Trump no cayó del cielo, es cierto. Llegó desde una cultura política incubada durante décadas. Pero también es importante entender qué tipo de pueblo fue construido para que un personaje así pudiera emerger y consolidarse.
Durante generaciones, al pueblo estadounidense se le educó en la idea de la excepcionalidad: primer mundo, pueblo elegido, destino manifiesto, el abuso sistemático.
Se le enseñó que el consumo era libertad, que el éxito individual justificaba cualquier atropello, que el sufrimiento se creó para otros pueblos, que cualquier ser de otra raza era irrelevante y que los pobres merecían vivir en la indigencia por su mediocridad.
Capitalismo, plasticidad, confort y propaganda moldearon una sociedad profundamente fragmentada, donde la empatía fue sustituida por competencia y el miedo por odio.
Por eso, durante mucho tiempo, la violencia del sistema siempre ocurrió afuera: en Latinoamérica, en Medio Oriente, en África, en Asia. Golpes de Estado, guerras, bloqueos, saqueos… siempre lejos.
Nunca en casa.
El pueblo norteamericano fue protegido de su propia medicina. Vivía anestesiado, convencido de que el dolor era algo que les pasaba a otros.
Hoy eso cambió.
Hoy el poder que ellos toleraron, justificaron o ignoraron se les volvió encima.
El mismo Estado que separa niños migrantes ahora separa, mata y secuestra a sus propios ciudadanos.
La misma brutalidad que antes era exportada ahora se ejerce dentro.
Y ese golpe duele porque rompe una ilusión: la de que el sistema siempre los protegería.
Ojalá, como dices, este dolor sirva para despertar.
Para que una parte del pueblo estadounidense rompa con el egoísmo aprendido, se organice, se vuelva solidaria, defienda a los más débiles y entienda que ningún derecho está garantizado cuando se acepta que otros no los tengan.
La historia demuestra que los pueblos cambian cuando el sufrimiento deja de ser abstracto y empiezan a vivirlo a padecerlo en carne propia.
Pero también es cierto lo otro, y no hay que negarlo: no todos cambiarán.
Hay quienes se esconden tras uniformes, tras placas, tras el poder delegado.
Hay quienes encontraron en el ICE y en la violencia institucional una vía para saciar su sadismo, su repulsión étnica, sus pulsiones racistas, criminales, sádicas, y su sed de dominio.
No son mayoría, pero son peligrosos porque el sistema les ha otorgado carta blanca para desvivir a cualquier norteamericano, les dio permiso para patear dignidades y corazones.
Porque un psicópata no es empático y a esos el poder los validó.
Trump no es sólo el reflejo de esa parte del pueblo; es el catalizador de lo peor de una cultura que glorificó la riqueza, despreció la fragilidad y normalizó la deshumanización.
Y cuando ese reflejo se vuelve monstruoso, la sociedad tiene dos caminos: romper el espejo o convertirse en él.
Nada de esto justifica lo que ocurre, pero lo explica.
Y entenderlo es clave, porque la lucha no es contra un hombre, será contra una estructura que enseñó a no mirar al otro como igual.
Si el pueblo norteamericano logra aprender esta lección, si convierte el dolor en conciencia y la rabia en organización, todavía hay esperanza.
Si no, seguirá ocurriendo lo mismo de siempre: el imperio devorándose a sí mismo, mientras los más vulnerables pagan el precio.
Y todos los norteamericanos deberían estar mirando, no con morbo, deben hacerlo con atención, porque ninguno, ni sus violentos” estarán a salvo cuando la deshumanización se vuelva la política del Estado.
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