Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

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Trump anunció que había ganado. Irán demostró que había ganado

Estados Unidos entró en la guerra contra Irán con una lista de quince demandas. Cuarenta días después, el resultado es que Trump aceptó negociar sobre la base de los diez puntos que redactó Teherán.

Noventa minutos antes de que venciera su propio ultimátum —destruir puentes, centrales eléctricas y plantas de agua potable en Irán, amenaza que la ONU calificó sin ambages como crimen de guerra—, Donald Trump publicó un mensaje en Truth Social: alto al fuego bilateral de dos semanas, suspensión de los bombardeos, negociaciones en Islamabad a partir del 10 de abril.

Cuarenta días de guerra, miles de muertos iraníes, precios del petróleo por encima de los 113 dólares el barril, gasolina estadounidense en 4,14 dólares el galón, y el resultado es que la Casa Blanca aceptó como base de negociación un plan de diez puntos diseñado en Teherán y transmitido a través de Pakistán.

No es el primer retroceso de Trump. 

El concepto ya tiene un nombre propio dentro de la cultura política norteamericana: TACO, acrónimo de Trump Always Chickens Out (Trump siempre retrocede como una gallina)

Lo usó CNN en un análisis del 24 de marzo cuando Trump suspendió por primera vez ataques planeados contra plantas eléctricas iraníes. 

Lo repitieron analistas del think tank Arms Control Association en un informe publicado el 4 de abril, donde documentaron que los negociadores estadounidenses llegaron a cada ronda sin preparación técnica suficiente y que la administración había decidido ir a la guerra antes de que cualquier proceso diplomático pudiera prosperar. 

Lo que ocurrió este martes no es un accidente. Era el modus operandi.

Pakistán en el centro, Israel afuera

El arquitecto visible del momento es el mariscal de campo Asim Munir, jefe del Ejército pakistaní, quien mantuvo contacto ininterrumpido durante la noche del lunes con el vicepresidente JD Vance, el enviado especial Steve Witkoff y el canciller iraní Abbas Araghchi. 

El primer ministro Shehbaz Sharif fue quien solicitó formalmente a Trump prorrogar el ultimátum dos semanas y quien anunció públicamente el acuerdo, afirmando que el alto al fuego incluía el Líbano. 

Hay quienes sostienen que el propio Departamento de Estado (no la vicepresidencia) propuso a Pakistan que lanzara la propuesta de dos semanas de alto el fuego para ofrecer una elegante salida al entrampado Trump).

Islamabad no es un actor neutral tiene lazos históricos con Irán que datan de décadas, un interés geopolítico directo en contener el conflicto en su frontera occidental extendida, y una capacidad de comunicación con Teherán que ninguna potencia occidental posee en este momento. 

Lo mismo tiene una relación especial con la inteligencia y el estado profundo norteamericano, no tanto con el trumpismo (recordar enfrentamientos con India).

La arquitectura del acuerdo excluye a Israel de la mesa. 

Las negociaciones en Islamabad serán entre delegaciones iraní y estadounidense, con mediación pakistaní. Netanyahu no tiene representación directa. 

La Casa Blanca, de acuerdo a lo que informan medios occidentales (CNN) sostiene que Israel también acordó suspender su campaña de bombardeos, pero lo hizo como parte del esquema trazado por Trump, no como actor con voz en las negociaciones que se vienen.

El primer ministro israelí se había limitado, en la conferencia de prensa del 18 de marzo, a decir que respetaba las decisiones del presidente Trump, declaración que, viniendo de quien afirmó haber sido el impulsor real de la guerra —según reveló el propio secretario de Estado Marco Rubio el 2 de marzo al admitir que EEUU entró para evitar que las represalias iraníes contra una acción israelí solo afectaran a sus aliados—, equivale a una rendición de posición.

El rol de Pakistán como mediador no es un hecho aislado ya que Islamabad actúa como bisagra de China, y Pekín no oculta su respaldo a la iniciativa

En las últimas horas, el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, mantuvo conversaciones con su par iraní, Abbas Araqchi, y luego con el canciller chino, Wang Yi. 

La coordinación entre Moscú, Pekín y Teherán es total. 

No se trata de una mediación neutral, sino de la consolidación de un eje geopolítico que ha decidido que la guerra debe terminar en los términos del agredido, no del agresor.

China, en particular, tiene razones de peso para acelerar el desenlace.

 En las horas previas al ultimátum de Trump, la aviación israeli bombardeó infraestructura ferroviaria vital que formaba parte de proyectos de la Franja y la Ruta, mas precisamente Israel atacó Kashan y afectó el corredor ferroviario Xinjiang–Irán. 

Pekín lo tomó como una línea roja. No es una advertencia, ni un error, es un hecho consumado. Beijing no tolera que sus inversiones sean blanco de ataques estadounidenses y de sus aliados, y su respuesta fue acelerar el cerco diplomático sobre Washington.

La exclusión de Israel no es accidenta, anteriormente Irán dejó en claro desde el inicio que no negociaría con Tel Aviv bajo ninguna condición. 

El Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní, en el comunicado fue explícito: “las negociaciones en Islamabad se desarrollarán exclusivamente sobre la base del plan de diez puntos presentado por Teherán”.

Eso significa que Israel, que inició la escalada en junio de 2025 asesinando a mandos de la Guardia Revolucionaria y científicos nucleares iraníes, y que el 28 de febrero participó en la Operación Furia Épica con más de 200 cazas en lo que sus propios militares describieron como la mayor operación aérea en su historia, queda fuera del marco que resolverá el conflicto que provocó.

La derrota diplomática de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU fue el anticipo de su derrota militar y el acelerador del cese al fuego. 

La resolución redactada por Baréin, que condenaba exclusivamente a Irán por sus ataques a países del Golfo sin mencionar la agresión estadounidense-israelí y que insistía en una fuerza internacional para el desbloqueo del estrecho, era la última herramienta de Washington para aislar a Teherán en el plano internacional. Rusia y China la vetaron.

No fue una abstención, como en votaciones anteriores. Fue un veto directo, explícito, sin ambigüedades. 

El mensaje de Pekín y Moscú fue claro: no habrá condena a Irán mientras los verdaderos agresores queden impunes. 

Sin ese paraguas diplomático, la administración Trump perdió toda capacidad de construir una coalición internacional contra la República Islámica.

La guerra, que ya era un desastre militar, se convirtió también en un aislamiento político. El TACO de Trump no fue solo militar: fue diplomático, estratégico y, sobre todo, irreversible.

Diez puntos contra quince: la arquitectura de la rendición negociada

El plan de diez puntos iraní fue transmitido a Washington a través de Pakistán.

Sus ejes centrales son:

Cese total de las hostilidades en Irak, Líbano y Yemen.
Cese permanente e irrevocable de todos los ataques contra Irán, sin límite de tiempo.
Fin integral de todos los conflictos en la región.
Reapertura del Estrecho de Ormuz.
Establecimiento de un protocolo y condiciones que garanticen la libertad y la seguridad de la navegación en el Estrecho de Ormuz.
Pago íntegro de la indemnización por reconstrucción a Irán.
Levantamiento total de todas las sanciones contra Irán.
Liberación de los fondos y activos iraníes congelados en el extranjero, particularmente en Estados Unidos.
Compromiso de Irán de no desarrollar armas nucleares.
Implementación inmediata de un alto el fuego en todos los frentes, una vez aceptadas las condiciones anteriores.

Teherán rechazó categóricamente desde el principio la propuesta de quince puntos que Washington había hecho circular: la describió, por boca de su portavoz Esmail Baghaei, como “excesiva, poco realista e irracional”. 

Esa propuesta exigía el desmantelamiento de las instalaciones nucleares en Natanz, Isfahan y Fordow, la entrega del uranio enriquecido al OIEA, límites a los misiles balísticos y el cese del apoyo a los aliados regionales del Eje de la Resistencia.

Lo que Trump aceptó como “base viable de negociación” es exactamente lo que Irán estaba dispuesto a conceder; una pausa con control iraní de la vía marítima más estratégica del planeta, a cambio de una suspensión de los bombardeos.

 No hay en el acuerdo ningún elemento de las demandas originales estadounidenses. 

Las dos semanas que comienzan el 10 de abril en Islamabad comenzarán con la agenda iraní, no con la norteamericana.

Las presiones internas que Trump no puede ignorar

El TACO de este martes no puede entenderse sin sus causas internas. Trump prometió en campaña no involucrarse en nuevas guerras. 

Su base MAGA, que le es fiel en casi todo, es profundamente escéptica de las aventuras militares en Asia Occidental después de Irak y Afganistán.

El precio de la gasolina, ya en 4,14 dólares el galón, afecta directamente a ese electorado y en un año de elecciones de medio termino. 

El precio del crudo cerró el lunes en 113 dólares, nivel que amenaza con desencadenar una recesión en el año en que el Partido Republicano necesita consolidar su posición antes de las legislativas.

Al interior de su administración las fracturas son visibles.

 Marco Rubio, Secretario de Estado, dijo el 2 de marzo que EEUU entró en guerra para prevenir represalias iraníes contra fuerzas estadounidenses tras una acción israelí inevitable, lo que implicaba admitir que Israel arrastró a Washington a un conflicto. 

Trump lo contradijo al día siguiente frente al canciller alemán Friedrich Merz, diciendo que él había forzado la mano de Israel, no al revés. 

Pete Hegseth, Secretario de Defensa, afirmó que no era una guerra de cambio de régimen, mientras Trump en Truth Social llamaba a los iraníes a derrocar a su gobierno. 

Tres versiones incompatibles de la misma guerra, pronunciadas en pocas horas.

La senadora republicana Lisa Murkowski fue más allá: declaró que las amenazas de Trump de destruir “toda una civilización” no pueden excusarse como táctica negociadora y que representan una afrenta a los valores que su nación dice defender. 

El derribo de al menos un avión de combate F-15 estadounidense sobre territorio iraní, confirmado por tres fuentes independientes y cuya búsqueda de tripulación Tasnim describió como ‘infructuosa’, aumentó la presión política interna.

El FBI elevó la alerta antiterrorista a nivel nacional. 

Los mercados financieros, que ya venían castigando las carteras de inversión, rebotaron con fuerza apenas se conoció el acuerdo: señal de que el capital interpretó correctamente que la alternativa —destruir infraestructura civil iraní— habría tenido consecuencias económicas globales catastróficas.

La victoria iraní y lo que dice el Consejo de Seguridad Nacional

El comunicado del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, no deja margen para interpretaciones ambiguas. 

Presenta el acuerdo como una victoria de la República Islámica. El texto señala que Irán presentó los diez puntos, que EEUU los aceptó como base de las negociaciones, y que en consecuencia se negociará en Islamabad durante dos semanas exclusivamente sobre esos principios. 

Añade con énfasis que esto “no significa el fin de la guerra” y que las fuerzas iraníes permanecen “preparadas para la acción”.

La portavoz del Gobierno iraní, Fatemeh Mohajerani, respondió a IRNA con una frase que condensa la postura oficial: La puerta al diálogo se abre con respeto; el estrecho camino de las amenazas, la mezquindad y la humillación no es una vía. Las amenazas de Trump de destruir toda una civilización, dijo, son una señal de ignorancia de la historia de una nación que ha superado repetidamente crisis y sigue en pie.

Lo que Irán logró en cuarenta días es objetivamente notable desde cualquier perspectiva estratégica. 

Resistió la mayor operación aérea conjunta en la historia de Israel, el primer ataque militar directo de EEUU en territorio iraní desde 1980, el asesinato del Líder Supremo Ali Jamenei y parte de su familia, y la destrucción parcial de sus instalaciones nucleares.

 Mantuvo operativo el mecanismo de cierre del Estrecho de Ormuz durante más de un mes, lo que provocó una reducción de 7,5 millones de barriles diarios de producción en los países del Golfo y amenazó con llegar a 9,1 millones en abril. 

Derribó al menos un avión F-15 y dañó un F-35. Y logró que el adversario que amenazaba con devolver a Irán a la Edad de Piedra terminara aceptando negociar sobre la agenda iraní, en la capital de un país mediador que Teherán eligió.

La derrota militar de Estados Unidos no se mide solo en bajas, sino en objetivos incumplidos. 

Fuentes del Pentágono que pidieron no ser identificadas elevaron la cifra de soldados estadounidenses muertos a 47 (oficialmente) en ataques con misiles y drones iraníes mientras que los heridos supera gravemente lo tolerado por el generalato en el pentágono se volvía insostenible, además de los derribos de aeronaves.

Pero el golpe más humillante fue en Isfahan. 

La operación diseñada por el Pentágono para extraer uranio enriquecido de las instalaciones nucleares iraníes —que sería presentada a la opinión pública como una gesta épica que justificaría la guerra— terminó en un desastre absoluto. Las fuerzas especiales estadounidenses, que debían ingresar y salir con el botín estratégico, fueron detectadas antes de alcanzar su objetivo.

En esta operación fallida dadas en las últimas horas, sufrieron bajas, abandonaron equipos de alta tecnología en el terreno, destruyeron sus propias aeronaves y se retiraron bajo fuego sin haber cumplido la misión. 

La Casa Blanca nunca reconoció oficialmente la operación y la camuflo como parte de la misión de rescate de sus pilotos derribados, pero los restos de los dispositivos de última generación que quedaron en poder de la Guardia Revolucionaria son una prueba irrefutable del fracaso. Lo que debía ser la foto de la victoria se convirtió en un desastre clasificado.

Lo que le espera a Israel y lo que puede esperarse a partir del miércoles

Netanyahu está en una posición sin salida visible. Funcionarios israelíes confirmaron en distintos medios su preocupación por el acuerdo temporal. 

Su narrativa de haber cumplido más de la mitad de los objetivos militares choca con la realidad de que la guerra termina, o pausa, sin que Irán haya firmado ningún compromiso sobre su programa nuclear, sin que la Guardia Revolucionaria haya sido desmantelada, y sin que el Eje de la Resistencia haya sido destruido. 

Irán sigue siendo el actor central que determinará el resultado.

Lo que Netanyahu sí logró es la destrucción de una parte de la infraestructura iraní, el asesinato del Líder Supremo —que para la Guardia Revolucionaria convirtió el conflicto en una guerra santa— y el aislamiento diplomático de Israel respecto al proceso de paz que se abre.

 Su socio ha decidido negociar sin él. Y su país, que ha visto cómo misiles iraníes alcanzaban Tel Aviv, Haifa y los Altos del Golán, enfrenta ahora una pregunta que no tiene respuesta sencilla: si el acuerdo en Islamabad prospera y EEUU levanta sanciones a Irán, ¿en qué posición queda Israel respecto al país que su primer ministro fue a visitar a Trump en febrero precisamente para garantizar que Washington no firmaría ningún acuerdo separado con Teherán?

La respuesta de los medios israelíes es reveladora en lo que omite. 

Los canales de noticias israelíes cubrieron el acuerdo centrándose en la cláusula sobre el Líbano y en las garantías de seguridad, sin discutir que Israel quedó fuera de las negociaciones. 

El periódico Yediot Ahronot, más crítico del gobierno, sí señaló la contradicción: Netanyahu comenzó esta guerra diciendo que cambiaría el equilibrio regional y la termina —si la tregua prospera— sin haber obtenido ninguno de sus objetivos declarados.

En la prensa y el análisis crítico internacional el cuadro es más claro. 

El Economist y Financial Times, no exactamente proclives al antiimperialismo, habían anticipado semanas antes que Trump buscaría una salida que pudiera vender como victoria sin serlo.

Lo que debería suceder el 10 de abril

Las delegaciones se reunirán en Islamabad a partir del viernes. 

Irán enviará negociadores de más alto nivel, según su Consejo de Seguridad. EEUU enviará, según fuentes de la Casa Blanca a Steve Witkoff, Jared Kushner y posiblemente a JD Vance a quien muchos pretenden presidenciarlo destituyendo a Trump. 

La mediación formal estará a cargo de Pakistán. La agenda, explícitamente, es el plan iraní de diez puntos.

Los obstáculos son estructurales. Irán insistió en que no aceptará un alto al fuego temporal sino el fin permanente de la guerra con garantías. 

Trump necesita que el Estrecho de Ormuz se abra completamente porque el costo económico doméstico es insostenible. Israel, excluido de la mesa, puede boicotear el proceso con ataques que rompan la tregua —ya ocurrió antes—.

El escenario más probable en las próximas dos semanas es una negociación áspera en la que Irán cede en la apertura de Ormuz a cambio de garantías de no reanudación de los ataques, y en la que las grandes cuestiones —el programa nuclear, los misiles, el papel regional de la CGRI— quedan diferidas para una negociación posterior.

Es la estructura del JCPOA de 2015 con otro nombre y otro contexto, en un país que ganó una batalla o una guerra, recompuso la unidad nacional y consolido meteóricamente un nuevo liderazgo y donde la Guardia Revolucionaria y los basijis (estructuras puntales de la vanguardia revolucionaria islámica) han ganado notable prestigio.

Lo que no puede esperarse es un acuerdo que satisfaga las demandas originales de Washington. 

El OIEA confirmó que Irán no tiene un programa activo de armas nucleares.

 La inteligencia estadounidense no respalda la narrativa de amenaza inminente. 

La guerra fue, como describió el propio sistema institucional norteamericano en sus filtraciones, una decisión tomada antes de que el proceso diplomático tuviera oportunidad de prosperar.

El resultado cuarenta días después es que el agresor negocia en los términos del agredido, en la capital elegida por el agredido, sobre la base del plan redactado por el agredido.

Eso es lo que en Washington llaman TACO. En el resto del mundo tiene otro nombre.

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Fernando Esteche* Dirigente del Encuentro Patriótico. Doctor en Comunicación Social (FPyCS-UNLP). Director de PIA Global.

Tadeo Casteglione* Experto en Relaciones Internacionales y Experto en Análisis de Conflictos Internacionales, Periodista internacional acreditado por RT, Diplomado en Geopolítica por la ESADE, Diplomado en Historia de Rusia y Geografía histórica rusa por la Universidad Estatal de Tomsk. Miembro del equipo de PIA Global.

*Foto de la portada: PIA Global

https://noticiaspia.com/trump-anuncio-que-habia-ganado-iran-demostro-que-habia-ganado/

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