Palestina: Un grito en la oscuridad: Hind Rajab, “Por favor, ven, ven y llévame”

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La derechización de la política, el engaño del centro y el extravío de la izquierda


El ascenso de políticos como Orbán, Meloni y Erdoğan en Europa, del fundamentalista Modi en Asia o de personajes como Milei, Bukele, Boluarte y Noboa en América Latina, han saltado todas las alertas de los medios masivos de divulgación y asombran a los siempre optimistas analistas institucionales de la política. 

Justo este año, las últimas elecciones al parlamento europeo, en el que las derechas, incluso las más radicales, han cosechado sendos frutos siembra la consternación en todos los optimistas del orden.

Los mitos cacareados incesantemente, desde hace décadas, sobre los beneficios de la democracia liberal hacen agua ante el ascenso de una contrarrevolución violenta, a escala planetaria, que no es mucho más que el síntoma de una arremetida sistémica de la verdadera política capitalista global, la cual tiende sus raíces décadas atrás.

Creemos, en todo caso, que no comprender a cabalidad los procesos de cambio y dominio internacional, acaecidos en las últimas décadas, dificulta entender el umbral de imposibilidad que se le plantea a las izquierdas y a los movimientos populares por todo el globo. 

Tan determinante es este trabajo de diagnóstico, como desnudar el pacto subrepticio que han celebrado en este periodo las fuerzas liberales institucionales y las alas más violentas y retardatarias de la sociedad, las mismas que hoy amenazan con romper el pacto e imponerse en la cúspide del poder político, por encima de las instituciones modernas.

Ahora bien, el primer paso que se debe dar es el establecer una nueva lectura de lo que sucede, más madura respecto de los mitos fundacionales del capitalismo y las democracias institucionales, en la vía de una toma de consciencia popular que reivindique una verdadera visión transformadora de la sociedad. 

Tenemos ante nosotros la desafiante tarea de entender el papel jugado por las derechas, en sus variopintas vertientes, el papel ideológico y político del centro en la defensa de un estado de cosas post-utópicas, y el funcionamiento de una izquierda sin ambición, a la que el best-seller de la filosofía de izquierda, Slavoj Žižek, catalogó con agudeza como una izquierda que ni siquiera aspira a ganar.

¿Cómo se nos convenció de la imposibilidad del cambio? La consolidación de la derecha

El más duro golpe propinado a las fuerzas transformadoras de la sociedad por la política neoconservadora y neofascista vino con el derrumbamiento del bloque socialista soviético, que dejó desamparadas todas las perspectivas realmente revolucionarias; hecho que las fuerzas populares no han sabido digerir y asimilar, ni mucho menos han sabido tomar los recaudos necesarios para corregir.

Sin lugar a dudas, las semillas del proceso de desmonte de las fuerzas revolucionarias se sembraron mucho antes. Tal proceso de castración política-cultural de amplio calado y de índole global lo dejó claro en dos ocasiones Margaret Thatcher, verdadera intelectual orgánica del capitalismo neoliberal, madre también de todas las vertientes fascistizantes y autoritarias contemporáneas. 

La guerra que ganaron los retardatarios fue una guerra principalmente cultural, que ha sido signada a partir de una nueva valoración del mundo a la luz del dogma neoconsevador/neoliberal. (El primer gran error de las fuerzas populares: haber identificado con Gramsci el papel de la cultura en la guerra que libran las fuerzas retardatarias contra los frentes populares, y no haber actuado en consecuencia).

En una entrevista en 1981, en un arrebato de pírrica euforia, la flamante primera ministra desnudó el funcionamiento de la guerra cultural que había impulsado el neoconservadurismo británico. Según sus propias palabras: el método fue la economía, pero el objetivo era ganarse el alma del pueblo, negando derechos, luchando con fiereza, armada de toda la violencia estatal y en contra de la organización popular, imponiendo el mito de un individuo sin sociedad.

Hacía falta también un ejército de intelectuales al frente de nuevas escuelas económicas, administrativas y políticas, que alimentaron una vanguardia tecnocrática comprometida a arrebatar toda viabilidad política a cualquier alternativa democrática. 

Lo hizo, sobre todo, desactivando la discusión política en medio de los circuitos aceitados de la aristocracia técnica que se hacía clase dirigente y gobernante desde los 70, misma clase parasitaria que no ha dejado el aparato estatal un solo segundo desde entonces y al que dice, con ironía, despreciar1

Esta nueva casta económica y política, igualmente racista, aporofóbica y depredadora, mantiene aún hoy el desmonte del Estado como punta de lanza y principal mecanismo de guerra en contra de las clases trabajadoras; es una tecnoaristocracia afanada por beneficiar a las grandes élites locales y transnacionales, garantizar privilegios y masacrar los derechos populares.

Fue esta la manera con la cual el neoliberalismo, por medio de su batalla cultural, garantizó el cierre discursivo de todas las condiciones de posibilidad para la transformación social, desde las titubeantes y potenciales liberales/republicanas, hasta las verdaderamente disruptivas a escala global. 

El cóctel perfecto de la arremetida cultural fascistizante, bajo los ropajes de una nueva economía autoritaria, lo complementa la maquinaria massmediática, que encontró en Reagan su actor insignia (actor y político, como no podía ser de otra manera) y en Rambo el personaje prototípico de la industria cultural del cine y la televisión que, desde aquel entonces, no hace más que repetir la imposibilidad de cambio. Importante papel juegan los periodistas, intelectuales, los cineastas y sus distopías en toda esta trama.

 Desde aquellos años de ascenso de las élites neoliberales/neoconservadoras, las industrias culturales y las élites artísticas asumieron la defensa cultural del realismo capitalista; escenificando su triunfo incesante en cada momento (¡el fin de los tiempos!) y negando toda posibilidad de vida fuera del régimen del capital.

Tenemos también un segundo episodio thatcheriano, que ayuda a entender cómo el capitalismo neoliberal finalmente deglutió la alternativa socialista, y este fue cuando la Dama de Hierro reconoció que las potencias occidentales habrían incidido directamente en la política interna de la URSS, en el seno mismo de las élites socialistas, para allanar la llegada al politburó de hombres afines al western way of life. 

A diez años de la entrevista que citamos antes, exactamente en el año 91, pronunció un nuevo discurso en un evento de magnates petroleros en Houston. Allí, Thatcher habría reconocido que la destrucción de la URSS no se debería tanto a su implosión interna, como reiteran una y otra vez todos los aparatos ideológicos del capitalismo contemporáneo, sino que se habría dado por un Caballo de Troya impulsado por occidente y que tiene en personajes como Gorbachov y Yeltsin a sus máximos exponentes.

Entender este hecho es un asunto no menor, pues el mito de la eternidad del régimen capitalista solo es posible si se mantiene la farsa de que todo sistema alternativo es inviable. 

Al respecto de la farsa de la inviabilidad del socialismo, conviene releer los trabajos de intelectuales como Pasqualina Curcio. En estos análisis sosegados parece quedar claro que la caída del socialismo se debió a la alta concentración del aparato burocrático y su alta permeabilidad frente al oportunismo político de las élites: verdadero viejo enemigo que no deja de parasitar y hacer metástasis en todos los procesos populares de izquierda.

Es decir, el socialismo no fue inviable económicamente, ni socialmente, ni siquiera técnicamente; fue inviable políticamente y bien sabemos que el quiebre político es una realidad omnipresente en todas las sociedades, incluso en países capitalistas avanzados.

Por el contrario, deberíamos asumir la tarea contraria: evidenciar las enormes dificultades contra las que se enfrenta cualquier alternativa genuinamente social y democrática, por pequeña que sea. 

En realidad, lo que debería sorprendernos no es el ascenso de la derecha, ni de sus vertientes más peligrosas y retardatarias. Lo realmente sorprendente son las pequeñas luchas sociales que siguen existiendo, las reformas y el anhelo de transformación que se sigue reeditando contra todo pronóstico.

Por el contrario, las «nuevas» derechas no dejan de recordar, de hacer eco a los viejos monstruos que los medios de comunicación, los partidos tradicionales y el intelectualismo de élite han preferido no mirar en los últimos setenta años. Las nuevas derechas son, por contra, los viejos discursos fascistizantes que han escuchado estos mismos periodistas, pensadores y políticos en sus casas, de boca de sus propios abuelos, quienes ayer abrazaban el nazi-fascismo y cuyos nietos hoy aúpan a los nuevos partidos racistas y abrazan al genocidio sionista.

Porque lo que no podemos olvidar es que las sociedades no se derechizan como se quiere hacer ver este momento histórico en particular. En realidad, la derecha, el conservatismo, el odio a lo diferente, el racismo, la violencia a las minorías, a las mujeres y a los pobres, no son una novedad histórica; son, en todo caso, la condición misma de la política moderna que propugna la excepcionalidad de la violencia (sea estatal o paramilitar) según su propia mecánica y necesidades. 

Conviene, por ende, no olvidar la esclarecedora advertencia que Bertolucci puso en boca de Gerard Depardieu (en el personaje, Olmo Dalcò):

«Los fascistas no son como los hongos que nacen así en una noche, no. Han sido los patronos quienes han plantado a los fascistas, los han querido y les han pagado. Y con los fascistas los patronos han ganado cada vez más. Hasta no saber dónde meter el dinero». (Novecento)

El camino para entender cómo nacen los monstruos fascistas, saber con certeza quién alimenta las hordas neofascistas y los instala socialmente, consiste en seguir las pistas del dinero que los alimenta y las instituciones que les dan cobijo e impulso. 

La derechización de la sociedad no es un accidente, se da por la financiación de grandes fortunas, por organizaciones y tanques de financiamiento (no de pensamiento) encargados de difundir la ortodoxia neoliberal, con fundaciones como la Atlas de Fisher; y los medios de comunicación que pasan décadas inflando personajes como Trump (predilecto personaje en la cultura mainstream estadounidense) y Milei (impulsado por medios tradicionales argentinos).

Todos estos personajes, en cualquier rincón del mundo donde parasiten, están siendo respaldados por grandes fortunas, por empresas intelectuales transnacionales que se encargan de difundir una ortodoxia pobre en evidencia, pero rica en radicalismos y en difusión mediática. 

Es una nueva pseudointelectualidad que solo ha podido colonizar las facultades de economía y que, ante la dificultad de avance dentro del mundo académico, principalmente ocupado por antiguos liberales biempensantes y alguna avanzada izquierdista que ya no reproduce un discurso revolucionario, propugna con desmontar el sistema universitario. 

No es casual que hoy día los líderes de opinión de las derechas internacionales se sientan tan envalentonados como para señalar con el dedo a profesionales, profesores, intelectuales y hasta profesiones enteras como enemigos de su campo ideológico, promoviendo incluso la nueva educación (altamente ideologizada) por fuera del ámbito académico/universitario en plataformas de marketing más que de educación genuina.

Se ha necesitado cultivar un odio patológico a la cultura, a la educación y la universidad para poder instalar en las masas sociales el credo neoliberal que hoy supura en las redes sociales. 

Estos intelectuales y sus discursos han podido afianzarse despreciando todo debate serio y riguroso, porque saben muy bien que la batalla no la pudieron ganar intelectualmente, sino a través de las mentiras (son los mayores divulgadores de las fakenews), de la movilización patética de emociones por medio del marketing y gracias al respaldo que las instituciones más retardatarias de los Estados y las sociedades siempre les han prodigado (como los medios de masas y las fuerzas armadas).

Solo repitiendo cantinelas simplistas, en medio de gritos, con frases ramplonas y sin el más mínimo atisbo de crítica, son amparados por la prensa de élite y los programas mediáticos de farándula. Así, estos divulgadores del odio han podido posicionar mentiras como los cientos de millones de muertos del movimiento socialista mundial, teorías extravagantes como el «gran reemplazo» en países propensos a la xenofobia e impulsar conspiraciones absurdas contra la hombría que hoy denuncian líderes retardatarios y peligrosos desde la mansphere.

Solo así han podido aumentar su impacto social, enquistando principalmente en las juventudes, sujetos realmente susceptibles ante la fragmentación de las sociedades que experimentan la pérdida de los derechos sociales ganados en las viejas luchas populares. Son los jóvenes el principal caldo de cultivo de las fuerzas retardatarias, que saben anidar en medio del riesgo ontológico de los ciudadanos más empobrecidos, hijos de los pueblos reducidos al desempleo en sociedades sin futuro, sin vacaciones, sin pensiones.

Pero no nos llamemos a engaños: la receta implementada por estas fuerzas es efectiva tanto para instalar nuevas subjetividades que impulsen la carrera política de los oportunistas políticos de derechas en las instancias de poder, tanto como para generar una nueva ciudadanía domesticada, que justifique la violencia desproporcionada contra el otro (feminizado, pauperizado y racializado), como para asimilar la violencia contra sí mismo. 

Es en medio de ingentes cantidades de dinero que se ha promovido una nueva política de derecha, alimentada y cultivada para pescar incautos en las redes sociales, en las escuelas, con credos neofascistas, con nuevos medios de comunicación que solo son nuevos en el empaque, pero que siguen vomitando el mismo odio racial, social, de clase y de género de siglos pasados. Repitamos entonces, la sociedad no se derechiza por sí sola. 

Hay una fuerza imperecedera y violenta que empuja a la sociedad hacia esta crisis política, misma fuerza que ayer movía a sus peones hacia el centro, al liberalismo y el institucionalismo, pero que mañana no tendrá el más mínimo recato en movilizar a sus huestes hacia el fascismo y la violencia callejera.

1 Sonríe con sorna Milei al llamarse «topo» al interior del Estado.

El centro, el liberalismo y el amor por las instituciones
Quienes hoy lanzan gritos de sorpresa y se dejan obnubilar por el supuesto ascenso de las derechas son aquellos personajes que han sabido anidar en el aparato institucional de las sociedades políticas de finales de los ochenta y han callado ante las barbaridades de la embestida neoliberal. 

Da lo mismo si son políticos, académicos, periodistas y divulgadores. Son un subtipo de «ciudadanos» que ha enarbolado hasta la extenuación los mitos más rocambolescos de la democracia neoliberal, vendiéndolos al público como el «deber ser» mismo de la política. 

Para entender la deriva contemporánea de la política internacional hace falta comprender el posicionamiento de un tipo de política y de discursos que han contribuido a la falacia de la inviabilidad social, estos son aquellos discursos que se suelen identificar con el centro, que no es otra cosa que la sacralización del liberalismo político.

Hay mucho de sentido común, del más peligroso de todos, en el ejercicio hegemónico de la política actual de masas que ha convertido al «fin de la historia» en su principal compromiso político. Frases hechas como «la democracia es un sistema imperfecto, pero es el mejor sistema que tenemos», «el Estado es de todos» o «hay que apoyar al presidente, sea el que sea, porque si le va bien nos va bien a todos»; todas frases que tienen por función dirigir a la ciudadanía hacia la esterilidad de un ejercicio político sin política. 

El embeleco que sea es suficiente para conducir a la sociedad a la negación más absoluta de la discusión, del debate y la reflexión. 

Por curioso que parezca, la política del centro es una política sin centro, sin objeto. Este es el efecto perverso del centro político, que funciona como un agujero negro devorando cualquier disidencia política, en especial, es un ejercicio de las élites orientado a disolver las izquierdas reformistas y revolucionarias.

La asunción del discurso liberal y técnico se corresponde, en las últimas décadas, con la imposición de una política sin ideología. En los distintos contextos del mundo esto se ha traducido en que las supuestas izquierdas institucionales (la new left, la tercera vía, la socialdemocracia reformista, el eurocomunismo, el carrillismo, etc.) que abandonaron toda demanda izquierdista genuina y, dejándose seducir por el dogma neoliberal, construyeron agendas reformistas de corto calado, con grandes consignas, pero sin contenido, sin programas sociales reales.

Sus plataformas políticas no repercuten en una mejora sustancial de las condiciones de vida de las masas populares, pero sí garantizan el dogma neoliberal: destrucción de la provisión de derechos sociales por parte del Estado, flexibilización laboral para el beneficio de los empresarios y compromiso de las élites con los dictámenes de ajuste fiscal que siempre redundan en un mayor incremento de las desigualdades sociales.

En términos estrictos, las nuevas dinámicas de la política mundial no permiten diferenciar claramente entre los discursos del centro, la derecha y la izquierda institucional. Aunque estas fuerzas se diferencian en la tribuna con algunas consignas, casi siempre sin contenido concreto; lo cierto es que las izquierdas institucionales y el centro gobiernan igual que las derechas. 

Así las cosas, al ciudadano promedio se le dificulta diferenciar entre la política de un partido de centro o de un partido de izquierda, puesto que ambos gobiernan pensando en reducir la inflación, acortar derechos sociales y hasta perseguir las luchas colectivas con las mismas políticas de securitización. El punto relevante aquí es la proliferación del discurso neoliberal, que ha garantizado un unanimismo político del que la izquierda institucional no ha sabido separarse.

En este contexto de unanimidad política y cultural, han hecho carrera periodistas, académicos y políticos idolatrando las instituciones, en un perverso mecanismo que convierte medios en fines. Cada periodo histórico marca sus crisis a partir de los objetos que levanta como fetiches y por medio de los cuales se tiende a extraviar. 

Por ejemplo, los políticos liberales europeos de los años treinta creyeron falsamente que contentar al nazifascismo cediendo tierra y amparándose en las instituciones heredadas de la Primera Guerra Mundial sería suficiente para detener la guerra. Hoy se siguen equivocando quienes argumentan que por encima de la política y la violencia se encuentran las instituciones. Como en aquel entonces, el mismo liberalismo de centro –o de tercera vía– allana el camino del ascenso de los fascismos. Negar las grandes contradicciones de la política necesariamente abre paso a las fuerzas más retardatarias que sí tienen la claridad suficiente –con la suficiente dosis de violencia y perversidad– para conservar los privilegios de la violencia organizada.

«La democracia es un sistema imperfecto, pero es el mejor sistema que tenemos», «el Estado es de todos» o «hay que apoyar al presidente, sea el que sea, porque si le va bien nos va bien a todos»; todas frases que tienen por función dirigir a la ciudadanía hacia la esterilidad de un ejercicio político sin política.

Este aspecto no debería sorprendernos a los colombianos. Mientras los medios masivos de comunicación y los principales intelectuales del régimen político hablan con orgullo de la solidez del aparato institucional colombiano y de la democracia más antigua de América Latina, tienden a olvidar que en este régimen «democrático» las «instituciones» se aliaron con aparatos paraestatales y con las mafias, que desde las instituciones del Estado se promovieron genocidios, que las Cortes han vendido fallos en alianzas perversas entre las élites locales y los criminales, que nuestra «democracia» es tan antigua porque ha sido la única del hemisferio que supo inventarse una dictadura a turnos entre los dos partidos tradicionales, invento que ha desafiado los mejores y más bienintencionados análisis politológicos de los últimos setenta años.

En fin, mientras las élites del centro y del liberalismo hegemónico señalan, una y otra vez, que la democracia y la instituciones son la única garantía, promueven en el fondo una agenda de prohibición de la movilización popular. Hoy, como si fuera una extraña distopía, los agentes del centro promueven la idea de ilegalizar las manifestaciones públicas, pues «se debe garantizar el derecho a la movilidad de los que no marchan y el derecho de las empresas a producir», aun cuando esto es una clara violación de los derechos civiles y políticos en cualquier régimen político.

El anterior es apenas un esquema general que ayuda a entender el posicionamiento de las políticas liberales, que han conducido a una sociedad de medianía, capaz de invisibilizar las alternativas políticas, que niega la extrema violencia sufrida por los pueblos de parte de las mismas instituciones que sacraliza y que no han sido otra cosa que la violencia organizada de los poderosos. A las izquierdas del mundo no se nos puede olvidar que los Estados y sus instituciones son exactamente eso: ejercicios históricos de violencia organizada.

Vale la pena mencionar algún ejemplo para explicar esta premisa, uno que esté a la orden del día: cuando los pueblos del mundo claman por el derecho humano a migrar, por la protección de las vidas de los asilados, los políticos de centro –herederos de las luces y la democracia blanca– no escatiman esfuerzos en aliarse con los fascistas para imponer nuevas instituciones –reglamentaciones, organizaciones y policías– cuya finalidad explícita es violentar a los migrantes. Esto es lo que está ocurriendo ahora mismo en Europa.

Cuando los pueblos del globo han tenido que padecer el hambre y la miseria neoliberal, de los ajustes estatales, las privatizaciones y los despidos masivos, los herederos del liberalismo y del centro han clamado por la defensa de la seguridad, por la ilegalización de la protesta legítima y por la salvaguarda de las leyes. El imperio de la ley, que tanto defienden, se ejerce a expensas de los derechos colectivos de las grandes mayorías. En Colombia, por ejemplo, se llama a respaldar a las instituciones, aun cuando estas mismas instituciones le han garantizado a los criminales de Estado la mayor impunidad. En Colombia, el imperio de la ley no se diferencia mucho de la ley de impunidad que impera para los criminales de lesa humanidad.

El problema con estas políticas dominantes desde hace décadas es que imponen la reforma, un modelo de reforma vacía, por encima de los cambios y las transformaciones que los pueblos demandan. Con la reforma, se impone también la inoperancia y la inviabilidad política. Porque la imposición de una política sin debate, que no toca los verdaderos problemas que aquejan a las personas, lleva necesariamente a la desazón y la desafección política. 

Las nuevas izquierdas institucionales, los políticos de centro y las derechas pactaron en un modelo gatopardista que se renueva permanentemente en las urnas: se debe cambiar, en cada legislatura, para permanecer igual. Esta es una razón más para entender porqué las extremas derechas ascienden en la actualidad. Pues, aunque en el fondo se sabe que no cambiarán nada, han sabido articular el único discurso que parece intentar romper con ese pacto político.

Mientras las izquierdas no se separen de esta inviabilidad política, seguirán allanando el camino a una derecha que ha sabido robar los ropajes de la vieja izquierda –solo sus ropas, solo superficialmente–: la rebeldía, el discurso anti-sistema y la promesa de un verdadero cambio. Evidentemente, los políticos de extrema derecha no cumplirán con sus promesas de restituir los derechos laborales, afianzarán la política depredadora contra el medio ambiente y estructurarán nuevos Estados policiales a la altura del siglo XXI.

La izquierda debe recuperar la ambición de un discurso propio y disruptivo, la posición política que la hizo vanguardia en las masas populares de otras épocas, enarbolando sus derechos como premisa indispensable del cambio social; debe poder articular una política ambiental en beneficio de los pequeños campesinos, no hacer de ellos caldo de cultivo del monstruo neofascista.

Una izquierda sin ambición: el cambio es imposible
La izquierda mundial padece en la actualidad de un inmovilismo histórico. 

Parte del problema se encuentra en la inherente contradicción histórica entre el reformismo y las políticas revolucionarias que fue tan determinante para la izquierda en todo el siglo XX. 

No obstante, esta contradicción hoy resulta más problemática porque el reformismo ha perdido fuelle, mostrando su verdadera cara al consagrar un pacto de no modificación sustancial de la sociedad con las derechas y el centro político. 

Mientras tanto, las izquierdas revolucionarias han tenido que recibir lo peor del unanimismo neoliberal de centro e institucional, la violencia de las fuerzas estatales neofascistas y la persecución política e ideológica de los perros del neoconservadurismo.

Desde las izquierdas institucionales se repite el eslogan del realismo capitalista, de que otro mundo no es posible. Las izquierdas verdes que concentraron el debate político post-sesentayochista terminaron domesticándose e ingresando de lleno en la institucionalidad dominante, asegurando así que la maquinaria apocalíptica del capitalismo mundial siga funcionando.

De hecho, hoy que se levantan las masas populares contra el ambientalismo europeo, lo que debe leerse en el fondo es el fracaso de la política neoliberal del medio ambiente que se impone desde la cúspide de la élite política sobre las masas populares, persigue al pequeño propietario europeo y garantiza impunidad ambiental a las grandes empresas agrícolas de la Unión. 

Es falsa la interpretación mediática de que las clases trabajadoras simplemente se han derechizado. 

Por el contrario, la política ecológica institucional, inclusive la política más «reformista» es la responsable de este fenómeno, pues se ha planteado como una política de clase –la tecnocrática, por supuesto– en contra de los pueblos europeos. 

La izquierda institucional es también responsable de la debacle, pues ha terminado abandonando a las clases agrarias y obreras del continente, ¿todavía se sorprenden de la radicalización de los trabajadores hacia los únicos discursos que, aún mentirosos, son los únicos que reclaman una mejoría para sus intereses?

En definitiva, es el abandono de las viejas banderas históricas de la izquierda, y en particular, la renuncia a una verdadera política transformadora, lo que ha pavimentado el camino de las nuevas derechas radicalizadas y violentas.

La izquierda mundial
padece en la actualidad
de un inmovilismo histórico.

Por doquier se evidencian fallos de lectura de parte de las izquierdas. Fallo de lectura de la situación problemática, en lo que respecta al crecimiento del apoyo popular de las derechas. Fallo de lectura porque los políticos de izquierda creyeron que con el mito del fin de la historia su único papel era ejercer como notarios de las políticas neoliberales. 

Fallo de lectura porque, abandonando sus programas históricos y asumiendo el mito de la eternidad capitalista, la izquierda perdió uno de sus baluartes: la radicalidad del pensamiento político que había anidado en las juventudes de posguerra.

En la actualidad, el desasosiego de la juventud se canaliza por medio de la radicalización de los discursos alterderechistas, que enmascaran la violencia conservadora y la fascistización del mercado en una apariencia de rebeldía. 

La verdadera rebeldía que sacudió el mundo, con imágenes revolucionarias en los discursos socialistas, anticoloniales, de liberación nacional y ecologistas, cede paso hoy a los peinados alborotados del nuevo clero económico, que lo mismo idolatran al mercado como a los antiguos criminales de Estado.

La izquierda tiene que recuperar la vanguardia con una práctica genuinamente rebelde, con un discurso y una praxis realmente revolucionarias. Y esto solo se puede hacer señalando los límites del capitalismo, del neoliberalismo, y las penurias y miserias que desperdigan por el mundo. Retomando las políticas de igualdad económica, de vivienda y pleno empleo. Articulando estas luchas ante los problemas sociales contemporáneos.

Los movimientos de izquierda deben exigir a sus partidos recuperar la agenda política sin temor a confrontar los movimientos anti-inmigración, neorracistas y neofascistas; se debe tener la entereza de volver a encarar la lucha contra las instituciones represivas de los Estados, contra la misma violencia que mutila a los pueblos que participan en las calles por sus derechos. 

Se debe exigir a las agrupaciones de izquierda que se conecten con los movimientos populares que hoy señalan los genocidios que la «Comunidad Internacional» se niega a denunciar.


Foto de David Wilson

https://parresia-online.com/2025/09/26/la-derechizacion-de-la-politica-el-engano-del-centro-y-el-extravio-de-la-izquierda-1a-parte/

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