Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

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El último imperio global está muriendo


Cuando Asia y Europa eran “todo” el mundo, después de la desaparición o decadencia de los grandes imperios que durante seis mil años forjaron la civilización humana (Asiria, Babilonia, Egipto y China) las élites de los Estados que hoy llamábamos occidentales (los helenos y seguidamente los romanos y los barbaros europeos) tomaron de aquellos “en préstamo” la cultura, la tecnología y la ciencia, la organización social y del gobierno, las bases de la política, la religión, el arte y la educación, entre otras cosas, como sustrato y base, no para gobernar a propios y extraños de manera democrática y justa, sino para sojuzgar, robar y construir poderosos imperios globales.

Enrique Dussel, el gran pensador latinoamericano, nos ayuda a comprender (a través de su Filosofía de la liberación) como la “cultura occidental” nos ha impuesto a sangre, fuego y “educación” formal y subliminal sus mitos y el relato de falsedades, definidas por ellos mismos como la verdadera historia, desde la óptica eurocéntrica.

Sin embargo, como dijo don Antonio Aguilar Barraza, "nada es eterno en el mundo". La sociedad humana y la historia son producto de las dinámicas sociales, de la interacción humana en los procesos productivos y (aunque muchos lo duden) de la lucha de clases.

El imperio romano en suma duró 1500 años, los imperios talosocráticos (marítimos) coloniales de España e Inglaterra dominaron gran parte del mundo 300 y 400 años respectivamente y hoy, ante nuestros ojos, el mayor imperio político, económico, tecnológico y militar de la historia, empieza a desmoronarse, en un proceso más o menos doloroso (para ellos y para sus víctimas) que puede llevar años o lustros para consumarse, pero que es irreversible.

Es el periodo más corto, aunque más intenso, en la existencia de los grandes imperios globales (250 años recién cumplidos), pero que sin duda ha sido el más devastador, genocida, cruel y depredador.

De adalid del liberalismo burgués y guardador de la democracia occidental, ha pasado a ser un peligro hasta para sus propios ciudadanos y Estados socios y “amigos”. 

Su anterior apabullante poder militar (omnipresente y de una calidad tecnológica inigualable según ellos) capaz de proyectar poder a cualquier rincón del mundo de manera inmediata, hoy pierde vergonzantemente guerra tras guerra, siendo incapaz de asegurar protección a sus Estados vasallos más allá del continente americano. 

Recurre a argucias, narrativas falsas, amenazas, chantaje económico, terrorismo de Estado y puñaladas en desesperada búsqueda de la inercia de su antiguo musculo militar, sobre todo en su entorno próximo.

Los Estados Unidos han destruido el Derecho Internacional que otrora el capitalismo necesitó para adueñarse del mundo.

Su economía es un viejo solitario y sin pensión que se ahoga en su propio vómito, mientras su población económicamente activa y las familias cada vez mas pobres, ven partir en vuelo sin retorno al mitológico “sueño americano”, dejando estados enteros, ciudades y pueblos en soledad y ruina. 

Para cada vez más ciudadanos estadounidenses, las drogas baratas, los ansiolíticos recetados, el alcoholismo, la violencia y el suicidio se convierten la siguiente parada de sus desgraciadas vidas no importando pertenencia social o nivel profesional.

Pareciera que sus vidas son reflejo de la propia decadencia de su sociedad y su desgraciado país.

La actual élite política y económica gringa puede fácilmente ser confundida con una pandilla de delincuentes y pedófilos; descerebrada, antípata, sin ninguna capacidad para dar conducción a un país en curso de colisión con el desastre y cuyos únicos propósitos son fabricar trillonarios, obedecer a los oscuros planes de los sionistas israelíes y tal vez, construir con la ayuda de la IA una sociedad de robots que sustituyan a la molesta clase trabajadora. 

Sueñan con destruir a China, Rusia e Irán, y si eso no fuera posible, pues ofrecerles un trato de mafiosos, donde América (sin luchadores sociales, mucho menos revolucionarios) sea propiedad de los yanquis. 

El resto del mundo que lo tome el que pueda.

Probablemente, mientras celebraban patrióticamente con sus banderitas y comiendo su tradicional pastel de manzanas, estas ideas flotaban en los esquizofrénicos cerebros de los políticos yanquis, en el ducentésimo quincuagésimo aniversario de aquel día, cuando un puñado de sus antepasados (masones y esclavistas solapados) firmaron el acta de independencia de las trece colonias, creyendo que su destino manifiesto los llevaría a convertirse en el imperio global definitivo.

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