El pasado jueves, en un acto de sicopatía genocida, el Gobierno de Donald Trump promulgó una orden ejecutiva declarando a Cuba una excepcional amenaza a la seguridad de Estados Unidos e intentando imponer un bloqueo petrolero total contra la isla al amenazar con tarifas a cualquier país que quiera venderle petróleo.
La caracterización de sicopatía genocida no es gratuita: Un sicópata es alguien que, sin remordimientos de ninguna clase, no se detiene ante nada ni nadie con tal de conseguir sus objetivos.
Esa es la esencia de la política de "América Primero" practicada por Trump, no solo contra Cuba, sino en muchos otros casos recientes.
Alguien que da al traste con las instituciones mundiales, como la ONU, e intenta imponerle al mundo un caos basado en "tratos" mafiosos y "propuestas imposibles de rechazar" al estilo Don Corleone actúa como un sicópata, ya sea en lo personal, como corporación o como Estado.
Genocida es todo acto consciente que directamente amenaza la vida de poblaciones enteras de seres humanos. Es evidente que privar de petróleo a todo un país amenaza la vida de millones de personas, especialmente de niños, ancianos y enfermos.
La Orden Ejecutiva de Trump está levantando olas de preocupación y protesta en el mundo al punto tal que el propio papa católico León XIV se vio obligado a hacer un llamado al diálogo para aliviar las tensiones entre ambas naciones. El problema es: ¿Cómo se dialoga con un sicópata armado?
Al gobierno estadounidense comandado por Trump no le interesa dialogar con Cuba, lo que el mandatario desea es someter a Cuba.
El caso de Cuba es muy distinto al de Venezuela: Trump está tratando de someter a la Venezuela petrolera, que tiene su gobierno y sus instituciones en pie, con un presidente secuestrado como moneda de cambio. Por otro lado, en Cuba no hay ningún líder secuestrado y sus instituciones están muy en pie.
El objeto del deseo estadounidense es claro en el caso de Venezuela: Controlar el petróleo.
Sin embargo, el objeto del deseo de Trump hacia Cuba es mucho menos claro, porque más allá del indiscutible valor geopolítico y moral de Cuba, en realidad no hay interés que justifique casi siete décadas de bloqueos y agresiones permanentes, más allá de la propia locura imperial.
Fue el propio Trump al llegar a la Casa Blanca en 2017 quien echó por tierra todos los esfuerzos por normalizar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.
Dice Trump que Cuba constituye "una amenaza inusual" para la seguridad de Estados Unidos. Un imperio que se siente amenazado por una islita a 90 millas de su territorio tiene graves problemas de autoimagen. Cuba no es Taiwán, convertido por los propios Estados Unidos en un portaaviones occidental contra China.
Si Cuba fuese una especie de Taiwán chino y ruso, entonces Trump podría argumentar que en cierto modo se siente amenazado, pero ese argumento es rechazado incluso por la mayoría de la opinión en los propios Estados Unidos.
Además, a diferencia de Taiwán, en ningún papel está escrito que Cuba forme parte de la Unión Americana.
Dice Trump que quiere "reconstruir" Cuba con empresarios de Miami que tienen "mucho dinero". ¿Y cómo va a hacer para que esos "empresarios" recuperen lo que la oligarquía batistiana tenía antes de 1959? ¿Cree que el pueblo cubano va a aceptar voluntariamente entregarles las casas donde vive, sus lugares de trabajo, sus escuelas y sus hospitales a esas personas con "mucho dinero"?
Eso no hay gobierno que lo pueda hacer, e incluso en el caso de que fuese posible, el costo para los propios Estados Unidos sería altísimo en la forma de un estado de guerra civil y de constante inestabilidad a un lado y otro del estrecho de la Florida.
Los fantasmas que atormentan a Trump con respecto a Cuba tienen más de doscientos años de historia, cuando, antes de acuñar la doctrina del excepcionalismo y del Destino Manifiesto (Dios le dijo a Estados Unidos que tenía que liberar al mundo), a inicios del siglo XIX formuló la Doctrina Monroe (América para los Estados Unidos), que en su germen encierra otra doctrina, según la cual Cuba sería una "fruta madura" destinada más temprano que tarde a caer en manos yanquis. Y como la fruta no cae por si misma - ni caerá - ahora es preciso destruir a su población.
Eso en sí es una locura, que se sostiene por otra dinámica que la refuerza: El papel de las mafias oportunistas en la arquitectura imperial.
La Cuba batistiana era un nido de la Cosa Nostra cuyos clientes después emigraron a Estados Unidos para convertirse en un apéndice de las políticas agresivas y desestabilizadoras de la CIA, que a su vez dependían del crimen organizado para lavar el uso de fondos federales en los programas dirigidos contra Cuba.
Películas como la segunda parte de El Padrino y Scarface dan una idea de todo este proceso.
Esas mafias se han incrustado en la élite de poder estadounidense ejemplificadas por sectores muy influyentes en la administración Trump, desde su Secretario de Estado Marco Rubio (en América Latina conocido como Narco Rubio, por sus vínculos con el narcotráfico) hasta toda una serie de grupos financieros del Sur de la Florida.
Son grupos que han lucrado con su asociación con el poder político y que actualmente ejercen una influencia directa sobre el mismo.
El Gobierno cubano tiene que dialogar, siempre lo ha hecho, y lo debe hacer consciente de que ese diálogo debe ser en frente a toda la denominada Comunidad Internacional, porque no existe ninguna garantía de que los Estados Unidos se vayan a comprometer seriamente en trato alguno.
Ya en los años 70 del siglo pasado el presidente Gerald Ford intentó un acuerdo político con Cuba pero de inmediato retiró la oferta, haciéndole a Cuba demandas inaceptables de que cesara su lucha contra el Apartheid en Sudáfrica.
Luego vinieron intentos más serios con Jimmy Carter que fueron abortados al terminar su corto mandato.
El intento más prolongado tuvo lugar durante el segundo período de Obama, cuando en el 2014 se llegó a anunciar un proceso de normalización de las relaciones que incluyó la reapertura de Embajadas y una visita del presidente estadounidense, pero ese intento fue totalmente aniquilado por Donald Trump - algo que su administración hoy califica como una "robusta política" hacia Cuba.
Los argumentos de Trump para motivar su agresión contra Cuba no resisten el menor análisis: Llama a Cuba "influencia maligna" en la región; acusa al Gobierno cubano de apoyar a "actores hostiles, el terrorismo y la inestabilidad regional"; acusa a Cuba de albergar "la mayor instalación de inteligencia de señales de Rusia en el exterior"; dice que Cuba da apoyo a Hamás y Hizbollah, así como a "adversarios en el Hemisferio Occidental" y (¡faltaba más!) de defenderse de las sanciones de Estados Unidos. Por último, reitera sus rituales acusaciones de ser una "dictadura", esparciendo el "caos" y la "ideología comunista" en la región.
En la formulación de su orden ejecutiva, es llamativo el prurito de la Administración Trump de evitar denunciar a China en sus lazos con Cuba, mientras que no omite acusar (con inexistentes pruebas) a Rusia de tener una gran base de espionaje en la isla.
Pareciera más bien un intento de no alienar a la gran mayoría de gobiernos latinoamericanos que tienen relaciones con el gigante asiático, como si gobiernos y pueblos fuesen tontos incapaces de entender el mundo.
Ante tal andanada de improperios sicópatas para justificar una política genocida, el Ministerio de Relaciones Exteriores del Gobierno de Cuba, en un comunicado publicado el primero de febrero responde más o menos de la misma manera que siempre ha respondido a acusaciones similares:
- Cuba Rechazó la caracterización del país como una amenaza para la seguridad de Estados Unidos.
- Cuba reiteró su inequívoca condena al terrorismo en todas sus formas y manifestaciones.
Hay que decir que esta condena cubana obedece a razones tanto doctrinarias como al hecho de que Cuba ha sido uno de los países que ha sufrido en carne propia el terrorismo estadounidense de la manera más sistemática. Incluso en los años en los que Cuba apoyó la lucha armada en países de la región, esto se hizo tratando de evitar daños a la población civil.
No se puede decir lo mismo del terrorismo de Estado promovido por Estados Unidos desde estructuras como la Escuela de las Américas, así como de todos los grupos apoyados por la CIA en todo el continente a lo largo de la historia.
- Cuba reiteró su compromiso de cooperación internacional, incluyendo a los Estados Unidos, para fortalecer la seguridad regional y global. Incluso en los días más negros de las relaciones entre ambos países, Cuba no dejó de compartir información de inteligencia en este terreno, especialmente cuando en frente de las narices de las autoridades estadounidenses en Miami se planificaban y ejecutaban todo tipo de actividades terroristas en violación de las propias leyes federales.
- Cuba destacó que sus interacciones con actores que posteriormente serían designados como terroristas, estuvieron limitadas a contextos humanitarios y procesos de paz, jamás en la planificación y ejecución de actividades terroristas.
- Cuba ratificó su política de tolerancia cero frente al financiamiento del terrorismo y el lavado de dinero, reiterando su disposición a reactivar y ampliar la cooperación con Estados Unidos en áreas como terrorismo, narcotráfico, ciberseguridad, trata de personas y delitos financieros.
Cabe destacar que en Cuba no hay paraísos fiscales como sí los hay en Estados Unidos y no se practica la minería de criptomonedas a gran escala, como sí lo hacen los propios hijos de Donald Trump.
- El Ministerio de Relaciones Exteriores cubano ratificó su firme defensa de la soberanía e independencia nacional en cualquier proceso de cooperación, apostando por el diálogo respetuoso y recíproco, orientado a resultados tangibles y basado en el Derecho Internacional.
Asimismo, destacó que este diálogo debe ser de beneficio mutuo para los pueblos de Cuba y Estados Unidos a través de la cooperación y la coexistencia pacífica.
La primera respuesta de parte de Cuba ha llegado. Es necesario que el mundo entero haga entrar en razón al imperio sicópata encabezado por Trump.
https://telegra.ph/Cuba-Negociando-con-un-imperio-sic%C3%B3pata-02-02

