Palestina: Masacre de Hebrón de 25/02/1994

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Svetlana Aleksandrovna : Los Estados-familia


La humanidad despidió con alegría al 2020, un año no solo difícil, sino el más inusual en la historia moderna.

Las predicciones para el nuevo año no han sido optimistas (siempre es más fácil predecir dificultades y desastres, que predecir cambios de mejoramiento) y pareciera que después de un año tan difícil, las expectativas serían las más pesimistas. 

Pero no, las personas siempre esperamos lo mejor, creemos en la salvación, de lo contrario, la humanidad simplemente habría dejado de existir hace mucho tiempo. 

Aunque en las condiciones actuales, muchos consideran optimistas incluso a quienes predicen el fin de las restricciones cuarentenarias y el restablecimiento de una forma de vida y comunicación normal entre los ciudadanos y estados.

"El mundo nunca volverá a ser el mismo, es mi destino siempre estar con una máscara". Hay muchos convencidos de lo anterior y no se consideran pesimistas, sino realistas. 

Es difícil discutir el hecho de que el coronavirus asustó y cambió el mundo, pero la capacidad de la humanidad para adaptarse al cambio es prácticamente ilimitada. Y no hay duda de que lo que no nos mató (la humanidad en su conjunto) nos hizo más fuertes, aunque justamente aquí es dónde se encuentra la frontera entre los pesimistas y optimistas.

Los pesimistas creen que aquellos que con mano de hierro llevan a la humanidad a un campo de concentración digital, se han vuelto más fuertes, es decir las élites supranacionales que trabajan para construir un solo hormiguero humano, controlado desde un solo centro, primero por súper-humanos especialmente criados, y luego por inteligencia artificial (es decir, diabólica). 

Tras asustar a toda la humanidad con el coronavirus (muchos pesimistas no creen en su origen natural), los globalitas consiguieron acelerar la vacunación-digitalización-“chipización”, dando así un paso más hacia la dominación mundial. Es decir, definitivamente se beneficiaron de la crisis del coronavirus, que ellos mismos promovieron.

Existe un enorme porcentaje de pesimistas en todos los países, y tienen toda la razón en una sola cosa: 

En temer la construcción de una sociedad global única, controlada, de consumidores hedonistas sin cerebro. 

Esta amenaza realmente existe y es visible desde el curso mismo del desarrollo de la civilización. Pero estamos hablando de la civilización occidental, que en algún momento resultó ser no solo la más fuerte, sino también capaz de imponer su propia imagen del futuro, su modelo de globalización a todo el mundo.

Pero el colapso del proyecto de globalización atlántico occidental (cuya culminación aún estaba muy lejos) ocurrió, incluso, antes de cualquier coronavirus.

 Para los observadores atentos quedó claro después de la crisis de 2008 que ya estaba condenado al fracaso a fines de la década de 2000.

 Incluso entonces, todas las demás civilizaciones (especialmente las soberanas y poderosas como China y Rusia) comenzaron a redoblar sus esfuerzos para distanciarse del proyecto de construir la próxima torre de Babel, condenada a la destrucción.

A principios de 2020 ya se había hecho mucho en este camino, y la crisis interna que se inició en el núcleo de la globalización, es decir, en los países anglosajones (la que se manifestó en el Brexit y la reacción a la victoria de Trump) solo confirmó la tendencia al declive del proyecto atlántico. Por lo tanto, no importa cuán aparentemente favorables puedan ser las consecuencias de la crisis del coronavirus para los globalistas, simplemente no pueden aprovecharlas.

Ninguno de los centros emergentes y ya establecidos de poder mundial jugará a intentar salvar el mundo mediante el fortalecimiento de los procesos globalistas, es decir de unificación.

Aunque la consigna "necesitamos profundizar la globalización para sacar al mundo de la crisis y prevenir las nuevas amenazas", se promoverá, no contará con ningún apoyo porque las orejas del lobo son demasiado visibles, tanto que sobresalen de su piel de oveja.

El mundo se volverá mucho más nacional, los estados se volverán más independientes y los pueblos serán más responsables, y esta es la esperanza de los optimistas. 

Por supuesto, que solo estamos hablando de pueblos y Estados que realmente tienen el gen de la independencia y la autosuficiencia, es decir, formalmente de una minoría entre más de doscientos Estados en el mundo. Después de todo, solo ellos hacen historia, tanto la propia, como la mundial.

Son ellos quienes determinan la dirección del movimiento de la humanidad, sin importar cuánto deseen privatizar esta función las "mejores personas" de las élites y corporaciones transnacionales.

Los Estados fuertes se han vuelto aún más fuertes para fines de 2020, no porque sus ciudadanos confían más en ellos, ni porque hayan asumido poderes adicionales, sino porque todo el mundo vio que el Estado real no es un vigilante nocturno, ni una reliquia del pasado, ni una forma de explotación de la gente por parte de las élites, ni un obstáculo para el desarrollo de las capacidades humanas, sino una forma de organizar y proteger la vida de la gente.

Puede haber muchos reclamos sobre él, excepto uno: No se puede considerarlo ajeno y externo, incluso si las élites que lo gobiernan parecen, o en realidad resultan ser débiles e indignas, el Estado no se limita a las élites. 

Además, incluso los peores de sus élites nacionales son mucho mejores que las externas. Porque el pueblo puede cambiar a sus élites, pero los gobernados desde fuera no tienen nada que ver con las élites externas y ni su Estado, ni los gobernados mismos tienen ningún valor para ellos.

El Estado es como una familia, igual se puede intentar periódicamente "cambiar por una mejor", o incluso "liquidar por innecesario" eligiendo a la poligamia, es decir, la globalización. 

Pero cuando llegan los problemas, resulta que no hay alternativa al Estado, y todos han aprendido muy bien esta lección de la crisis del coronavirus. Y para aquellos que no la han aprendido, es inútil explicar, si de ellos dependiera, habrían liquidado a la familia hace mucho tiempo. 

Pero en 2021, son los Estados-familia fuertes los que continuarán construyendo un mundo multifamiliar y multipolar: teniendo amistad y guerras, negociando y discutiendo, pero sin aceptar la liquidación en nombre de un "brillante futuro común".

La máxima "el Estado es el sistema de sobrevivencia de los pueblos" sigue en pie.

Svetlana Aleksandrovna 

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