Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

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India en la encrucijada

“No elegimos entre imperios; elegimos dignidad, soberanía y libertad.”
(Sukarno, estadista, activista y revolucionario indonesio)

Bajo el mandato del primer ministro Narendra Modi, la política exterior de la India ha experimentado una evolución significativa, con el objetivo de posicionar al país como una voz líder para el Sur Global, al tiempo que fortalece los lazos estratégicos, económicos y tecnológicos con el mundo occidental (Norte Global). 

Esta doble orientación, a menudo denominada enfoque de "construcción de puentes", ha generado un intenso debate sobre si la India está defendiendo al mundo en desarrollo o priorizando sus propias aspiraciones de convertirse en un líder de opinión global —un "Vishwa Guru"— a expensas de la solidaridad con el Sur.

En este punto en particular, hay algo profundamente inquietante en el espectáculo de Narendra Modi preparándose, casi con entusiasmo, para otro encuentro con el Grupo de los Siete. 

No se trata simplemente de diplomacia. No es una maniobra política rutinaria. Es un símbolo —dolorosamente simbólico— de un cambio psicológico y político más profundo en la postura global de la India. Un alejamiento de la solidaridad con los oprimidos, hacia la cercanía con el poder. Un alejamiento del Sur Global, hacia los pasillos de la dominación occidental.

India se encuentra hoy en una encrucijada civilizatoria. Y bajo el mandato de Modi, parece estar eligiendo el camino equivocado.

Del no alineamiento al neoalineamiento

La herencia moral y política de la India se fundamenta en la visión del Movimiento de Países No Alineados, un proyecto impulsado por líderes como Jawaharlal Nehru y Sukarno, quienes imaginaron un mundo más allá de las dicotomías de la Guerra Fría y las jerarquías imperiales. 

La India no estaba destinada a ser un instrumento de poder subordinado que buscaba validación, sino una voz de conciencia que se solidarizaba con África, Asia y América Latina en sus luchas contra el colonialismo y la dominación.

Esa visión era imperfecta. Pero tenía dignidad. Hoy, esa dignidad se está erosionando.

Los repetidos acercamientos a las plataformas occidentales —en particular al G7, del que India ni siquiera es miembro— no denotan confianza estratégica, sino una profunda inseguridad. 

El G7 representa un grupo de economías históricamente dominantes cuya riqueza e influencia están intrínsecamente ligadas a la explotación colonial y a las desigualdades globales contemporáneas.

¿Por qué, entonces, este persistente deseo de pertenecer?

La mirada aria: una pregunta que debemos atrevernos a plantear.

Analicemos las cosas con detenimiento.

La actual orientación de la política exterior de la India tiene un trasfondo psicológico inquietante: una inclinación hacia la aprobación occidental que va más allá del compromiso pragmático. 

Refleja lo que podría describirse como una «mirada aria»: un impulso civilizatorio moldeado por las secuelas del colonialismo, donde la validación de las potencias occidentales, predominantemente blancas, se considera un indicador de legitimidad global.

No se trata de una acusación abstracta. Se manifiesta en patrones. Tres preguntas difíciles.

¿Por qué priorizar la imagen pública en las capitales occidentales sobre el contenido en el Sur Global?

¿Por qué buscar la aprobación del poder en lugar de solidarizarse con la lucha?

¿Por qué India parece más interesada en ser vista en los foros occidentales de élite que en liderar alianzas transformadoras del Sur?

Esto no es solo diplomacia. Es orientación.

Los BRICS y la posibilidad abandonada

El grupo BRICS representa una de las posibilidades geopolíticas más importantes del siglo XXI. Con su creciente número de miembros y su peso económico, ofrece una alternativa creíble a instituciones dominadas por Occidente como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, instituciones que históricamente han impuesto austeridad, préstamos condicionados y dependencia estructural a los países en desarrollo.

India debería liderar esta transformación. En cambio, se muestra indecisa, dividida entre su potencial como líder del Sur Global y su deseo de obtener la aprobación de Occidente. Esta ambivalencia debilita no solo a los BRICS, sino también el proyecto más amplio de construir un orden mundial más equitativo.

El liderazgo exige claridad. Exige convicción.

¿Por qué estamos aquí?

¿Por qué India se siente obligada a buscar un espacio en foros como el G7?

La Unión Europea no ha tratado a la India como un socio en igualdad de condiciones.

 Las negociaciones comerciales han reflejado repetidamente asimetrías —en materia de propiedad intelectual, acceso a la agricultura, gobernanza digital y normas regulatorias— que favorecen a las corporaciones e intereses estratégicos europeos por encima de las prioridades de desarrollo de la India.

Estados Unidos opera de manera similar. Mediante regímenes de sanciones, presión estratégica y alianzas condicionadas, ha institucionalizado un sistema donde se recompensa la alineación y se penaliza la independencia. Esto no es una alianza. Es una desigualdad estructurada.

La dignidad importa

Si el G7 desea dialogar con el Sur Global, el debate debe cambiar: de los marcos de seguridad y la contención geopolítica a la justicia, las reparaciones y la rendición de cuentas histórica. 

La riqueza europea se construyó, en gran medida, sobre la base de la extracción colonial, la esclavitud y la explotación sistemática. Esa historia no puede borrarse con la retórica contemporánea sobre la democracia y el orden basado en normas.

El colonialismo fue violencia. El neocolonialismo, aunque más sutil, continúa esa violencia mediante la coerción económica y la dominación institucional.

Irán y la política de demonización

Consideremos el trato que recibe Irán.

En lugar de abordar a Irán como un Estado civilizado con legítimas quejas históricas y preocupaciones de seguridad, las potencias occidentales lo han presentado persistentemente como una fuerza desestabilizadora. 

Las sanciones, el aislamiento y las amenazas militares han sustituido a una diplomacia constructiva. El resultado es un sufrimiento prolongado para la población y una creciente inestabilidad global.

Calificar a las naciones de «terroristas» e ignorar siglos de violencia colonial refleja una preocupante incoherencia moral. El lenguaje del terrorismo se ha aplicado con frecuencia de forma selectiva, utilizándose como arma para deslegitimar la resistencia y, al mismo tiempo, exculpar la agresión histórica.

Si el G7 busca credibilidad, debe comenzar por afrontar estas contradicciones.

Israel y el colapso moral:

La creciente relación de la India con Israel representa quizás la ruptura más visible con sus compromisos históricos.

India, otrora firme defensora de la autodeterminación palestina, ahora mantiene relaciones con Israel a través de alianzas en materia de defensa, cooperación en inteligencia y alianzas diplomáticas. 

Este cambio refleja no solo una reevaluación estratégica, sino también un abandono más generalizado de la claridad moral.

En un momento en que la conciencia global sobre el sufrimiento palestino se intensifica, esta alineación sitúa a la India en directa contradicción con su propio legado anticolonial.

No se trata solo de un cambio de política. Es una ruptura moral.

El Sur Global y un vacío de liderazgo.

El Sur Global se enfrenta a crisis interconectadas: injusticia climática, dependencia de la deuda, desigualdad económica y marginación política. Lo que le falta no es potencial, sino liderazgo.

India tiene la capacidad de desempeñar ese papel. Pero el liderazgo exige independencia. Exige resistir la influencia de las estructuras de poder dominantes. 

Exige construir coaliciones basadas en la equidad, no en la cercanía al privilegio. Una política exterior impulsada por el deseo de figurar entre los poderosos no es liderazgo. Es alineación.

Una crisis de identidad

En esencia, este momento refleja una crisis más profunda.

¿Qué representa la India? ¿Es una nación poscolonial comprometida con la justicia y la solidaridad?
¿O una nación que aspira al poder y busca la aprobación de quienes una vez la gobernaron?

La respuesta no solo determinará el futuro de la India, sino también la trayectoria del poder global.

Conclusión: Elegir la dignidad por encima de la aprobación.

La pregunta que se plantea en la India es sencilla, pero profunda:


¿Elegirá la dignidad o la aprobación?

¿Se alineará con el Sur Global o buscará la aceptación de quienes históricamente lo han dominado?

En el fondo de esta elección subyace algo que rara vez afrontamos: nuestros propios complejos. La sombra del colonialismo persiste no solo en las instituciones, sino también en la mente. 

En el silencioso anhelo de validación occidental. En la creencia de que el reconocimiento de las naciones poderosas confiere legitimidad. Esto no es estrategia. Es un residuo psicológico de la subyugación.

Narendra Modi ha dejado clara su postura. Pero una nación es más grande que su liderazgo. Su pueblo aún conserva el poder de exigir un camino diferente, uno basado en el respeto propio, la solidaridad y la independencia.

Para liderar el Sur Global, India primero debe liberarse: de esta necesidad de aprobación, de las inseguridades heredadas, de la ilusión de que la proximidad al poder equivale al poder mismo.

Romper con estos complejos es recuperar la dignidad. Permanecer atado a ellos es permanecer, en espíritu, colonizado.

La historia juzgará este momento. La única pregunta es: ¿De qué lado estará la India?

https://countercurrents.org/2026/04/india-at-the-crossroads-3/

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