
Las
elites privilegiadas –militar y civil- viven felizmente en su burbuja
ejerciendo el poder militar, político, administrativo y judicial sobre
todo el territorio.
Esto es, desde luego, lo que ocurre en la mayoría
de los países, pero en Pakistán el contraste entre gobernantes y
gobernados es tan descarnado que no hay nada que proteja a la débil
mayoría de la rica y poderosa minoría.
Las redes de parentesco, al igual
que la protección ofrecida por los gángsteres, algo pueden hacer pero
pensar que esto puede sustituir al estado para poder satisfacer las
necesidades de la vida –agua, electricidad, harina subvencionada,
sanidad, educación- es una forma de utopía reaccionaria.
El progreso,
para que sea importante, tiene que ir en interés del colectivo como un
todo. Jamás ha sucedido esto en Pakistán.
El fallo no está ni en
las estrellas ni en el pueblo, cuya tolerancia y paciencia han sido
ejemplares.
Lo han intentado todo en términos de partidos políticos y
regímenes militares y no han conseguido nunca nada.
A pesar de este
hecho, no tienen precisamente prisa por unirse a los gadarenos ni
siquiera a los partidos islamistas moderados, menos aún a los grupos
armados yihadistas.
Hasta ahora, una gran mayoría de pakistaníes se han
resistido a esa posibilidad, a pesar de los incentivos que se les
ofrecen en el otro mundo.
A diferencia de las imágenes que ofrecen los
medios globales, los pakistaníes de a pie no sienten ninguna atracción
por el extremismo religioso.
La demografía se ignora siempre: el
60% de la población del país es menor de 25 años. Viven de su ingenio y
de trabajos a tiempo parcial.
El desempleo es inmenso.
La mayoría de
ellos quiere educarse, un puesto de trabajo y que se acabe la corrupción
política. ¿Se cumplirán alguna vez esos deseos?
Tres constantes
se han dado en la vida política de Pakistán: Estados Unidos, el ejército
pakistaní y una elite corrupta y desaprensiva, simbolizada actualmente
por el presidente Asif Ali Zardari, conocido en todo el mundo como
alguien cuyo interés por hacer dinero y acumular propiedades trasciende
todo lo demás.
Los últimos sondeos de opinión realizados en las ciudades
le daban un 2% de popularidad.
Cuando los venerables del partido
gobernante se aventuran a aparecer para reunirse con la gente, se
encuentran a menudo con las crueles pullas punjabíes.
Esto es un tanto
injusto y podría también aplicarse a todas las Ligas musulmanas.
El
hecho es que la gente se siente disgustada con los políticos y les
considera como unos sinvergüenzas ansiosos por hacer dinero y alimentar
la codicia de las redes que protegen y que se duplican como filas de
voto útil.
EEUU está actualmente emprendiendo una guerra en
Afganistán que ha extendido a Pakistán y ha servido para desestabilizar
aún más el país.
Añadan a esto los ataques de los aviones teledirigidos
estadounidenses, aceptados por los gobernantes del país, que
supuestamente van a la caza de “terroristas” pero que terminan siempre
matando inocentes. Víctimas civiles, que si uno toma las cifras más
bajas, van ya por las 2.000, integradas principalmente por mujeres y
niños.
El ejército pakistaní y otras fuerzas de seguridad están
mostrando señales de tensión por tener que atacar a su propia gente en
los pueblos fronterizos de las provincias del norte.
El ejército
trasladó a la fuerza a 250.000 personas del distrito de Orakzai, situado
en la frontera afgana, y los colocó en campos de refugiados.
Muchos
juraron vengarse y los grupos combatientes están atacando al ISI y otros
centros militares.
La economía es un caos y las condiciones que
imponen los préstamos del FMI tienen poco ver con las necesidades de los
ciudadanos.
Insistir en impuestos indirectos sobre las ventas en un
país donde los ricos no pagan prácticamente ningún impuesto es algo que
resulta totalmente grotesco lo mires por donde lo mires.
Obligar al
gobierno pakistaní a aumentar las tarifas eléctricas provocó disturbios
en muchas ciudades y las oficinas de la WAPDA (siglas en inglés de Water
and Power Pakistan Development Authority) acabaron calcinadas hasta los
cimientos.
Pague más a cambio de recibir menos parece ser el inspirado
mensaje del FMI.
Las inundaciones de 2010 revelaron la existencia
de una elite incapaz de proporcionar ayuda real alguna a su pueblo.
Las
historias del horror pasado todavía siguen dando vueltas.
Los programas
para aliviar la pobreza son una gota en el desierto. Los gastos
militares absorben el presupuesto. Los enfrentamientos entre las bandas
políticas han destrozado la mayor de las ciudades, Karachi.
Ya es
hora de otro golpe militar, pero el ejército es impopular y Washington
no está dispuesto a dar luz verde aún a otra intentona del ejército.
En
cualquier caso, el dogma militar apoyado por algunos académicos
occidentales de que a Pakistán le ha ido mejor bajo sus generales que
bajo sus políticos es una broma de mal gusto.
Los hechos convierten en
insostenible ese punto de vista. Tanto políticos como militares
comparten una indiferencia total hacia el destino de la gente normal y
corriente.
La desastrosa forma en que el mundo está abandonándolo todo
al mercado y al beneficio privado no funciona ya y menos aún en países
como Pakistán.
La decadencia interna y la desintegración del país
avanzan a ritmo acelerado.
Una profunda desilusión acompañada de
nihilismo se palpaba ya hace algunas décadas cuando, en uno de sus más
conmovedores poemas, Faiz Ahmed Faiz se refería a la patria como “un
bosque de hojas muertas”, “una acumulación de dolor”. Nada ha sucedido
que pudiera revertir esa tendencia.
La impotencia de los individuos
frente al aparato de los grandes y pequeños poderes sólo ha aumentado
con lo que está sucediendo ahora.
Pero, antes o después, la gente se
levantará y apartará la basura a un lado.
No me pregunten cuándo.