América Latina ha demostrado en las últimas décadas que es un sujeto geopolítico capaz de dar batallas inesperadas. La velocidad de crecimiento del sector energético en la región entre 2024 y 2030 es una prueba de ello. Pero la velocidad sin dirección estratégica solo sirve para chocar más rápido.
a realidad geopolítica actual no se cansa de expresarlo con crudeza: hemos entrado, quizás irreversiblemente, en una era global marcada por políticas de poder, en la que el plano militar define las relaciones entre Estados y los equilibrios geoestratégicos.
Ya no hablamos del ejercicio tradicional de la disuasión o de la proyección de poder, sino de una dimensión donde lo bélico y lo político se solapan como gramática y ejercicio práctico dominantes.
Ciertamente, la máxima de Carl von Clausewitz en el siglo XIX —la guerra es la continuación de la política por otros medios— sigue teniendo vigencia, pero en nuestro caótico siglo XXI probablemente requiera un ajuste metodológico para iluminar de mejor manera el presente: los medios (militares) bajo los cuales se persiguen objetivos políticos han adquirido un valor central, predominantemente decisivo.
Las líneas que dibujan el diagrama de la violencia de hoy las podemos encontrar en el genocidio en Gaza, en el asalto a Venezuela del 3 de enero, en el reciente bombardeo en Colombia o, más recientemente, en la ofensiva militar estadounidense-israelí contra Irán
Poco importa el lugar o el momento exacto donde intentemos encontrar el hito fundante de este salto de época. Las líneas que dibujan el diagrama de la violencia de hoy las podemos encontrar en el genocidio en Gaza, en el asalto a Venezuela del 3 de enero, en el reciente bombardeo en Colombia o, más recientemente, en la ofensiva militar estadounidense-israelí contra Irán.
El hecho incontestable, el facto indiscutible, es que caminamos sobre un terreno donde la fuerza militar se ha vuelto el menú del día de la geopolítica mundial.
El contexto significa tanto como los actores que le dan forma. Estados Unidos, escribano del orden mundial desde 1945, ha decidido unilateralmente romper las reglas sobre las cuales había consolidado su primacía internacional, bajo la lectura de que el derecho internacional y sus instancias claves habían dejado de ser mecanismos útiles para convertirse en restricciones incómodas a la hora de defender, en medio del naciente orbe multipolar, su hegemonía como superpotencia.
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Tras esa ruptura, catalizada por una Casa Blanca bajo la égida del trumpismo, el único sustituto que ha quedado es el poder desnudo, integrado por una peligrosa mezcla de nihilismo e hybris imperial.
Una reorientación programática del imperio que está redefiniendo la lógica de la disputa política, cuya versión más acabada provino de un intelectual orgánico del Washington oficial, el subjefe de gabinete e ideólogo de la cacería a los migrantes, Stephen Miller.
Justo cuando el humo de las bombas lanzadas sobre Caracas no se terminaba de disipar, Miller le dijo con desparpajo a un periodista de CNN: “Vivimos en un mundo donde se puede hablar todo lo que se quiera sobre las sutilezas internacionales y demás.
Pero vivimos en un mundo, en el mundo real… que se rige por la fuerza, por el poder. Estas son las leyes férreas del mundo”.
Por muchas cosas pueden ser cuestionados, pero no por falta de sinceridad.
La debilidad (crónica) de América Latina
En este contexto, Latinoamérica luce desarmada, literal y metafóricamente hablando. Sin instancias sólidas de integración regional, ni dispositivos de disuasión creíbles, su vulnerabilidad ante un Washington belicoso se ha tornado estratégica y existencial.
La carta militar hoy se configura como un instrumento explícito para el dominio y el disciplinamiento de la región. Lo que hasta hace pocos años era un recurso complementario o un potencial botón rojo para ser tocado en casos de emergencia, se convirtió en la normalidad.
Así lo pone de manifiesto la secuencia de eventos de los últimos meses: de la reivindicación de la Doctrina Monroe bajo el corolario Trump, al lanzamiento de la iniciativa del Escudo de las Américas, y de ahí a la más reciente presentación de un nuevo mapa estratégico, “Greater North America”, en voz del secretario de Guerra, Pete Hegseth, que involucra a toda la extensa geografía desde Groenlandia hasta Venezuela y Colombia en un único “perímetro de seguridad”.
Se va haciendo cada vez más evidente que el planteamiento punitivo, securitizado y militarizado, dentro del cual integra la narrativa del narcotráfico con el excepcionalismo geopolítico en menoscabo de la presencia china en la región, representa la santa trinidad del enfoque de Washington hacia Latinoamérica.
En dicho escenario, afirmar que las opciones para contrarrestar la agenda estadounidense son limitadas sería un arrebato de optimismo, teniendo en cuenta que el giro casi total hacia la derecha en el continente también configura una base de legitimación estatal a las maniobras de la Casa Blanca.
Pero el panorama actual también está poniendo en evidencia, en formato 4K, cómo el despojo de recursos estratégicos alimenta las asimetrías de poder entre Norte y Sur global. Brasil, en este sentido, es un caso revelador.
El gigante suramericano posee aproximadamente el 25% de las reservas mundiales de las denominadas tierras raras, minerales críticos de alto valor y difícil acceso cuya utilidad atraviesa transversalmente a la industria tecnológica y militar. China está a la cabeza del procesamiento y refinación, además de ostentar el reservorio más importante disponible hasta ahora.
Como destaca el analista Lorenzo María Pacini, “cada avión de combate F-35 requiere cientos de kilogramos de tierras raras; cada batería de misiles Patriot, cada interceptor THAAD, depende de materiales refinados en China”.
Precisamente, este es el tipo de material bélico que Washington ha utilizado extensamente en su esfuerzo de guerra contra Irán en el último mes, por lo que su reposición acrecienta la dependencia estructural del Pentágono hacia las exportaciones de tierras raras procesadas por la República Popular.
De acuerdo con la explicación de Pacini, el Departamento de Guerra de EE.UU. “se acerca el plazo de enero de 2027 fijado por el DFARS, que obliga al Pentágono a eliminar su dependencia de China para las tierras raras utilizadas en contratos de defensa”, en respuesta a los controles de exportaciones impuestos por Beijing en abril del año pasado.
Frente a lo que fácilmente puede describirse como un callejón sin salida, la mirada del complejo militar-industrial se ha volcado hacia Brasil, en cuyos depósitos de tierras raras por explotar intensivamente yace la materia prima no solo para saldar el déficit dejado por la guerra contra la República Islámica, sino para seguir desarrollando el potencial bélico que hoy es utilizado para disciplinar a la región bajo la cosmovisión de la “Doctrina Donroe”.
La administración Trump se ha movilizado rápidamente para conseguir acceso a los ricos yacimientos brasileños, realizando una cumbre para forzar al gobierno de Lula a suscribir un acuerdo satisfactorio y presionando para firmar un memorándum de entendimiento con el gobernador del estado de Goiás, Ronaldo Caiado, para acelerar la explotación de estos recursos críticos y obtener una participación clave en la estratégica empresa Serra Verde, la única productora de tierras raras en el país, a través de la Corporación Financiera de Desarrollo Internacional de EE.UU.
La trama militar de las tierras raras en Brasil pone de relieve las materias pendientes del continente y las lecciones del pasado, muy reciente, que fueron rápidamente olvidadas, pero también es un recordatorio de que con voluntad política y organización las capacidades de poder de EE. UU. pueden degradarse
Lo revelador del caso brasileño es que muestra el núcleo de la subordinación geopolítica latinoamericana: el déficit de integración, la ausencia de mirada estratégica sobre la gestión de los recursos minerales transforma el despojo extractivo, literalmente, en armas que comprometen la independencia del continente.
Como si se tratara de un chiste cruel, la región entrega los recursos que luego serán instrumentalizados para su sometimiento. Una dialéctica de la depredación que puede extenderse al litio, al petróleo, al gas y otros rubros.
Por otro lado, la trama militar de las tierras raras en el país suramericano pone de relieve las materias pendientes del continente y las lecciones del pasado, muy reciente, que fueron rápidamente olvidadas, pero también es un recordatorio de que con voluntad política y organización las capacidades de poder de EE. UU. pueden degradarse.
Ya lo hicimos una vez, cuando abandonamos por un tiempo el papel minero-extractivo adjudicado por el Norte global para comenzar a convertirnos en bloque de negociación con el objetivo de reducir asimetrías geopolíticas negociando con criterio de soberanía nuestros recursos naturales.
Cuando se notó, por primera vez, que en realidad ellos dependían de nosotros y no al revés: nuestra singular “bomba atómica” que espera ser utilizada.
La soberanía de la negociación
Para entender el tablero energético global hay que partir de una premisa estructural: el mundo se mueve en función de la energía. No es solo una cuestión de recursos, sino de quién los posee, quién los extrae, quién los transforma y, sobre todo, quién fija sus precios.
El petróleo se consolidó como la mercancía estratégica por excelencia a mediados del siglo XX, cuando desplazó al carbón como columna vertebral del sistema productivo y militar occidental.
Durante años, el control absoluto del mineral recayó en siete empresas angloamericanas, más conocidas como “Las Siete Hermanas”, quienes tenían el dominio, de facto, de la exploración, producción, refinación, transporte y comercialización, e imponían los precios sin contrapeso.
Frente a este secuestro oligopólico de la soberanía energética, los países productores del Sur global reaccionaron en 1960 con la creación de la OPEP. No fue un gesto simbólico, fue la primera vez que naciones en desarrollo, entre ellas Venezuela y los países árabes, articularon un bloque con capacidad de incidir en la regulación del mercado.
Su objetivo esencial era político y económico a la vez: recuperar el derecho soberano sobre los recursos naturales y desmontar una forma más de colonialismo económico.
La historia de la OPEP es la historia de una montaña rusa geopolítica. El precio del barril ha fluctuado al ritmo de guerras, conflictos y revoluciones; desde la guerra de octubre de 1973 hasta la revolución iraní.
Pero también hubo conflictos internos, la OPEP perdió capacidad de coordinación en los años ochenta y noventa, justo cuando Occidente reconstruyó su autonomía energética mediante la diversificación de fuentes y la presión militar sobre las rutas de suministro.
No fue sino hasta inicios del siglo XXI cuando el petróleo volvió a ser el eje de una geopolítica explícitamente antiimperialista.
Con Hugo Chávez al frente de Venezuela, se impulsó una rearticulación de la OPEP que no se limitaba a ajustar cuotas de producción, sino que buscaba transformar el organismo en un instrumento de soberanía política.
La II Cumbre de jefes de Estado de la OPEP, celebrada después de 25 años sin reuniones al más alto nivel, restableció la unidad política del bloque. Venezuela lideró una agenda de fondo, transformar a la OPEP de ser un regulador técnico para convertirse en un actor geopolítico del Sur global.
La historia de la OPEP es la historia de una montaña rusa geopolítica. El precio del barril ha fluctuado al ritmo de guerras, conflictos y revoluciones; desde la guerra de octubre de 1973 hasta la revolución iraní
La decisión fue consciente y estratégica: reducir la producción para elevar los precios. En términos de mercado, se trató de una maniobra clásica de control de oferta y demanda para el control del precio de los commodities.
Pero en términos políticos, fue una declaración de principios antihegemónicos, el petróleo como recurso estratégico para la autonomía regional, no como mercancía barata al servicio del Norte global.
Chávez lo expresó con claridad en su discurso inaugural de aquella cumbre: "Lo que pedimos es justicia. Lo económico no debe significar barato, regalado o casi regalado".
Esa frase, pronunciada después de invocar a Alá en nombre de los valores islámicos que guían a varios miembros de la OPEP, condensaba una idea central: los países productores tenían derecho a fijar el valor de su riqueza natural.
Los resultados fueron contundentes. El recorte de la producción de entre 1,5 y 3,5 millones de barriles en la primera década de 2010 contribuyó a una recuperación sostenida de los precios, impulsada además por la creciente demanda asiática.
No fue casualidad: fue el resultado de una rearticulación política desde el Sur, que coincidió con el ascenso de un orden multipolar incipiente.
Hoy, aquellas palabras de Chávez resuenan con una vigencia incómoda.
Porque la lección central de esa experiencia es que no existe una mano invisible que regule el mercado: existen decisiones políticas, alianzas estratégicas y, sobre todo, voluntad de ejercer soberanía sobre los propios recursos. Esa lección, sin embargo, parece olvidarse cuando miramos el nuevo tablero de los minerales críticos.
Washington anuncia negociaciones bilaterales con los países de la región, en una lógica que fragmenta y alinea ideológicamente a sus socios, dinamitando cualquier intento de integración regional autónoma
La incesante necesidad de tomar el control
Ahora, retomando al momento actual, tras los ataques unilaterales de Estados Unidos en diferentes partes del planeta; en su incansable disputa por la hegemonía energética en un mundo que transita, lenta pero inexorablemente, hacia nuevas matrices es necesario analizar en esencia la diferencia con el siglo XX.
Ahora el centro de gravedad comienza a desplazarse del petróleo a los minerales estratégicos necesarios para la transición energética: litio, cobre, tierras raras, cobalto, grafito. Entonces, ¿qué rol nos corresponde como región?
América Latina y el Caribe concentran una posición geológica privilegiada, entre el 30% y el 40% de las reservas mundiales de estos minerales se encuentran en nuestra región. No es un dato menor. Es, de hecho, la principal carta de negociación y también el principal riesgo de nuestros países en el nuevo orden global.
Si bien la transición energética no será inmediata, la guerra entre Irán y Estados Unidos está acelerando los tiempos estratégicos. Washington lo sabe, y por eso ha redoblado su atención sobre lo que ahora denomina "La Gran América" o zonas estratégicas.
No se trata solo de asegurar suministro, sino de contener a China, que hoy domina el procesamiento de minerales críticos a nivel mundial. Beijing controla el 70% de las reservas mundiales de tierras raras y, más importante aún, tiene el monopolio del tratamiento tecnológico de esos minerales, esenciales para la defensa y la tecnología avanzada.
Washington anuncia negociaciones bilaterales con los países de la región, en una lógica que fragmenta y alinea ideológicamente a sus socios, dinamitando cualquier intento de integración regional autónoma.
Al mismo tiempo, propone un bloque comercial de minerales críticos para contrarrestar a China. La fórmula, enunciada por Vance, es clara: "Estableceremos precios de referencia para los minerales críticos en cada etapa de producción, y para los miembros de la zona preferencial, estos precios de referencia funcionarán como un precio mínimo mantenido mediante tarifas ajustables".
Dicho de otro modo: Estados Unidos propone una nueva arquitectura de precios administrados para los minerales estratégicos, una versión contemporánea de lo que las Siete Hermanas hacían con el petróleo.
¿Qué está haciendo América Latina y el Caribe para contener este juego de ajedrez? Mientras intentamos encontrar cierto paralelismo entre la dinámica del mercado del petróleo y las tierras no se pone aún sobre la mesa la alarmante necesidad de proponer la regularización y la agregación del valor a estos recursos que serán determinantes en el nuevo orden mundial.
¿Es momento de crear una “OPEP” de los minerales críticos para salvaguardar la producción y la soberanía económica?
Los países de la región deben tener la capacidad de desprenderse de las nuevas limitaciones coloniales que no permiten actuar de manera conjunta. Mientras Brasil, México y Colombia ensayan gestos aislados que no se consolidan en una política común, el resto de los países oscila entre la sumisión pragmática y la retórica soberanista sin traducción práctica.
En paralelo, Suramérica se ha convertido en la mayor región productora de hidrocarburos de aguas profundas marinas a nivel mundial, con un crecimiento estimado del 30% entre 2024 y 2030, superando a Asia occidental y Estados Unidos en ritmo de expansión.
Frente a este escenario, la pregunta que emerge es inevitable: ¿Es momento de crear una “OPEP” de los minerales críticos para salvaguardar la producción y la soberanía económica?
La respuesta, desde una perspectiva geopolítica latinoamericana, es sí, porque esto no solo implicaría un control de la soberanía energética sino una gran posibilidad de consolidar a la región en una lógica antiimperialista e independentista.
Sí, porque sin coordinación regional los países productores competirán entre sí y entregarán el valor agregado a las potencias procesadoras. Sí, porque la historia de la OPEP demuestra que la unidad política puede modificar los términos de intercambio.
Lo que está en juego es algo más grande que un acuerdo comercial. Es la posibilidad de reconstruir una política participativa y consensuada en lo político, social, económico, cultural, energético e infraestructural, superando el reduccionismo neoliberal que busca imponerse nuevamente.
Es retomar el espíritu integracionista de UNASUR y el ALBA-TCP, pero con una base material renovada: el control soberano sobre los minerales del futuro.
América Latina ha demostrado en las últimas décadas que es un sujeto geopolítico capaz de dar batallas inesperadas. La velocidad de crecimiento del sector energético en la región entre 2024 y 2030 es una prueba de ello. Pero la velocidad sin dirección estratégica solo sirve para chocar más rápido.
Nos vemos ante la inminente necesidad de volver a sentir y asentar el giro decolonial en todos los espectros, económico, político, cultural y territorial, no es una nostalgia romántica, ni mucho menos una abstracción académica; es la posibilidad concreta de que esta región, que durante quinientos años ha visto sus riquezas fluir hacia el norte, decida esta vez que el valor de lo que está bajo su suelo se quede, al menos en parte, en sus territorios y en manos de sus pueblos.
Para eso se necesita voluntad política, sí, pero también audacia para reconstruir los mecanismos de integración que en el pasado reciente nos permitieron soñar con un destino común.
https://www.diario-red.com/articulo/internacional/latinoamerica-urgencia-mirada-soberana-recursos-estrategicos/20260406224825067112.html
