Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

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El Salvador: el odio como bandera será derrotado

En El Salvador, el gobierno acaba de pasar una ley que admite cadena perpetua para personas a partir de los doce años de edad.

Una salvajada inaceptable que nos retrotrae a la época de las decisiones arbitrarias de sátrapas que, según sus caprichos, podían hundir a un ser humano en un agujero inmundo para el resto de su vida.

Ejercer estas crueles medidas contra menores habla con elocuencia del talante de quienes proponen y aprueban estos despropósitos.

En Israel, su parlamento, infectado de personajes de extrema derecha, cargados de un racismo criminal, que se regodean con el asesinato de niñas, niños y todo tipo de personas inocentes en razón de su origen étnico, no ocultan sus motivos: la insaciable sed de despojo de territorios ajenos, al precio que sea.

En esa Knesset, extremistas y asesinos confesos celebraron con champagne y dulces la aprobación de una ley que permite en los territorios ocupados condenar a muerte por ahorcamiento, en razón de delitos de sangre, únicamente a palestinos.

En EEUU, las políticas anti-inmigrantes siguen constituyendo ejes de odio racial para ejercer todo tipo de abusos e intolerancias contra los más débiles, criminalizándolos, torciendo incluso sus propias leyes para infligir aún más castigo a quienes llegan a ese país buscando nuevas oportunidades de vida.

El promotor y abanderado de esas políticas de odio, con un profundo supremacismo blanco, de corte nazi, es Stephen Miller, racista consuetudinario y pilar de estas políticas en las dos administraciones de Donald Trump, otro odiador compulsivo.

Falsas coartadas del odiador de CAPRES

En una nueva reforma exprés de la Constitución, la Asamblea Legislativa instauró la cadena perpetua en El Salvador. No resulta difícil comprender esta medida de corte punitivo como respuesta del bukelato a los señalamientos del Grupo Internacional de Expertas y Expertos para la Investigación de Violaciones de Derechos Humanos bajo el Estado de Excepción (GIPES) sobre los crímenes de lesa humanidad que habría cometido el gobierno en el marco del régimen de excepción.

La cadena perpetua es la respuesta al equipo de juristas internacionales que solicitó revisar el expediente de cada detenido para verificar la solidez de la acusación y, en caso de no encontrar fundamentos válidos, ponerlos inmediatamente en libertad.

El discurso oficial alega que dicha pena, extremadamente dura y cruel, es necesaria para garantizar “la irreversibilidad” de la seguridad, al impedir que los detenidos puedan recuperar la libertad.

La posible aplicación retroactiva de la cadena perpetua, negar en los hechos el derecho de apelación y desconocer la presunción de inocencia no solo está reñido con la justicia, sino que coloca al régimen al margen de leyes internacionales. Una vez más el bukelato actúa por impulsos y a base de odio.

Aunque estas decisiones ya demuestran la decisión (y práctica) política del régimen en cuanto a ignorar el Estado de Derecho y operar en base a sus necesidades y conveniencias, una publicación reciente de Yusef Bukele, hermano del presidente y sin cargo público conocido, permite comprender la extensión de la arbitrariedad. Según este personaje, un aparato paralelo compuesto por la fiscalía, el despacho de la primera dama y el sistema penitenciario, deciden la inocencia o no de los detenidos.

La implantación de la cadena perpetua parece parte del esfuerzo para sostenerse en el poder indefinidamente. La seguridad y la propaganda oficial le compró tiempo de gobierno. Hoy ese crédito se ha agotado. Las críticas a sus políticas de odio se abren paso entre las rendijas de corrupción y oscuridad del oficialismo, y una ola de repudio se extiende fuera del país.

El odio sembrado desde el Estado bukeliano le funcionó para acceder al poder con su discurso contra el sistema de partidos y contra los funcionarios públicos del FMLN. Pero, para aquellos que se pasaron a las filas oficialistas, parece que “milagrosamente” ya no hay razones para seguir siendo odiados.

Al mismo tiempo, los relatos de miedo y de odio, sustentaron el discurso preconcebido como detonante de su autoritario plan antipandillas, que ocultó su negociación con los criminales, el apoyo electoral obtenido de estos, y los beneficios entregados a cambio.

Todo está hoy expuesto en un documental en la televisión pública estadounidense que desnuda esa realidad. También explica en parte las salvajes reformas constitucionales y penales recientes.

Pero el odio es una herramienta voluble, como un combustible inestable. Puede revertirse contra quienes se lucran del autoritarismo y arbitrariedad impuestos desde arriba. Si eso sucede, no habrá tiempo para cambiar de bando.

Ese odio tiene un límite en su efecto, sobre todo cuando se asienta en la falsedad y la manipulación mediática e informativa. Esta semana apareció en redes sociales una foto que nos ahorra abundar en el argumento.

 En ella aparece el ex Canciller de El Salvador en el último gobierno del FMLN, Carlos Castaneda, el mismo que negoció y firmó junto al presidente Salvador Sánchez Cerén el restablecimiento de las relaciones con la República Popular China.

De esas relaciones se lucra descaradamente el gobierno en turno, haciendo creer que los logros y avances con China fueron por sus méritos y no, como sucedió en realidad, por obra y labor de los gobiernos populares del FMLN.

El mismo funcionario de tal altísimo nivel, aparece en una segunda foto, hoy sin cargos de naturaleza alguna, es decir, un ciudadano más, trasladándose en un autobús, de pie, en un recorrido que miles de compatriotas realizan diariamente a su trabajo, a su hogar o para cumplir cualquier compromiso. 

Fotos como esa hacen añicos las mentiras y campañas de odio de quienes hoy, desde el gobierno, desfalcan al Estado y gritan, mientras roban, ¡Al ladrón! ¡Al ladrón!
Odiadores en la Casa Blanca

Stephen Miller es reconocido como uno de los ideólogos de las políticas migratorias más severas, descrito por periodistas e investigadores como «incitador al odio» y «arquitecto» de la agenda nacionalista blanca dentro de la Casa Blanca.

La investigadora Jean Guerrero, autora del libro «Hatemonger: Stephen Miller, Donald Trump, and the White Nationalist Agenda«, lo describe como impulsado por una «animadversión a la noción de EEUU como democracia multicultural y multiétnica». Es la mano detrás de medidas extremas como la separación de familias inmigrantes en la frontera, la criminalización de la inmigración indocumentada y la devolución de solicitantes de asilo a México.

Investigaciones del Southern Poverty Law Center, revelaron correos electrónicos en los que Miller promovía sitios web nacionalistas blancos y fomentaba posturas de extrema derecha. Miller ha permanecido como un asesor clave de Trump desde el inicio, persistiendo en su influencia para llevar a cabo deportaciones masivas y cambios demográficos raciales en EE UU. Sus críticos sostienen que busca reconfigurar radicalmente la demografía étnica de Estados Unidos a través de la política pública.

Mientras Trump ha expresado muy claramente su venganza hacia personas que van en su contra y hacia quienes lo desobedecen, Stephen Miller lleva décadas exhibiendo el mismo nivel de resentimiento hacia los inmigrantes. Hoy en la campaña contra Irán, este “odiador al seno de la Casa Blanca”, aboga por bombardear de manera inclemente y constante aquel país hasta que no quede piedra sobre piedra.

El odiador del Medio Oriente

Si hablamos de retrocesos en el esencial sentido de humanidad, resulta imposible no hacer referencia al mayor genocida de Medio Oriente, el asesino de población civil palestina, libanesa, iraní y de cualquier nación que se oponga o resista los planes expansionistas del “Gran Israel”, el sionista Benjamín Netanyahu.

La aprobación en Israel de la pena de muerte para palestinos indigna al mundo y a la ONU. Bruselas advierte al Gobierno de Netanyahu del “grave retroceso” que supone una ley “discriminatoria”, pero evita anunciar medidas concretas, lo que apunta a la habitual complicidad europea con la entidad sionista ocupante. El Alto Comisionado para los DDHH de la ONU advierte que su aplicación en territorio palestino ocupado supondría “un crimen de guerra”.

“La aprobación del proyecto de ley sobre la pena de muerte por parte del Parlamento israelí supone un grave retroceso (…) Nos preocupa profundamente el carácter discriminatorio de facto del proyecto de ley”, ha dicho la alta representante para Política Exterior de la UE, Kaja Kallas, en una declaración en nombre de los Veintisiete. No es habitual que todos los países de la UE, muchos de ellos históricamente reticentes a criticar a Israel, logren el consenso para un comunicado que lo cuestiona.

Ante esta serie de avances del odio, por encima de la racionalidad que debería marcar la pauta de estadistas, queda claro lo lejos que están de poder ser considerados como tales. La evolución de cada uno de estos actores muestra otro rasgo común, por encima del odio que los hermana, sus planes ya no resultan como antes; su efectividad se deteriora y este hecho empieza no solo a ser evidente, sino que se profundiza.

A Netanyahu lo obligan a detener sus ínfulas bélicas sobre Líbano y a ser testigo de piedra en los acuerdos y negociaciones llevadas a cabo entre Irán y EEUU; sus leyes de matarife son repudiadas en el mundo, quedando expuestos ante la comunidad internacional. Una UE disminuida, cooptada tradicionalmente por el imperio y el sionismo, rechaza hoy los métodos que antes dejaba pasar, y no son pocos los países que abogan por la eliminación del tratado de libre comercio con Israel.

Tampoco funcionan las cosas para EEUU. El estrecho de Ormuz, le guste o no a las fuerzas agresoras, se rige por los términos establecidos por Teherán. En EEUU ya van cuatro intentos por aprobar un proceso de destitución contra el magnate inmobiliario.

Tampoco la economía da signos de esperanza en la Unión Americana y, en materia migratoria, las decisiones judiciales y la presión popular en las calles hacen vacilar a los agentes de ICE y sus valedores. El fanatismo parece más aislado y las cifras de Trump y los republicanos se derrumban de cara a noviembre.

En tanto, en El Salvador, el bukelato no deja de tener disgustos. Al rechazo internacional a sus abusos se suman las nuevas revelaciones de sus negociaciones y complicidades con bandas criminales expuestas en TV pública en EEUU, incluyendo las declaraciones de un fiscal estadounidense que detalla las obstrucciones ejercidas desde el poder.

La dictadura responde golpeando y atacando, pero ahora parece quedarse sin coartadas. Como Donald Trump, el usurpador salvadoreño ve la economía de su país desmoronarse sin que muestre intenciones de aplicar algún correctivo a la situación.

Hoy, mientras se acerca la fecha en que la clase trabajadora se lanza a las calles con sus demandas y exigencias, las posibilidades de lucha se acrecientan. Con ello, las contradicciones al seno de cada uno de estos regímenes, signados por la marca del odio institucionalizado, se agudizan.

El 1 de Mayo será, como siempre, un día de lucha de la Clase Trabajadora, acompañada por otros sectores populares en defensa de sus derechos. Estas luchas resultan trascendentes para detener y derrotar el neofascismo que pretende seguir expandiéndose. El odio y los odiadores deben ser derrotados.

Raúl Llarull* Periodista y comunicador. Militante internacionalista. Miembro del FMLN. Colaborador de PIA Global

Foto de portada: AP Foto/Moisés Castillo

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