Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

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El sionismo no ha fracasado, fue siempre así

Miradas críticas al último libro de Omer Bartov: continuidad y evolución del sionismo. Dossier

Gideon Levy

El sionismo constituye, en su esencia, la creencia en la supremacía judía entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, y al igual que cualquier otra ideología que defiende la supremacía racial, nacional o religiosa, carece de legitimidad.

No resulta fácil ser israelí y antisionista. Resulta casi imposible. Esa combinación se percibe en Israel como traición, herejía, algo falto de toda legitimidad. Este ha sido el caso desde los viejos y buenos tiempos del Mapai, mucho antes de los obscuros días de Benjamin Netanyahu e Itamar Ben-Gvir.

Desde la Unión Soviética, no ha habido otro Estado con una ideología tan excluyente y rapaz, una ideología que prohibía cualquier duda o negación, como el Estado sionista de Israel. Ni siquiera resulta fácil ser un exiliado antisionista, sobre todo para un príncipe de la aristocracia sionista.

Omer Bartov es un renombrado historiador israelí-norteamericano, investigador del genocidio y experto en el Holocausto, profesor en la Universidad de Brown, en Providence, estado de Rhode Island. Tras dos años de reflexión, Bartov llegó a la conclusión de que Israel sí que perpetró, de hecho, un genocidio en la Franja de Gaza.

Publicó dos artículos de opinión en The New York Times que reflejaban su proceso de reflexión sobre la etiqueta de genocidio, lo que ha generado reacciones en todo el mundo. 

Uno de los libros escritos por su padre, el escritor y periodista Hanoch Bartov, se titula Ligdol Ulikhtov Be'Eretz Yisrael (“Crecer y escribir en la Tierra de Israel”). El libro más reciente de Omer Bartov es Israel: What Went Wrong? [“Israel: ¿Qué ha salido mal?”], todo el trayecto, en pocas palabras.

Con motivo del lanzamiento del libro, Bartov concedió una entrevista a Haaretz en la que se apresuró a declarar que no es antisionista, tan dolorosa y difícil es tal admisión. “Crecí en un hogar sionista. Para mí era evidente que Israel era mi lugar”, dijo, para explicar por qué no es “anti”. Pero abandonó ese hogar hace décadas, y sus declaraciones nos hacen preguntarnos sobre sus preocupaciones, o quizás su vergüenza, al admitir que es antisionista, algo que aparentemente aún carece de legitimidad.

Bartov afirma que el sionismo está destinado a desaparecer, que Israel no puede existir como un Estado normal bajo esta ideología y que si el sionismo pudo conducir al genocidio en Gaza, ya no puede sostenerse como ideología. Es difícil encontrar afirmaciones más valientes y acertadas —o más antisionistas— que estas.

Siendo así, ¿por qué Bartov se muestra reacio a autodenominarse antisionista? No hay mejor prueba que esta del adoctrinamiento profundamente arraigado en el corazón de todo judío que haya crecido aquí [en Israel]. Un intelectual israelí expatriado, crítico y perspicaz, no se atreve a definirse como antisionista, aunque sus argumentos atestigüen que lo es.

Resulta imperativo romper esta prohibición. Un israelí, hasta un israelí exiliado, puede ser antisionista y seguir teniendo legitimidad. El sionismo es una ideología que puede cuestionarse, como cualquier otra. En su base se encuentra la creencia en la supremacía judía entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, y al igual que cualquier otra ideología que defiende la supremacía racial, nacional o religiosa, es ilegítima.

El enfoque de Bartov difiere de las tendencias antisionistas que hoy prosperan en todo el mundo. Está convencido de que algo salió mal en el país puro e inocente que solía ser el suyo, y que algo se pervirtió en su pura ideología sionista. Existía una ideología que condujo al establecimiento de un estado de elevada moralidad, y de repente, algo salió mal. Esta afirmación acaso alivie la agonía de la dolorosa despedida de Bartov al sionismo, pero es dudoso que constituya la verdad.

Bartov declara no creer en ese tipo de historia en la que, al final, se afirma: “Siempre supimos que terminaría así”. Pero, a fin de cuentas, así empezó. La continuación no era inevitable, pero para que fuera diferente, tenía que haberse producido una corrección, y eso nunca sucedió.

El sionismo le dio la espalda a la población indígena que vivía en Palestina desde sus inicios, desde los tiempos de la “conquista del trabajo”, que exigía a los judíos trabajar en la agricultura y la industria: la primera desposesión sionista. Mucho antes de los disturbios árabes de 1929 y el Holocausto, el movimiento buscó desposeer y expulsar a la población local.

Entonces, como ahora; Yigal Allon, como Bezalel Smotrich. Ese fue el comienzo, y estaba viciado. Bartov, el sionismo no se transformó en otra cosa; fue siempre así. Ojalá se hubiera transformado en algo distinto. Quizás aún no sea demasiado tarde.

Fuente: Haaretz, 7 de mayo de 2026

Una visión a más largo plazo: reseña de Israel: What Went Wrong? [“Israel: ¿Qué ha salido mal?”], de Omer Bartov

Avi Shlaim

El ataque de Israel a Irán no es más que el ejemplo más reciente de su degeneración en las últimas décadas, la cual se suma a su ocupación ilegal de los territorios palestinos, la limpieza étnica en Cisjordania, el genocidio en Gaza, la invasión de Siria y el implacable bombardeo del Líbano. El hecho de que los Estados Unidos se sumaran a esta guerra ilegal le ha confirmado a mucha gente en la región lo que llevaban tiempo sospechando: que el país es un bastión del imperialismo occidental en Oriente Medio.

El Estado de Israel, que surgió de las cenizas del Holocausto hace 77 años, ha recibido desde entonces un grado sin precedentes de simpatía y apoyo internacional. Este apoyo se debió en parte a la culpa occidental y en parte a la percepción del Estado judío como un oasis de democracia en un mar de autoritarismo. 

La Declaración de Independencia del país prometía defender “la plena igualdad social y política de todos sus ciudadanos sin distinción de raza, credo o sexo”. 

En los primeros años de su existencia como Estado, se veía a Israel en Occidente como emblema de la sociedad liberal, progresista e igualitaria.

Hoy en día, se le considera de modo generalizado un Estado de apartheid inmoral, violento, cruel y opresivo. La respuesta israelí al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 supuso un hito importante en su gradual descenso a la condición de paria internacional. Israel reivindicó el derecho a la legítima defensa, pero procedió a actuar en flagrante violación del Derecho internacional humanitario. 

La Corte Internacional de Justicia de La Haya determinó que estaba en peligro el derecho de los palestinos de Gaza a verse protegidos de actos de genocidio y ordenó a Israel que tomara medidas para prevenirlos. Israel, como es habitual, ignoró la sentencia. 

Una comisión de la ONU concluyó que Israel era, de hecho, culpable de genocidio. La Corte Penal Internacional dictó una orden de detención contra el primer ministro Benjamin Netanyahu por crímenes de guerra. El Estado israelí se enfrenta así a acusaciones creíbles de crímenes de guerra, de crímenes contra la humanidad e incluso del crimen de los crímenes: el genocidio.

La degradación moral y política de Israel constituye el tema central de este notable libro. El autor, Omer Bartov, cuenta con unas credenciales impecables para escribirlo: nació en un kibutz, sirvió como oficial en las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y es actualmente profesor de estudios sobre el Holocausto y el genocidio en la Universidad de Brown, en los Estados Unidos. 

Está dedicado a su padre, Hanoch Bartov, “el último sionista”, en referencia al sionismo liberal al que, evidentemente, toda la familia ha mostrado su devoción. Sin embargo, este libro está escrito más con tristeza que con ira. Su objetivo no es condenar el sionismo, sino explicar su evolución de sueño a pesadilla.

Para ello, Bartov se remonta a la formación de Israel en 1948. En un capítulo titulado “La Constitución ausente”, lamenta el fracaso de los padres fundadores a la hora de resolver la cuestión de cómo puede seguir siendo a la vez judío y democrático un Estado multiétnico; en otras palabras, su incapacidad para cuadrar el círculo del etnonacionalismo y el pluralismo.

Si se hubiera adoptado una Constitución escrita inspirada en la Declaración de Independencia —argumenta—, y si hubieran crecido generaciones de israelíes respetando la Constitución y sintiéndose orgullosos de una carta de derechos para todos los seres humanos, “podría haberse atenuado el racismo creciente de la sociedad israelí, y podrían haber suscitado un mayor sentido de indignación la asombrosa indiferencia ante el genocidio que se está perpetrando en Gaza y los crímenes y pogromos diarios en Cisjordania”. 

Quizás. La historia no revela sus alternativas. Podría decirse, sin embargo, que Bartov no se remonta lo suficiente en la historia para explorar las raíces del racismo israelí. El sionismo es un movimiento colonizador que se declara a sí mismo como tal, y su principal descendiente político —el Estado de Israel— es un Estado colonizador.

La lógica del colonialismo es la eliminación de los nativos para apoderarse de la tierra y sus recursos. La limpieza étnica es el medio por el que se alcanza este objetivo. En 1948, el recién nacido Estado de Israel llevó a cabo la limpieza étnica de Palestina: 750 000 palestinos se convirtieron en refugiados y el nombre de Palestina fue borrado del mapa. 

Esto es lo que los palestinos llaman la Nakba, que significa “catástrofe”. Desde el punto de vista de las víctimas, la crueldad del sionismo no es nada nuevo; la han conocido desde siempre.

Además, la Nakba no fue un hecho aislado, sino un proceso que sigue en curso. Este proceso alcanzó su punto álgido en Gaza tras el ataque de Hamás. El objetivo inicial de Israel consistía en despoblar toda la Franja de Gaza, con sus 2,3 millones de habitantes, empujándolos a través de la frontera internacional hacia el norte del Sinaí. 

Cuando Egipto se opuso a este plan, Israel recurrió a la destrucción masiva de Gaza para hacerla inhabitable. Tal como señala Bartov, la limpieza étnica puede degenerar en genocidio, y el genocidio en Gaza vino acompañado de una intensificación de la limpieza étnica en Cisjordania.

En su condición de historiador, Bartov cree que el primer paso para construir un futuro mejor consiste en comprender las esperanzas y aspiraciones del otro, así como los errores y pecados del pasado. 

Una conclusión esperanzadora que extrae de la campaña de Israel en Gaza es que, a largo plazo, liberará al propio Israel de su condición de Estado único arraigado en el Holocausto.

 Esto difícilmente ayudará a las 73 000 víctimas palestinas, pero sí da lugar a una tenue esperanza de que pueda estar expirando la licencia de la que Israel ha disfrutado a lo largo de su historia.

Quien busque una explicación a la “caída en desgracia” de Israel no encontrará mejor guía que este libro perspicaz, sofisticado, erudito, escrito con elegancia y sorprendentemente imparcial. Hasta los partidarios tradicionales de Israel, que sienten incomodidad, quizás incluso repulsa, ante sus recientes atrocidades, pueden encontrar en Omer Bartov, por tomar prestado el título del famoso libro del rabino Moshé ben Maimón [Maimónides] del siglo XII, una Guía de perplejos.

Fuente: The Guardian, 9 de mayo de 2026

Un futuro más allá del genocidio israelí en Palestina

Sonia Boulos, Raz Segal

En los últimos dos años y medio, Israel ha intensificado su proyecto fundamental de crear un “Gran Israel”. Su permanente campaña para eliminar a los palestinos, que se remonta a la Nakba de 1948, ha degenerado en una violencia genocida a gran escala en Gaza. 

La intensificación de la violencia colonial de Israel también ha incluido una campaña de desplazamiento forzoso en Cisjordania sin precedentes desde la guerra de 1967, un nuevo ataque contra los derechos políticos de los palestinos en Israel y la transformación de las prisiones israelíes en una red de campos de tortura en los que está a la orden del día una indescriptible crueldad.

Los ataques a gran escala de Israel contra el Líbano e Irán, y su uso de la “doctrina Gaza” —especialmente en el Líbano— han convertido en una realidad regional el ataque sistemático contra civiles, barrios, escuelas y hospitales, infligiendo una destrucción masiva, sufrimiento y muerte. Al mismo tiempo, la guerra de los Estados Unidos e Israel contra Irán ha provocado una crisis económica internacional que pone de relieve de qué modo los regímenes genocidas suponen una amenaza a escala global.

Es difícil imaginar un futuro en la región más allá de esta horrible realidad sin que el Estado israelí, respaldado por una amplia mayoría de sus ciudadanos judíos, rinda cuentas. 

La rendición de cuentas exige poner en primer plano las experiencias y los conocimientos de los palestinos que se enfrentan a su eliminación por parte de Israel; sin embargo, la supremacía judía y el racismo antipalestino que alimentan el genocidio también impulsan el silenciamiento de los palestinos y de su activismo para ponerle fin. El resultado es que son principalmente las voces judías críticas con Israel las que logran llamar la atención a través de las grietas de esta censura y represión, aunque aportan poco en cuanto a la reflexión sobre la rendición de cuentas.

Este es el caso, más recientemente, del último libro del estudioso israelí-norteamericano del Holocausto Omer Bartov, Israel: What Went Wrong? Recién publicado en inglés y con previsiones de que aparezca en muchos otros idiomas, el libro invita a los lectores a reflexionar sobre el genocidio en curso de Israel en Gaza a través de una crónica que comienza con el Holocausto y el antisemitismo. Bartov sostiene que el sionismo surgió como proyecto para liberar a los judíos de la persecución y la destrucción, pero cambió con la creación de Israel en 1948, cuando se convirtió en ideología de Estado, volviéndose cada vez más excluyente y violentamente etnonacionalista, lo que ha culminado finalmente en un genocidio.

De hecho, tanto los palestinos como los propios sionistas entendían el sionismo como una ideología etnonacionalista, violenta y de carácter colonialista y excluyente mucho antes de 1948. Esto lo sabemos, por ejemplo, gracias a los trabajos de estudiosos palestinos como la socióloga Areej Sabbagh-Khoury, la cual demuestra en su libro Colonizing Palestine: The Zionist Left and the Making of the Palestinian Nakba de qué manera los sionistas de izquierda, bajo auspicios coloniales británicos, desempeñaron un papel activo en el expolio de los palestinos mediante el establecimiento de colonias de kibutz en la zona fronteriza del valle de Jezreel/Marj Ibn Amer en las décadas de 1920 y 1930.

Si los sionistas de izquierda hablaban de coexistencia con los palestinos mientras incluso los desplazaban, los sionistas de derechas descartaron desde el principio ese discurso. El famoso ensayo de 1923 de Ze’ev Jabotinsky, “El muro de hierro”, marcó la pauta con un reconocimiento explícito del sionismo como movimiento colonialista de colonización que tiene como objetivo expulsar a los árabes palestinos indígenas para crear un Estado judío.

Es imposible comprender la Nakba de 1948 sin tener en cuenta este consenso sionista eliminacionista que se había formado en las tres décadas anteriores y que inspiró el asentamiento y las acciones sionistas mucho antes del Holocausto. La Nakba de 1948 marcó además el nacimiento del Estado israelí como algo claramente excluyente, racista y violento; para adaptar el lenguaje del título de Bartov, el Estado israelí surgió como algo fundacionalmente erróneo.

Bartov, que se cuenta entre los sionistas liberales veteranos, rechaza esta postura. Su argumento sobre el genocidio de Gaza funciona de manera similar a su argumento sobre el sionismo. Finalmente, le resultó difícil, durante el genocidio de Israel retransmitido en directo, desestimar la acusación de genocidio. Para él, la invasión de Rafah en mayo de 2024 marcó el giro de Israel hacia el genocidio. Esto significa que la campaña de Israel en sus primeros meses —su fase más mortífera— no fue genocida, según Bartov, aunque reconoce que los líderes políticos y militares israelíes expresaron una clara intención genocida en ese momento. Esta matización de la calificación de genocidio refleja la visión idílica que Bartov tiene del sionismo anterior al Estado [de Israel], ya que pretende ocultar la continuidad histórica entre la lógica eliminatoria del sionismo y la Nakba y la violencia genocida que se lleva desarrollando en Gaza desde octubre de 2023.

Bartov sostiene, por lo tanto, que «el énfasis en la realidad funcional del asentamiento [sionista] en Palestina pasa por alto en gran medida las motivaciones ideológicas y emocionales de este movimiento [sionista], así como la percepción que tienen de sí mismos las generaciones de activistas y simpatizantes sionistas». En el seno de ese narrativa, las víctimas del sionismo —ahora en su fase genocida— han cometido un error al juzgar el sionismo a través de su experiencia vivida de desposesión y violencia; por el contrario, deberían haber estado suficientemente “en sintonía con las aspiraciones de los refugiados judíos de Europa”. Este enfoque presenta la lucha anticolonial palestina y árabe —que comenzó con la Revuelta Árabe de 1936, o incluso antes— como un acto hostil de agresión contra los colonos judíos en Palestina, creando así una falsa equivalencia entre colonizados y colonizadores.

También sabemos que, mientras los refugiados judíos buscaban un refugio, el movimiento sionista que los encauzaba hacia Palestina pretendía que su migración creara una mayoría demográfica judía, la cual facilitara, con el tiempo, el control sionista del país. Los sionistas convirtieron así a los refugiados en colonos. Es más, al menos algunos de los refugiados judíos europeos que llegaron a Palestina durante la guerra de 1948 o inmediatamente después lo comprendieron, y se dieron cuenta de que el incipiente Estado judío reproducía el tipo de violencia excluyente que ellos mismos habían sufrido en Europa. Fue para ellos fue una liberación muy amarga, si es que la experimentaron como tal.

Independientemente de cómo se interpreten las múltiples perspectivas de los refugiados judíos en 1948, el enfoque de Bartov reafirma jerarquías epistémicas racializadas, dejando de lado las perspectivas, los conocimientos y las voces de los palestinos que se han enfrentado a la violencia colonial y exterminadora de Israel antes y después de 1948, incluidos aquellos que han identificado desde un principio el ataque de Israel a Gaza como un genocidio.

¿Reconocimiento sin rendición de cuentas?

Las jerarquías racializadas determinan no solo cómo se debaten las causas del genocidio en Gaza, sino también cómo se conciben las vías para avanzar. Cabría esperar que el reconocimiento del genocidio fuera seguido de un claro llamamiento a la justicia y a la rendición de cuentas. En ello se incluye el derecho de las víctimas de la violencia colonial y del genocidio a que se lleve ante la justicia a quienes atacaron a sus seres queridos y a su sociedad: quienes cometieron los crímenes, quienes los ordenaron y quienes los incitaron. Las víctimas también tienen derecho a una versión oficial de lo ocurrido. El propio Estado debe rendir cuentas por estos graves crímenes.

Por lo tanto, cabe preguntarse por qué el libro de Bartov no contiene un llamamiento claro a la rendición de cuentas jurídica, especialmente a la luz de la reciente ruptura del velo de impunidad que durante mucho tiempo ha protegido a Israel de la rendición de cuentas por los crímenes cometidos contra el pueblo palestino.

¿Por qué no respalda explícitamente las iniciativas para exigir responsabilidades ante la Corte Penal Internacional? Bartov sí hace referencia a la Opinión Consultiva de 2024 emitida por la Corte Internacional de Justicia (CIJ) sobre la ilegalidad de la presencia de Israel en Cisjordania y Gaza, pero lo hace sin explicar que en ella se insta a los terceros Estados a no reconocer ni ayudar o colaborar en el mantenimiento de esta situación ilegal —abriendo así una ventana de oportunidad para la imposición de medidas efectivas que presionen a Israel para que cese y remedie sus violaciones de las normas imperativas del Derecho internacional. En cambio, Bartov advierte de que, si Israel no cambia de rumbo, se enfrentará a un aislamiento similar al que sufrió la Sudáfrica del apartheid.

Muchos sionistas liberales comparten la preocupación de Bartov. El célebre escritor israelí David Grossman, por ejemplo, declaró al diario italiano La Repubblica a principios de agosto de 2025 que «la maldición de Israel comenzó con la ocupación de los territorios palestinos tras 1967» —borrando así la Nakba de 1948— y que sigue “desesperadamente comprometido” con la solución de dos Estados; es decir, un Estado judío y un Estado palestino “sin armas”. Los principales medios liberales también parecen desesperadamente comprometidos con la negación de la Nakba y con un Estado judío, aunque sea maldito, lo que explica el espacio que conceden a personas como Bartov en las páginas de opinión, mientras que su información reproduce en buena medida el racismo antipalestino.

Bartov va más allá que otros sionistas liberales a la hora de criticar a Israel y al sionismo. No ve hoy un futuro para el sionismo, ya que se ha convertido en una ideología de genocidio, aunque rechaza la etiqueta de «antisionista». Por consiguiente, no puede imaginar un futuro sin un Estado judío, aunque sea distinto del actual. Por este tipo de críticas y su tardío reconocimiento del genocidio de Gaza, Bartov se ha enfrentado a una intensa hostilidad, que incluye el que le hayan tildado de “traidor” judío y otros epítetos que se lanzan habitualmente contra los judíos que se niegan a repetir los argumentos del Estado israelí y de las principales organizaciones comunitarias judías.

Sin embargo, su visión de Palestina/Israel se centra en gran medida en salvar a Israel como Estado de mayoría judía de un futuro temido o de una “pesadilla” marcada por el éxodo de personas formadas y cualificadas, un creciente aislamiento internacional y la perspectiva de sanciones. Lo que queda sin abordar es el imperativo moral y político de rendir cuentas por las injusticias históricas y estructurales infligidas a los palestinos por el régimen colonialista sionista desde sus inicios.

El "replanteamiento fundamental de la relación entre los siete millones de judíos y los siete millones de palestinos que viven entre el río y el mar" que propone Bartov implica principalmente poner fin a la guerra en Gaza, reconstruirla y substituir el control de Hamás sobre la Franja, con el objetivo último de crear un Estado palestino en Cisjordania y Gaza que solo sería viable como parte de una confederación con Israel. En este escenario, basado en textos de Dahlia Scheindlin, Gaza podría convertirse en “el Dubái del Mediterráneo”, y se presenta un modelo de confederación como alternativa a la fallida lógica de Oslo de la solución de dos Estados.

De acuerdo con esta visión, los refugiados palestinos desplazados por la fuerza durante la actual Nakba podrían regresar como ciudadanos palestinos a Cisjordania o Gaza, mientras que en Israel sólo se les concederían derechos de residencia. Sus “derechos” dentro de Israel serían análogos a los que se otorgan a los colonizadores judíos israelíes que viven en Cisjordania: conservarían su ciudadanía israelí y se les permitiría residir en Cisjordania no como ciudadanos, sino como residentes, siempre que aceptaran la soberanía palestina.

A los refugiados palestinos expulsados por la fuerza de su patria se les concede, por tanto, el mismo conjunto de derechos dentro de Israel que los garantizados a los colonos de Cisjordania dentro de un futuro Estado palestino. Según esta visión, los refugiados palestinos podrían regresar a Haifa, Yaffa, Safad y Lydda como huéspedes tolerados, no como beneficiarios del derecho a la autodeterminación en la patria de la que Israel los había expulsado. Aunque se les permita residir allí y votar en las elecciones municipales, no tendrían derecho a beneficiarse de la tierra y los recursos que les pertenecían antes de la Nakba para el desarrollo de sus comunidades. Tampoco se les reconocería como parte de la comunidad política encargada de determinar el futuro político, económico y cultural de su propia patria.

Bartov no se da cuenta de que relegar a los refugiados palestinos a una situación comparable a la de los colonos de Cisjordania —participantes activos en una política de asentamientos ilegal— reafirma una lógica colonial, sobre todo cuando esta visión no dice nada sobre la restitución o las reparaciones.

Es revelador que Bartov se base en un plan reciente elaborado por Scheindlin, un judío israelí que creció en los Estados Unidos, a pesar de que existe una alternativa palestina: el plan de la Sociedad de Tierras de Palestina, bajo el liderazgo de Salman Abu Sitta. Este contiene planes detallados y viables para el retorno de los refugiados, elaborados en consulta con los propios refugiados y sus descendientes, que permiten el retorno dentro de la Línea Verde sin requerir ningún reasentamiento importante de israelíes.

“Aliviar el temor a los desequilibrios demográficos”, como dice Bartov, es el núcleo del plan que apoya él. En la práctica, esto significa que a más de trece millones de palestinos se les concedería el 22 % de la Palestina del Mandato para ejercer sus aspiraciones y derechos nacionales colectivos, mientras que aproximadamente dos millones de palestinos con ciudadanía israelí quedarían reducidos a una minoría, y no a un grupo indígena con derecho a la autodeterminación.

El movimiento político Tierra para todos ha adoptado una postura similar. En su programa, el movimiento afirma que el Estado de Palestina tendría la potestad soberana de conceder la ciudadanía a los refugiados palestinos. Al recibir la ciudadanía palestina, los refugiados podrían viajar libremente a Israel “por motivos de trabajo, turismo y residencia”. Y lo que es más importante, para evitar una “inundación”, se alcanzaría un acuerdo sobre el número de refugiados palestinos con derecho a residir en Israel.

Tales acuerdos garantizarían un orden político en el que los judíos israelíes siguieran siendo mayoría en el 78 % de la Palestina histórica, controlando sus recursos naturales. Este plan reproduce la lógica de la supremacía judía que los sionistas han invocado durante mucho tiempo para justificar el desplazamiento forzoso y la eliminación política y física de los palestinos. El lenguaje de la demografía es el lenguaje de la dominación.

Marcos de supremacía judía

No es de extrañar, pues, que Bartov califique la Declaración de Independencia de Israel como una oportunidad perdida, sin darse cuenta de que esta estableció oficialmente un régimen de supremacía judía al excluir a los palestinos de su “Nosotros, el pueblo”. Reconoce únicamente el derecho natural exclusivo del pueblo judío sobre la tierra, como si el Mandato Británico de Palestina fuera terra nullius. A los palestinos que sobrevivieron a la Nakba y permanecieron en lo que se convirtió en Israel se les trata meramente como "minorías", con derecho nominal no a derechos nacionales o soberanos colectivos, sino solo a la "igualdad plena de derechos sociales y políticos para todos sus habitantes, independientemente de su religión, raza o sexo".

Cabría esperar que la escalada genocida del proyecto colonialista sionista pusiera de manifiesto las catastróficas implicaciones de esta lógica de supremacía, lo que llevaría a los críticos de Israel a abandonarla de una vez por todas. En cambio, nos enfrentamos una vez más a intentos de dar prioridad a las preocupaciones de seguridad de los colonizadores a expensas de los colonizados, ahora articuladas a través del lenguaje de la demografía. Las preocupaciones de seguridad de los colonizados —y la necesidad imperiosa de proporcionar a las víctimas de la violencia colonial genocida las garantías jurídicas internacionales de no repetición— están totalmente ausentes o, en el mejor de los casos, quedan relegadas a un segundo plano.

Bartov concluye su análisis de esta visión con un comentario bastante extraño sobre cómo, a falta de una presión seria de los Estados Unidos sobre Israel, podría Alemania actuar como fuerza principal que empuje a Israel en esta dirección. La realidad es que Alemania ha laborado principalmente por empujar a Israel hacia el genocidio, proporcionándole apoyo militar, describiendo a los palestinos como nazis y silenciando y reprimiendo violentamente el activismo pro-palestino, incluida la violencia policial contra palestinos y judíos antisionistas en las calles de las ciudades alemanas. El caso en curso ante la CIJ que presentó Nicaragua contra Alemania en marzo de 2024 por complicidad con el genocidio de Israel en Gaza (que Bartov sí menciona) hace que su comentario resulte especialmente problemático.

Dado este reconocimiento matizado del genocidio en Gaza, marcado por la ausencia de cualquier llamamiento a la responsabilidad jurídica y de una visión política capaz de abordar de manera integral los daños continuados de la Nakba, es difícil escapar a la conclusión de que la indignación expresada por Bartov y otros liberales frente a aquello en lo que se ha convertido Israel no se centra, de hecho, en los palestinos. Más bien, sigue siendo un esfuerzo por salvar a Israel, dentro de un marco de supremacía judía, de lo que los sionistas liberales, se llamen como se llamen, consideran un rumbo autodestructivo.

Fuente: Jacobin, 10 de mayo de 2026

Gideon Levy es columnista del diario Haaretz, para el que trabaja desde 1982 y del que fue redactor jefe adjunto entre 1983 y 1987. Trabajó como reportero para la emisora de radio (Gale Tzahal) de las Fuerzas de Defensa de Israel durante su servicio militar y fue asistente y portavoz del dirigente laborista Shimon Peres entre 1978 y 1982. En 2021 se le galardonó con el premio Sokolov de periodismo.

es historiador británico-israelí nacido en Bagdad, es profesor emérito de relaciones internacionales en la Universidad de Oxford y autor de “El muro de hierro: Israel y el mundo árabe” (Almed, Córdoba, 2015) y “Tres mundos: memorias de un judío-árabe” (Almed, Córdoba, 2025).

es profesora titular de Derecho Internacional de los Derechos Humanos en la Universidad Nebrija (Madrid) y coeditora de la revista académica Palestine/Israel Review.

es historiador israelí-norteamericano, es profesor titular de Estudios sobre Holocausto y Genocidio en la Universidad de Stockton (Nueva Jersey), donde dirige asimismo el programa de Máster en Estudios sobre Holocausto y Genocidio.

https://sinpermiso.info/textos/miradas-criticas-al-ultimo-libro-de-omer-bartov-continuidad-y-evolucion-del-sionismo-dossier
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