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En el imaginario colectivo de la idiotez, que aquí es grande, hay un término que se ha apoderado de tantos: dictadura.
Vinculada lamentablemente al período de emergencia pandémica, combina la expresión emblemática de este tiempo, “dictadura sanitaria”, que ya todos conocemos.
Limitándonos solo al ejemplo italiano, la mayoría del mundo compuesto e inquietante no vax mira con simpatía a la extrema derecha.
El que en nombre del derecho a no vacunarse atacó la sede de la CGIL el 9 de octubre.
El patriótico de Meloni y que en cambio debe entenderse como soberano-nacionalista-orbanista.
Finalmente, el que es demasiado bondadoso reconocido como nostálgico.
¿Pero nostálgico de qué?
Sencillo: de la única dictadura que existió realmente en Italia, del período fascista de veinte años que en los últimos tiempos ha encontrado a menudo orillas inesperadas también en el campo progresista, con obscenas operaciones de revisionismo histórico destinadas a equiparar nazi-fascismo-estalinismo. Con la excusa de condenar todos los totalitarismos. Poniendo los sumideros y Marzabotto al mismo nivel, gracias a los giros político-culturales de los expertos en abjuración.
El clímax, sin embargo, se alcanza cuando la mirada y la atención se vuelven hacia América Latina.
Más precisamente, a aquellos países que se niegan a ser vasallos de cualquier imperio.
Por la malévola tradición de los Estados Unidos pero también de la Unión Europea, que ciertamente no perdió el tiempo en seguir este modelo de saqueo de los recursos humanos y naturales y de satanización de la alternativa.
Cuba, Nicaragua y Venezuela son buenos ejemplos de ello.
Cada uno con el motu proprio experimenta caminos de liberación y emancipación de los fines expansionistas del vecino intruso. Quien, su bondad, lleva más de unos siglos reclamando la propiedad del jardín, del patio transero.
Así se ha considerado siempre el área latinoamericana de interés estadounidense, que en la práctica se extiende desde el Río Grande hasta Tierra del Fuego.
A decir verdad, todavía hay quienes no renuncian al papel de gendarme de esos intereses ajenos, considerándolos propios, mientras contravienen los dictados constitucionales que hablan de soberanía e independencia y sobre todo, la voluntad popular que no tolera interferencia en su propio suelo.
Marcadas por una participación sustancial, se realizaron elecciones en Venezuela y Nicaragua.
En ambos con victoria aplastante del polo de izquierda, encabezado por Nicolás Maduro en Venezuela y Daniel Ortega en Nicaragua.
En ambos casos se intentó, desde el otro lado de la frontera, sabotearlos, desacreditarlos, cancelarlos, con acusaciones preventivas de fraude: antes de que se ejecutaran, ya había gritos de fraude.
Si la derecha hubiera ganado la UE y EE.UU. habrían elogiado su regularidad. Una concepción muy particular de la democracia, que sólo funciona cuando se respetan los deseos imperiales.
En América Latina exactamente esto ha sucedido durante demasiados años; el voto se convirtió en chantaje y manejado por la élite mafiosa en detrimento de la población.
Esto es también lo que sucede en muchas de las célebres democracias occidentales, pero quizás nos hemos acostumbrado a una degradación de la participación.
Vale la pena resaltar en cambio que en Venezuela desde 1998, es decir, desde que Hugo Chávez asumió la presidencia, se han producido más de veinte citas electorales, entre elecciones y referéndums.
Extraña concepción de la dictadura, con la continua implicación de ciudadanos que quisieran ser sumisos, postrados y silenciosos.
Por lo tanto, una cantidad considerable de consultas electorales en poco más de veinte años desde la constitución de la República Bolivariana, que tanto ha irritado a los opositores a este ambicioso proyecto político y social.
Hasta el punto de invocar la solución tradicional adoptada para impedir los procesos de autodeterminación: la intervención de una potencia extranjera, y está de más precisar a cuál se refiere.
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Sólo ocurre con la OEA, que se especializa en amenazas a gobiernos elegidos democráticamente.
La historia ha cobrado cariz de tragedia y farsa con la autonomía como presidente de Juan Guaidó, reconocido aquí y allá en virtud de cuyo derecho no se conoce bien, y que aún ve a un representante de este elusivo gobierno en la OEA (Organización de Estados Americanos), que vota en nombre y representación de un gobierno que nunca existió. Hasta ahora, estamos en lo grotesco.
La OEA tiene su sede en Washington, fue creada para apoyar la conveniencia que la financia para ello. Ahora está deslegitimado incluso por aquellos países que siempre habían garantizado su autoridad y arrogancia.
Pero también está la tragedia, es decir, la responsabilidad de complots subversivos y descarados intentos de golpe de Estado.
Con características diferentes a las "clásicas" del siglo XX, pero dejando un reguero de sangre que siempre es demasiado largo.
Guerra sucia, coup suave, guerra de baja intensidad : las fórmulas pueden cambiar, pero el propósito permanece invariable: desestabilizar, fomentar el odio, orquestar campañas mediáticas de desprestigio para restaurar el Antiguo Régimen que salvaguarda los intereses de las oligarquías.
Aun tenemos impresas las imágenes de las guarimbas, la estrategia "ideada" por los golpistas para sembrar el terror en la población.
Por otro lado, el manual de Gene Sharp se ha convertido en la Biblia de la subversión.
Fundaciones, como la NED, así como otras pseudo-ONG y organizaciones "humanitarias" se han encargado de brindar apoyo, dinero, armas y protección legal a las hordas criminales disfrazadas de manifestantes por la libertad.
Las elecciones de noviembre pasado demostraron la ineficacia de la propaganda imperialista que, por arcaica que parezca la expresión, vuelve a proponer la misma voracidad colonialista desenvainada en siglos anteriores.
Un destino similar une a Caracas con Managua.
De hecho, las elecciones presidenciales se realizaron en Nicaragua el 7 de noviembre y el clima general fue el mismo que en Venezuela.
Anulados por fraude de la OEA incluso antes de que comenzaran, también tuvieron el mismo desenlace, a saber, el triunfo de la coalición encabezada por el FSLN y con el candidato a presidente Daniel Ortega Saavedra.
La participación en las encuestas rondaba el 65% y el Frente Sandinista obtuvo el 76% de los votos.
La oposición golpista y abnegada a la Casa Blanca le gritó al fraude pero no hay rastro de él:
Se objetará que en Nicaragua los candidatos opositores han sido perseguidos, acusados y enjuiciados unos meses después del 7 de noviembre, pero es falso.
Entre los detenidos no había candidatos presidenciales sino personas, organizaciones y acólitos que maquinaron el fallido golpe de Estado de abril de 2018.
Pagaron las consecuencias como sucede o debe suceder en cualquier país donde se persiga un plan subversivo.
Aquellos que serían condenados por terrorismo en algunos países latinoamericanos específicos pasan por héroes.
A ser apoyados y financiados generosamente, por la heroica batalla por la libertad que están llevando a cabo.
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El pueblo no lo compra, el gobierno confirma a raudales que revive un país desgarrado por las más rígidas doctrinas neoliberales, pero no alcanza para convencer a la mayoría de la autenticidad de las operaciones electorales.
Ni siquiera le basta a esa izquierda confusa -la izquierda confundida según la acertada intuición de Atilio Borón- que en varias partes del mundo sigue señalando con el dedo a Cuba, Venezuela y Nicaragua porque está en manos de sanguinarios déspotas y terribles tiranías.
Quizá no sea posible comprender, para ser benévolos, que el camino al socialismo no pasa siempre por teorías superarticuladas y difíciles de transformar en práctica en la parte cómoda, si no rica, del planeta, sino también por la satisfacción de bienes primarios negada hasta unos pocos años antes. No es poca cosa tener garantizada la alimentación necesaria, el derecho a la educación ya la luz eléctrica en los hogares.
Es necesario sumergirse en las contradicciones para intentar comprenderlas y tratar de resolverlas, sin abdicar de la retórica de los "paraísos socialistas", que en todo caso nunca existieron.
Cuba, acusada de ser un infierno de autodenominados disidentes y perseguidores políticos, sobra decirlo, ostenta una larguísima lista de injerencias extranjeras, intentos de invasión y ataques al Comandante Fidel Castro y al resto de la población.
La red terrorista anticastrista tiene sobre su conciencia, si es que alguna vez la tuvo, miles de víctimas, entre ellas el italiano Fabio Di Celmo, asesinado por una bomba que explotó frente a un hotel en La Habana en 1997.
En los últimos años han estado experimentando con las mismas prácticas desestabilizadoras de “libro de texto” vistas en Caracas y Managua, con resultados infinitesimales en comparación con el tambor mediático que los anticipó. Intentaron reproducir el guión habitual (trágicamente) escenificado en otros escenarios, sin embargo, sin tener éxito alguno.
Otro ataque más a la dictadura comunista resultó ser un agujero en el agua.
Mientras tanto, la misma tiranía mortífera libra una batalla por la vida no solo del pueblo cubano, sino de la población mundial. Incluido el nuestro, por supuesto, que lo probó durante el confinamiento, con la presencia de la Brigada Médica Internacional Henry Reeve.
Desde el estallido de la pandemia han comenzado a experimentar con una vía socialista hacia la vacuna, autoproduciéndola, a pesar del bloqueo económico que sanciona a Cuba desde hace sesenta años.
De hecho, en realidad hay cuatro vacunas, pero luchan por ser reconocidas por las agencias de medicamentos y la OMS por razones geopolíticas.
Otro ejemplo de dictadura bizarra, como la bolivariana y la sandinista, que quita el sueño a las frágiles e incompletas democracias occidentales. Las falsas dictaduras ajenas, en nuestras improbables democracias, son una verdadera pasión.
Escrito por Massimo Angelilli
https://www.altrenotizie.org/articoli/cultura/9498-dittature-che-passione.html