9 de marzo de 2017

Venezuela: La culpa es de Chávez


La derecha venezolana ni siquiera tiene la virtud de construir su propio guion. No es necesario, lo que importa saber es si ese núcleo de ideas poco a poco permea en la sociedad, se instala como nuevo sentido común.
Ya no existe el derecho a la inocencia. Las revoluciones son esto que vivimos y nos quema.

 Están hechas de héroes, traidores, jugadas épicas, sucias, mayorías anónimas, enemigos a la espera de acuchillar por la espalda, golpes de gloria y golpes al estómago, infinidad de disputas de poder. No son como quisiéramos.

 Las personas tampoco. Nosotros mismos no alcanzamos lo que deseamos ser: esa distancia es nuestra propia contradicción.

Es un duelo. Ya no es mágico el mundo, como escribió Jorge Luis Borges. Ya no es mágica la revolución. 

Alguna vez lo fue, así lo indica la memoria, aunque, se sabe, la reconstrucción del pasado cambia en permanencia.

 Es una de las grandes disputas. En particular cuando tiene en su pleno centro a un hombre como Hugo Chávez, quien se propuso refundar un país, quedó inscrito en cuerpo y pasión de varias generaciones. 

Ante eso se podía prever que luego de su muerte la derecha intentaría varias estrategias respecto a su figura: contrastarla con la de Nicolás Maduro -era un populista serio comparado con el actual presidente ignorante-, o echarle las culpas de todo, y, por derivación, achacárselas a la dirección como continuadora de su pensamiento.

 Han alternado los discursos para desgastar, confundir y borrar lo que parece imborrable. La indiferencia nunca fue una opción política. 

La derecha quiere mostrar hoy, ahí está su esfuerzo, que en la génesis misma del proyecto chavista se encuentran las causas de la crisis actual. El problema fue Chávez, el padre. Todo sería culpa suya: lo que falta, lo que duele, lo que ya no se puede. 

El objetivo es así golpear lo material, las ideas, y el líder. Un ataque que intenta borrar el pasado, vaciar el presente, deshacer el futuro. Son las condiciones que necesita la derecha para convencer a una mayoría de darles su voto.

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Han pasado cuatro años. Guardo dos recuerdos entre muchos. El primero en el 2005, en Mar del Plata: llovía, había cantado Silvio Rodríguez, y Hugo Chávez habló de Francisco de Mirando, de nuestra historia común. Ante él había banderas con la cara de Eva Perón, Martín Fierro, el Che, Darío Santillán. Éramos un estadio lleno. Tenía 21 años, estaba por comenzar a militar. 

El segundo fue en Caracas, el 5/6 y días siguientes de marzo del 2013. En particular el 6: esa multitud, esas voces, ese pueblo -pocas veces se usó con tanta propiedad esa palabra- ese dolor de la ausencia que puede abrir las puertas de la locura. Fueron diez días de entierro, de kilómetros de cola día y noche, de escuchar debates de política, economía, sociedad, la profundidad de Chávez en la gente, en particular los más humildes. ¿Alguien que lo haya vivido puede sostener por un minuto que esos millones estaban ahí por petróleo a cien y consumo? 

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Es necesario comprender/sentir la profundidad de su huella para analizar las estrategias que ha tenido que emplear la derecha.

 Sin eso difícilmente se pueda comprender cómo con tanta guerra prolongada de desgaste, Chávez todavía está en pie, la revolución no ha sido hundida. ¿Por qué con colas, aumentos de precios, impunidad del bachaqueo, dólar criminal, no han tenido efecto los llamados a saqueo de la derecha? No se puede entender cómo se vive la economía si no se analizan los pasados, las conquistas, los miedos, las frustraciones, las formas de imaginar lo que vendrá. 

Por eso el empeño en golpear a Chávez, y hacerlo en el punto que más crítico: la economía. Con argumentos que se repiten como un manual en los países del continente donde la derecha quiere retomar los hilos directos del poder. El más utilizado: la política económica fue un despilfarro, se les dio a los pobres más de lo que se les podía dar, será necesaria un sinceramiento y un sacrificio por varios años. 

El populismo sería una ilusión de consumo para las clases populares de cara a mantenerlas quietas en la pobreza. Basta escuchar la conversación que tuvieron hace poco Mauricio Macri y Mario Vargas Llosa, donde condensan esa contraofensiva ideológica: los gobiernos “chavistas” de América Latina significaron desconexión con el mundo, derroche de dinero, negación al progreso, autoritarismo. 

La derecha venezolana ni siquiera tiene la virtud de construir su propio guion. No es necesario, lo que importa saber es si ese núcleo de ideas poco a poco permea en la sociedad, se instala como nuevo sentido común. Eso implicaría no solamente una puerta abierta para una hipotética pérdida del poder político del chavismo, sino un piso de consenso para aplicar las medidas que tendría pensada la contrarrevolución para su (no)proyecto de país.

 Lo que está en juego es la interpretación de esta realidad, saber cómo se llegó a este punto. 

¿Quién tiene la culpa? ¿Chávez, Maduro, el imperialismo, los monopolios económicos, la corrupción, el socialismo? Quien logra convencer gana una parte central de la disputa. Es la estrategia -cobarde- de esta guerra: actúa bajo la negación de sí misma y señala a Chávez, el proyecto, y el gobierno como responsables. Por eso la comunicación es vital. El chavismo -su lineamiento oficial- peca ahí de una homogeneidad discursiva que lo hace predecible y repetitivo. Las palabras no aguantan tanta distancia con la realidad: se gastan.

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El número 1 millón 500 mil viviendas entregadas en seis años es uno de los argumentos de mayor peso. ¿En cuántos otros países se ha dado un proceso similar? ¿Qué otro gobierno puede decir haber hecho lo mismo? Eso es Chávez, el Palacio de Miraflores convertido en refugio, una política de masas inédita en la historia. 

El asunto es que la memoria es una constante reconstrucción. En particular en un país con una población muy joven, que en una parte considerable -un tercio o más- no recuerda la miseria de los millones que fundó el ciclo revolucionario. 

Para las nuevas generaciones la realidad son Canaimas, Gran Misión Vivienda Venezuela, horas de cola para alimentos y medicamento, mercado paralelo, teléfonos última generación, CDI, aumento diario de precios, amigos y familiares fuera del país etc.

 La figura de Chávez es en ellos más frágil. Así será con cada nueva generación. La interpretación de quién fue el líder del movimiento se convertirá en un terreno de disputa mayor. En particular si la realidad económica no logra estabilizarse y mejorar. 

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Se trata de asumir un compromiso pleno sin promesa de una sociedad de justicia total. El mundo perfecto no puede existir: no sería humano -así decía el psiquiatra y psicoanalista Enrique Pichón Riviere. No existe certeza de lograr lo que nos proponemos. 

Los mismos números juegan en contra: al revisar la historia, la conclusión es que las victorias son la excepción y no la regla. Igual se pelea, se empuja, se milita para conseguir la anomalía. Esa es la apuesta, la de Chávez, la de quienes nos antecedieron y -esperamos- de quienes vendrán.

Con su liderazgo la idea del futuro era nítida. Aunque la propuesta fuera tan compleja como la construcción de una sociedad no-capitalista. 

Existía vanguardia y retaguardia, una dirección clara del proceso. Se iba en determinada dirección, la desembocadura era posible, casi una certeza. Era una contracorriente temporal: sucedía mientras en el mundo se habían instalado los relatos de los finales de las ideologías, del protagonismo de las masas, y de la posibilidad de transformar en favor de los pobres. 

Esos son los mensajes que hoy regresan desde las cenizas de las derechas latinoamericanas. Buscan alejar a la gente de la política, reivindicar la meritocracia, el éxito de los grandes empresarios, el individuo solo, asustado, que debe sacrificarse y agradecer lo poco que tiene. 

Por eso les es tan importante arrodillar la memoria de Chávez. Hay en él una condensación de lo posible, un ejemplo para legar de generación en generación, lecciones de política, economía, de vida. La gente habla bien de Chávez. Se lo recuerda, extraña, invoca. 

Es una incomodidad para quienes dentro del proceso custodian intereses ajenos a los que se propuso defender el proyecto. 

Es la posibilidad de decir cada mañana: yo soy Chávez. Asumir esa responsabilidad, dejar de delegar en otros el peso de los bienes y los males, esa costumbre destructiva de la cual casi nadie está exento. 

Sin inocencia: habrá corruptos, oportunistas, personas cercanas a la idea que nos hacemos del hombre y la mujer nueva, experiencias de poder comunal, miliciano, mediaciones políticas en permanente debate. 

Para rearmar la idea de mañana es necesario volver a Chávez. Indagar si algunos problemas actuales tienen su génesis en errores suyos. Seguramente los haya, no podría ser de otra manera. Su corrección no está en el modelo de la derecha sino contenida en los propios marcos teóricos de Chávez. Tampoco en las concesiones que traen espíritu de derrota e injusticia. 

Hace falta más Chávez: ocupar plantas que cierren -como la fábrica Thomas Greg & Son, en Lara-, rescatar tierras financiadas y abandonadas -como la finca Tío Bravo ocupada por la Comuna Negro Miguel, en Yaracuy-, hacer valer los derechos y acuerdos -como el Bloque Estadal de Comunas de Portuguesa que movilizó a Caracas ante incumplimientos por parte de la institución. Se pueden desatar avances en esta resistencia.

No tenemos derecho perder. La historia no funciona como cálculos matemáticos de fuerzas en pugna. Si la derecha retoma el poder político, ese ciclo no abrirá un proceso que permita -como se puede escuchar- aclararnos contradicciones que nos hagan regresar luego al gobierno con mayor claridad. La política no es ajedrez y el enemigo no perdona. 

No es mágica la revolución, es una gran disputa de poder. 
Así lo enseñó el Comandante.

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