Pero no es el que aparenta ser.¿Te imaginas que un país reciba de Cuba una herramienta para enseñar a leer a cientos de miles de sus ciudadanos y años después su presidente se siente al lado de Trump mientras Washington aprieta el cuello de esa misma isla?
Pues no hay que imaginarlo. La historia está ahí, con nombres, fechas y números.
En El Salvador, el Programa Nacional de Alfabetización comenzó en 2009.
Y no fue una operación de propaganda con cuatro cámaras y una bandera.
Se metió en comunidades urbanas y rurales, movilizó decenas de miles de voluntarios y utilizó, entre otras herramientas, «Yo, sí puedo», el método cubano creado por la pedagoga Leonela Relys.
Relys había participado en la gran campaña cubana de alfabetización de 1961.
Aquella campaña movilizó alrededor de 270.000 alfabetizadores y permitió alfabetizar a más de 700.000 cubanos en un solo año.
Cuarenta años después, Cuba convirtió aquella experiencia en cooperación internacional: «Yo, sí puedo», un método que terminaría utilizándose en decenas de países y que recibió en 2006 el Premio de Alfabetización Rey Sejong de la UNESCO.
En El Salvador el resultado fue enorme.
Para septiembre de 2018, más de 300.000 personas habían aprendido a leer y escribir mediante el programa iniciado en 2009.
El 8 de septiembre de aquel año, San Salvador fue declarado municipio libre de analfabetismo, el número 94 del país y la tercera capital centroamericana en alcanzar esa condición.
Y aquí viene el detalle que algunos prefieren esconder debajo de la alfombra: el propio presidente salvadoreño de entonces, Salvador Sánchez Cerén, agradeció públicamente al pueblo y al Gobierno de Cuba y a la brigada educativa cubana por su contribución.
Ahora pongamos los nombres donde corresponden.
Nayib Bukele era alcalde de San Salvador entre 2015 y 2018.
No fue él quien declaró a la capital libre de analfabetismo; esa ceremonia ocurrió después de terminar su mandato y la declaró Sánchez Cerén.
Pero Bukele estaba en la alcaldía durante buena parte de los años en que ese proceso nacional avanzaba y su ciudad formaba parte de aquella campaña educativa.
Es decir: mientras Cuba enviaba pedagogos y conocimientos, mientras salvadoreños voluntarios se metían en los barrios y en las comunidades para enseñar a leer y escribir, El Salvador avanzaba en una tarea que no se resuelve con discursos de Twitter: darle herramientas a la gente para que pueda leer una carta, llenar un documento, entender un contrato, estudiar, trabajar y defenderse en la vida.
Y hoy, años después, tenemos a aquel alcalde convertido en presidente de El Salvador, estrechamente alineado con Washington, mientras la administración Trump profundiza las medidas contra Cuba.
El 17 de septiembre de 2026 Estados Unidos anunció nuevas sanciones contra entidades cubanas vinculadas al sector del níquel, empresas militares y funcionarios cubanos.
Y en marzo de este año, Bukele participó junto a otros dirigentes latinoamericanos en una reunión con Trump en Florida en la que el presidente estadounidense volvió a atacar públicamente a Cuba.
Qué memoria tan selectiva.
Cuando Cuba tenía maestros para ofrecer, algunos recibían la ayuda. Cuando Cuba tenía un método para enseñar a leer, lo utilizaban.
Cuando aquel método funcionaba en comunidades salvadoreñas, las autoridades salvadoreñas reconocían públicamente la contribución cubana.
Pero ahora resulta que Cuba sirve para recibir conocimiento cuando hace falta y después se convierte en el monstruo perfecto cuando Washington exige cerrar filas.
Porque esa es la parte que me interesa recordar: Cuba no fue a El Salvador a vender armas, ni a comprar votos, ni a quedarse con sus tierras. Fue con maestros, pedagogos y un método de alfabetización.
Y detrás de esos números hay seres humanos que antes no podían leer y después pudieron hacerlo.
Nadie está obligado a querer al Gobierno cubano.
Nadie tiene que compartir su sistema político. Pero una cosa es discutir políticamente con Cuba y otra muy distinta es borrar de la memoria aquello que Cuba hizo cuando sus conocimientos fueron útiles para otros pueblos.
Y si vamos a hablar de educación, hablemos también de memoria.
Porque hay algo bastante grotesco en ver a un dirigente latinoamericano estrechando la mano de Washington mientras se suma a la presión contra la misma Cuba cuya cooperación educativa ayudó a que miles de sus compatriotas aprendieran a leer.
Los libros podrán cerrarse. Las fotografías podrán desaparecer. Los discursos podrán cambiar.
Pero las fechas no se arrodillan.
2009: comienza el Programa Nacional de Alfabetización.
2018: San Salvador es declarado libre de analfabetismo.
Más de 300.000 salvadoreños alfabetizados.
Brigada educativa cubana.
Método «Yo, sí puedo».
Y ahora, desde el poder, el discurso cambia.
Qué fácil es olvidar al maestro cuando ya aprendiste a leer.
Qué fácil es besar la mano del poderoso después de haber recibido la ayuda del pequeño.
Pero la historia tiene una costumbre bastante incómoda: guarda los recibos.
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