Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

-Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

Óscar Arnulfo Romero y Galdámez , aquel obispo que llegó a ser santo


Era diciembre de 1978. Una vez más viajé a El Salvador para visitar a mi familia salvadoreña en San Salvador y Quezaltepeque. Ese viaje era una tradición familiar, pues mi madre Graciela Martínez Romero, es salvadoreña.

Nicaragua estaba en un proceso de efervescencia revolucionaria que se sentía en todos los ambientes del país. 1978 había sido un año muy significativo en la lucha de liberación del pueblo nicaragüense: asesinato del periodista mártir Pedro Joaquín Chamorro Cardenal (10 enero 1978); insurrección del pueblo indígena Monimbó con la caída en combate de destacados militantes del FSLN (Camilo, 26 de febrero); huelga de hambre de la mamá de Marcio Jaen, con cientos de estudiantes y maestros solidarios por medio de paros escolares en todo el país y la represión de la Guardia Nacional; toma del Congreso Nacional por un comando del FSLN liderado por el Comandante Edén Pastora (22 agosto); liberación de reos políticos antisomocistas producto de esa toma del Congreso; insurrecciones populares en Matagalpa, San Carlos y otros lugares del país en octubre.

En San Salvador la represión de la Guardia Salvadoreña no era distinta hacia los sectores populares.

 El asesinato de sacerdotes católicos era impresionante y dolorosa, la mano negra de la oligarquía salvadoreña asesinó en corto tiempo más de 15 sacerdotes.

 “Haz Patria, mata un cura” decían algunas pintas escritas en paredes de San Salvador (yo las vi, a mí nadie me contó esto). Y en la realidad los asesinatos eran cotidianos. 

El P. Rutilio Grande fue uno de los primeros, asesinado en una emboscada cobarde cuando él solo llevaba su espíritu de amor por su pueblo para defenderse (12 marzo 1977). 

Este crimen impactó a Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Obispo de la Diócesis de San Salvador.

Una de mis primas salvadoreñas era catequista en Quezaltepeque, y junto a un seminarista de la Diócesis de San Salvador, me invitó a aprovechar la visita para catequizar en la comunidad y unirse a las Pastorelas que se realizaban como de costumbre en navidad. 

Lo hice. El ambiente en las comunidades era tenso, la represión de la Guardia Salvadoreña se sentía encima de cada evento religioso. 

Catequizar no era un acto solamente religioso, era un acto subversivo, muchos catequistas fueron asesinados por la Guardia. Predicar el Evangelio era un acto subversivo.

En una ocasión, fuimos a Catedral, era domingo y Monseñor Romero oficiaba la Eucaristía. 

Sus acostumbradas homilías llenas de mensajes proféticos y denuncias contra los asesinos del pueblo eran explosivas y tocaban el alma.

 Asdrúbal, el seminarista, me presentó a Monseñor Romero. Fue un momento tan corto, unos cinco minutos tal vez (que me parecieron eternos), un intercambio de opiniones sobre Nicaragua, pero sobre todo su sonrisa y su mano sobre mi hombro dándome ánimos para mantener la Esperanza en mi país. 

Un estrechón de manos, no tenía yo la costumbre de besar manos o anillos de Obispos, y eso no le pareció incomodar a él para nada, sin saber yo que estaba despidiéndose de quien sería un mártir por la Fe, un Santo.

Regresé a Catedral un par de veces ese diciembre de 1978, para escuchar en vivo sus homilías, y en la casa de mi tía María Luisa Martínez, en urbanización Metrópolis, sintonizaba la radio para oír que nueva denuncia hacía sobre la represión contra el pueblo.

A mi regreso a Nicaragua traía más fortalecida la fe en el evangelio del Dios de la Justicia (como decía Augusto C. Sandino), y obviamente el compromiso con la organización opositora al somocismo en los colegios católicos de Managua, la “Organización de Estudiantes de Secundaria” (OES), de la que fui uno de sus dirigentes por un corto tiempo, promoviendo huelgas escolares, eventos de concientización y colectas para solidarizarnos con los periodistas de catacumbas o la liberación de los presos políticos.

Cuando asesinaron al Obispo Oscar Arnulfo Romero en San Salvador, aquél 24 de marzo de 1980, Nicaragua ya era libre del somocismo. Él había felicitado al pueblo nicaragüense por su liberación desde su púlpito en la Catedral.

Aquél 24 de marzo de 1980, los nicaragüenses, sobre todo la juventud estudiantil apenas teníamos un día de habernos movilizado hacia las montañas de todo el país para alfabetizar a más del 52% de los nicaragüenses que el somocismo había mantenido en la oscuridad. 

Personalmente estaba en Nueva Guinea. Hasta allá llegó la noticia, me impactó, sentí rabia, dolor, pero no había nada que hacer, la oligarquía salvadoreña había cometido el peor crimen contra un hombre que solamente pedía el cese a la represión al pueblo salvadoreño humilde y pobre, solo pedía que los gobernantes que se decían cristianos, actuaran como tales.

Los jóvenes católicos que además éramos sandinistas nos comprometimos a liberar la guerra contra el analfabetismo en Nicaragua en memoria de aquél Santo, a quien desde entonces y no hasta que el Vaticano quiso, decidimos llamar “San Romero de América”. Nuestro Santo, en el altar del corazón del pueblo.

Entre 1981 a 1984 los jóvenes católicos de la Arquidiócesis de Managua tuvimos que enfrentar una ola de descabezamiento de nuestras parroquias por la cancelación de permisos de nuestros sacerdotes y religiosas comprometidos con la Revolución de parte de las máximas autoridades de la Iglesia Católica, que en ese momento se pusieron al lado de la oposición a la Revolución.

Entonces en las parroquias San Miguel Arcángel (Las Brisas, Linda Vista, etc) y Santa Gema (Colonia Morazán), tuvimos que organizarnos fuera de la pastoral oficial que nos negaba el derecho de ser cristianos revolucionarios, pero encontramos cobijo en el “Movimiento Cristiano Oscar Arnulfo Romero” (MC-MOAR) donde nos integramos los que habíamos sido desplazados de la Parroquia por ser sandinistas, y con ese movimiento fuimos testigos de una forma de vivir la Fe en comunión con el Dios trinitario de la Vida, al lado de los más pobres y humildes del país.

Luego vino la guerra nuevamente, esta vez financiada por los EEUU, por Ronald Reagan contra la revolución. Y los sacerdotes, religiosas y teólogos nicaragüenses encabezados por el padre Uriel Molina (franciscano), junto con algunos pastores evangélicos, crearon el Centro Ecuménico Antonio de Valdivieso (el otro Obispo mártir que fue asesinado en 1550 en León por los explotadores de nuestros indígenas, para callar su voz profética contra esa explotación).

Todos esos jóvenes que antes habíamos sido miembros de las comunidades tuteladas por la Pastoral Juvenil de la Arquidiócesis de Managua, pasamos a integrar la fuerza juvenil del cristianismo revolucionario identificado plenamente con el proceso revolucionario. y Monseñor Romero estaba ahí con nosotros, sus homilías y su testimonio. Nunca pudieron asesinarlo del corazón de la juventud cristiana revolucionaria.

A los 46 años de su martirio ¡San Romero vive entre nosotros!

Managua. Por Clemente Guido Martínez

https://radiolaprimerisima.com/2026/03/24/romero-aquel-obispo-que-llego-a-ser-santo/

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