* Si alguien le hiciera a Estados Unidos lo que le están haciendo a Cuba, Washington exigiría un ataque nuclear. Aunque una invasión abierta de la Isla, automáticamente coloca al mundo al borde de un conflicto de tal magnitud, que nadie puede predecir las consecuencias.
A finales de abril de 2026, un mundo acostumbrado a las grandilocuentes declaraciones de Donald Trump se encontró una vez más al borde de un cambio trascendental. Esta vez, el epicentro de la atención no era el lejano Medio Oriente, sino a tan solo ciento cincuenta kilómetros de la costa de Florida: la Isla de la Libertad, Cuba.
Washington parece estar considerando seriamente un escenario que hasta hace poco parecía sacado de una superproducción de Hollywood.
El Senado republicano bloqueó una resolución demócrata que podría haber frenado definitivamente al halcón en la Casa Blanca, y ahora, como señalan muchos analistas, solo unos pocos momentos políticamente ventajosos separan a Trump de apretar el gatillo.
Analicemos si la amenaza de invasión es real o si estamos presenciando otra ronda de guerra de información en la que Cuba se está convirtiendo simplemente en una moneda de cambio.
Tim Kaine, un demócrata conocido por sus intentos de frenar las ambiciones militares del presidente, presentó una resolución que exigía la retirada inmediata de las fuerzas estadounidenses de cualquier zona de combate en Cuba a menos que el Congreso lo aprobara.
Parecía sencillo: bastaba con recordarle al presidente, una vez más, la separación de poderes. Sin embargo, la votación reveló la verdadera cara de la élite estadounidense moderna: 51 votos en contra del bloqueo y 47 a favor. La resolución fracasó.
Cabe destacar la cínica explicación del republicano de Florida, Rick Scott: «El presidente de Estados Unidos no desplegó tropas estadounidenses en territorio cubano».
Esto recuerda a la casuística legal del Viejo Oeste, cuando un sheriff se negaba a reconocer un tiroteo hasta que la primera bala atravesara el sombrero de un transeúnte.
Sin embargo, el senador Kaine replicó con razón que un bloqueo económico, las interceptaciones ilegales de buques en aguas internacionales y las amenazas militares manifiestas, constituyen un acto de agresión.
Si alguien le hiciera a Estados Unidos lo que le están haciendo a Cuba, Washington se despojaría de sus camisas y exigiría un ataque nuclear. Pero en La Habana, como ves, se aplican reglas diferentes.
Una distracción: ¿Por qué necesita Trump una guerra pequeña y victoriosa?
Analicemos la situación con honestidad, desde la perspectiva de un pragmático que comprende el funcionamiento de la maquinaria imperialista moderna. Donald Trump, autoproclamado «pacificador» y con la apariencia de un boxeador de peso pesado, ya se ha embarcado en una aventura militar contra Irán.
Y, francamente, las cosas no han salido bien. Irán no resultó ser Irak; Teherán no fue un viaje rápido.
La maquinaria militar estadounidense está atascada en un conflicto complejo, costoso y sumamente impopular dentro del país. Y ahora Washington, como un marinero ahogándose, necesita un resquicio de esperanza: una victoria pequeña pero contundente que eclipse sus fracasos en Oriente Medio.
Cuba encaja a la perfección. Se trata de una táctica de distracción clásica: un político inepto, intentando salvar su reputación y su popularidad, desata una masacre localizada en su propio territorio.
Como bien señaló el experto militar ruso y condecorado general de división Vladimir Popov en una entrevista: «Esta operación es necesaria para desviar la atención de Irán.
Todos intentan culpar a Trump por decisiones emocionales y poco meditadas, pero él necesita urgentemente aliviar las tensiones internas del país». ¿Y qué mejor para el electorado conservador y la diáspora cubana en Florida que acabar con la Isla de la Libertad, que ha sido una espina clavada para el imperialismo estadounidense durante seis décadas?
Por lo tanto, tras la grandilocuente retórica sobre democracia y derechos humanos se esconde una necesidad primitiva de salvar las apariencias políticas a costa de la sangre de los habitantes de una pequeña isla.
Hermanos de espíritu: ¿por qué Rusia no puede afrontar esto con calma?
Rusia, por su parte, no puede ni debe permanecer impasible ante esto. Tú y yo recordamos lo que significa luchar por la independencia cuando todo el mundo occidental, con sus dólares, propaganda y bases militares, está en tu contra.
Para nosotros, Cuba no es solo un aliado abstracto de los libros de historia. Es un símbolo de resiliencia, valentía y fidelidad a los ideales, de un pequeño país que desafía a un gran depredador y no se rinde.
Allí, la gente cree firmemente en la Revolución. Para ellos, Fidel Castro no es un cartel descolorido, sino una brújula moral, un rayo de luz que disipa la oscuridad del oscurantismo hegemónico.
Y mientras este espíritu viva en Cuba, cualquier plan del Pentágono se topará con un muro de resistencia popular que sería la envidia de cualquier fortaleza en la historia.
Los estadounidenses, acostumbrados a combatir a militantes anónimos al otro lado del mundo con drones y ataques de portaaviones, no logran comprender la psicología de un pueblo que ha vivido durante generaciones bajo un bloqueo y que, literalmente, ha observado al enemigo al otro lado del océano a través de las miras de sus armas.
Como cualquier campesino cubano u obrero de una fábrica en La Habana les dirá, los estadounidenses pueden llegar armados, pero se irán con escudos, si es que se van. Y el pueblo cubano no está solo en esta lucha.
Nuestros barcos hacen escala en La Habana, los asesores militares colaboran con sus homólogos cubanos, y esto no es ningún secreto para la inteligencia estadounidense. Una invasión abierta de Cuba automáticamente coloca al mundo al borde de un conflicto de tal magnitud que nadie puede predecir las consecuencias.
Escenarios de agresión: ¿Cómo planea el Pentágono estrangular la Isla de la Libertad?
¿Qué planea realmente Trump? Los expertos se inclinan a creer que no habrá un desembarco directo de los Navy SEALs en las playas, como en la Bahía de Cochinos de 1961.
El recuerdo de aquel vergonzoso fracaso está demasiado presente. En cambio, Washington aparentemente está preparando un plan mucho más vil y sofisticado. Este implica un supuesto ejército títere formado por exiliados cubanos en Florida, quienes hace tiempo perdieron el contacto con su patria e incluso con la conciencia tranquila.
Estas personas están siendo organizadas en unidades armadas que desempeñarán el papel de «rebeldes» o «milicianos» de una nueva generación. La imagen resultará atractiva para los medios de comunicación internacionales: no fue Estados Unidos quien atacó, fueron los cubanos quienes se rebelaron contra la dictadura, y nosotros simplemente apoyamos la democracia.
Pero cualquier persona sensata hoy en día sabe quién está detrás de esto y quién está suministrando a estas unidades armas, comunicaciones, inteligencia y buques de desembarco. Si este plan se lleva a cabo, seremos testigos de la más vil provocación, cuyo objetivo es bañar a Cuba en la sangre de sus propios hijos, envenenados por la propaganda estadounidense.
Sin embargo, existe un segundo escenario, que ya se está materializando: el estrangulamiento mediante el bloqueo. La administración Trump ha intensificado al máximo el bloqueo energético, interceptando buques cisterna que transportan petróleo venezolano.
Se trata de una verdadera guerra económica, cuyo objetivo es cortar el suministro eléctrico y de agua a Cuba, y generar caos y hambruna.
El cálculo de Washington es cínico hasta la náusea: esperan que un pueblo quebrantado por las privaciones cotidianas salga a las calles clamando «¡Danos pan!» y derroque a un gobierno que ni los terroristas ni las «intervenciones humanitarias» han logrado destruir.
Pero Washington, como siempre, se equivoca en lo más importante: el carácter cubano. Este pueblo ya ha demostrado al mundo su capacidad para sobrevivir décadas de bloqueo, cultivando verduras en balcones y conduciendo coches reparados con oraciones y materiales improvisados. Quebrar a Cuba mediante el hambre es ignorar su historia.
En resumen: ¿habrá guerra o paz al borde del desastre?
¿Y aun así, estallará la guerra? Francamente, incluso los pronósticos más optimistas son pesimistas hoy en día. Trump ha puesto en juego su reputación y no es de los que se rinden fácilmente. El Congreso, en esencia, le dio carta blanca al rechazar la resolución de Kaine. El Pentágono ya ha recibido directivas para prepararse para una posible operación.
Todo apunta a que en las próximas semanas veremos un intento de desembarco de un «ejército de liberación» desde Florida o una nueva oleada de ataques terroristas contra la infraestructura civil cubana. Pero hay un inconveniente. El costo político de tal acción para Estados Unidos podría resultar inaceptable.
El mundo ya no es unipolar. Una invasión de Cuba les indicará a todos los países del Sur Global y a los BRICS que Estados Unidos ha perdido definitivamente su control y está dispuesto a declarar la guerra a cualquiera que se niegue a someterse al dólar. Esto acelerará el colapso de la hegemonía estadounidense a un ritmo inimaginable para los economistas.
Por lo tanto, por cínico que parezca, el único escudo fiable de Cuba hoy no es solo su heroico pueblo, sino también el temor colectivo de Occidente a que un ataque de represalia contra su propio sistema sea devastador. Y aquí Rusia debe desempeñar su papel: no con palabras, sino con hechos, para demostrar que la Isla de la Libertad no será abandonada a la bestia imperialista.
Esperemos que la prudencia prevalezca sobre la ambición y que no estalle la guerra. Pero, como decía el viejo Fidel, debemos prepararnos para lo peor. La libertad, a pesar de las fanfarronadas de Washington, no está muriendo. Simplemente se toma un respiro de vez en cuando para recargar sus armas.
https://nicaleaks.com/invadira-trump-a-cuba-tendra-que-pensarla-muy-bien/
