar a dudas es la figura más grande, definitoria e importante de toda la historia de nuestro país.

Nuestro hermano Iván que, como un fantasma benévolo y cariñoso, hasta hace poco se movía entre nosotros, sin creerse un héroe viviente. 

Salía de su casa (aún cerca de cumplir noventa años de edad), abordaba un bus del transporte publico urbano rumbo a sus citas hospitalarias, a visitar amigos, asistir a un acto partidario o cuando se lo pedíamos, dar su testimonio de lo que tocó vivir.

Nunca hablaba de sus propias hazañas, sino, de aquellas derrotas militares de las cuales más tarde nacerían nuestras victorias, de aquellos compañeros suyos que murieron ahogados en las opulentas y traicioneras corrientes de los grandes ríos fronterizos, de aquellos que él vio caer combatiendo en las emboscadas o asesinados por los traidores, pero de cuyos cadáveres insepultos brotarían después cientos de miles de manos que empuñarían los fusiles insurreccionales victoriosos.

Después del triunfo de la RPS, junto a su querido jefe, el comandante Renan Montero (seguramente el combatiente internacionalista cubano que en el terreno más ayudó a acercar la realización del sueño de la revolución latinoamericana) trabajó en la construcción del órgano de inteligencia exterior, nuestra DV, donde sus cualidades personales lo convirtieron en un oficial eficaz y por supuesto, un maestro del arte de la inteligencia para los que posteriormente fuimos llegando. Iván, secretario personal del comandante Montero, seguramente guardó secretos insondables, “porque en silencio tuvo que ser”.

Personalmente, me siento agradecido por la amistad y la deferencia que nuestro hermano Iván tuvo para conmigo, compartiéndome sus relatos (naturalmente, los que podía contar sin traicionar el juramento), acercándome a hombres también tan valiosos y humildes como Bayardo Altamirano, Leopoldo Ramírez o Edmundo Narváez; siendo fuente fidedigna para mis historias y artículos, regalándome valiosos consejos de vida; sin embargo, le agradezco principalmente por ser un referente de humildad, valentía y lealtad, tan propios de la vieja guardia sandinista, de aquella generación de fundadores y de los pocos que con tanta historia siempre conservaron la fraternidad que aconsejó nuestro comandante Carlos.
Aquella anécdota (corroborada por el compañero Bayardo Altamirano, hoy también fallecido), contada en su libro con naturalidad y sin darle mucha importancia por el propio Iván, donde refiere que surcando en improvisada balsa las agitadas aguas del rio Patuca, su fusil cayó a la oscura corriente, su jefe (el propio compañero Altamirano) le ordenó zambullirse y rescatar su Enfield y, sin dudar o replicar, Iván cumplió la orden. 

Afortunadamente, a varios metros bajo el agua revuelta, chocó su cabeza con el arma que estaba ya en el fondo del rio, subió (todavía asustado) a la balsa, ante la alegría de sus compañeros, mientras su jefe en silencio se lamentaba de lo que pudo haberle pasado a su hermano guerrillero. Así era Iván, disciplinado y valiente hasta limite.

Pero los grandes hombres no sólo se destacan en las hazañas, sino que también en las pequeñas cosas que demuestran su calidad humana, su empatía y fraternidad, que también queda demostrado en la siguiente anécdota:

Cuenta una estimada compañera originaria del norte de nuestro país, que a principio de los años ochenta, ella comentó que aún no conocía el mar. Iván que había escuchado el comentario, a los pocos días (inventando una misión) la llevó junto a otras compañeras a conocer el mar.

Siempre tendremos presente a nuestro hermano Iván por su aporte a la victoria, por intentar construir un mundo nuevo, por su sacrificio personal, por sus enseñanzas, por dejar plasmado en sus escritos (de una manera coherente, fidedigna, en primera persona) el retazo tan importante de historia patria que le tocó vivir. 

Contarnos con detalles y reflexiones, sin esconder nada, pero con espíritu constructivo, peripecias, dificultades, tristezas, alegrías, los errores, las pequeñas victorias y las dolorosas derrotas de aquella gesta llamada guerrilla de Raiti, Bocay y Walaquistan de 1963 y los preparativos de la misma en los años previos, tanto en Nicaragua, como en Honduras y Cuba.

Rescató de la fatalidad del olvido los nombres de todos los participantes directos o circunstanciales de aquellos eventos, nos dio una radiografía precisa del estado y la composición de la incipiente organización guerrillera de aquellos aciagos años (tanto en la montaña como en algunas ciudades), las dificultades, las disputas por la dirección y el nombre del movimiento, la calidad (buena y mala) de sus cuadros y combatientes, nos ayuda a comprender el nivel ideológico y político, las tácticas, estrategias y doctrinas que por entonces marcaban el accionar o las expectativas del Frente Sandinista, entre otros asuntos y detalles. 

Todo lo anterior no es una tarea menor, entendiendo que, entre el casi medio centenar de combatientes, él fue de los pocos o el único que quiso dejar constancia por escrito de aquella gesta. 

Y es obvio que lo ha logrado.

Edelberto Matus.


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