En un movimiento que amplía su guerra económica de más de seis décadas, el presidente estadounidense Donald Trump firmó anoche una orden ejecutiva que declara a Cuba una «amenaza inusual y extraordinaria» y autoriza la imposición de aranceles punitivos a cualquier país que le venda o suministre petróleo.
Esta medida, calificada por analistas como un «bloqueo petrolero total«, no es un hecho aislado: es un cálculo deliberado para exacerbar la crítica crisis energética que ya sufre el pueblo cubano, con largos y frecuentes apagones, como consecuencia directa del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Washington desde hace más de seis décadas.
La orden, justificada con acusaciones infundadas sobre bases militares rusas y chinas en la isla, recuerda al manual de pretextos fabricados que Estados Unidos ha utilizado históricamente para justificar agresiones contra naciones soberanas, desde las armas de destrucción masiva en Irak hasta el «Cartel de los Soles» en Venezuela.
Mientras el secretario de Estado Marco Rubio —quien se autodenomina cubano a pesar de haber nacido y crecido en Estados Unidos— celebra estas acciones, la comunidad internacional condena una vez más la obsesión estadounidense de querer someter por hambre y frío a un pueblo que se niega a claudicar.
La crisis real: Apagones, termoeléctricas y el estrangulamiento deliberado
Para entender la brutalidad de la nueva medida de Trump, hay que mirar primero la realidad que vive hoy Cuba.
La isla enfrenta una asfixia energética crónica. Los cortes de electricidad prolongados afectan hogares, hospitales, escuelas y la economía nacional.
Esta no es una crisis técnica casual, es el síntoma directo y calculado de un bloqueo diseñado para impedir el acceso a combustible y tecnología.
Trump amenaza ahora con cerrar el grifo por completo, una idea que ya fue considerada «irresponsable y peligrosa» por sus propias agencias de seguridad en 2019.
Al anunciar la orden, Trump afirmó cínicamente que «Cuba no podrá sobrevivir», confirmando que el objetivo no es la seguridad, sino provocar un «colapso por hambre energética» y un cambio de régimen.
Fabricar un enemigo donde no lo hay
La orden ejecutiva es un compendio de justificaciones absurdas.
Acusa a Cuba de albergar «la mayor instalación de inteligencia de señales en el extranjero de Rusia» y de desarrollar una «profunda cooperación en inteligencia y defensa con China».
También menciona, sin prueba alguna, que da cobijo a grupos como Hezbolá y Hamás.
Este guion retórico es tan viejo como predecible.
La historia reciente está plagada de «amenazas extraordinarias» fabricadas por Washington para invadir países, derrocar gobiernos o imponer sanciones asfixiantes.
Todas se han derrumbado ante los hechos, pero después de causar muerte y destrucción.
¿Qué credibilidad puede tener entonces la nueva narrativa sobre bases militares rusas y chinas?
Es el mismo patrón de mentiras para enmarcar a Cuba, una nación pacífica que no representa amenaza alguna para la seguridad de EE.UU., como un peligro, y así justificar ante su opinión pública una política de terrorismo económico que ha sido condenada por 31 votaciones consecutivas en la Asamblea General de la ONU.
Marco Rubio: El «cubano» que ejecuta la agresión
Detrás de esta escalada está la figura del secretario de Estado, Marco Rubio. Nacido en Miami de padres que emigraron a EE.UU. en 1956.
Rubio ha construido su carrera política explotando una narrativa de exilio que no corresponde a su historia familiar. Aun así, se presenta como voz de los cubanos, mientras diseña políticas que castigan directamente al pueblo de la isla.
Rubio no es un actor nuevo. Durante el primer gobierno de Trump, ya se le describió como un «secretario de Estado virtual para América Latina», impulsando las medidas más duras contra Cuba y Venezuela. Hoy, con el cargo oficial en sus manos y acumulando también el de Asesor de Seguridad Nacional en funciones, tiene el poder para ejecutar su obsesión personal.
Es la combinación perfecta para la administración Trump: la retórica incendiaria y personalista del presidente, y la ideología dura y revanchista de Rubio.
Mientras Trump declara que Cuba es una «nación fallida» que «no podrá sobrevivir», Rubio, desde su oficina, activa los mecanismos para hacer realidad esa profecía autocumplida. Es la personificación de un sector de la ultraderecha cubanoamericana que prefiere ver a Cuba sumida en el sufrimiento antes que soberana y con un modelo político diferente.
La respuesta: Soberanía, solidaridad y resistencia
Frente a esta agresión, la respuesta ha sido clara.
El canciller cubano, Bruno Rodríguez, denunció «ante el mundo este brutal acto de agresión» y la «larga lista de mentiras» que lo sustenta. El presidente Miguel Díaz-Canel ha sido enfático: Cuba está dispuesta al diálogo «en igualdad de condiciones y sobre la base del respeto mutuo», pero «no hay rendición ni claudicación posible» y «jamás» hará concesiones políticas por coerción.
La solidaridad internacional comienza a articularse.
En México, el diario La Jornada calificó la amenaza como una «flagrante violación a la soberanía» de los estados que comercian con Cuba, y defendió el derecho de cualquier país a solidarizarse con el pueblo cubano.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha mantenido en su narrativa que el apoyo humanitario a Cuba continúa. Países como China, Rusia, y varias naciones latinoamericanas han expresado su condena a políticas unilaterales y agresivas, defendiendo el derecho internacional.
Mientras Trump y Rubio aprietan la tuerca del bloqueo, confiando en que el frío y la oscuridad quebrarán la voluntad cubana, cometen el mismo error de cálculo de sus predecesores. Subestiman la capacidad de resistencia de un pueblo que ha convertido la defensa de su soberanía en una razón de ser.
La nueva medida, lejos de aislar a Cuba, vuelve a mostrar al mundo el verdadero rostro de una política imperial anclada en el tiempo, basada en la mentira y en el sufrimiento deliberado de millones de seres humanos. La historia, una vez más, los juzgará.
https://razonesdecuba.cu/trump-y-la-asfixia-energetica-a-los-cubanos/



