Hay algo que durante décadas pasó frente a nuestros ojos sin que lo cuestionáramos. No porque fuera invisible, sino porque estaba cuidadosamente maquillado con palabras bonitas.
Nos dicen que los alimentos han sido “mejorados”. Que el trigo fue “mejorado”. Que el pan moderno es fruto del “mejoramiento”. Y esa palabra suena positiva, tranquilizadora, científica.
Pero en realidad no significa nada desde el punto de vista biológico humano.
Porque yo no puedo mejorar algo que ya era perfecto para su función.
Imagínese que yo altero el genoma de un caballo y ahora el caballo tiene ocho patas.
Se mueve torpe, lento, descoordinado. No corre mejor, no vive mejor, no es más sano.
Pero yo lo pongo en un circo, cobro entrada, hago marketing, lleno las graderías y gano dinero.
Desde mi punto de vista económico, hubo un beneficio.
¿Usted diría que “mejoré” el caballo?
Eso es exactamente lo que ocurre con los alimentos procesados.
Se alteran no para que el cuerpo humano funcione mejor, sino para que el producto sea más rentable, más estable, más vendible, más adictivo. El organismo se enferma, pero el negocio prospera. Y a eso se le llama “mejoramiento”.
Luego viene la segunda parte del circuito, la que casi nunca se dice en voz alta.
El paciente se enferma. No de inmediato, sino lentamente. Inflamación crónica, alteraciones metabólicas, resistencia a la insulina, daño orgánico silencioso.
Entonces aparece el tratamiento. No una vez. No por un tiempo. Se le dice que es crónico. Que es para toda la vida. Que “así funciona la enfermedad”.
Desde el punto de vista del sistema, el caballo con ocho patas fue un éxito.
Desde el punto de vista del ser vivo, fue una condena.
Eso, francamente, es diabólico.
Porque no es un daño colateral. Es un modelo de negocio. Se enferma con alimentos alterados, se cobra con comida industrial, y luego se vuelve a cobrar con medicamentos de por vida, todo envuelto en guías clínicas, consensos y palabras técnicas que suenan correctas.
Y este engaño no se queda solo en la industria. Se filtra directamente hacia la práctica clínica.
Durante décadas hemos visto cómo los mismos nutricionistas indican a las personas comer pan integral de forma habitual, mientras al mismo tiempo les dicen que saquen la yema del huevo y que eliminen la grasa natural de la carne. Como si esas grasas fueran el problema.
Y es exactamente al revés.
La yema del huevo es uno de los alimentos más nutritivos que existen. Es esencial para el sistema hormonal, el sistema inmune, el sistema endocrino y el buen funcionamiento cerebral.
La grasa natural de la carne es fundamental para la síntesis hormonal, la estabilidad metabólica y la señalización celular.
Y aun así, eso se demoniza.
Mientras tanto, el pan, blanco o integral, se protege.
Como no hay forma fisiológica honesta de justificar que el pan haga bien, se recurre al último argumento posible: “coma poco”. No porque sea sano, sino para que no haga tanto daño.
Es la misma lógica de decir fume menos. No porque sea bueno, sino para que el deterioro sea más lento.
He visto personalmente sesiones largas donde los mismos doctores desayunan pan. Sus familias desayunan pan.
El pan se normaliza incluso dentro del mundo médico. Y después la sociedad se pregunta por qué hay tanto cáncer.
La literatura científica es clara en algo fundamental: gran parte del cáncer moderno se asocia a inflamación crónica y a alteraciones metabólicas sostenidas en el tiempo.
Y la pregunta incómoda es inevitable: ¿qué alimentos, consumidos todos los días durante años, generan inflamación crónica y estrés metabólico?
El trigo moderno.
Aquí aparece la fisiopatología que casi nunca se explica.
El consumo repetido de trigo moderno genera picos de glucosa e hiperinsulinemia sostenida. Esto activa vías inflamatorias sistémicas.
A nivel intestinal, ciertas proteínas del trigo aumentan la permeabilidad intestinal, permitiendo el paso de antígenos que activan el sistema inmune innato.
Se liberan citoquinas proinflamatorias como interleuquina-6 (IL-6), factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α) y otros mediadores que mantienen al organismo en un estado de inflamación de bajo grado permanente.
El páncreas paga el precio.
La inflamación crónica induce estrés oxidativo y estrés del retículo endoplásmico en las células beta pancreáticas, obligándolas a producir insulina de forma sostenida hasta su agotamiento funcional.
Este proceso ocurre lentamente, durante años, lo que explica por qué los exámenes de sangre pueden ser normales durante tanto tiempo mientras los órganos ya están enfermos.
Y no contentos con esto, el engaño semántico va aún más lejos.
Hoy se separa el tejido animal completo en partes, como si eso fuera natural. Se separa la grasa de la carne. Se separa la proteína del resto del alimento.
Se venden proteínas aisladas, despojadas de su contexto biológico, en envases de plástico.
Pero en la naturaleza eso nunca ha existido.
Un alimento real funciona como una llave.
Cada diente de la llave cumple una función.
Un diente es la proteína.
Otro es la grasa.
Otro es el colesterol.
Otro son las vitaminas.
Otro los minerales.
Todos juntos permiten que la llave funcione.
Cuando se separan los dientes y se venden por separado, ya no existe una llave funcional. Y sin embargo, eso es exactamente lo que hace la industria: vende piezas aisladas de baja calidad como si fueran nutrición real.
¿Con qué fin?
Con crear mercados multimillonarios. No importa enfermar a la población a largo plazo. Importa vender hoy.
En la naturaleza no existen proteínas aisladas listas para comer. No existen grasas descontextualizadas.
No existen alimentos desarmados en partes. Eso solo existe en un laboratorio.
El problema no es la persona.
El problema no es la falta de voluntad.
El problema es un sistema que aprendió a manipular el lenguaje para manipular la biología.
Cuando dejamos de cuestionar las palabras, el cuerpo paga la cuenta.
Y la pregunta incómoda es inevitable: ¿desde hace cuántas décadas que nos vienen contando la misma historia?
Durante años se enseñó una pirámide nutricional que hoy incluso en Estados Unidos fue abandonada por ineficaz. No porque fuera una moda, sino porque fracasó.
Hoy se estima que más del 90% de los adultos en Estados Unidos presenta algún grado de alteración metabólica, como resistencia a la insulina, obesidad central, dislipidemia o hipertensión.
La salud metabólica plena es la excepción.
En América Latina, se estima que al menos un tercio de la población adulta presenta resistencia a la insulina o alteraciones metabólicas relacionadas, muchas veces sin diagnóstico.
Estos números aparecieron después de décadas siguiendo exactamente las mismas recomendaciones.
Quizás, frente a nuestros ojos, está ocurriendo el mayor experimento científico de la historia, no declarado, no ético, pero real. Un experimento poblacional masivo, sostenido durante décadas, donde se alteraron alimentos, se manipuló el lenguaje, se separaron nutrientes y se demonizaron alimentos reales.
No es randomizado en el papel.
No es doble ciego en un protocolo.
Pero es global, masivo y en tiempo real.
Y aun así, muchos prefieren no verlo.
Por eso, a todos mis pacientes les digo siempre lo mismo: no existe mejor alimento que el que ya existe en la naturaleza desde hace milenios.
Separar la grasa de la carne, separar la proteína del huevo, separar los componentes de un vegetal y venderlos por separado sería como desarmar una receta, vender cada ingrediente por separado en un frasco de plástico y decirle a la gente que ese ingrediente, por sí solo, es beneficioso.
Nadie se alimentó así durante la historia humana.
Los alimentos reales funcionan como sistemas integrados. Cuando se los desarma, se pierde el sentido biológico. Y cuando se pierde el sentido biológico, aparece la enfermedad.
Tal vez el problema nunca fue que la gente no siguiera bien la dieta.
Tal vez el problema fue la dieta misma.
Y quizás, solo quizás, la respuesta estuvo siempre ahí, frente a nosotros, en lo que la naturaleza ya había resuelto mucho antes de que decidiéramos “mejorarla”.
Doctor Salinas. Enero 2026. Todos los derechos reservados. 
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